jueves, 10 de enero de 2008

Cuentos de terror - "¿Quién sabe?" de Maupassant

El otro día recordé un cuento de terror que desde que lo leí por primera vez, me ha gustado. Me gustan mucho los cuentos de terror.
Recuerdo que cuando tendría doce o trece años, nos juntábamos toda la chiquillería de mi bloque y de los bloques cercanos a contar historias de miedo. Yo ya había leído a Bécquer, Stoker, Poe o Maupassant y les contaba sus cuentos. Lecturas "prohibidas" para esos años pero que yo había logrado poseer, burlando la vigilancia de los mayores.
Años más tarde llegarían muchos más: Machen, Le Fanu, Lord Dunsany, Lovecraft, Bierce, Hawthorne y tantos otros, que me hicieron estremecerme. Cuentos leídos de noche, cuando todos dormían en casa, concentrada en la lectura. La atmósfera de los cuentos invadiendo la de mi propio cuarto. Mi imaginación, espoleada por la lectura, me hacía ver fantasmas en las sombras, escuchar ruidos extraños de criaturas sin nombre que nos acechan...
Hoy he recordado otro de esos cuentos. No es un cuento de terror al uso, incluso diría que es algo cómico. Pero describe muy bien ese sentir de locura que se acaba apoderando de muchos protagonistas de esos cuentos que tanto me gustan.
Quizás el humor no está demasiado alejado del terror. ¿Acaso no somos muchos los que nos reímos fuerte cuando queremos alejar ciertos fantasmas?.
Os lo dejo en dos partes, pues es largo. Espero que os guste.


¿Quién sabe? de Guy de Maupassant

¡Señor! ¡Señor! Al fin tengo ocasión de escribir lo que me ha ocurrido. Pero ¿me será posible hacerlo? ¿Me atreveré? ¡Es una cosa tan extravagante, tan inexplicable, tan incomprensible, tan loca!.
Si no estuviese seguro de lo que he visto, seguro también de que en mis razonamientos no ha habido un fallo, ni en mis comprobaciones un error, ni una laguna en la inflexible cadena de mis observaciones, me creería simplemente víctima de una alucinación, juguete de una extraña locura. Después de todo, ¿quién sabe?
Me encuentro actualmente en un sanatorio; pero si entré en él ha sido por prudencia, por miedo. Sólo una persona conoce mi historia: el médico de aquí; pero voy a ponerla por escrito. Realmente no sé para qué. Para librarme de ella, tal vez, porque la siento dentro de mí como una intolerable pesadilla.

Hela aquí:
He sido siempre un solitario, un soñador, una especie de filósofo aislado, bondadoso, que se conformaba con poco, sin acritudes contra los hombres y sin rencores contra el cielo. He vivido solo, en todo tiempo, porque la presencia de otras personas me produce una especie de molestia. No es que me niegue a tratar con la gente, a conversar o a cenar con amigos, pero cuando llevan mucho rato cerca de mí, aunque sean mis más cercanos familiares, me cansan, me fatigan, me enervan, y experimento un anhelo cada vez mayor, más agobiante, de que se marchen, o de marcharme yo, de estar solo.
Este anhelo es más que un impulso, es una necesidad irresistible. Y si las personas en cuya compañía me encuentro siguiesen a mi lado, si me viese obligado, no a prestar atención, pero ni siquiera a escuchar sus conversaciones, me daría, con toda seguridad, un ataque. ¿De qué clase? No lo sé. ¿Un síncope, tal vez? Sí, probablemente.
Tanto me agrada estar solo, que ni siquiera puedo soportar que otras personas duerman bajo el mismo techo que yo. No vivo en París, porque sería para mí una perpetua agonía. Me siento morir moralmente, es para mí un martirio del cuerpo y de los nervios esa muchedumbre inmensa que hormiguea, que se mueve a mi alrededor, hasta cuando duerme. Porque, aún más que la palabra de los demás, me resulta insufrible su sueño. Cuando sé, cuando tengo la sensación de que, detrás de la pared, existen vidas que se ven interrumpidas por esos eclipses regulares de la razón, no puedo ya despertar.

¿Por qué soy de esta manera? ¡Quién lo sabe! Es imposible que la razón de todo esto sea muy sencilla; todo lo que ocurre fuera de mí me cansa muy pronto. Y son muchos los que se encuentran en mi mismo caso.
En la tierra vivimos gentes de dos razas. Los que tienen necesidad de los demás, aquellos a quienes los demás distraen, ocupan, sirven de descanso, y a los que la soledad cansa, agota, aniquila, lo mismo que la ascensión a un nevero o la travesía de un desierto, y aquellos otros a los que, por el contrario, los demás cansan, molestan, cohíben, abruman, en tanto que el aislamiento los tranquiliza, les proporciona un baño de descanso en la independencia y en la fantasía de sus meditaciones.
En resumidas cuentas, se trata de un fenómeno psíquico normal. Unos tienen condiciones para vivir hacia afuera; otros, para vivir hacia adentro. En mí se da el caso de que la atención exterior es de corta duración y se agota pronto, y cuando llega a su límite, me acomete en todo mi cuerpo y en toda mi alma un malestar intolerable.

Como consecuencia de todo lo que antecede, yo me apego, es decir, estaba fuertemente apegado a los objetos inanimados, que vienen a adquirir para mí una importancia de seres vivos. Mi casa se convierte, se había convertido en un mundo en el que yo llevaba una vida solitaria, pero activa, en medio de aquellas cosas: muebles, chucherías familiares, que eran para mí como otros tantos rostros simpáticos. Había ido llenándola poco a poco, adornándola con ellos, y me sentía contento y satisfecho allí dentro, feliz como en los brazos de una mujer agradable cuya diaria caricia se ha convertido en una necesidad suave y sosegada.
Hice construir aquella casa en el centro de un hermoso jardín que la aislaba de los caminos concurridos, a un paso de una ciudad en la que me era dable encontrar, cuando se despertaba en mí tal deseo, los recursos que ofrece la vida social. Todos mis criados dormían en un pabellón muy alejado de la casa, situado en un extremo de la huerta, que estaba cercada con una pared muy alta. Tal era el agrado y el descanso que encontraba al verme envuelto en la oscuridad de las noches, en medio del silencio de mi casa, perdida, oculta, sumergida bajo el ramaje de los grandes árboles, que todas las noches permanecía varias horas para saborearlo a mis anchas, costándome trabajo meterme en la cama.

El día de que voy a hablar habían representado Sigurd en el teatro de la ciudad. Era aquélla la primera vez que asistía a la representación de ese bello drama musical y fantástico, y me produjo un vivo placer.
Regresaba a mi casa a pie, con paso ágil, llena la cabeza de frases musicales y la pupila de lindas imágenes de un mundo de hadas. Era noche cerrada, tan cerrada que apenas se distinguía la carretera y estuve varias veces a punto de tropezar y caer en la cuneta. Desde el puesto de arbitrios hasta mi casa hay cerca de un kilómetro, tal vez un poco más, o sea veinte minutos de marcha lenta. Sería la una o la una y media de la madrugada; se aclaró un poco el firmamento y surgió delante de mí la luna, en su triste cuarto menguante. La media luna del primer cuarto, es decir, la que aparece a las cuatro o cinco de la tarde, es brillante, alegre, plateada; pero la que se levanta después de la medianoche es rojiza, triste, inquietante; es la verdadera media luna del día de las brujas. Esta observación han debido hacerla todos los noctámbulos. La primera, aunque sea delgada como un hilo, despide un brillo alegre que regocija el corazón y traza en el suelo sombras bien dibujadas; la segunda apenas derrama una luz mortecina, tan apagada que casi no llega a formar sombras.

