- Te noto apagada. ¿Qué te pasa? - Estoy triste y tengo ganas de llorar. Despacito, quedo, sin dar el follón. - Y eso, ¿por qué? - No lo sé. Por todo. Por nada. No es malo, sólo que estoy triste. Nada más. - Pero algo habrá tenido que desencadenarlo. Ayer estabas de un humor excelente y reías a carcajadas. Te chispeaban los ojos. Y hoy... - Pues no lo ha desencadenado nada. O todo. ¡Yo qué sé!. Tampoco me preocupa. Ya te digo que no es nada. Pasará. - ¿Pero has tenido problemas en la oficina? ¿Has discutido en casa? ¿Alguna movida sentimental? - No, nada extraordinario. Mi vida sentimental sigue como siempre, me he levantado tarde, porque no trabajé, después de una velada agradable, he hecho el vago buena parte del día y he dormido una buena siesta. - Chica, no entiendo ese cambio de humor si no ha pasado nada. ¿Te va a venir la regla? - No, no es eso. Quizás soy un poco lunática y me afecta la luna. O que soy como una obra de Mihura. O simplemente, nada. - Chica, me fastidia no poder hacer algo para animarte. - Pero es que no hay nada que hacer. A lo mejor no quiero que hagas nada. No entiendo ese "miedo" ante la tristeza. No se puede estar todo el día como unas castañuelas y cuando acomete la tristeza o la melancolía, hay que darle su tiempo, que descargue. - Venga chica, anímate. - No quiero animarme, quiero llorar. ¿Sabes por qué tiendo a refugiarme en mi misma cuando estoy así? ¿Por qué me oculto tras mis barreras? - Ni idea, pero eso no es bueno. - Para evitar conversaciones como la que acababamos de tener.
Hace un momento estaba casi dormida frente al televisor. Hasta que en el intermedio escuché esto:
Y me despejé instantáneamente. ¿Pero qué mier... es eso? ¿Chapas en una consola?¿Qué será lo próximo? ¿La peonza? ¿Las canicas? ¿El churro, media manga, mangotero...?
Las chapas se juegan tirándote por el suelo, no sentada en el sofá. ¿Quién no ha jugado un partido de fútbol con chapas? ¿O ha escalado el Naranco de Bulnes? Yo le daba unas palizas tremendas a mi primo Toñín jugando al fútbol y como tenía mal perder (y yo un ganar cojonudo), acabábamos a tortas.
Antes de cada partido, preparaba mi equipo concienzudamente. Tenía su proceso artesanal de creación. Me gustaba tener todas las chapas del mismo refresco y mi manía eran las de Fanta de naranja. Las que tenían un pequeño bollo del abridor, las alisaba con paciencia y un canto rodado. Y después, tocaba la equipación. Como yo siempre he sido del Madrid, lo tenía fácil. Sólo cortar el folio y con un rotulador carioca morado, hacer las rayas en el hombro de la camiseta y con otro negro, poner el dorsal. Como portero, un buen tapón de casera que representara a Ochotorena, Agustín o posteriormente, Buyo, unas tizas para pintar el campo en la acera y un garbanzo como esférico. ¡¡Y a jugar!!
O también se podían echar carreras ciclistas. Primero, había que hacer el circuito sobre la arena, creando algunos montículos que fueran puertos de montaña. Después, los maillots para el líder y el premio de la montaña y, si no teníamos fotos de los corredores, el maillot de nuestro corredor. (A mí me gustaba mucho Bernard Hinault y sentía debilidad por Isidro Juárez (por ser de la tierra), aunque más tarde me hice del "Reynolds" de Angel Arroyo y Perico Delgado).
Y lo mejor es que a las chapas no se podía jugar sólo, había que socializar. Bajábamos toda la chiquillería a la calle y nos montábamos nuestra liga (con seis equipos del Real Madrid y ningún Barça). Protestábamos, nos reíamos, nos manchábamos y vivíamos.
Me parece un sinsentido lo de este juego, como supongo que le parecería a las generaciones anteriores ver que en vez de jugar al fútbol en la calle, se jugaba frente al televisor.
En fin, que estoy mayor...Aunque de vez en cuando, sigo jugando a las chapas, mientras enseño a mis sobrinos.
Si las chapas me despertaron, los chaperos y las prostitutas me mantuvieron despierta. Que nadie piense mal, que no pago por follar, sino que me quedé viendo el debate sobre la prostitución que emitieron en el programa 360º de Antena 3. Debate que habría sido mucho más interesante, si se hubieran escuchado un poco más y berreado algo menos. Pero ya se sabe, como dice el amigo Oshidori, estamos sordos.
Quién me conoce, sabe que siento mucho respeto por las prostitutas (aunque cada vez se tienda, como la sociedad en general, a la chabacanería) y ninguno por los proxenetas, sobre los que haría caer el peso de la ley con total contundencia (y un par de hostias de propina, pero eso a título personal). Respecto a los clientes, habrá de todo y no tengo mayor problema al respecto (muchos de mis amigos han recurrido a sus servicios) y creo que más que a desahogar el pito, que los hay, la mayoría va a desahogarse de sus quebraderos de cabeza. Me comentan algunas prostitutas que conozco que, más que sexo, muchos lo que buscan es poder y dominación, esclavizar a otra persona, deshumanizarla y eso, como patrón general, me preocupa.
Es un problema muy complejo (hablo de prostitución de adultos, no infantil que ese es otro tema) pero creo que una medida acertada, sería legalizar su actividad, que genera mucho dinero, pagando impuestos y seguridad social y recibir a cambio contrapartidas, como paro o baja laboral. Se ejercería un mayor control sanitario, por ellas (y ellos, que también hay prostitución masculina) y por los clientes, se les facilitaría una cobertura legal ante los abusos de algunos clientes y de los proxenetas y se eliminaría gran parte del problema "cosmético" de nuestras ciudades. Quien quiera prostituirse que lo haga, pero sin ser víctima de redes de extorsión o trata de blancas ni de abusos en los clubes y facilitemos, pero de verdad, sin moralinas, la inserción laboral en otros sectores a las que no quieran.
Cerca de dónde vivo y trabajo está uno de los mayores focos de prostitución en Madrid, el polígono Marconi. La verdad es que la situación no es la más agradable. No por las prostitutas en sí (aunque algunas se pasan y se lanzan sobre los coches, sin importarle si el caballero va con la mujer o a llevar los niños al cole), sino porque realizan su trabajo en la calle y dejan los condones usados tirados en la acera, cerca de la zona de viviendas; sin condiciones higiénicas (se limpian entre cliente y cliente con una botella de agua y unos kleenex y eso la que se limpia) y bajo la vigilancia incesante de sus chulos, que observan sentados en sus haigas mientras aprovechan pra trapichear con droga.
Yo conozco a algunas (y a algunos travestis). Casi todas son extranjeras y pasan por mi oficina a mandar dinero a sus países, bien a sus familias, bien para pagar la deuda que contrajeron para venir a España. Yo no me escandalizo por su profesión y las trato con el mismo respeto y profesionalidad con los que atiendo a cualquier otro cliente. Incluso diría que con algo más, cuando tengo que comprobar las miradas reprobadoras o hipócritas de otros clientes. Me fastidian esos fariseísmos, porque ante todo son personas y algún "corte" he dado a vecinos cuando me han criticado porque me paro a hablar con algunas, con las que tengo más confianza, en medio de la calle.
Ayer hubo algo en los SMS que enviaron los espectadores que me llamó la atención (las patadas al diccionario también, que me dolían los ojos al leerlas). En muchos de los mensajes se defendía su "labor social" (que existe) y decían que evitaba que hubiera más casos de, la mal llamada, violencia de género. Sé que hay muchos matrimonios que se salvan (aunque para salvarse así, yo me plantearía su salvación) gracias a la prostitución, pues sirven de válvula de escape a muchas frustraciones. Lo que me preocupa es que hay mucho animal suelto que se cree que porque paga, puede hacer lo que le salga de los coj... y que esa persona deja de serlo y que eso se está generalizando. Un reflejo de una sociedad que cree que el dinero compra todo y elude responsabilidades. ¡Qué asco más grande!.
