jueves, 24 de marzo de 2011

Monólogo

Cometí dos graves errores contigo: creer lo que decías y que escuchabas y no simplemente oías.


Pensé que te importaba un poco, que era diferente a otras personas y la bonita ilusión de que me querías. ¡Qué imbécil, por Dios! Palabras vacías de contenido. No te diferencias en nada de aquellos a los que tanto criticas por vacuos.

Si me hubieras escuchado, sabrías que hay dos cosas que me destrozan: la incertidumbre y el saber que no confías en mí.
Sigues con el mismo juego desde hace tiempo. Hoy sí, mañana no, pasado no sé y dentro de una semana, me callo y juego a la ambigüedad. Hasta que yo ya no sé por dónde me da el aire y meto la pata. O no la meto, porque tampoco es que lo dejes claro.
Pero es porque tú tampoco sabes por dónde te da el aire. En el fondo, creo que eres buena gente. Creer lo contrario me demostraría que realmente soy mucho más imbécil de lo que pensaba.
Y luego está esa condescendencia con la que te permites tratarme, como a una niña, sin demostrar ni un ápice de confianza en mí. Cuando te he demostrado sobradamente que en estos asuntos, quién se porta como un crío, caprichoso y egoísta, eres tú.

Todo tiene que tener un final y seré yo quién se lo ponga. Aunque me duela y me esté costando horrores. No te molestes en decir nada. No voy a creerlo. Y además, ya es demasiado tarde. He dejado las llaves encima de la repisa de la entrada.

Adiós. Has pasado a ser uno más en mi lista de relaciones humanas fallidas.

Se quedó mudo frente a la puerta, con las manos en los bolsillos, viendo como salía de su vida mientras sus dedos jugaban con la sortija que había comprado para ella. ¡Maldita cobardía!

Funambulista

Anoche me acosté con la crisis en Portugal, esta mañana me he levantado con la dimisión de Sócrates. Además de las repecursiones que pueda tener en el conjunto de la economía española, ante un posible rescate del país vecino, a mí me preocupa especialmente. La gran mayoría de mi negocio se realiza en Portugal y uno de mis clientes, es una fundación del gobierno portugués.

Abrir por las mañanas el periódico o ver las noticias se ha convertido, para mí (y supongo que para muchos), en una tortura los últimos cuatro años. Vas leyendo las noticias de economía y pensando en como puede afectar a tu pequeño negocio y empieza la congoja a instalarse en la boca del estómago. Además, en los últimos tiempos, las noticias internacionales no hacen más que darnos disgustos a los de mi sector. Para mí, que no tengo hernia de hiato, como me diagnosticaron, sino congoja acumulada.

Es frustrante. Tanto, que a veces dan ganas de gritar de pura rabia y amargura, a ver si se te va la congoja. Porque no es sólo trabajo son ilusiones, esfuerzos, momentos gratos, el primar el trabajo bien hecho y el querer prosperar sin pisotear a nadie... Y ves que todo pende de un hilo, que no parece merecer la pena esforzarse.

En fin, basta de quejas, porque no voy a solucionar nada. Me vuelvo a currar, a ver si logro no caer de la cuerda floja.

P.S.: Todo mi ánimo a Portugal. Sé que son un país trabajador y que lograrán salir adelante.

martes, 22 de marzo de 2011

Cata maridada

Acabo de llegar a casa tras asistir a una cata maridada de vinos de Jérez en el Círculo de Bellas Artes.

Entre los asistentes, periodistas gastronómicos, miembros de prestigiosas guías (Michelin por ejemplo), políticos, algún que otro agente de viajes (entre ellos, yo)... No sé muy bien que hacía allí, seguramente me enviaron la invitación por error pero, de esta clase de equivocaciones, pueden tener conmigo las que quieran.