Distinguí a lo lejos la masa oscura de mi jardín y, sin que yo supiese de dónde me venía, se apoderó de mí un malestar al pensar que tenía que entrar en él. Acorté el paso. La temperatura era muy suave. Aquella gruesa mancha del arbolado parecía una tumba dentro de la cual estaba sepultada mi casa.
Abrí la puerta y penetré en la larga avenida de sicomoros que conduce hasta el edificio y que forma una bóveda arqueada como un túnel muy alto, a través de bosquecillos opacos unas veces y bordeando otras los céspedes en que los encañados de flores estampaban manchones ovalados de tonalidades confusas en medio de las pálidas tinieblas.

Una turbación singular se apoderó de mí al encontrarme ya cerca de la casa. Me detuve. No se oía nada. Ni el más leve soplo de aire circulaba entre las hojas. "¿Qué es lo que me pasa?", pensé. Muchas veces había entrado de aquella manera desde hacía diez años, y jamás sentí el más leve desasosiego. No era que tuviese miedo. Jamás lo tengo durante la noche. Si me hubiese encontrado con un hombre, con un merodeador, con un ladrón, todo mi ser físico habría experimentado una sacudida de furor y habría saltado encima de él sin la menor vacilación. Iba, además, armado. Llevaba mi revólver, porque quería resistir a aquella influencia recelosa que germinaba en mí.
¿Qué era aquello? ¿Un presentimiento? ¿El presentimiento misterioso que se apodera de los sentidos del hombre cuando va a encontrarse frente a lo inexplicable? ¡Quién sabe!

A medida que avanzaba, me corrían escalofríos por la piel; cuando me hallé frente al muro de mi gran palacio, que tenía las contraventanas echadas, tuve la sensación de que tendría que dejar pasar algunos minutos antes de abrir la puerta y entrar. Me senté en un banco que había debajo de las ventanas del salón. Y allí me quedé, un poco trémulo, con la cabeza apoyada en la pared y los ojos abiertos y clavados en la sombra del arbolado. Nada de extraordinario advertí a mi alrededor en aquellos primeros instantes. Me zumbaban algo los oídos, pero ésta es una cosa que me ocurre con frecuencia. A veces creo oír trenes que pasan o campanas que tocan o el pataleó de muchedumbres en marcha.
Pero aquellos ruidos interiores se hicieron más netos, más precisos, más identificables. Me había engañado. No era el bordoneo habitual de mis arterias el que me llenaba los oídos con aquellos rumores; era un ruido muy característico y, sin embargo, muy confuso, que procedía, sin duda alguna, del interior de la casa.

Distinguía aquel ruido continuo a través del muro, tenía casi más de movimiento que de ruido, un confuso ajetreo de una multitud de objetos, como si moviesen, cambiasen de sitio y arrastrasen con mucho tiento todos mis muebles.
Estuve largo rato sin dar crédito a mis oídos; pero aplicando la oreja a una de las contraventanas para distinguir mejor aquel extraño ajetreo que parecía tener lugar dentro de mi casa, quedé plenamente convencido, segurísimo, de que algo anormal e incomprensible ocurría. No sentía miedo, pero estaba..., ¿cómo lo diré?, asustado de asombro. No amartillé mi revólver, porque tuve la intuición segura de que no me haría falta. Esperé.

Esperé largo rato, sin decidirme a actuar, con la inteligencia lúcida, pero dominado por loca inquietud. Esperé de pie y seguí escuchando el ruido, cada vez mayor, que adquiría por momentos una intensidad violenta, hasta parecer un refunfuño de impaciencia, de cólera, de motín misterioso.
Me entró de pronto vergüenza de mi cobardía, eché mano al manojo de llaves, elegí la que me hacía falta, la metí en la cerradura, di dos vueltas y empujé con todas mis fuerzas, enviando la hoja de la puerta a chocar con el tabique.

Aquel golpe resonó como el estampido de un fusil, pero le respondió, de arriba abajo de mi casa, un tumulto formidable. Fue una cosa tan imprevista, tan terrible, tan ensordecedora, que retrocedí unos pasos y, aunque tan convencido como antes de su inutilidad, saqué el revólver de la funda.
Esperé todavía, aunque muy poco tiempo. Lo que ahora oía era un pataleo muy raro en los peldaños de la escalera, en el entarimado, en las alfombras, pero no era un pataleo de calzado, de zapatos de hombre, sino de patas de madera y de patas de hierro que vibraban como címbalos. Y, de pronto, veo en el umbral de la puerta un sillón, mi cómodo sillón de lectura, que se marchaba de casa, contoneándose. Y se fue por el jardín hacia adelante. Y detrás de él, otros, los sillones de mi salón, y a continuación los canapés bajos, arrastrándose como cocodrilos sobre sus patitas cortas, y en seguida todas las sillas, dando saltitos de cabra, y los pequeños taburetes que trotaban como conejos.

¡Era una cosa emocionante! Me escondí en un bosquecillo, y allí permanecí agazapado, contemplando aquel desfile de mis muebles, porque se marchaban todos, uno detrás de otro, con paso vivo o pausado, de acuerdo con su altura o su peso. Mi piano, mi magnifico piano de cola cruzó al galope, como caballo desbocado, con un murmullo musical en sus ijares; los objetos menudos iban y venían por la arena como hormigas, los cepillos, la cristalería, las copas en las que la luna ponía fosforescencias de luciérnagas. Las telas reptaban o se alargaban a manera de tentáculos, como pulpos de mar. Vi que salía mi escritorio -mi querido escritorio- una hermosa reliquia del siglo pasado, en el que estaban todas las cartas que yo recibí, la historia toda de mi corazón, una historia antigua que me ha hecho sufrir mucho. Dentro de él había también fotografías.
De improviso se me pasó el miedo, me abalancé sobre el escritorio, lo agarré como se agarra a un ladrón, como se agarra a una mujer que escapa; pero él llevaba una marcha incontenible y, a pesar de mis esfuerzos, a pesar de mi cólera, no conseguí moderar su velocidad. Yo hacía esfuerzos desesperados para que no me arrastrase aquella fuerza espantosa y caí al suelo. Entonces me arrolló, me arrastró por la arena y los muebles que venían detrás empezaron a pisotearme, magullándome las piernas; lo solté por fin y entonces los demás pasaron por encima de mi cuerpo, lo mismo que pasa un cuerpo de caballería que carga por encima del soldado que ha sido derribado del caballo.

Loco de terror, conseguí al fin arrastrarme hasta fuera de la gran avenida y ocultarme de nuevo entre los árboles, a tiempo de ver cómo desaparecían los objetos más íntimos, los más pequeños, los más modestos, los que yo conocía menos entre todos los que habían sido de mi propiedad.
Así estaba, cuando oí a lo lejos, dentro de mi casa, que había adquirido sonoridad como todas las casas vacías, un ruido formidable de puertas que se volvían a cerrar. Empezaron los portazos en la parte más alta, y fueron bajando hasta que se cerró por último la puerta del vestíbulo que yo, insensato de mí, había abierto para facilitar aquella fuga.

También yo escapé, echando a correr hacia la ciudad, y no recobré mi serenidad hasta que me vi en sus calles y tropecé con algunas gentes trasnochadoras. Fui a llamar a la puerta de un hotel en el que era conocido. Me había sacudido las ropas con las manos para quitar el polvo; les expliqué que había perdido mi llavero, en el que tenía también la llave de la huerta en que estaba el pabellón aislado donde dormían mis criados, huerta rodeada de altas tapias que impedían a los merodeadores meter mano en las verduras y frutas.
Me tapé hasta los ojos en la cama que me dieron, pero no pude conciliar el sueño, y aguardé la llegada del día escuchando los golpes acelerados de mi corazón. Les había dicho que avisaran a mi servidumbre en cuanto amaneciese, y mi ayuda de cámara llamó a mi puerta a las siete de la mañana.