Yo creo que si se le quitara un poco de trascendencia al sexo en sí mismo y se viera como algo más natural, se evitarían mucho de esas frustraciones y eso se logra con la educación (que es el remedio a muchísimos males). Y también ayudaría que ciertas políticas igualitarias (yo llamaría revanchistas) fueran realmente igualitarias y no discriminativas.
En casi todo momento, se habló de los hombres que recurren a los servicios de la prostitución pero apenas se habló de mujeres que lo hicieran (y existen). A las mujeres que leen esto, ¿vosotras recurririáis a esos servicios? Yo en principio no, aunque nunca descarto nada, pero porque le quitaría, para mí, parte del juego sexual, no me lo creería y no disfrutaría, al saber que lo estoy pagando.
Silvia: - Joer, pues si que se han dado prisa los de la UNED en cobrar la matrícula. Fran: - ¿La matrícula? ¿Pero ya sabes las notas de septiembre? Silvia: - Ah, no, esas tardan un mes, más o menos... Fran: - ¿Entonces? Silvia: - Porque además de lo poquito que me queda de lo otro, ya soy oficialmente estudiante de Administración y dirección de Empresas. Fran: - MASOCA.
Aquí el amigo Don Francisco ha visto en un blog uno de esos MEME (¿de dónde vendrá el nombre?), le ha hecho gracia y me ha mandado un correo para que lo ponga en el blog.
Consiste en enumerar seis cosas que nos guste hacer (¿sólo seis?). Por supuesto, no voy a enviárselo a nadie. Que conteste quién quiera, que nadie está obligado a ello (salvo Fran).
Ahí van mis seis cosas (las de Silvia):
1.- Reírme a carcajadas. Y ya si se me saltan las lágrimas y acabo con agujetas, es un momento memorable.
2.- Cocinar. Ya no es que me guste comer o cocinar para otros, es que me gusta intentar emular algo que he probado, extraer los sabores, combinarlos... Y encima me relaja muchísimo.
3.- Chatear. Y no me refiero al chat por internet (que ese es el sustitutivo cuando no se puede el otro). Me refiero al chateo de toda la vida: el del tinto, blanco y rosado, acompañado del aperitivo y de los amigos. Y si lo combinamos con el punto uno, la leche...
4.- Leer. Lo que sea...Si hasta me leo las instrucciones de los aparatos electrónicos (no como otros jejeje) y los prospectos de los medicamentos.
5.- Pasear, disfrutando del paisaje y del paisanaje, mientras escucho música en el mp3
6.- Canturrear y bailotear (aunque lo haga rematadamente mal)
Hay muchísimas cosas más, pero como sólo hay que poner seis...
¡¡Que se acaba el mundo!! ¿Qué no lo sabían ustedes? Yo me he enterado esta mañana, en el bar, mientras daba vueltas a mi cola cao. Lo han dicho en la televisión y una amable señora me ha dado una charla con tintes apocalípticos sobre el asunto. Que yo me pregunto, si había veinte personas más en todo el bar, ¿por qué a mí?. Ganas sentí de contestarle y decirle que ya me han dicho eso más veces y que aquí sigo dando guerra, pero tenía demasiado sueño como para discutir.
Por lo visto, el responsable esta vez iba a ser esto y el experimento que hoy se está llevando a cabo, en el que pretenden descubrir algunos aspectos sobre el origen del universo y la formación de materia. Algunos científicos, como el bioquímico alemán Otto Rossier, cuestionaron la seguridad del proyecto, afirmando que se podría crear un agujero negro que engullera la tierra y a todo el Universo. Y que los medios de comunicación han recogido, algunos con mayor alarmismo que otros.
Al comentarle, entre risas, la noticia a una amiga, comenzó a hablarme de los millones de cosas que haría antes de que se acabara el mundo: que si viajar a no se dónde, que si liarse con no sé quien, que si cantarle las cuarenta al de más allá... Quizás yo ya esté mayor, pero no creo que me fuera a replantear mi vida, cometer locuras y tratar de hacer lo que no he hecho en estos últimos treinta y tres años.
Soy algo más simple. Después de pasado el cabreo inicial, que ya procuraría que me durase poco, dedicaría el tiempo que me quedase a disfrutar de los míos y a despedirme de aquellos a quien no tuviera cerca (iba a dar un par de collejas a algunos petardillos que me iba a quedar de un a gusto...). Y ya. Ni grandes viajes, ni lujos, ni cantar las cuarenta, ni nada del otro mundo. Metida en un velero (si lograse convencer a mi familia) o en casa, cocinando juntos, procurando reirnos lo más que pudiéramos y con su compañía, intentar superar ese miedo a lo que hay después.
Ahora que lo pienso, no es malo vivir con un poquito (pero poquito, para que azuce y no paralice) de ese miedo a que todo se puede ir a hacer puñetas en cualquier momento. Para valorar un poquito más esas pequeñas cosas, esas rutinas que componen nuestra ¿felicidad? y dejarnos de tanta chorrada banal. Aunque quizás, descubriésemos que somos más superficiales de lo que realmente creemos que somos.
El día amanece lluvioso y aunque a la mayoría de las personas les entristece, a mí me encanta.
Así que con mi bolso cargado de apuntes, que tenía que haber estudiado antes, y una sonrisa, porque esperaba que por la tarde hubiera charcos enormes, salgo de casa para afrontar el primero de los dos exámenes de la jornada. Pero primero, un café, algo de música y a repasar. Desde mis tiempos de estudiante (los primeros, cuando era más joven), siempre me gustó estudiar en cafeterías. Por aquel entonces fumaba y podía echarme un cigarrito mientras estudiaba y así no interrumpía mi sesión de estudio.
Sé que el café de los Starbucks no es el mejor del mundo. Sé que son caros para la calidad que tienen. Sé que los dulces engordan con sólo mirarlos. Pero...¿qué le voy a hacer? Me gusta ese sitio para estudiar. Todavía no he estado en uno en el que los camareros fueran desagradables o secos, sino más bien todo lo contrario. La música, lo sucientemente suave como para charlar o estudiar, me suele gustar bastante. No permiten que se fume (quién me ha visto...) y por el bien de mis bronquios, lo prefiero. Y sobre todo, tienen, en casi todos, unos sillones muy cómodos en los que repantingarse mientras se estudia.
Al pasar por el escaparate, veo que está libre el rincón. Tiene una butaca confortable, una mesa baja dónde dejar los apuntes y una pequeña repisa que hace las funciones de escabel. Además, desde dentro, puedes ver a los transeúntes y distraerte imaginando, pero es raro que ellos se fijen en ti. Así que cojo mi café en taza de loza y mis apuntes, presta a ocupar la butaca. ¡¡Horror!! ¿Qué demonios hace ese tipo en ¡¡mi!! sitio? ¿No hay sitios libres en todo el local que tiene que ir a coger precisamente ese? Noto como comienzo a sentir una corriente de antipatía hacia ese desconocido que juega al FIFA en la PSP ajeno a mi inquina. Corriente que aumenta según pasa el tiempo. Digo yo que podría jugar con auriculares, que me importa un bledo saber que le han cascado tres goles. Levanto la mirada de los apuntes y la dirijo alternativamente al individuo y al vaso de papel con pajita que está frente a él. Bien se podría ir a la p... calle a molestar. Cruzo mi mirada con la de la turista que está en la mesa de al lado e intuyo que estamos pensando en lo mismo. Nos sonreímos con algo de malicia en esa sonrisa.
Después del café, me subo en el autobús para ir al examen. Intento repasar pero no hay manera. Me llama más la atención ver como se despereza Madrid y los pocos ocupantes que viajan en el autobus a estas horas. Por los ojos vidriosos, el desorden en sus ropas y la cara de sueño, el moreno que está dos filas delante mía, parece que vuelve a casa después de una noche de juerga. Da una cabezada y...casi se estampa contra el cristal. Pero se despierta a tiempo. Otro hombre, de mediana edad, va leyendo las últimas novedades en el Marca. Una mujer, que supongo empleada del hogar, va haciendo un sudoku, con gesto concentrado. Se golpea, con gesto contrariado, la sien con el bolígrafo cuando encuentra una dificultad. Una pareja de turistas alemanes, parece que jubilados, consultan un mapa y no parecen tenerlo muy claro. El hombre, que tiene unos ojos azules muy claros, casi transparentes, se me acerca y me pregunta sobre como ir al Palacio Real. Le doy las indicaciones, nos despedimos educadamente y cuando bajan del autobus, miro por la ventanilla. Por el camino que emprenden, parece que les indiqué bien. Una mujer más o menos de mi edad, sudamericana, sube al autobus con un cochecito de bebé. Lleva a una niña, de apenas dos años, con unos enormes ojos castaños, que miran con curiosidad lo que le rodea. Le sonrío y me devuelve la sonrisa. Comienzo a hacerle muecas y se ríe ante mis payasadas. Cuando baja del autobus, me sonríe por última vez.