Nada más llegar, el director del Consejo Regualdor del Vino y Brandy, César Saldaña, nos ha presentado a los responsables del maridaje: el catering Alta Cocina en colaboración con el cocinero Ángel León.
Alta Cocina es propiedad Faustino Rodríguez, dueño del bar Juanito en Jérez. Estuve hace años y disfruté mucho con sus tapas, especialmente con las alcachofas (y eso que no me gustan especialmente).
A Ángel León, chef del restaurante A Poniente, en el Puerto de Santa María (recientemente galardonado con una estrella Michelin y al que iré un día de éstos) lo conocí gracias a Canal Cocina, cocinando pescado. Probé a hacer algunos de sus platos y me encantaron.
Para amenizar la cata y dependiendo del vino que tocara en ese momento, un guitarrista flamenco, Juan Pedro Carabante, interpretaría distintos palos.

Primer vino: Fino.
Plato: Alcachofas en velouté cítrica. Esencia de langostino de Sanlúcar, falafel y algas.
Palo: Alegrías.
Las alcachofas deliciosas con un berberecho jugoso y la velouté hecha empleando el jugo del propio berberecho y limón. El langostino, poco hecho, sabroso, con una salsa hecha con el jugo que suelta la cabeza ligeramente emulsionada con aceite. El falafel, rico, aunque prescindible.

Segundo vino: Amontillado.
Plato: El sútil sabor de un calamar, picatoste.
Palo: Seguidilla.
Sin duda, mi plato favorito de la noche. El ingrediente principal: calamar de potera. Con el hígado, han hecho una especie de mousse muy suave y deliciosa. Por encima, trocitos de calamar crudo aliñados con aceite y cebolleta y como punto crujiente, unos picatostes, muy ligeros y nada aceitosos.

Tercer vino: Oloroso seco.
Plato: Albondiguillas de atún, gnoquis de queso payoyo.
Palo: Soleá
Las albondiguillas muy ricas con una salsa riquísima con caldo de pescado y verduras, pero el gnoqui más que un gnoqui era un puré desparramado de patata con algo de queso.

Cuarto vino: Cream
Plato: Carne de toro con buñuelo de patata crujiente
Palo: Tango
Lo mejor ha sido disfrutar de la música y de la cata en sí. El plato, excesivamente grasiento para mí gusto y el vino, en vez de aligerarlo, lo hacía más pesado por su dulzor.

Quinto (y último) vino: Pedro Ximénez
Plato: Tarta de queso con gelatina de papaya.
Palo: Bulerías
La tarta estaba muy rica, aunque me da a mí que la gelatina no les ha quedado muy bien pues la textura era más de un coulis que de una gelatina. Eso sí, demasiado dulce. Me hubiera gustado más con un queso algo más salado (con algo de leche de cabra, por ejemplo) o una gelatina más ácida, de lima por ejemplo.

Después de dar un repaso al papeo, toca el ambiente....
El rasgueo de la guitarra llenaba la sala, apagando los murmullos de los participantes y al poco que cerrara los ojos, regresaba a la playa de la Victoria. Rodeada por esos brazos que extraño, bebiendo el sabor de la sal sobre su piel, mientras el olor del pescaito y las tortillas de camarones, impregnaba el ambiente. Pero, al abrir los ojos, todo se desvanecía en el pasado y volvía de cabeza a Madrid. Pero aún quedaba el sabor de la sal en los labios.

Como he comentado, mucho político, como algunos diputados por Cádiz. ¡Qué ganas de darles una colleja! No es que tenga nada particular en contra de ellos, pero eran los políticos que más a mano tenía. Luego ellos que fueran repartiendo de mi parte las collejas por el Congreso.
Pero mi atención no la han captado los políticos, ni las señoras excesivamente perfumadas (lo peor para una cata de vinos), ni la estrambótica representante de la Guía Michelin, sino un grupo de tres chicas, más o menos de mi edad, que trabajaban en varios medios de comunicación especializados en gastronomía.
Yo tengo la suerte, aunque a veces me lleve mis disgustos, de disfrutar de mi trabajo. También creo que, por carácter, encontraría la forma de disfrutar de cualquier cosa a la que me hubiera dedicado. Estas chicas eran lo contrario. La expresión de sus caras era de asco e indiferencia durante la cata, de completo hastío. Especialmente en una de ellas, que tenía unas manos horribles (muy delgadas, parecían de una persona anciana o de un esqueleto con algo de piel), cargadas de anillos. No sé porque, pero al verlas, he sentido una profunda sensación de tristeza.