Parecía trastornado.

-Ha ocurrido esta noche una gran desgracia, señor, -me dijo.
-¿Qué sucedió?
-Han robado todo el mobiliario del señor; absolutamente todo, hasta los objetos más insignificantes.

Aquella noticia me alegró. ¿Por qué? ¡Vaya usted a saber! Yo me sentía muy dueño de mí, estaba seguro de poder disimular, de no decir a nadie una palabra de lo que había visto, de ocultar aquello, de enterrarlo en mi conciencia como un espantoso secreto. Le contesté:

-Entonces se trata de los mismos individuos que anoche me robaron a mí las llaves. Es preciso dar parte a la policía inmediatamente. Voy a levantarme y me reuniré en seguida con usted.

Cinco meses duró la investigación. No se llegó a descubrir el paradero de nada, no se encontró la más insignificante de mis chucherías, ni se llegó a dar con el más ligero rastro de los ladrones. ¡Claro está que si yo hubiese dicho lo que sabía!... Si hubiese hablado..., me habrían encerrado a mí; no a los ladrones, sino al hombre que aseguraba haber visto semejante cosa.

Supe cerrar la boca. Pero no volví a amueblar mi casa. ¿Para qué? Se hubiera repetido siempre el mismo caso. No quería entrar de nuevo en ella. No entré. No volví a verla.

Regresé a Paris, me instalé en un hotel y consulté a los médicos acerca de mi estado nervioso, que me preocupaba mucho desde los acontecimientos de aquella noche lamentable.
Me animaron a que viajase. Seguí su consejo.

lunes, 7 de enero de 2008

Otra noche de insomnio

Está ahí, acechándome. Comienzo a correr por sobrevivir. Si me detengo me arrasará como un torrente furioso. Mi corazón, azuzado por el miedo, bombea sangre a los músculos de mis piernas. Flexiono y estiro, huyendo de eso que pretende aniquilarme. No miro atrás. Sé que está ahí. Las piernas me duelen por el esfuerzo y el corazón se me va a salir del pecho, pero no puedo dejar que me gane terreno.
Tropiezo y caigo. Lo oigo cada vez más cerca. Casi puedo sentir su tacto viscoso. Me levanto y sigo corriendo. Las rodillas me sangran y me duele el pecho pero la desesperación me hace sacar fuerzas que ya no tengo.
Vuelvo a caer. Trastabilleando, intento avanzar. Pero es tarde. Apresa mis piernas. Intento zafarme pero es inútil. Poco a poco me atrae hacia él, ahogándome. Lucho por escapar, pero el esfuerzo es baldío. Me falta el aliento...


Despierto cubierta de sudor, con la sábana enrollada en mi cuerpo. Es la tercera o cuarta vez que me pasa esta noche.

Miro el techo y me parece ver una sombra que se mueve. En ese espacio entre el sueño y la vigilia, una mera sombra es el peor de los fantasmas. No recuerdo los detalles de la pesadilla que acabo de tener, pero si las sensaciones y aún siento cierto desasosiego. Será por eso que me siento amenazada...
Voy regresando al mundo de los despiertos. Recuerdo una lectura, "El Horla" de Maupassant. ¡Qué miedo me dió la primera vez que lo leí! Muchas noches más como ésta y quizás tenga que decir a mi familia que compre un extintor. Me río. Afortunadamente, sé que eso no va a pasar.

Doy media vuelta en la cama y cierro los ojos. Voy cayendo dormida con un único pensamiento en la cabeza. "Esta vez no me va a atrapar".

Despierto un par de horas más tarde. Me equivoqué. Volvió a atraparme.

jueves, 3 de enero de 2008

Nochevieja

No le oyó llegar. Estaba atareada entre fogones, ultimando la cena de Nochevieja, cuando le sorprendió con un beso en la mejilla. Ella dió un respingo por el susto.

- Tonto, que te puedo manchar y has venido guapete - ella le devolvió el beso en la mejilla y volvió a sus quehaceres - Todavía falta un ratito para la cena y si te quedas aquí, vas a apestar a comida. Vete al salón con mi familia.
- No importa y prefiero estar contigo. Me da un poco de apuro...

Su padre había muerto unos días antes y ella le había invitado a cenar con su familia, para que no estuviera solo. Aunque él había aceptado, como le confesaría más tarde esa misma noche, se sentía un poco intruso. Estuvieron charlando mientras ella acababa de cocinar. Relajados, cenaron entre risas, bromas y botellas de vino yendo y viniendo... Mientras ella se arreglaba para salir, él charlaba con la familia que lo había acogido como un miembro más. Se comieron las uvas todos juntos, brindaron por la felicidad de todos en el año recién nacido, siguieron riendo, algo alcoholizados con tanto exceso...

Al salir a la calle, se despejaron un poco de su "alegría etílica". Soplaba un viento del Norte que traía promesas de nieve y estaba empezando a helar. A lo lejos sonaban estallidos de petardos y ella hizo un mohín de disgusto. Él se burló y ella le respondió divertida que le gustaban los petardillos, no los petardos y farfulló algo acerca de los petardos y algunos orificios corporales de los lanzadores.
Avanzaban por calles desérticas con la Catedral iluminada como punto de referencia. Hacía años que ambos no salían esa noche, pero antes de irse a casa de él a ver una película, había quedado con unos conocidos y quería que ella lo acompañara.

Mientras esperaban a que se abriera un semáforo, abrazados para combatir el frío, ella le hablaba de que eran un coloide, una antigua broma que tenía con unos amigos.
Siguieron caminando abrazados, amparándose por la cintura. La mano izquierda de ella metida en el bolsillo izquierdo del abrigo de él y la derecha de él en el bolsillo derecho del abrigo de ella. Él comentó que parecían los personajes del Mago de Oz y sin mediar palabra, con solo una mirada, ambos empezaron a cantar "We're off to see the wizard" hasta que las carcajadas les enmudecieron.

Según se acercaban a la zona de bares, iban cruzándose con más gente. Desconocidos que desde su alegría, les deseaban un feliz año.
Llegaron al bar dónde les esperaban. Ella no estaba muy convencida de quedar con sus amigos, pero había accedido. Sabía que vendrían las inevitables preguntas sobre su relación, por esa tendencia que tienen la mayoría de humanos a categorizar y etiquetar, para sentirse algo más seguros o cómodos. Y era muy celosa de su vida privada. Le había comentado bromeando, en más de una ocasión, que si no iban a ir a concursar al "Un, dos, tres" no entendía porque esa manía de categorizarlos. Eran él y ella, simplemente. Y lo que sintieran, era asunto de ellos, no del resto de la humanidad. Pero ahí estaba. Tomándose una copa con una repelente señora, a la que sonreía hipócritamente, mientras reprimía las ganas de soltarle una burrada ante su insistencia en preguntarle por su vida privada. No aguantaron más que una copa y se despidieron entre votos de felicidad y alegría, en su mayoría fingidos.