Llego al lugar del examen. Los fumadores apuran, nerviosos en su mayoría, los últimos pitillos. Casualidades de la vida, me encuentro con un cliente que también está estudiando en la UNED. Apuramos los últimos minutos antes del exámen charlando tranquilamente. Ambos vamos con la tranquilidad que da la ignorancia. Y es que así no hay quien dude en las preguntas y los nervios no pueden traicionarle. No me las sé y punto.
El examen...Le comentaba a unos amigos que para aprobar, necesitaba que se abrieran los cielos y apareciera la Corte Celestial en pleno. Por la mañana, estaban ocupados en otras cosas más importantes.
Al salir, vuelvo a coincidir con mi cliente y nos vamos a tomar una cerveza a una cafetería cercana. Él se vuelve a casa, pero a mí aún me queda otro examen. Saco exámenes antiguos de esa asignatura, ya resueltos y les echo un vistazo, a ver si deja de sonarme todo a arameo. El solecito que entra por el escaparate, y que me ha robado mis charcos, me provoca modorra. Aunque más tiene que ver lo aburrido de lo que leo.
Pasan las horas y vuelvo a estar en el mismo pasillo, esperando a que nos coloquen, que por la mañana. Harta de releer exámenes, saco mi libro y me dejo atrapar por otro Madrid, lleno de superchería, y por el depravado Ambrosio.
Pasamos al exámen y veo a "mi" amigo. Un profesor grosero y maleducado, que se debe creer superior a nosotros. Un auténtico gilipollas. Y hoy, un pringao al que le ha tocado trabajar un sábado por la tarde. Reparten el examen.
Las nubes se abren. La sala se llena de una luz pacificadora. Sonido de trompetas y cantos de serafines. Los Profetas, los Apóstoles, los Santos rodean el Trono Celestial. Y el Hijo sentado a la diestra del Padre. El Espíritu le caga en el cogote al profesor. ¡¡Me ha tocado el mismo examen, palabra por palabra, que he estado leyendo minutos antes de entrar!!! ¡¡Y me acuerdo perfectamente del desarrollo!!. Siento ganas, que contengo, de ponerme a bailar en medio de la clase y le daría un beso en los morros al que ha puesto el examen. Levanto la vista y veo al gilipollas. Mejor dejo lo del beso para otro momento, porque prefiero besar a un dromedario con escorbuto que a eso. Acabo mi exámen y hasta me da tiempo, al descuido de los profesores, de ayudar con el suyo a una compañera, cuyo nombre ignoro, pero que me invita a una cerveza de agradecimiento a la salida.
En el autobus de regreso, voy feliz leyendo mi novela, contenta por la suerte que he tenido. Ni las groserías de una pasajera, drogadicta, que nos acusa al resto de haberle robado su billete de autobus, logran borrarme la sonrisa. Es más, se agranda cuando comienzo a imaginarme al peligroso ladrón de los metrobuses, pensamiento que tengo en voz alta y que provoca la sonrisa de la chica del asiento contiguo. Seguro que es esa ancianita. O esa pareja joven. Si es que nunca se sabe, que los metrobuses son un objeto irresistible...
Llego a casa y me tumbo un rato en la cama. Caigo en los brazos de Morfeo casi al instante. Duermo unas horas y me despierto cuando ya todos duermen, descansada y relajada.
Abro blogger, dispuesta a contar otra chorrada que se me ha pasado por la mente. Pero cuando me pongo, sólo me sale escribir sobre este sábado, tan completo, con sus luces y sombras. Tan ameno y revitalizador.
¡Qué bien me ha sentado eso de acabar los exámenes!. Que tengáis dulces sueños y un domingo estupendo.
El mes pasado, uno de mis clientes, me trajo un detallito por haberle preparado unas buenas vacaciones, para él, sus hijos y sus nietos.
Y ni proponiéndoselo, acierta más con el regalo: una caja de caramelos de violeta. No sé si habréis tenido oportunidad de probar estos caramelos. No a todo el mundo les gusta su sabor, pero a mí me pirran y son la alternativa más económica a las propias flores escarchadas con azúcar, que son un capricho algo caro, pero que de vez en cuando hay que concederle al cuerpo.
Como he dicho, me pirran y este caballero me regaló una cajita. Pero no una cualquiera, sino una primorosamente envuelta, casi con mimo, de las que venden en La Violeta, una de mis tiendas favoritas de Madrid.
Es una bombonería de las toda la vida, abierta a principios del siglo XX y que no cerró sus puertas ni durante la Guerra Civil. Está en la plaza de Canalejas, cerca de Sol y del Congreso y según te acercas a la puerta, tiene un aroma inconfundible, que hace que te den ganas de pegar la nariz contra el escaparate.
Recuerdo cuando era pequeña e iba con mi padre a Casa Mira (que hace de los mejores turrones que he probado nunca), que está muy cerca, a comprar turrón de yema, que tanto le gustaba a mi abuelo y después nos acercábamos dando un paseo hasta La Violeta, dónde siempre caía una cajita de caramelos. Y como yo, conteniendo las ganas de comerme los caramelos, paseaba orgullosa con mi cajita envuelta con ese lazo tan mono.
Hace un momento, mientras estudiaba, me dió por satisfacer mi gula con un par de estos ricos caramelos. Y mientras se deshacían en mi boca, llenando mis papilas de ese sabor tan característico, recordaba esos paseos infantiles con mi progenitor. O como muchos años más tarde, entre risas, le descubrí a mi goloso esos caramelos y me regaló una cajita de violetas escarchadas y como paseaba otra vez orgullosa con ella en la mano (aunque más que por los caramelos, por la compañía).
Algo tan pequeño y dulce y la de dulces recuerdos que me ha traído a la cabeza.
Turu, esto es para ti. Gracias a tu artículo retomé a Miguel y a Iria, que llevaba el borrador meses durmiendo en el olvido.
Después del entierro de su madre, la vida iba regresando poco a poco a la normalidad. Tras acabar los estudios de bachillerato, con buenas notas como se esperaba de él, accedió a la Universidad. Llegaron nuevos amigos, nuevas inquietudes y largas horas de estudio para lograr su objetivo. Quizás no fuera a ser un gran piloto como soñaba cuando era niño, pero pasaría la vida entre aviones, construyéndolos.
En algunas de las noches que pasaba estudiando, perdía su mirada por la ventana, tratando de buscar estrellas y recordaba a Iria. Se avergonzaba de si mismo por no haber hecho nada por mantener el contacto y se prometía que regresaría al pueblo, la buscaría y retomarían su amistad. O quizás algo más. Y es que recordaba esa tarde en el cementerio en la que se dió cuenta de que su amiga de juegos de la infancia se había transformado en toda una mujer. Pero la rutina, pesada, se imponía, dejando la promesa en suspenso indefinidamente.
Después de aprobar el primer curso, decidió tomarse unos días de descanso en la vieja casa del pueblo. La promesa, tanto tiempo pospuesta, se haría realidad. Podría ver a Iria. No sabía cuál sería la reacción de la joven a su silencio del último año y temía haberla decepcionado. Quizás no quisiera saber nada de él por haber sido tan egoísta, aunque en su fuero interno creía, y eso esperaba, que ella le excusaría.
Metió sus trastos en el Seiscientos que le había regalado su padre y condujo todo el día para alcanzar su destino. Cuando llegó, ya de noche, se sentó en un poyete junto a la puerta de la casona a liarse un cigarrillo. Sólo el canto de cortejo de los grillos rompía el silencio de la noche. Se recostó contra la fachada de la casa, aspiró el aroma a mar que la brisa traía y encendió el cigarrillo. Miró a su alrededor esperando ver aparecer a su amiga, entre las volutas de humo. Era imposible que ésta supiera de su llegada sorpresa, aunque con Iria nunca se sabía. Se rió ante ese pensamiento, apuró el cigarrillo y se fue a la cama.