Pero bueno, la tristeza ha pasado pronto, porque he disfrutado muchísimo, he dado un buchito de los recuerdos del pasado y he aprendido algo más de los vinos de Jérez. ¡Eso que me llevo!

jueves, 17 de marzo de 2011

Gimnasio

Como comenté en anteriores ocasiones, ir al gimnasio no es lo que más me gusta en esta vida, pero a veces me da gratos momentos.

Voy al polideportivo municipal de mi barrio. Las instalaciones no son muy allá, pero no quiero perder el tiempo del que dispongo en desplazamientos, así que es la mejor opción. La sala de los aparatos era la antigua pista de baloncesto, en la que tantas veces he entrenado.

Uno de mis descubrimientos en el gimnasio es asombroso: se activan mis poderes mutantes y me vuelvo invisible. Cuando saludo, sólo un par de personas (que seguro que también son mutantes y me ven) contestan. Ahora tengo que aprender a controlarlos fuera, para ver si invisibilizo partes de mi cuerpo como la tripa.

Mi rutina actual se centra en ejercicios que fortalezcan las piernas (después de hacerme daño en el cuello, he decidido dejar los "yaque") y por ahora, me lo estoy tomando muy en serio. Llego, caliento un rato los músculos y me voy a la bicicleta estática. Lo mejor. Porque desde ella, mientras pedaleo, puedo observar a toda la fauna que puebla el gimnasio a la hora a la que voy y me lo paso de bien...

A la hora a la que voy, hay pocas mujeres. Curiosamente, todas respetamos la norma de emplear una toalla en los aparatos, algo que no hacen todos los hombres.
Hay una chica sudamericana que viene con su novio y que coquetea con uno de los musculitos con el consiguiente mosqueo del respectivo. El día menos pensado tenemos una tragedia por culpa de los celos.
Otra de las féminas es una chica de unos veinte años, con el pelo castaño y gafas. Llega, no habla con nadie, pedalea veinte minutos, camina quince minutos en la cinta y se va como ha venido.
Pero la que más llama mi atención es una chica de mi edad. Es algo más baja que yo y está de buen lustro (yo de buena década). Llega toda repeinada, con la cinta de pelo a juego con el chándal y perfectamente pintada como una puerta. Que no sabes si se va a ir de marcha o al gimnasio. A mí es algo que me asombra. ¿No suda? ¿No se despeina? Yo quiero saber hacer eso, porque me miré ayer en el espejo, al salir de la sauna, y tenía el pelo que parecía un troll de la suerte.

Luego están los hombres. El dentista, que viene al gimnasio, hace sus ejercicios y se va escopetado para atender a la consulta; Jose Antonio, que me da algo de charleta mientras pedaleo; un par de chavales que presumen de musculitos (y que son unos cerdos que no usan toalla en las máquinas); Fernando, que ha vuelto, como yo, después de un par de años al gimnasio también por un problema de rodillas y mi favorito, el que he apodado como Pecho Palomo.