Llegaron al calor de la casa, ateridos por la helada que ya cubría de escarcha la ciudad. Él fue a la cocina a preparar unas tazas de chocolate y ella puso la película en el dvd y se acurrucó en el sofá, cubierta con una manta, dejando tirados los tacones en el suelo. Después de darle su taza de chocolate, él se acurrucó junto a ella, con la cabeza apoyada en su costado. Mientras veían la película, ella le acariciaba el pelo, un gesto que últimamente había descubierto que le relajaba.
Acabada la película, se rieron, participaron en una guerra de cosquillas que ella perdió, hablaron en voz baja de sus miedos, de sus sueños, de sus dolores, de sus esperanzas... Se abrazaron, se besaron, volvieron las cosquillas y también los silencios acompañados. Y las lágrimas mientras ambos recordaban con cariño a los que ya no estaban con ellos.
Ella notó como él iba cayendo dormido entre sus brazos y no tardó mucho en imitarle. El primer amanecer de este nuevo año, les sorprendió dormidos en el sofá, abrazados.

Mientras ella regresaba en un taxi a su casa, pensaba en que estas habían sido las mejores Navidades de su vida en muchos años. La Navidad era calor humano y Esperanza, no regalos, ni comilonas ni buenos deseos vacíos de contenido. Y ella, que unos días antes de que llegaran estaba tan desanimada que no tenía ganas de celebrarlas pues no sabía si podría ofrecer eso, había recibido como regalo unas Navidades sencillas y esperanzadoras.

Y con ese sentimiento de esperanza, se disponía a afrontar ese año recién nacido...

domingo, 30 de diciembre de 2007

Año nuevo

Mientras observa como se llena la bañera de agua caliente, repasa mentalmente la conversación de hace un rato con el que ahora ronca en el dormitorio. ¿Decepcionada? No, su comportamiento no le sorprende, sino que más bien, se lo esperaba. Está desconcertada, como le sucede siempre que quiere entender algo y no lo logra. Si nunca le pidió nada y estaban los dos de acuerdo con su relación, ¿por qué tiene que enmierdarlo él todo con un sentimiento falso? Si no hay ninguna clase de obligación, al menos, cuando hagas las cosas, hazlas con corazón. Esto lo único que logra es que desconfíe de él...

Cierra el grifo y se despoja del albornoz. Al entrar en la bañera, hace un gesto de desagrado. El agua está demasiado caliente, pero se acostumbra poco a poco. La bañera es enorme, más de lo que ella mide y se estira, notando como el agua caliente relaja los músculos y la espuma roza su piel. Y el tacto de la madera...
Unas horas antes probaron juntos la bañera, pero estaba más concentrada disfrutando de otras cosas. Ahora, nota la textura de la madera de hinoki en su piel. Entre el agua caliente, la espuma y la madera, se siente como si estuviera cubierta por multitud de caricias, mimada. Se sumerge entera en el agua, aguantando la respiración unos segundos. Al salir, apoya la cabeza en una toalla en el borde de la bañera y con el rostro tapado por otra toalla mojada, se propone olvidarse del mundo y dedicarse a deleitarse con todas las placenteras sensaciones de este baño. Las yemas de sus dedos recorren las paredes de la bañera, como devolviéndole las caricias. Es tan suave...

No sabe el tiempo que lleva en el agua, con los ojos cerrados. Nota como está algo más fría, pero lo que le devuelve a la realidad es un ruido de pasos. Sabe que él está en la puerta, seguramente observándola. Le oye acercarse y como pregunta "¿Me haces un hueco?". Asiente con la cabeza, sin decir nada ni hacer ningún gesto más. La verdad es que preferiría que él se volviera a la cama y la dejara tranquilamente con su baño, pero por suerte, la bañera es enorme. Nota el agua subir cuando él entra y como al rato, él le acaricia las piernas. No, si el muchacho tiene sus cosas cuando quiere...

- Tenemos que hablar.

Las tres palabras fatídicas. Lo primero que pasa por la mente de ella, es unos versos de una canción de Ricardo Arjona "Si esto fuera una olimpiada, romperías todos los records de arruinarnos el momento". Se incorpora un poco y se quita la toalla que le cubre el rostro. Maldita la gracia que le hace esta conversación pero aún así, le mira. ¡Dichosa curiosidad!.

Él se arranca a hablar y comienza una incesante verborrea de palabras vacías de contenido. Y ella, al oírle, recuerda unas palabras que le dijo un amigo hace muchos años al hablarle de una ruptura "Yo quería que me calentaran otras partes de mi anatomía, no la cabeza". Sonríe y le observa. Ya no ve al hombre al que desea y con el que se le pasó por la cabeza algo más que esta relación. Ahora cree tener frente a ella a un niño caprichoso al que le aterra estar solo.

-... y bueno, sabes que yo te quiero. ¿No dices nada?

Le sonríe. Y pensar que ha estado preocupada por esta historia...Ahora lo ve todo clarísimo.

- Hazme un favor. Abre el grifo del agua caliente.

Ella vuelve a tumbarse y a cubrirse el rostro con una toalla. No necesita mirar para saber que la expresión de él es de absoluto desconcierto.

- Entiendo que estés enfadada, pero...

No le deja continuar y le interrumpe con un "No estoy enfadada".
Y es cierto, no lo está. Ni tampoco dolida. Quizás cansada de aguantar tonterías. Y se pregunta el porqué las aguanta. Se retira de nuevo la toalla y le mira fijamente. Lo veía tan cercano y ahora está a años luz de ella. Se acerca a él y le besa antes de levantarse. Suavecito, con mimo.

Mientras se quita la espuma que cubre su piel, ve su reflejo desdibujado en el espejo cubierto de vapor y se sonríe. Como hace tiempo que no lo hacía...
Sale de la bañera y se cubre con el albornoz. Él, se incorpora, dispuesto a seguirla, seguramente convencido de que van a seguir la charla entre las sábanas. Ella coge una de las toallas y se la tiende.

- Vístete y vete.

Su tono de firmeza no deja lugar a dudas. No se queda a contemplar la cara de absoluta sorpresa. Regresa al dormitorio y rehace un poco la cama, deshecha después de su última "batalla" con él. Por el suelo, sus ropas tiradas. Tiene en las manos la camisa de él, cuando le ve salir del baño. Más que enfadado, parece aún sorprendido. Él se acerca, sentándose junto a ella. Parece que va a hablar, pero antes de que lo haga, ella le pone un dedo sobre los labios, silenciándolo.

- No me vale de nada que me digas que me quieres, porque ambos sabemos que eso no es cierto. Y esto no es lo que yo quiero - le sonríe y le da un piquito en los labios - Toma, tu camisa. ¿Pido a recepción que te llamen a un taxi? - No hay acritud ni reproche en las palabras de ella. Sólo la constatación de un hecho.

Mientras ella habla por teléfono con recepción, él se viste. Ella se acerca y con un gesto familiar, le coloca bien el cuello de la camisa por dentro del jersey.

- Si no estás enfadada, no lo entiendo. ¿Por qué?

- Precisamente por eso. Porque no lo entiendes - le mira con ternura, como mira a sus sobrinos cuando juegan con ella. Le da un beso en la mejilla y abre la puerta - Intentar ser feliz, ¿vale?.

Él la mira, reacio a marcharse, desconcertado. Parece que va a arrancarse a hablar, pero se queda mudo. Sabe que lo único que puede lograr insistiendo, es hacer que ella se cabree. Quizás más adelante pueda hacerla entrar en razón. Ahora, ni siquiera opone resistencia cuando ella lo empuja suavemente fuera de la habitación y cierra la puerta tras de sí.

Ella se apoya sobre la puerta, sabiendo que él está al otro lado. Durante unos segundos, con la mano sobre el picaporte, duda de si habrá hecho bien o no, pero son sólo unos segundos. Respira hondo y va a la cama. Aún huele a él, pero apenas tiene tiempo de darse cuenta, porque cae dormida casi al instante. Duerme como un bebé, como hacía noches que no lo hacía. Tranquila y relajada, aunque no puede contemplarse, está casi segura de que ha dormido sonriendo.