Justo antes de dormirse, presa del cansancio, miró a través de la ventana el cielo cuajado de estrellas y silbó. Fue una noche de dulces sueños en los que imaginaba la jornada venidera, ésa en la que buscaría a su amiga, le mostraría su coche y se irían a dar un paseo por la playa, con las manos enlazadas y charlando en voz baja como el día del funeral. Sólo que en esta ocasión, ambos sonreirían.
Se levantó bien entrada la mañana, después de una larga noche de sueño reparador y hambriento como un lobo. Decidió que tomaría algo en el bar del pueblo y después buscaría a Iria. La verdad es que no sabía muy bien por dónde empezar. Ahora que lo pensaba, sabía poco de su amiga, pues casi todas las conversaciones se habían centrado en las travesuras comunes o en él. No había ido nunca a su casa, no sabía si tenía hermanos o si sus padres vivían. Tampoco la había visto nunca charlar con nadie. Intuía que su color favorito era el azul, pues siempre llevaba una prenda de ese color, pero tampoco estaba seguro de eso. Sólo sabía es que cuando estaba con ella, todo era distinto, mucho más sereno y sencillo. Hasta él mismo parecía más confiado y relajado. Y le bastaba con eso.
Iba conduciendo animado y sonriente, bajo el sol de la mañana. Tenía tantas cosas que decirle a Iria. Hablarle de sus sueños, de sus proyectos, de sus temores...Averiguar si el azul era su color favorito, si le gustaba bailar o si quería acompañarle a la verbena del pueblo de al lado. O simplemente, sentarse a su lado y escuchar su risa cristalina.
La vió al final del paseo. Inconfundible con un vestido azul sin mangas y el pelo alborotado por la brisa. Movía las manos, mientras parecía charlar animadamente. Entonces se fijó en su interlocutor. No podía distinguir quien era aquel hombre moreno, pero por sus gestos, por como apoyaba su mano sobre el brazo de ella, había familiaridad entre ellos.
Notó una punzada en el estómago y como se le llenaba la boca con el sabor a bilis, mientras sus manos se crispaban sobre el volante. Sabía que era irracional e infantil que sintiera celos. Ese hombre podía ser algún pariente, su hermano o quizás un primo, pero le daba igual. Esos gestos, esa confianza...sentían que eran suyos, que le pertenecían y que se los estaba quitando ese desconocido.
Estaba tan inmerso en su rabia, que no lo vió venir hasta que fue demasiado tarde. Vió por el rabillo del ojo, a su derecha, un camión al tiempo que escuchaba la bocina de este avisándole de su presencia. Dió un volantazo a su izquierda tratando de esquivarle y perdió el control del coche. Oyó como chocaba contra un poste, el ruido de cristales rotos y notó un fuerte golpe. Y después, la oscuridad.
Por un gallifante, ¿quién es la imbécil que lleva en su oficina desde las 8 de la mañana en vez de estar durmiendo o estudiando?
Lo que me fastidia no es el madrugón o el que me llamara anoche un cliente a la una y media de la madrugada (que me dió igual, porque no podía dormir dándole vueltas al cotarro). Lo de trabajar un día que no me toca tampoco, pues me ha pasado más veces y sé que son las fechas.
Lo que realmente me cabrea, es que esto me pasa porque he ido a dar con un cobarde, incompetente y gilipollas, que se ha lavado las manos en un problema que él ha generado y que me ha causado a mí un marrón gordísimo, porque soy yo la que da la cara. Y como no quiero que me la partan, héme aquí, removiendo Roma con Santiago para solucionar el problema.
Lo triste es que si en vez de comportarse como un soberbio y un prepotente, nos hubiera escuchado a sus subordinados o a mí, que somos los que estamos en contacto con la realidad del asunto, esto no habría sucedido y todos tan contentos.
Ayer hablaba con uno de sus empleados con el que tengo mucha confianza y un cierto grado de amistad. Me decía "Silvia, ya sabes, es el hijo del dueño y hace lo que quiere. Sigue siendo, con sus cuarenta y pico años, un niñato consentido al que le han dado un juguete que está destrozando poco a poco".
Mi primer pensamiento fue ¿Y no podría destrozar el juguete sin estampármelo a mí en la cabeza?. El segundo fue menos egoísta y sí más triste. Pensé en las horas, esfuerzos y sacrificios que su padre tuvo que hacer para lograr todo lo que logró. Y el esfuerzo de todos los que trabajaron para su padre y que contribuyeron a ese éxito y que, como a mi amigo, tan poco se les agradece ahora.
Aunque quiero creer que no somos tan egoístas cuando logramos algo, que somos más generosos y agradecidos, cada vez me cuesta más creerlo y mi fe en el ser humano se tambalea un poquito más.
Las Autoridades Sanitarias advierten: La combinación de Silvia, noche y pop español de los años 80 y 90 supone un grave peligro para su salud y la de sus acompañantes (y unas cuántas risas durante el proceso). Les aconsejamos que no la dejen acercarse a una barra si empiezan con los chupitos o su hígado sufrirá las consecuencias.
El viernes habíamos estado en la Expo 2.008 de Zaragoza. Calor, aunque no demasiado (y aún así, acabé con los brazos colorados por franjas); colas para fomentar la paciencia, algún fallo organizativo que complicaba la vida a los visitantes...y un día de disfrute y cansancio (que se sumó al de la semana durísima de trabajo) en el que acabé andando como las muñecas de Famosa.
Aunque esa noche nos recogimos temprano (que no pronto) y con un poquito de alcohol en el cuerpo, gracias a mi insomnio (que hizo que me releyera Luces de Bohemia) dormí más bien poco y el sábado estaba hecha polvo, sin sentirme las piernas como Rambo y con ganas de tirarme en el primer trozo de césped que me encontrara a dormir como un ceporro.
Un buen almuerzo y una agradable tarde disfrutando de buena conversación y mojitos me despejaron, pero durante la cena, sentada, volví a sentir un gran cansancio y me temía que pronto querría retirarme. En el primer bar, se me cerraban los ojos. La música no contribuía demasiado y me sentía tentada de cambiar mi ron con cola light por un gotero de café en vena. Al llegar al segundo, sólo quería sentarme, apoyar la cabeza en la barra y dormir. Ni siquiera pedí algo para beber porque levantar el vaso me suponía un esfuerzo enorme que no estaba dispuesta a realizar.
Pero entonces, pasó. Si diez segundos antes me dormía por los rincones, sonó una canción y acabé pegando botes y haciendo el gamba, olvidando el dolor de piernas. Y como la música que seguía me gustaba, yo seguía cantando (bueno, si a eso que yo hago se le puede llamar cantar) y bailando, mojando el calor con una Coronita bien fresca.
Lo "malo" (y que inspiró la advertencia del principio) fue el malentendido. Sonaba el último single de Tequila y cuando se lo comenté a uno de mis acompañantes, entendió que decía que me apetecía un tequila. Y empezamos con los chupitos y mis reencuentros. Primero fue el tequila, que haría cosa de diez años que no me tomaba uno a palo seco. Después, la sugerencia del cua-cua (Cointreau y licor 43) que era algo que yo bebía cuando tenía 16-17 años. Y ya que estábamos con los chupitos, que el cua-cua me resulta empalagoso y que cada uno pidió de lo que le gustaba, yo me marqué una ronda de mi viejo amigo Jack (Daniels). El camarero, majísimo él (y que estaba para mojar pan), además de hacerme precio especial en chupitos y copas, se unió a la fiesta invitándonos a una ronda. Yo a él... y entramos en una dinámica que mi hígado lamentará y que culminamos haciendo en la fase de Cantos y bailes (véase este artículo en este mismo blog) una "coreografía" al son del New York, New York de Frank Sinatra.
Al cambiar de bar y de música, volvió el cansancio y las ganas de pillar una cama. Creo que antes de que mi cabeza tocara la almohada, ya estaba dormida. Dormí pocas horas (las justas para metabolizar el alcohol y no tener ni rastro de sus estragos en mi organismo, que yo ignoro lo que es una resaca), los ojos me escocían por el sueño y por pasarme de horas con las lentillas y las piernas seguían doliéndome.