Pecho Palomo es de lo más grande. Llega y se pasea por la sala, echando un vistazo general. Camina erguido con su metro setenta y cinco, el pecho fuera, tripa adentro y las manos hacia atrás con su pantalón de chándal negro y su camiseta amarilla. Toalla, ¿para qué? Que un macho va impregnando todo con el olor de su sudor. Lanza miradas displicentes a los musculitos y lo que pretenden ser miradas seductoras a las féminas (por Dios, que no lo haga cuando estoy en la bicicleta, que voy a tener un accidente del ataque de risa).
Se acerca al press pectoral y hace cinco repeticiones con cuarenta kilos. Cinco. Ni una más ni una menos. Todas aderezadas con gemidos y ruidos de esfuerzo. Después, otro paseo por la sala antes de irse a otra máquina. Le falta arrullar para que me recuerde totalmente a una paloma de las de la Plaza Mayor.
Ayer fue gracioso. Fue a la máquina de extensión de cuádriceps que yo acababa de abandonar. Mira los kilos que yo tenía puestos (quince) y me mira a mí, que estaba en la máquina de remo, con conmiseración. Pecho Palomo se yergue, vuelve a mirarme. Nenita, ha llegado el hombre... y cambia el peso a los sesenta y cinco kilos. Se sienta con expresión de concentración y ¡hala para arriba!. Tres. Esas son las extensiones que hace entre grandes gemidos. Que yo al verle, pienso que En una de éstas, se caga.

Hoy me toca piscina. El panorama no es tan divertido como el gimnasio, pero algunos de los abuelillos me tienen en palmitas y le suben el ego a cualquiera.

jueves, 10 de marzo de 2011

Trajín gimnástico

Estoy cansada. Tanto, que hace un rato casi me duermo en la oficina. Es extraño, porque llevo unos días durmiendo un mínimo de ocho horas, sin interrupciones. Llego de la oficina, cumplo con mis obligaciones de "mamá auxiliar" y al poco de irse los nanos a la cama, me voy yo. Estudio, leo o veo la televisión y caigo dormida enseguida. Quizás sea el japonés, que vuelve a dar por saco. O que he vuelto a tener trajín.


Después de la última conversación con los traumatólogos, aún no sé que voy a hacer con mis rótulas. Dado que la operación no me quitaría los dolores, voy a tratar de solucionarlo potenciando la musculatura. Y en ésas, entra la piscina y el gimnasio.

Cierro la oficina al mediodía y corre que te corre, voy a uno de los dos sitios. Me lo tomo en serio y hago mi rutina de ejercicios durante una hora u hora y media. Después, ducha y otra carrera para ir a buscar a los peques al colegio y a regresar a casa para hacerme la comida antes de regresar a la oficina. Un día de estos voy a ir lavándome los dientes por el camino hacia la oficina.

Lo bueno que tiene este trajín, además de los beneficios para mi salud, es que me permite observar a otros y es muy interesante. También me da tiempo a relajarme y pensar en mis cosas, como hacía esta tarde, tumbada en pelotas en la sauna.

Es cansado, como decía al principio, pero mientras me ocupo en estas cosas, no me preocupo con otras. Eso sí, estoy deseando que llegue el domingo para poder echarme una siesta post-almuerzo de esas que marcan época.


Submarino

- No sé muy bien como funciona un submarino, pero ahora mismo, estaba pensando en que las personas nos parecemos un poco.
- ¿A un submarino?
- Sí. O a un barco. Imagínate. Salimos de puerto y más o menos, tenemos claro nuestro rumbo y destino. Hasta que llega la primera tormenta seria. Todo cruje a tu alrededor, te cagas por las patas abajo y no sabes si de esas vuelves a emerger o te hundes para siempre en el olvido.
Pero sales y llega el recuento de daños. Quizás no ha pasado casi nada o quizás haya alguna zona tan dañada, que tengas que cerrar las compuertas y arreglarla cuando tengas tiempo. Porque tienes que seguir, que te quedas sin combustible. Otra tormenta. Y otra. En los tiempos de calma chicha, aprovechas para arreglar esas zonas. Aunque no siempre lo logras y es una parte de ti que se queda inutilizada.
- Qué asco de existencia, ¿no?
- No, para nada. Porque sí, las tormentas asustan y nos dejan hechos unos zorros, pero el viaje merece tanto la pena... El aire fresco y el sol cuando emerges o el sonido del silencio cuando estás sumergido. Incluso el reto de vencer a las tormentas.
- Uff, precioso...
- Hay quién logra llegar a puerto. Quizás con la nave desvencijada, pero llega y puede que quiera arreglar esos compartimentos dañados. O no, y sólo disfrutar del sol y del sabor de la sal en los labios. Y quién contempla la nave, sabe de la belleza de esos desconchones.
Otros no tienen tanta suerte. Demasiados compartimentos cerrados que lastran la nave hasta el fondo, dónde reposa en silencio y en el olvido...
- ¿Ein? Creo que se te va mucho la pinza con los gintonics. Vuelve al mojito.