Por la mañana, oye el ruido de sus tacones sobre el mármol de la recepción. Y viene a su cabeza otra canción. Tarareándola, con su gafas ahumadas para protegerse del sol invernal madrileño, avanza con paso firme y una sonrisa. Recuerda algo que leyó no hace mucho. En Sicilia, para celebrar la llegada del nuevo año, tiran algunos muebles viejos por la ventana, para liberarse de lo malo que pudo suceder en el año que termina. Quizás no haya necesidad de escalabrar a nadie y basta con cerrar una puerta a tiempo.



Bebe - Ella

viernes, 28 de diciembre de 2007

Queridos Reyes magos

Queridos Reyes Magos:
En mi carta de este año, como hago todos los años, os he pedido alguna sorpresa agradable, recalcando el agradable, que conozco vuestro sentido del humor de años anteriores.

No sé que concepto tenéis vosotros de lo que es agradable, pero difiere claramente del mío. Que te pongan un pincho en el cuello para atracarte, definitivamente, NO es agradable. Y por mi parte, no tengo ningún interés en seguir comprobando en carne propia las diferentes técnicas de intimidación de los atracadores. Con la pistola sobre mi frente y el pincho en la garganta, he tenido más que suficiente.

Os pido que, del contenido de mi carta, ignoréis todo lo referente a mi persona. Sí, siguen en pie las peticiones para aquellos a los que quiero, pero pasad de mí. Ni siquiera os molestéis en traerme carbón. (Melchor, si esto es en represalia a mis tirones a tu barba cuando era pequeña, eres un rencoroso de mierda).

P.S.: Esto no es una inocentada, pero prefiero tomarme ciertas cosas con sentido del humor (sólo ha sido un susto) y no tener que coger la escopeta del 12.

¿Alguien tiene la solución?



miércoles, 26 de diciembre de 2007

Evocación

Unas cabezadas por el camino, un poco de música y en poco más de dos horas, estoy en Burgos. Al poco de llegar, otra vez a la calle. Hay que cortar leña y yo necesito un momento de soledad conmigo misma.
Me quedo un rato en el portal, contemplando el paisaje. El circuito de motocross, más erosionado, como lo estoy yo. Se desdibuja con el paso del tiempo como yo lo hago. Aunque quizás ambos estamos creando una nueva postal. Pero la antigua también me gusta...

¡Cómo nos lo pasábamos los días de carreras! Los previos viendo las motos y hablando con los pilotos, que para nuestros ojos infantiles eran unos superhéroes; corriendo horas antes de la carrera para colarnos sin pagar y los días posteriores, cuando el silencio reemplazaba el ruido de las motos, emulando a nuestros héroes.
Mi G.A.C. roja (¡qué gran bici!) y una decisión. Ya habíamos probado a tirarnos con unos cartones como si fuera un trineo. Acabábamos llenos de raspones, que lucíamos orgullosos como si fueran nuestras medallas. Y ahora tocaba saltar la cuesta más grande de todo el circuito.
Pedaleando rápidamente, para conseguir velocidad. No hay miedo y si lo hay, puedo superarlo. Un salto y ¡¡estoy volando!!. ¡¡He saltado!!. La rueda delantera toca el suelo, no se agarra y yo vuelo por los aires, para acabar rodando por el suelo. Atontada por el golpe, cubierta de polvo, raspones y sangre, me levanto. ¡¡Lo logré!!. Cojo la bici del suelo y empujándola, con dolores del batacazo, subo otra vez. Ese día, saltaré hasta dos veces más, hasta que acabe como un Cristo y regrese a casa llena de dolores, pero feliz. Uno de los días más felices de mi vida.


Vuelvo al presente, veinte años más tarde y comienzo a andar hacia la "casa vieja" con una sonrisa en los labios. Camino entre coches aparcados, en el lugar dónde estaban unas enormes rocas entre las que jugaba y cazaba culebras cuando era pequeña. Los perros de mi tío, que no me conocen, comienzan a ladrar y mientras espero a que él llegue, me acerco a la casa amarilla. Ahora es preciosa, con un jardín limpio y cuidado, con sus muebles de teca cubiertos con fundas y unas cortinas alegres ocultando la vida tras las ventanas pero hace años...

Mi abuela y sus amigas juegan a la brisca. Me acerco dando bocados a un tomate de la huerta que me ha dado mi abuelo, por haberle llevado (a escondidas de mi abuela) su paquete de Celtas sin boquilla. Llevo todo el día con la bici y tengo los hombros un poco colorados por el sol. Oigo a "La Fortu" discutir por una peseta, que si Irene ha contado mal o no. Durante años la misma cantinela.
Me tumbo en la hierba y espanto una abeja con la mano, mientras miro la casa abandonada, entre bocado y bocado. Desde que murió el señor Pascual, se ha ido ajando, sola, sin gente que la viva (Como nos pasa a las personas, cuando no tenemos quien nos viva. Pero en ese momento, no pensaba en eso). Miro la mejor forma de llegar hasta el ciruelo con la menor cantidad de arañazos en las piernas por las matas. Después de rechupetear los dedos del jugo de tomate (y limpiarmelos en el pantalón corto), me levanto y salto la valla. Oigo a "la Anuncia" increpar a mi abuela porque no me regaña por estar robando. ¡Cómo qué robando! Robar es lo que hacía con los perales y manzanos en la finca del Pino, hasta que el verano pasado sentí en mi trasero los mordiscos de una perdigonada de sal y abandoné mi carrera delictiva. Ahora solo voy a coger fruta en un árbol abandonado, para que no se lo coman los pájaros... Uso mi camiseta como una cesta (mi madre tardaría menos si me metiera entera en la lavadora) y la lleno de ciruelas. Al salir, lo primero que hago, es ofrecer mi cosecha a mi abuela y sus amigas. Y quien primero mete la mano, es la "protestona"...No lo entendía entonces ni lo entiendo ahora.


Mientras voy cortando leña, recuerdos como éste me van haciendo compañía. Jugar a las minis, cambiar tebeos en la tienda de Fidel, ir a la Catedral a reírme de los turistas que miran el Papamoscas, un beso robado en el Espolón, cigarrillos a escondidas, el día de las peñas en Fuentes Blancas, tarde de toros con la bota de vino, un verano lleno de risas con "mi malvada melliza francesa", confidencias y abrazos en el castillo...

En el regreso a casa, cae otro esqueleto del armario de la memoria. Un recuerdo mucho más doloroso que los anteriores y una enseñanza que intento refutar. Porque quiero creer que las cosas no son así. Quizás algún día...
Aparto la mirada, preparada para apretar los dientes y sofocar las lágrimas. No es necesario. Me siento tranquila. Estoy en casa y hay esperanza.

viernes, 21 de diciembre de 2007

¡Feliz Navidad!

Para los que lo celebren y crean en la Navidad, que lo disfruten. Para los que no crean, que se les haga lo más llevadero posible.

Para los que les trae buenos recuerdos, que los tengan presentes. Para aquellos a los que les trae malos recuerdos, que tengan esperanza. Para los que no estáis, que sepáis que no os olvido. Y los recién llegados, sed bienvenidos.

Para todos, que os impregnéis un poco del espíritu primitivo de estas fiestas. Recordad cuando eráis niños y esperábais nerviosos la llegada de los Reyes Magos.
Que este año, todos construyamos un buen recuerdo y que el sentimiento de felicidad, nos acompañe todo el 2.008.

¡Feliz Navidad!