Mientras me tomaba el aperitivo en una terracita al sol, sabía que esta semana iba a pagar el exceso. Aunque sólo por las risas y los números musicales de la noche anterior, merecía la pena la factura.
Estamos tan acostumbrados al ruido, que cuando llega el silencio, nos desconcierta y hasta nos asusta. Y a veces, aunque nos haga daño, seguimos escuchándo ese ruido por no sabernos solos.
Con la perspectiva que da el paso del tiempo, te das cuenta de que en el silencio te escuchas más a tí misma y que no quieres ni necesitas ruidos, sino sonidos agradables.
Lo sentimos mucho... Llegó en un estado muy grave.... El derrame estaba muy extendido... Hemos hecho todo lo posible...
Retazos de una voz monótona que trataba de resultar compasiva, una bata blanca sin rostro, el dolor y la rabia mal contenida en la voz de su cuñado y un intenso olor a desinfectante, a lo que huelen todos los hospitales. Y el sabor de las lágrimas que llegaba hasta sus labios. Eso era todo lo que recordaba con nitidez. El resto... Desde que había descolgado el teléfono y escuchado la voz de su cuñado, había notado una especie de niebla que le rodeaba, pegándose a ella como una segunda piel, ahogando los estímulos que llegaban a sus sentidos.
Tampoco recordaba mucho más de los días que siguieron. Una cacofonía de voces afectadas expresando su sentimiento de pésame, abrazos que trataban de aportarle calor y consuelo pero que notaba amortiguados como todo lo que le rodeaba. Alguno se sorprendió de su entereza, que no era tal, sino que sentía como si estuviera viviendo una pesadilla de la que deseaba despertar y no lo lograba.
Pasaron los días y asumió que no era una pesadilla. Entonces llegó la Nada. Era tal la sensación de vacío que le oprimía el pecho, que se despertaba sobresaltada por las noches, boqueando en busca de aire y con los ojos arrasados por las lágrimas, para acabar mordiendo la almohada para que los que la querían no la escucharan llorar.
Unos meses después recibió una llamada de su cuñado. Iba a vender el piso y le llamaba por si quería recoger las cosas que tenía dentro. Con todo el ajetreo se había olvidado de esos detalles tontos, pero quería visitar por última vez la casa dónde había sido tan feliz, quizás buscando sentir algo más que esa sensación de vacío. Iría ella sola, recogería sus cosas y dejaría más tarde la llave en el buzón.
Era un día gris. Como le parecían todos desde el funeral, aunque reluciera un sol espléndido. Pero éste concretamente, lo era. Nubes plomizas amenazaban con descargar un gran chaparrón sobre Madrid. El taxi en el que viajaba pasó junto al campo de fútbol en el que él solía entrenar con sus amigos. Apoyó la cabeza contra el cristal y dejó que las lágrimas se deslizaran por sus mejillas al recordar como disfrutaba viéndolo reír con sus amigos. Y lo feliz y orgullosa que se sentía cuando marcaba un gol y se acercaba a la banda a besarla. A su fan número uno.
-Ya hemos llegado. ¿Se encuentra bien, señorita? -Sí, sí. Gracias. Quédese con el cambio
Vió el portal y sintió una mezcla de tristeza y temor. Se sintió tentada de decirle al taxista que la sacara de allí, que la llevara a un sitio dónde no doliera tanto. Pero era imposible. Fuera dónde fuera, el dolor no iba a abandonarla. Sacó del bolso una de las pastillitas supuestamente milagrosas que le había recetado el médico para controlar la ansiedad y que no sabía porque motivo, no tomaba pero siempre llevaba consigo. La contempló, tan pequeñita. ¿Sería eso lo que haría que desapareciera el dolor?. El dolor era lo único que le hacía saber que realmente estaba viva y que la Nada no lo había devorado todo. Guardo la pastilla y en su lugar, optó por el tabaco.
La subida en el ascensor se hizo eterna, como si el tiempo se ralentizara para darle la oportunidad de apretar el botón de STOP y dar media vuelta.
Al abrir la puerta, notó enseguida el olor a cerrado y polvo. Su cuñado no se había sentido con fuerzas de volver a la casa y llevaba desde su muerte cerrada. Él, con lo maniático que podía ser a veces con la limpieza, no habría permitido nunca que la casa estuviera así.
Dejó su bolso sobre el sofá del salón y entró en la cocina para abrir una de las ventanas y que el aire fresco entrara en la casa. Cuántas veces habían cocinado juntos, ella enseñándole con paciencia a preparar algunos platos, mientras entre risas se repartían las labores de la casa.
- ¿Me ayudas con la plancha? - Imposible. Mi religión me prohibe planchar. - No tengas tanto morro, que cuando vivamos juntos también te tocará planchar.
Vivir juntos. Otro plan truncado. Ahora daría su brazo izquierdo por tener la oportunidad de vivir tantas cosas con él. Hasta planchar.
Cogió una bolsa de basura por si tenía que tirar alguno de sus potingues y se dirigió al cuarto de baño. Y allí le vió. Como tantas otras veces. Con la toalla atada a la cintura, recién salido de la ducha, con las mejillas cubiertas de espuma y afeitándose meticulosamente. Y se vió a sí misma, observándole con una sonrisa en los labios, antes de acercarse y abrazarle, apoyando su cabeza en su espalda, embriagándose con su olor. Le encantaba como olia. Y ahora ese olor se había ido para siempre, sólo quedaba en su recuerdo. Se acercó al albornoz que le había regalado en Navidades, hundiendo su nariz entre los pliegues, en busca de su olor. Nada. Se había desvanecido. Y el espejo sólo le devolvía el reflejo de su rostro. Cansado, aunque sin arrugas, más viejo si se miraba a sus ojos, que ya no brillaban como tiempo atrás.
Cogió sus potingues y el cepillo de dientes y lo tiró a la bolsa de basura, antes de dirigirse al dormitorio. Mientras avanzaba por el pasillo, sentia un nudo en la boca del estómago. El dormitorio estaba a oscuras y podía verle dormido en la cama, desnudo, respirando cadenciosamente. Como se acercaba a él y adivinaba sus rasgos en la penumbra, relajados mientras estaba en los brazos de Morfeo. Inclinarse sobre él para besarle en los párpados y en los labios, en apenas un roce, antes de ocupar su sitio entre sus brazos. Parecía como si le hubieran diseñado para ser su puerto, su refugio. Apoyaba la cabeza en su pecho y notaba como los pelillos le hacían cosquillas en la nariz, antes de quedarse dormida al compás de su respiración. Y ahora las noches se habían convertido en una interminable Via Dolorosa, entre lágrimas y pesadillas.
Se sentó al pie de la cama, en el suelo y con la cabeza entre las piernas, comenzó a llorar. Todos los planes, los recuerdos, las sensaciones volatilizadas por un Dios caprichoso y cruel. Y sintió rabia y un profundo odio. Pero duró poco y su lugar lo volvió a ocupar la Nada. Como una autómata, se levantó con sus trastos metidos en la bolsa de basura y se fue al salón. Otra vez el fantasma de tiempos pasados.
Ella, inclinada sobre los libros en la mesa, mientras él leía el periódico. Al levantarse a beber agua, besaba su nuca o le acariciaba para que él supiera que, aunque ocupada, estaba cerca. O los dos tumbados en el sofá, viendo una película, cubiertos por una manta. O hablando en voz baja de sus proyectos. O simplemente estando el uno al lado del otro.
Al pensar otra vez en sus proyectos, volvió la rabia. ¿Por qué demonios él? Cuando había tanto hijo de puta suelto por el mundo. ¿Por qué siempre las buenas personas? Sed buenos y llegaréis al cielo. ¡Y una mierda!. Ella quizás no hubiera sido tan buena, pero él era una excelente persona y nadie le había preguntado si se quería ir al cielo tan pronto y si quería dejarla sola. O dejar de vivir la vida que tanto le gustaba. Sin darse cuenta, había comenzado a proclamar su furia en voz alta, una rabieta cuasi infantil.
Sentía un sabor amargo en la boca. Necesitaba beber algo y cogió la primera botella que vió en el mueble bar. Whisky. Nunca había sido de sus bebidas favoritas, pero daba igual. Sin preocuparse por vaso alguno, a morro, bebió un trago largo. Le ardía la garganta por lo fuerte de la bebida, pero no importaba. Fue hasta el bolso y sacó el paquete de tabaco.