lunes, 28 de febrero de 2011

Para el socio



Respira hondo que cada vez hay más velas para soplar, ¡¡chaval!! Feliz cumpleaños, Fran. Que pases un día estupendo (el pastel de chocolate, mejor que ese, para cuando nos veamos)

martes, 15 de febrero de 2011

De alfombras y ghettos

Mi abuelo materno empezó de adolescente a trabajar en una mina de carbón. Aprovechó la oportunidad que le dio la guerra fratricida para salir de najas de la mina y recorrer España con un fusil al hombro y esquivando balas. Después de acabada la guerra, siguió dejándose los pulmones en una cantera primero y en obras después. Con esfuerzos y con la ayuda de mi abuela, formaron una familia a la que sacaron adelante. Mi madre acabó su secretariado y comenzó a compaginar su trabajo como costurera (cosía guantes de piel) con un trabajo en una empresa burgalesa, hasta que un día, de excursión en Madrid, conoció a un chaval majete que tenía una Vespa y bueno... Nueve meses después de la luna de miel, nací yo.

Mi abuelo paterno era jornalero en el campo. Un día llegaron unos tipos al pueblo, le dieron un fusil y le dijeron que tenía que luchar por la República. Después de la misma guerra fratricida, de la que regresó medio inválido y de pasar un tiempo en la cárcel, tuvo que buscarse la vida como pudo. Mi abuela compaginaba faenas domésticas, servicios en otra casa y el trabajo "en el tabaco". Mi padre y mis tíos dejaron la escuela siendo aún unos críos, para ayudar a la economía doméstica. Como en muchas familias.

Mis padres se han esforzado siempre para darnos a mis hermanas y a mí todas las posibilidades que estaban a su alcance (y alguna más). Estudié en la escuela pública. Es cierto es que me hubiera gustado poder estudiar idiomas fuera o tener otras facilidades, pero les agradezco los esfuerzos que han hecho, como las clases extraescolares, aunque a veces no los haya sabido aprovechar.

Vivo en un barrio del extrarradio de Madrid, durante mucho tiempo olvidado por el ayuntamiento, lleno de familias como la mía, de orígenes humildes. Quién ignora la historia y la realidad del barrio, habla de un ghetto. Sí, está lleno de inmigrantes: antes, andaluces, manchegos o extremeños; ahora, ecuatorianos, marroquíes o bolivianos. Cambia el color de la piel o el acento, no las motivaciones. Buscar algo mejor para los suyos. Claro que hay manzanas podridas, pero son los menos. Y si alguno quiere, le cuento como llegaron hasta aquí y de dónde viene la mala fama.

No estoy muy acostumbrada a pisar alfombras y sé que tengo lagunas en mi formación, aunque procuro aprender todo lo que puedo porque me gusta. Cuando entro en un entorno distinto al mío, procuro apartarme a un lado, observar y aprender todo lo posible, tener buenos modales, tratar a otros con respeto y no aparentar ser lo que no soy. Algo que me ha funcionado siempre.

¿A qué viene todo esto? Pues además de responder a un ejercicio de egocentrismo, para explicar algo que me ha pasado esta semana.