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jueves, 20 de diciembre de 2007

Informática y política

Si es que el que es friki (en este caso de la informática), lo es en todos los ámbitos de su vida.
Discusión sobre política entre unos amigos míos, acerca del famoso canon de la SGAE (Somos Gandules Aprovechados y Engreídos)

Andrés dice..
Canon = PSOE ... error
LSSI = PSOE ... error
SGAE = PSOE ... error
404 verdad not found

Demagogia preelectoralista found!!!
Danger!! Danger!!


Javi contesta...
"Canon = PSOE ... error" not found press F1 for additional help and information

Y Chiqui remató...
for ( PSOE = Canon , PSOE <= SGAE , PSOE++ )
LSSI = PSOE;

While (ZP >= 0)
Los Españoles comeremos conejo;

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Lágrimas

Quizás una de las cosas que más odio es que me vean llorar. Porque me sé vulnerable y quiero protegerme y proteger a los que quiero.

Opté hace muchísimo tiempo por la soledad para llorar. Morder la almohada y llenarla de lágrimas durante muchas noches o dejar que fluyeran libremente y se confundieran con el agua de la ducha. Y mientras, apretar los dientes en público. Pero en ocasiones, las lágrimas me desbordan, sin que pueda controlarlas y aunque me oculto, los estragos se notan.

Y ahí entran en juego las excusas que he ido tejiendo durante años.
Una sonrisa cansada y un "dichosa conjuntivitis crónica"... . O si llevo las lentillas "se me ha metido una pestaña en la lentilla y no veas como jode". Esa alergia (a contar lo que me pasa) o desde que tengo la hiperreactividad bronquial, esos ataques de tos brutales...
Cuando eso no cuela, trato de quitarle importancia a lo que sucede e incluso en alguna ocasión, he contestado con manifiesta agresividad para que me dejen en paz (lo que después no hace que me sienta precisamente contenta).

Me pregunto porque lo odio tanto. Sé la respuesta. Pero nuevamente aprieto los dientes e inicio una lucha muda por controlar esas rebeldes que quieren desbordar mis ojos.

Unas risas

Lo que me ha costado decidir entre tanto vídeo. Y es que los del "Vaya semanita" tienen cada punto.







martes, 18 de diciembre de 2007

Portal de Belén

He recibido esto por correo electrónico (Gracias Mariví). Espero que os guste.


Me envían desde el portal de Belén, para que os haga una serie de advertencias ante las magnas fiestas que se avecinan.

1º Procurad que las figuras del belén, correspondan todas a una escala parecida, ya que el año pasado, un pollo casi se come al Niño de un picotazo, y con una castaña le tuvimos que hacer un casco, porque el pollo le miraba con muy mala idea

2ª Como San José es carpintero, están ya de serrín hasta el moño, para que encima les echéis más. Preferible plantar césped. Además la Virgen tiene alergia al serrín.

3º Absteneos de simular nieve. ¿Habéis visto alguna vez nevar en Israel? Aunque haga bonito, no llenad de harina el monte,que luego no hay quien limpie los borregos ni las cabras montesas, y nos ponéis el pueblo perdido.

4º Poned guardias por el rio, para que no se cague la gente, que luego, ese agua, es para las gachas y salen morenas. Que a la Virgen aún no le ha dado tiempo de comprarse el esterilizador de biberones.

5º Alejad un poco del Niño a la burra y a la vaca, que no se puede andar por la cueva del olor de las plastas, y a la Virgen que está siempre agachada o arrodillada, se le pringa el manto.

6º El río, procurad que tenga salida, porque suele formar una presa,y si se revienta se puede llevar a todas las lavanderas y a las manadas de patos por delante.

7º Los animales procurad tenerlos en las granjas que a tal efecto se venden este año, porque no hay quien ande por las calles con tanto cerdo suelto, con tantas gallinas, manadas diversas, etc.

8º Los Reyes Magos, o los ponéis muy lejos, más o menos por el pasillo y cada día adelantáis una loseta, o los guardáis hasta la víspera, porque al Niño se le quita la sorpresa, si lleva viéndolos venir veinte días.

9º Desde Belén se ha organizado un concurso de villancicos, a ver si la Virgen puede dejar de lavar pañales y tenderlos en el romero. Y los peces del río, este año han salido en estampida. Si es que todo cansa, y mira que llevan años aguantando, pero todo tiene un límite.

10º Este año, los Reyes Magos, aparte de lo de todos los años, ¡qué perra con lo mismo!, le regalarán a la Virgen una lavadora; a San José un libro :"No es lo que parece", escrito por el Espíritu Santo; y al niño un Papá Noel, para que aprenda a compartir.

Y nada más, mis queridos fieles y fielas. Que lo paséis bien, y almax para todos. Bendiciones

P.D.: Me dice la vaca, que o se la ponen los dos cuernos, o este año no participa. Que tiempo ha habido de pegarle el que está roto y lleva ya cuatro años del mismo lado para que no se le vea

lunes, 17 de diciembre de 2007

"Apariciones marianas"

En ocasiones, cuando estoy metida en pleno conflicto interno o veo el panorama cargadito de nubes, sucede algo casual, repentino, que hace que el panorama se aclare o que "gane" mi parte Jekyll a mi parte Hyde. No sé si se me aparece la Virgen como decía uno de mis abuelos o mi subconsciente, que está alerta para que no me desmadre demasiado. Sólo sé que sucede.

El sábado por la tarde me examiné para obtener mi título de patrón de embarcación.
La experiencia ha sido excelente, aunque llegó un momento en que me ahogaba un poco. No por los estudios en sí, sino porque convertí algo que me encanta en una especie de prueba vital para demostrarme a mí misma ciertas cosas. Y dejé de disfrutar.
Justo antes de entrar al examen, volvió ese sentimiento y todos los temores asociados a él.

Frente a la mesa con la carta, me temblaban las manos. Cuando dí la vuelta al examen, por más que leía y releía, era incapaz de comprender nada y me parecía todo escrito en arameo. Revisé el móvil varias veces (móvil que sonara durante el examen, examen invalidado), aún sabiendo que lo había apagado mucho antes. Me puse a mirar al tendido. Todo el mundo inclinado sobre la mesa, haciendo el examen y yo viendo el panorama, mientras pasaban los minutos, peleándome conmigo misma, lo que acrecentó mi ansiedad.

Cuando estoy en pleno conflicto interno, suelo dar golpecitos con el dedo, generalmente sobre la mesa o en el labio. Supongo que con la cadencia de los golpes, me voy centrando. En esas estaba, dándome golpecitos en el labio y al borde las lágrimas, cuando me dí cuenta de que estaba repitiendo siempre la misma cadencia.
Toc, toc, toc, toc, toc. Cinco golpes cortos. Mi aparición mariana.

La verdad es que me costó no estallar en carcajadas. Una vez calmada, esta vez de mi ataque de risa silenciosa, cogí el examen y a disfrutar. Tenía la copia de una carta naútica para mí solita y lo que más me gusta de la teoría, los ejercicios de navegación. Después, todo fluyó tranquilamente.

No sé si he aprobado o no y no lo sabré hasta finales de enero, pero no me preocupa demasiado. Que apruebo, genial, ya podré alquilar un barco y a fuerza de equivocarme, aprender a navegar. Que no, pues a seguir intentándolo. Lo único que tengo que recordarme a mí misma, es que lo hago porque me gusta y me hace feliz, no porque necesite probar nada (bueno, al Estado sí jejeje).

domingo, 16 de diciembre de 2007

De reuniones y pasiones de vivir

Aquí estoy de nuevo. La bodeguera dice que esto es como mi casa y que me admite como socio, así que voy a abusar de su generosidad.