Enhorabuena cariño, ya llevas cuatro meses sin fumar. Así que este fin de semana, mi guapa y yo podríamos irnos por ahí a celebrarlo.
Notó como el humo se expandía en sus pulmones y bajó la mirada, como si él la observara y temiera decepcionarle. Apagó el cigarrillo en el cenicero que había sobre la mesa y otra vez el nudo en el estómago y la opresión sobre el pecho. Escuchó las gotas de lluvia que repiqueteaban sobre la barandilla de la terraza. Las nubes de antes descargaban un fuerte aguacero sobre la ciudad.
Abrió la puerta y salió al exterior, buscando un poco de aire fresco que le ayudara a eliminar esa opresión. Vió los tiestos vacíos.
-Cariño, somos únicos. Hemos matado un cactus y no por exceso de agua precisamente. Espero que eso de ser padres se nos dé mejor...
Y se desmoronó. Se dejó caer en el suelo de la terraza, llorando sin control. Por él, por ella, por los niños que no vendrian, por los sueños volatilizados...Por todo y por nada.
Alzó la vista al cielo, con rabia. Pero también en el fondo, con la esperanza de encontrar una respuesta. La única respuesta que logró fue que la lluvia diluyera las lágrimas en su rostro.
Sentía la brisa marina en el rostro refrescándole después de las duras jornadas de días anteriores. Era la primera vez que veía en su vida esa enorme masa de agua que llamaban mar. Algunos rayos de luna, que permanecia casi oculta por las nubes, se reflejaban en el agua dándole el aspecto de un espejo de metal bruñido. Oía las olas estrellarse contra la costa, en un rumor cadencioso que le habría resultado agradable de no sentir tanto miedo.
Desde que había abandonado su hogar semanas atrás, un miedo perpetuo se había instalado en su interior, acompañándole día y noche. Miedo a los salteadores mientras viajaba rumbo a Níger; a los policías corruptos que no dudarían en golpearle y amenazarle para conseguir todo lo que tuviera; a los policías incorruptos que le mandarían de vuelta a casa aún más pobre; a un accidente que le impidiera continuar y que hiciera de las arenas doradas del Sahel o del Sáhara su último lugar de descanso. Y ahora, esa enorme masa de agua amenazadora.
Mientras corría empujando la barca hacia el mar, rezó para que Dios le permitiera llegar a su destino. De un salto de sus largas piernas, se metió en la barca, hacia un futuro incierto. Casi mil doscientos euros para viajar como un animal. Se hacinaban unos junto a otros, temblando de frío y miedo y calados hasta los huesos por los rociones de agua. Veía como su vecino, un muchacho nigeriano, con el rostro descompuesto en una mueca de absoluto terror, lloraba en silencio. Entre el rumor de las olas y el motor, escuchó el llanto de un niño pequeño, que viajaba junto a su madre. Y pensó en su pequeño Sadio, que ahora dormiría plácidamente entre los brazos de su madre. La brisa trajo hasta su nariz el olor ácido del vómito de algunos de sus compañeros, mareados con el vaivén de las olas. Él también habría vomitado si hubiera tenido algo en el estómago que expulsar, pero llevaba dos días sin apenas comer, presa de los nervios. Al frío de la noche, le siguió una larga jornada diurna, con el sol abrasador cayó sobre ellos sin piedad. Y de nuevo, la noche y su frío. Se sentían débiles y mareados por el viaje y la poca comida y agua, pero tenían que aguantar. Veía el cansancio y la desesperación que hacía mella en los rostros de sus compañeros. Hasta los llantos del niño que viajaba con ellos eran cada vez más esporádicos, sin fuerzas ya ni para gritar su dolor al mundo.
No sabía la hora que era cuando las voces del patrón le sacaron del sueño intranquilo en el que había caído. Había que prepararse. La costa estaba cerca y todo tendría que ser muy rápido. Se ató a la muñeca la bolsa de plástico que llevaba con sus escasas pertenencias para que no se mojaran y esperó inquieto. Saltó al agua cuando el patrón le indicó, a unos metros de la costa. Medio nadando, medio caminando, llegó hasta la orilla y se desplomó agotado.
Todo pasó muy rápido. Vió una luz muy potente que, desde el mar, iluminaba la lancha neumática en la que había viajado y a los compañeros que aún estaban en el agua. Escuchó unas voces en un idioma que no podía entender pero que parecían duras. Una ráfaga de luz iluminó la costa dónde estaba y volvió a sentir miedo. Ahora, tan cerca, no podía fallar.
Sin apenas fuerzas, comenzó a correr, pensando en su pequeño Sadio, en como ahora estaba aprendiendo a andar. Y pensó que cada una de esas zancadas era su pasito para que Sadio nunca tuviera que correr perseguido como un animal. Oía los lamentos de sus compañeros, el llanto del niño, pero no miraba atrás, preocupado sólo por correr. El corazón parecía que se le iba a salir del pecho. Tropezó y cayó, pero con un esfuerzo, volvió a levantarse. Un paso. Otro. Y los ruidos del mar, de sus compañeros y las luces, cada vez más lejanas.
Se alejó tanto como sus fuerzas le permitieron, agazapándose cada vez que veía lejanas la luz de un coche. Agotado y con frío, se escondió entre unos matojos y allí cayó dormido. No fue un descanso reparador, sino un sueño agitado por pesadillas y ataques de tos.
Unos rayos de sol sobre su rostro le despertaron. Tenía el cuerpo dolorido del cansancio y el frío. Un reguero de sangre seca bajaba de sus labios agrietados hasta su barbilla. Tenía hambre, sed y notaba como la cabeza le ardía por la fiebre. No sabía hacia dónde iba, pero comenzó a andar, bordeando la carretera.
Vió a lo lejos unas casas bajas, blancas. Entre sus pertenencias, llevaba ahora la que era más preciada. Un papel con el teléfono y la dirección de su primo Sambou. Lo había memorizado, pero entre las nubes provocadas por la fiebre, dudaba de ser capaz de marcarlo.
Arrastrando los pies, llegó hasta la entrada del pueblo. Temía ser capturado, pero estaba demasiado agotado para correr. Estaba sucio y cubierto de barrio, pero en un gesto de dignidad, se sacudió las ropas como pudo antes de entrar al pueblo. Que hubiese huído como un animal, no le convertía en uno.
Mientras caminaba, se cruzó con otras personas. Rostros que le ignoraban o le miraban con reprobación o mal fingido miedo. Habría sentido congoja, pero estaba demasiado cansado como para eso.
Llegó hasta una plaza cuadrada, con una fuente en el centro y unos naranjos que perfumaban el aire de azahar. Se acercó a la fuente y bebió con ansía. La herida del labio se reabrió y notó el sabor salado de su sangre en la boca. Cuando aplacó su sed, se sentó a descansar junto a la fuente. Unos niños jugaban a la pelota en el fondo, unas mujeres le observaban con gesto desconfíado y unos hombres ancianos, permanecían sentados, charlando. A pesar de las ropas y el tono de piel, no parecía tan diferente a su pueblo. Sólo algo más grande. Se inclinó otra vez hacia la fuente y comenzó a asearse como pudo, quitándose el barro de la cara y manos. Notó una presión sobre su hombro. Se quedó paralizado por el terror. Se había descuidado y le habían capturado. Con los ojos al borde de las lágrimas, se giró hacia su captor.
Su miedo se relajó al ver a un chiquillo de piel blanca y ojos castaños que le miraba sonriendo. En su otra mano, estirada hacia él, tenía una fruta que le ofrecía. Con una sonrisa y una inclinación de cabeza en señal de agradecimiento, cogíó la fruta y le dió un mordisco. Notó como un jugo fresco y dulzón le llenaba la boca. Delicioso. Acabó la fruta y dió otro gran trago de agua.
El niño permanecía de pie a su lado, sonriendo satisfecho de si mismo. Otro niño, algo más pequño, se acercó al primero, despacio, con miedo. Llevaba en una mano otra fruta mordisqueada y en la otra, una pelota de goma roja. El primer niño le dijo algo que no supo entender y parece ser que el otro se envalentonó y le ofreció la fruta. Con otro gesto de agradecimiento, la cogió y la devoró. Dulce y jugosa. Hizo una mueca de satisfacción y los niños se rieron.