Tuve que visitar la tienda Nespresso y por comodidad, opté por la que hay en un El Corte Inglés de mi ciudad. Había cola y comencé a observar mientras esperaba. Unas cuántas señoras muy emperifolladas, un ejecutivo trajeado con la chaqueta demasiado arrugada, una mujer de unos cuarenta que no paraba de hablar por el móvil en un tono de voz bastante alto, una pareja de treinteañeras divinas de la muerte, un hombre tremendamente atractivo que rondaría los sesenta años y cuyos cafés favoritos eran los mismos que los míos; los tres dependientes y yo.

El aspecto del resto de clientes daba a entender que eran de clase media-alta: abrigos de piel, joyas, ropa de marcas prestigiosas y caras y buenos zapatos. La verdad es que no parecían imitaciones, aunque nunca se sabe. Conozco a una que presume de sus bolsos de Carolina Herrera... y a la que pillé comprándolos a un subsahariano en Castel Sant'Angelo.

¿Hay necesidad de tratar al resto de la humanidad con esa prepotencia? ¿Lanzar esas miradas de desprecio? ¿Eso es lo que les ha dado de sí tener dinero y acceso a una "educación de calidad"? Porque yo no tengo un chavo, pero el por favor y el gracias forman parte de mi vocabulario.

Me recordaron inmediatamente a un colaborador del programa Herrera en la Onda, Josemi Rodríguez Sieiro. No puedo con él. Se habrá codeado con nobles, grandes empresarios y gente importante, habrá pisado muchas alfombras, estado presente en acontecimientos históricos (en los que me encantaría estar), pero lo que transmite por la radio es una soberbia, una prepotencia y una estupidez mayúsculas. Aparte de que tiene un tono de voz de lo más repelente (Se nota que me cae bien, ¿verdad?)

Cuando se fueron el grupo grosero que llamó mi atención, reconozco que me costó horrores no dejar salir a mi lado más "chungo". Estirar la muleta a su paso, así como quién no quiere la cosa, y ponerles la zancadilla.

Quizás es porque no lo he vivido nunca y es fácil hablar de toros desde la barrera, pero creo que sí eres afortunado en un aspecto, deberías ser agradecido y tratar de ayudar a los que no son tan afortunados como tú. Y no tratarles con ese desprecio.

sábado, 12 de febrero de 2011

Reunión de trabajo

A los diez minutos de hablar, sabía que esa relación no llegaría a ningún lado, pero había algo... Aunque mi cabeza me dijera "Corre, aléjate. Pasa y vete a hablar con Gutiérrez", sólo podía pensar en lo que sería arrancar su ropa y ponernos a follar como posesos en medio de la reunión. Era algo totalmente animal, carnal, porque ni siquiera tenía ese atractivo que te seduce. Es más, era bastante gilipollas. Pero sí, ¿qué pasa? Yo también pienso con las gónadas a veces.

No fue en mitad de la reunión, lo que hubiera sido francamente divertido. Sobre esa mesa color caoba, con los botones saltando por los aires, ante la mirada atónita de los jefes y compañeros, con mis manos agarrando con fuerza su piel mientras pegábamos un polvo digno de las noches de viernes en Canal +. Quizás alguno de los presentes se animara a unirse a la fiesta.
Pero no. Tuvimos que esperar un par de horas más de reunión y sin público. Todo comenzó con un inocente "Si quieres, puedo acercarte con el coche hasta la estación". No llegamos a salir del garaje. Dos segundos después de montar en el coche, estábamos comiéndonos la boca. Al minuto, subíamos a la recepción del hotel dónde habíamos estado reunidos para pedir una habitación.

Jodimos como animales, hasta que la habitación se llenó de ese olor a sexo que pone cachonda hasta a una momia. Nos dejábamos caer sudando sobre la cama, agotados, con las piernas temblando y descansábamos para estar al rato otra vez, usando todo nuestro cuerpo para follarnos. Y es que, ¿para que mentir?. Su conversación era tan insustancial y aburrida que prefería tener su lengua en mi entrepierna.