Ayer asistí a la que, presumo, será mi última reunión de trabajo en el sector de las agencias de viajes. Como las de casi todos los sectores, la mayoría de las veces estas reuniones son tremendamente aburridas, con alguien diciéndote que es el mejor de todos e intentando venderte su producto por enésima vez.
Claro que se hacen mucho menos pesadas y más divertidas, si se tiene la misma suerte que yo y se cuenta con alguna personas muy agradables, entre las que está nuestra bodeguera.

Podría hablaros de alguna de las anécdotas del almuerzo de ayer, pero sería demasiado largo de contar y yo no tengo gracia haciéndolo. Además, falta la interactuación entre la rubia y mi tocayo el gaditano, que sin ellos proponérselo, resulta muy simpática y divertida. Pero no van por ahí los tiros.

Hace poco leía en este artículo de Turulato, una frase. La vida y la pasión salen por cada poro de la persona. Ayer, fluyendo tranquilamente, con naturalidad, nos dimos todos los de esa mesa, un baño de vida y de pasión.

¡Cómo lo echaba de menos últimamente! ¡Y cómo lo voy a extrañar!

viernes, 14 de diciembre de 2007

Cocinilla

Hoy sale en la prensa de este país, que el secretario general de Agricultura y Alimentación, Josep Puxeu, recomienda comer conejo estas Navidades.

(Para los que hayan llegado hasta aquí, buscando alguna relación con el cunnilingus, se pueden dar media vuelta, que aquí voy a hablar de las especies de la familia Leporidae y sus aplicaciones en cocina).

La recomendación no sólo viene bien para nuestras pobres economías maltrechas con tanto dispendio navideño, sino también para nuestra salud.
Es una carne rica en proteínas, pero baja en grasas y colesterol y además, tiene importantes cantidades de minerales y vitaminas como la B3 (que participa en el buen estado de la piel), B6 (buena para el sistema nervioso central y que ayuda a paliar los efectos del síndrome premenstrual) y sobre todo, de vitamina B12, que además de ser buena para el metabolismo y ayudar a la formación de glóbulos rojos, es lo que se emplea para paliar los efectos de las resacas (muy típicas en estas fechas), ya que ayuda a absorber y eliminar el alcohol de nuestra sangre.

Si alguno se anima a seguir las recomendaciones del señor secretario, yo dejo aquí un par de receteas, que he probado y que me gustan (Las cantidades, son para cuatro personas).

Chuletitas de conejo (esto puede ser un para aperitivo).
Si el pollero no os saca las chuletitas, hacedlo vosotros en casa, que suena más complicado de lo que realmente es. Con el costillar bien limpio, se rasca el hueso de los palos y se tira hacia atrás dejando la costillita a la vista. Ahora podeis cortar las chuletas palo por palo, pero es más fácil si lo metéis en el congelador un rato, que se queda más tieso.
Para preparar las chuletas, se puede optar entre hacerlas a la brasa, que engordan menos (añadid un poquito de tomillo, que da un sabor muy rico) o bien empanadas y frititas con un buen aceite de oliva. Yo probé el otro día a empanar con palomitas de maíz molidas en vez de pan rallado como ví en un programa de televisión y estaba buenísimo.
A mí me gusta acompañar las chuletitas con un poco de salsa romesco, mojo picón o salsa de mostaza y que cada uno moje en lo que le guste. Y en su versión más "light", con unos canónigos aliñados con limón y aceite de oliva vírgen.
Y a chuparse los dedos.

Arroz con conejo
Se necesita un conejo entero y troceado, 300 gramos de arroz tipo bomba, 2 pimientos verdes, 1 cebolleta, 1 tomate, 3 dientes de ajo, 1/2 vasito de vino blanco, agua (con caldo de pollo, queda más rico), azafrán, tomillo, romero, aceite de oliva y sal.
Se fríe el conejo sazonado, salvo el hígado, en una tartera o paella. Cuando coja color, se retira a un plato y se reserva.
Se pica finamente los pimientos, el tomate pelado y sin pepitas, la cebolleta y dos de los dientes de ajo y se pochan en la misma sartén dónde hemos frito el conejo durante unos 8 minutos. Mientras, en una sartén se fríe el hígado del conejo. Con éste, el otro ajo, el tomillo, el romero y el vino blanco, se hace una majada en el mortero.
Cuando esté pochada la verdura, se añade la majada y se reduce un poco el vino. Añadimos los trozos de conejo y el arroz. Se cubre con el líquido (2 partes y media por cada parte de arroz), se corrige de sal y se añade el azafrán.
Se deja cocer unos 18 minutos (que se pueden aprovechar para recoger la cocina). Una vez hecho, se retira del fuego, se deja reposar cubierto con un trapo limpio 5 minutos y a la mesa.
Una variación sería añadirle unas setas (pero que no sean de bote, que saben distintas) al sofrito. Yo lo probé con trompetas de la muerte y estaba bueno.

Conejo estofado con caracoles
Se necesita un conejo (como de 1 kg. - 1 y 1/4 kg.), 1 kilo de caracoles cocidos, 40 gramos de almendras, 40 gramos de avellanas, 250 gramos de tomate frito casero, 2 cebollas, 4 dientes de ajo, 1 hoja de laurel, tomillo, romero, 1 copa de brandy, aceite de oliva, 1 par de pimientas de cayena (al gusto), 1/2 litro de caldo de carne.
En una sartén con aceite, se dora un diente de ajo con piel, la pimienta de cayena y los caracoles. Se retira el ajo y la pimienta cuando cojan color y se reserva. Se trocea el conejo y se sofríe hasta dorarlo. Se coge el brandy y flambeamos el conejo y los caracoles (cuidado con la campana extractora). Se echa el caldo de carne y se deja hervir hasta que el conejo se ponga tierno.
Sofreimos lentamente la cebolla en una sartén durante unos diez minutos aproximadamente. Añadimos tres dientes de ajos en láminas y cuando empiecen a dorarse, se añade el tomate frito casero y se sofríe todo junto.
Se hace una majada con las almendras, las avellanas, el diente de ajo que habíamos frito (ahora sin piel) y la cayena, tomillo, romero y el hígado frito del conejo. Si se quiere la salsa más espesita, se le añade una rebanada de pan frito. Se le añade un poco de jugo de la cocción del conejo para "limpiar" el mortero y se agrega al conejo junto al sofrito de tomate. Se deja cocer media horita y a comer.
Lo malo de esta receta es que se tiene un peligro con el pan y la salsa...

Si os animáis a probar, espero que os gusten y buen provecho.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Vidriera

Cuando hice esta fotografía, estaba pensando en una persona y en una conversación que habíamos mantenido. Además, me gustó mucho el juego de luces que había e intenté captarlo con mi camarilla y mis escasísimos conocimientos de fotografía.

Hoy, para mi sorpresa, alguien que me acompañaba en ese viaje y que la vió me ha pedido que si le puedo regalar una copia, que le gustó mucho. Cuando le he respondido que no había problema y he protestado por su escasa calidad "artística" (pero para mí su calidad es otra) me ha "retado" a que la someta al ojo del público.

Algún día tendré que mirarme porque caigo ante ciertas cosas con tanta facilidad...



martes, 11 de diciembre de 2007

Regalo

Hoy me han hecho un regalo.
Alguien que me aprecia me ha dedicado un poema. Yo quiero compartirlo y dedicárselo, especialmente y con mucho cariño, a aquellos a los que quiero y aprecio. Lo dejo en castellano y en su inglés original.

Espero que os guste.