Una voz de adulto llamó a los chiquillos, que corrieron hacia un hombre que venía caminando desde el otro extremo de la plaza. Mamadou volvió a sentir miedo de nuevo, al ver como el hombre venía directo hacia él, con los dos chiquillos de la mano.
El rostro sereno y amable del hombre disipó el temor inicial. Era un hombre joven, bastante más bajo que él, de cabello del color del sol y ojos como el mar. Le habló en una lengua extraña, despacio. Al ver que no entendía, volvió a pronunciar otras palabras, que sonaban distintas a las anteriores, parecidas a las que había oído al muchacho de Nigeria. Por primera vez desde la noche anterior, pensó en la suerte de sus compañeros de viaje. ¿Qué habría sido de ellos? El hombre volvió a hablar despacio y en esta ocasión si le entendió. Hablaba en francés, muy despacio, de un modo un tanto rudimentario. Pero daba igual. El mensaje le traía esperanza.
Había llegado a su destino y un futuro incierto, pero esperanzador, se abría por delante de él. En silencio, mientras caminaba al lado del hombre, dió gracias a Dios por haber escuchado sus plegarias.
Noto como empiezan a dar botes sobre mi cama, pero me resisto a abrir los ojos. A ver si creyéndome dormida se calman... Nada. No cuela. Recurren al viejo truco de hacerme cosquillas hasta que abro los ojos.
- ¿Tía, podemos comer ya tarta? - No, Ainhoa, hay que esperar hasta la hora de comer - su expresión es de absoluta desilusión - Hay que soplar las velas primero. Y ahora a la cama, que la tía tiene sueño. - Tía, quiero caooo - Aroa tira de mi mano para que me levante y le prepare el desayuno. - Joo, que es muy pronto - protesto. Pero me levanto.
No tardan ni diez minutos, después de desayunar, en quedarse dormidos los tres en mi cama. Yo les miro con envidia, pues sé que lo de dormir tendrá que esperar a la noche. Y ya veremos en que condiciones.
Desde el jueves, son las fiestas de mi barrio y el "recinto ferial" está a menos de diez metros de mi ventana. Algunos de mis vecinos, han tenido que estar entrenándose, porque desde el martes no logro dormir antes de las cuatro de la madrugada, gracias a la banda sonora de borrachos, música latina y berridos varios. Y de hora de la siesta, nones. Porque entre el trabajo y las malditas pruebas de sonido para los conciertos...El viernes actuó King África y cuando oí berrear por tercera vez un ¡¡Booooombaaaa!!, ya estaba buscando yo en google como fabricar una casera y mandarlo a las estrellas. Que eso si que iba a ser el boom del verano.
Ayer decidí, visto que no iba a dormir de todos modos, irme por ahí. Una cena tranquila amenizada con risas. No estuvieron todos los que me habría gustado, pero una de las parejas se ha divorciado, ahora procuran no coincidir y tocó elegir. Más tarde, salvamos al mundo librándolo de unos cuántos mojitos malvados.
Nos recogimos no demasiado tarde que ya están mayores. Cuando el taxi me dejó en casa, tenía la plaza que hay enfrente de mi portal llenita de borrachos dando guerra. Genial, pensé. Al final, presa del agotamiento, acabé durmiendo. Y a eso de las seis, me desperté sobresaltada por el silencio. Ni borrachos, ni coches, ni siquiera el ruido del autobus. Nada. Silencio. ¿Los habrían abducido?. Dí las gracias a mis salvadores de otro planeta, me dí media vuelta y a dormir.
Je, je, je. Dormir... Tengo que hablar con el cura de mi barrio, a ver si cambia el temporizador del campanario. Porque las campanas sonando un domingo a las siete de la mañana, tiene que ser pecado mortal. Y si no lo es, incita a la comisión de varios pecados.
Creo que me voy a preparar un café porque va a ser una jornada muy larga y ya estoy mayor para estos trotes.
Antes de abrir la puerta de la habitación del hotel, mira el reloj de su muñeca. Pasan un par de minutos de las siete y media de la mañana.
Lo que iba a ser "nos tomamos un par y nos recogeremos temprano" se convirtió en una juerga en toda regla con sus amigos. Aunque técnicamente, temprano es. Acabaron cerrando todos los garitos de la ciudad y su verticalidad se resiente un tanto después de consumir tanto alcohol. Fue una velada muy divertida y que culminó en abrazos con su amigo Chema en plena fase de exaltación de la amistad.
Ahora al recordar lo que ha pasado hace bien poco, siente alegría y le cuesta contener la risa. Pero piensa en las personas que duermen plácidamente en sus habitaciones y con un pequeño esfuerzo, adopta un gesto serio, mientras se descalza en el pasillo para no hacer ruido.
Abre la puerta con cuidado. Tanteando la pared de la izquierda, a oscuras, encuentra la puerta del baño. Ahoga un reniego de dolor provocado al golpearse con el bidé en una pierna mientras busca a tientas el interruptor de la luz. Cuando logra encender las luces que hay sobre el espejo, el reflejo que éste le devuelve le provoca un ataque de risa que ahoga mordiendo una de las toallas. No, si al final, va a despertar a alguien...
Se lava la cara con agua tibia y siente como se despeja un poquito. La nube etílica se va disipando y su lugar lo ocupa el cansancio de toda la noche de fiesta. Y un frío que se le ha metido hasta el tuétano al ir de bar en bar. Se desnuda y deja con cuidado la ropa sobre el bidé agresor, temblando de frio.
Será mejor que deje la luz encendida y la puerta entornada, que al final, me caeréy se despertará de mala baba.
Al salir del baño se da cuenta. La puerta del armario está abierta y el lugar que tendría que ocupar la ropa de su acompañante, lo ocupan unas perchas vacías.
¡Mierda! Movida.
Se pasa las manos por el rostro, con gesto cansado. Ni son horas ni está en condiciones de mantener una discusión interminable. Se iría a la calle, pero se muere por meterse entre mantas y dormir a pierna suelta, así que camina hacia el dormitorio como un condenado hacia el patíbulo. Desde la puerta del dormitorio, ve una figura sentada en el sillón que hay frente a la cama. Intuye que el bulto que hay a su lado es la maleta.
Vale, escenita.
- ¿Tú te crees que estas son horas de llegar?. Tono de cabreo en su voz. Seguramente tenga el rostro crispado por el enfado. No es capaz de verlo, pero por el tono de voz...
Se acerca a la cama y se mete entre las mantas. Los músculos ateridos de frío se van relajando y nota como la somnolencia empieza a hacerse con el control.
- Nos entretuvimos tomando algo y se nos hizo tarde. Siento haberte despertado. Anda, vuelve a la cama. Será mejor que ignore la escenita y adopte un tono conciliador, aunque le fastidie esa conversación. Mmm, qué gustito entre las mantas...
- Claro, siempre que te juntas con tus amigotes se te hace tarde y a mí me ignoras, dejo de existir para ti. Y cuando no hay nadie, yo soy lo importante. Vaya, toca sesión de victimismo.
- No es eso y lo sabes. - Le cuesta mantener los ojos abiertos y cada vez siente más sueño. ¿Podemos hablar por la mañana?
- No, de por la mañana nada. Me voy a casa y te quedas con tus amigotes. Conseguiste hartarme.
- No digas locuras. Es temprano, no has dormido mucho y los billetes de avión los tengo yo. ¿Cómo vas a volver?. Anda, vuelve a la cama y duerme un rato. Por la mañana, hablamos.
- No. Vamos a hablar ahora. ¿Pero qué coño te crees que estás haciendo? Hay terceras personas y pasas de mí. ¡¡No te importo una mierda!!. - Mira, he bebido un par de copas de más. Tengo frío. Y sueño. No estoy en condiciones de discutir con nadie.
- Claro, te has ido de juerga, pasando de mí y encima vienes pedo. Y en toda la noche, no me has hecho ni puto caso.
Siente como empieza a agotarse su paciencia, pero a la vez, tiene tanto sueño. - Para el carro. ¿Qué no te he hecho caso? Estabas hablando con otras personas y aunque no te he interrumpido, no te he perdido de vista. Te dije varias veces que si querías venir y preferiste irte a dormir. ¿Voy a tener que quedarme en la habitación viendo como duermes cuando a estas personas las veo una vez al año?. Venga, no saques las cosas de quicio, que ya somos todos mayorcitos. - ¡¡No estoy sacando las cosas de quicio!!