Si de Rudyard Kipling

Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor
todos la pierden y te echan la culpa;
si puedes confiar en tí mismo cuando los demás dudan de tí,
pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;
si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras,
o siendo odiado no dar cabida al odio,
y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con demasiada sabiduria...
Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen;
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso
y tratar a estos dos impostores de la misma manera;
si puedes soportar el escuchar la verdad que has dicho:
tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios,
o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida
y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas...

Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos
y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta,
y perder, y comenzar de nuevo por el principio
y no dejar de escapar nunca una palabra sobre tu pérdida;
y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza,
excepto La Voluntad que les dice "!Continuad!".

Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud
o caminar entre Reyes y no cambiar tu manera de ser;
si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte,
si todos los hombres cuentan contigo pero ninguno demasiado;
si puedes emplear el inexorable minuto
recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.


If
If you can keep your head when all about you
Are losing theirs and blaming it on you,
If you can trust yourself when all men doubt you
But make allowance for their doubting too,
If you can wait and not be tired by waiting,
Or being lied about, don't deal in lies,
Or being hated, don't give way to hating,
And yet don't look too good, nor talk too wise:
If you can dream--and not make dreams your master,
If you can think--and not make thoughts your aim;
If you can meet with Triumph and Disaster
And treat those two impostors just the same;
If you can bear to hear the truth you've spoken
Twisted by knaves to make a trap for fools,
Or watch the things you gave your life to, broken,
And stoop and build 'em up with worn-out tools:

If you can make one heap of all your winnings
And risk it all on one turn of pitch-and-toss,
And lose, and start again at your beginnings
And never breath a word about your loss;
If you can force your heart and nerve and sinew
To serve your turn long after they are gone,
And so hold on when there is nothing in you
Except the Will which says to them: "Hold on!"

If you can talk with crowds and keep your virtue,
Or walk with kings--nor lose the common touch,
If neither foes nor loving friends can hurt you;
If all men count with you, but none too much,
If you can fill the unforgiving minute
With sixty seconds' worth of distance run,
Yours is the Earth and everything that's in it,
And--which is more--you'll be a Man, my son!

domingo, 9 de diciembre de 2007

Un día de cólera

Ahí está. Y aunque no miro, puedo "oír" como me grita desde la mesa ¡¡Léeme!!, pero me resisto y repito como un mantra la lección.

"Navegando por un paso o canal angosto, al llegar a un recodo con escasa visibilidad, se emite una pitada larga para informar de nuestra presencia a otros buques"

Levanto la vista y se me escapa hacia mi última "adopción". ¿Habría niebla esa madrugada de mayo? Hago un esfuerzo para no levantarme y comprobarlo y vuelvo al RIPA.

Mi hermana me regaló ayer la última obra de Pérez Reverte, "Un día de cólera".
Acto que le agradezco infinitamente, pero que le habría agradecido mucho más si hubiera esperado una semana, hasta que me examine del PER.

Porque dudo mucho de que sea capaz de resistirme mucho más y no meterle mano a la historia de esos héroes conocidos y anónimos que en un sólo día, cambiaron el devenir de los acontecimientos de todo un país.

EDITADO: Viene a cuento el último artículo de Pérez Reverte en El Semanal. Y esta anécdota, una de tantas, me hace preguntarme en que parte del camino perdimos esa extraña decencia.

Intermedio musical

Me gustan estos dos videoclips. El primero porque es un homenaje a "El resplandor" de Kubrick, película que me encanta. Y el segundo, no sé exactamente el motivo, pero cada vez que veo este vídeo en la televisión, no aparto los ojos de la pantalla.



30 seconds to Mars - The kill


Kasabian - Empire

viernes, 7 de diciembre de 2007

Noche de insomnio

Abro los ojos, aún entre el sueño y la vigilia. ¿Qué es eso que suena? Mier..., otra vez me he dejado la tele encendida. ¿Pero no la había apagado la vez anterior?
Levanto un poco la cabeza y veo a Vincent Price caracterizado como el príncipe Próspero. Mi cerebro computa. La máscara de la muerte roja". Dejo caer la cabeza sobre la almohoda.
El reflejo de la televisión y la luz de la farola que entra por la ventana, me deja entrever un poco las fotografías colgadas en la pared, frente a mi cama. Voy regresando al mundo de los despiertos con los ojos clavados en una calle de Pompeya.

Entre sombras y con la voz de Vincent Price (¡¡cómo me gusta!!) de fondo, echo un vistazo a mi habitación. Parece que ha pasado un vendaval. El pijama, las sábanas y la manta están tirados en el suelo hasta que vuelva a reclamarlos entre escalofríos. Libros, una revista, el mando del televisor y el móvil amontonados sobre la mesa, junto a la botella de agua y las pastillas para la fiebre. ¿Y las gafas? Ah, vale, las tengo puestas.

Me incorporo y me siento en la cama. Próspero sigue intentando corromper a la buena de Francesca en la televisión. ¿Por qué emitirán las películas que me gustan a estas horas de la madrugada y en cambio a horas normales, sólo echan bodrios? Supongo que para fomentar la lectura.

No presto mucha atención a la película y me fijo en el nautilus que está sobre la mesa del ordenador. Si la luz de la farola no fuera tan estridentemente amarilla y fuera algo más natural, con el reflejo en el azul de las paredes, parecería que estoy en el fondo del mar. Espero que no eche a nadar el nautilus...
Un poco más a la derecha, el tiovivo y su música navideña, que no deja que entre el "coco" en casa. Y a su lado, la pantalla del ordenador. Me levanto a oscuras y enciendo la pantalla del ordenador.

La ventana está abierta (como todas las noches) y siento algo de frío. Mientras se carga la página del correo electrónico, me acerco al baño a por el albornoz. Me miro en el espejo. Parezco una especie de Pumuky rubio, con el pelo alborotado y un mechón para cada lado. Sólo que yo tengo unas ojeras considerables de varias noches durmiendo mal.

Me siento frente al ordenador. En un correo, le explico al pirata porque me gusta el cine de Capra. Lo normal a las tantas de la madrugada...
Releo algún artículo especialmente interesante y aunque me siento tentada a comentar, me mantengo en silencio, mientras pienso si participar en una carrera a la que me han retado (la decisión la tomaré en uno de los siguientes "intermedios" en mi sueño). Hago unos cuántos test de naútica para comprobar que sigo con las luces atragantadas, pero que las balizas están dominadas.

Noto como me vuelve a subir la fiebre. Miro el reloj y aún no es hora de tomarme otra pastilla, pero si de volver a intentar conciliar el sueño. Apago la pantalla y rehago la cama. Conecto el temporizador de la televisión, porque sé que me dormiré de repente, como en el intermedio anterior.

Ahora tengo frío y me acurruco en la cama. Incluso me siento tentada a ponerme el pijama, pero no me da tiempo. Lo último que recuerdo es oír a Próspero gritando. Ni su dinero ni sus pactos con Satán le han librado de la Muerte Roja.

Un par de horas más tarde, vuelvo a abrir los ojos. Esta vez, la habitación está en silencio y noto que por mis mejillas, ardientes por la fiebre, bajan lágrimas. Cojo una de las pastillas y espero que después de tomármela, pueda dormir un par de horas más hasta el siguiente intermedio. El amanecer me pilla sentada en la cama, revisando una copia de la carta del Estrecho.

Ha sido una noche larga. Espero que la de hoy, se haga algo más corta. Necesito dormir en condiciones y poner en orden todas las cosas sobre las que he tenido tiempo para pensar esta noche. Y con la cabeza todo lo despejada que yo puedo tenerla, tomar decisiones.