Empiezan los gritos. Respira hondo para calmarse y no soltar una mala contestación. - Me caigo de sueño y no quiero que me despiertes con tus berridos. Ahora, si no te importa, ¿podemos discutir después de que duerma un rato?. - ¡¡Siempre hay que hacer las cosas como y cuándo tú quieres!!. Pues vamos a discutir ahora...
Sabe que enzarzarse en una discusión le alejará de su objetivo: dormir. Pero siempre le ha costado aguantar gilipolleces e imposiciones absurdas. Y más, cuando se muere por dormir.
- ¿Te das cuentas de que esto es ridículo? Si quieres hablar, adelante. Pero si me duermo, que no te sorprenda.
Durante unos minutos, intenta aguantar la filípica. Oye la voz amortiguada y de vez en cuando, da un respingo al notar una subida en el tono. Se sujeta los párpados con los dedos para mantenerlos abiertos, pero cada vez los nota más pesados y le cuesta más abrirlos. Poco a poco, se va a acomodando en la cama. Con los ojos semicerrados, ve como empieza a amanecer.
Lo último que oye es un "me voy a casa". Murmura un "buen viaje", se da media vuelta en la cama y cae en los brazos de Morfeo.
Esta mañana, mientras desayunaba en el bar, veía en La mirada crítica de Tele 5 una noticia sobre la proliferación y aumento del uso de las casas de empeño y montes de Piedad. Ahora con la crisis, mucha gente empeña sus joyas para conseguir un dinero que les salve de un apuro.
Mientras tomaba el cola cao, repasaba mentalmente mis joyas por si acaso me tenía que enfrentar a esa situación. Nunca he sido de joyas y las pocas que tengo, tienen valor sentimental y son casi todas de plata. La única que llevo siempre encima, y de las pocas de oro que tengo, no me sacaría de ningún apuro (y antes me cortaría un dedo que desprenderme de ella).
Entonces he empezado a pensar en que me gasto el dinero y cuáles son mis joyas.
Tengo la casa llena de libros, películas y discos pero no creo que eso cotice mucho en una casa de empeños. Como tampoco creo que lo hagan las pijotadillas que me compro para cocinar (que me voy a las rebajas y en vez de comprarme un vestido, me compro un cuchillo).
Tampoco tengo grandes ropajes, aunque me da el capricho y me gasto doscientos euros en unos zapatos para ponérmelos tres veces. Respecto a las marcas, como a todo el mundo me gusta lo bueno, pero no me voy a gastar un dineral por ser esclava de una moda o por aparentar. Antes prefiero gastarme el dinero en una buena cena que en unas gafas de sol en las que hago publicidad gratuita a Dolce & Gabbana.
No tengo coche, ni interés en tenerlo. O bueno, sí tengo. Cada vez que quiero uno distinto y con chófer, porque uso bastantes taxis. O uno grande y rojo llamado autobús, que comparto con otras personas y que es como ir viendo una película.
Ni casa ni hipoteca, porque cuando me enfrenté a la disyuntiva, no sabía sin en unos años iba a poder pagarla sin renunciar a la forma de vivir que me gusta y decidí vivir como me gusta.
Y mis cuentas corrientes no están llenas de ceros, salvo a la izquierda de la cantidad principal (El día que las telarañas coticen en bolsa, me forro).
Pero está la risa de Raúl y el chispeo de nuestros ojos verdes mientras catábamos vinos y tapas en las fiestas de Burgos. Las Navidades con mi familia. La cara de sorpresa de mis invitados al recibir regalos en mi fiesta de cumpleaños del año pasado. Las conversaciones y risas con los amigos. Las lágrimas que se me saltaron de los ojos la primera vez (y sucesivas) que ví La Pietà del Vaticano. La sensación de haber hecho las cosas bien en el trabajo o en los estudios. La paz que sentí y los recuerdos que afloraron en una iglesia cuando me dió la ventolera y me cogí un avión para tomarme un capuccino en Roma. Los lugares que he visitado y las gentes que he conocido. El calor y el tacto de la piel de otra persona sobre tu propia piel. El viento en mi cara mientras realizaba las prácticas del curso del P.E.R. La cara de mis hermanas cuando nos fuimos de viaje con mi primer sueldo. La ilusión que pongo al realizar regalos a aquellos a los que quiero (espero que les ilusione y agrade recibirlos tanto como a mi prepararlos). Las risas y el andar garboso de mis sobrinas vestidas de chulapas cuando les probé el vestido. El "Me tomaba yo ahora un pastel de Belem" y meterse mil doscientos kilómetros en coche en menos de veinticuatro horas para compartir una bica y un pastel mirando el Tajo y esos olhos que eu amei. O los "No hay huevos a pegarse un chapuzón" en pleno diciembre e irse de Burgos a Santander para demostrar que huevos no se demostró que hubiera, pero que ovarios si había. Mis meteduras de pata y errores y como voy aprendiendo. Unos ojos color chocolate cargados de miradas y todo lo que me regalaron. Y cada uno de los miles de recuerdos y vivencias que me llevaré conmigo el día que la diñe.
Hace tiempo alguien a quién quiero, me dijo algo que quizás él no recuerde, pero que ha pasado a formar parte de mis "ahorros". Que el carácter marinero no atesora, que gasta lo que tiene, vive y disfruta. Y yo, a pesar de ser de secano, tengo un carácter demasiado marinero y aprendí demasiado pronto que hay muertes repentinas.
Sabe que tarde o temprano tendrá que pasar por ahí, así que espera pacientemente. La ira y la rabia azuzando sus más bajos instintos, sacando el depredador que todos llevamos dentro.
Lo ve aparecer por el final del pasillo, corriendo tranquilo y despreocupado, ignorante del destino que le espera. Sonríe al imaginar la cara de sorpresa cuando reciba el primer golpe.
Un paso más cerca. Sus músculos se tensan para saltar sobre su presa. Otro paso más y cierra los puños con fuerza. Otro paso... Espera. Uno más... Otro... Llega a su posición. Ahora.
Cuando va a pasar a su lado, mueve su brazo derecho como un bateador que quiere hacer un home run y descarga con fuerza su puño cerrado sobre el abdomen de su presa, que se desploma en el suelo.
El tiempo parece detenerse. Sensación de poder. De triunfo.
Gira la cabeza hacia su presa, dispuesta a darle el golpe de gracia para confirmar su victoria. Le ve en el suelo, sin respiración, boqueando en busca de aire como un pez fuera del agua, con el rostro congestionado. Sus miradas se cruzan y ve miedo y dolor en sus ojos, una inmensa fragilidad.
De un plumazo, el depredador desaparece. Los puños de abren, los músculos se relajan. La rabia se desvanece. El poder se convierte en culpa y el triunfo en derrota.
Podría huir de allí, pues nadie ha visto nada. Pero se inclina, preocupada por el daño excesivo que le haya podido causar. Las lágrimas saltan de los ojos de los dos. Unas de dolor, otras de remordimiento. Sólo acierta a balbucear "perdona, perdona, perdona" mientras el otro niño se encoge sobre sí mismo, recuperando poco a poco la respiración. Intenta calmarle, pero él se retrae, temiendo un nuevo golpe.
Uno, dos, tres minutos. No sabe el tiempo que pasa con él encogido en el suelo mientras permanece arrodillada a su lado, impotente al no poder remediar el daño que ha causado.
Ve aparecer a don Fernando y sabe que le espera un castigo cuando descubra todo. Pero no importa, porque lo que más duele es la mirada del niño y el saberse responsable de lo que esconde detrás. Como dolerá la mirada de decepción del viejo profesor, a quién tanto respeta y quiere.
Don Fernando se lleva al niño con él y la manda al despacho para tener una charla. Mientras espera al viejo, se dice a si misma que no volverá a hacer algo así jamás.
Pero jamás es un tiempo muy largo, como comprobará unos años más tarde.
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Me asomo despacio y sin miedos a lo que un día fue mi casa... Por un
instante. Por un solo instante y por una sola vez. Durante este tiempo no
la eché de...