Un oportuno SMS me evitó tener que pasar el resto de la noche en su compañía. Porque la edad no perdona y no sé si aguantaría toda la santa noche polvo tras polvo y diez minutos más de conversación era un castigo que no iba a soportar. Además, ¡qué coño!, nunca he entendido esa cortesía de pasar la noche, después de haber follado, con alguien que no te interesa más que para el sexo. Ya os habéis satisfecho, pues cada uno a su casa y Dios a la de todos. ¡Con lo cómoda que es la cama propia!
Nos despedimos como amigos y con la promesa de repetirlo cualquier día de estos.

Esta mañana he recibido un SMS.

Estoy en la ciudad para nuestra reunión de trabajo. En el mismo sitio que la última, a las cinco. D.

Ahora tengo pareja y soy feliz. Mi vida sexual es bastante buena. Vale, no hemos echado polvos tan espectaculares como aquella noche, pero no está mal. Y es inteligente y me gusta compartir tiempo juntos...

...

...


El número al que llama no puede atenderle en estos momentos. Deje su mensaje después de escuchar la señal. *Ping*
- Cariño, me ha caído el marrón de una reunión de trabajo. Llegaré tarde a casa. Te quiero.

Sí, vale, vuelvo a pensar con las gónadas. ¿Y qué?
Algunas personas no cambiamos nunca.

Jerry Fish & The Mudbug Club

Ayer escuché en la radio una canción que me gustó, de la cantante irlandesa Imelda May. Al llegar a casa estuve investigando por la red, escuchando algunas canciones más de esta cantante y llegué a una colaboración que hizo con una banda irlandesa, Jerry Fish & the Mudbug Club.

He seguido trasteando por la web y he podido escuchar a este grupo y por ahora, todo lo escuchado, me está gustando mucho. La voz del cantante a veces me recuerda a la de Leonard Cohen, otras a la de Willy de Ville.

Hay canciones, como la que sigue, que me dan marcha y dibujan en mi cabeza escenas muy nítidas que parecen sacadas de una película americana de los años 50-60.


Locales llenos de humo y efluvios de bourbon y ginebra, bailes y juegos de seducción, chicas buenas no tan buenas con faldas lápiz (en cuánto adelgace, me compro una que siempre me han gustado) y esos tipos, bien vestidos, algo golfos y juguetones, que me pierden.

Otra de sus canciones me hace soñar y evocar.



Un baile agarrao al hombre al que quieres. Mientras te meces en sus brazos, impregnándote de su olor y con esa sonrisa tonta que tienes en la cara cuando estás enamorada, sabes que estás segura, en paz. Y deseas que la música no pare nunca y que se congele ese momento.

En fin...

jueves, 3 de febrero de 2011

De madrugada

Iba en el autobús, pensando. En todo y en nada, pues no se detenía lo suficiente en un pensamiento para desarrollarlo. Apoyó la mano enguantada en el cristal y limpió el vaho para mirar al exterior.


Madrid se despertaba. A su derecha, los tonos rojizos y anaranjados del amanecer iban extendiéndose por la ciudad, arrancando la noche a jirones. A su izquierda, aún quedaba parte de la ciudad dormida, sumida en la sombra. No supo el motivo, pero sintió el deseo irrefrenable de que en esa ocasión, en ese preciso instante, no ganase la luz. Estéticamente, era mucho más bello el lado derecho de la ciudad, con ese crisol de colores, esa luminosidad. Pero al otro lado, en esa oscuridad, se sentía acogido.

Pulsó el botón de solicitar parada. No era la suya, pero daba igual. De un salto, bajó del autobús y se encendió un cigarro. No sabía dónde estaba ni que hacía allí. Su comportamiento era ilógico, pero sentía que había hecho lo correcto y que tenía que caminar alejándose del amanecer, como si algo le llamase a huir de la luz del sol. Ni que fuera un vampiro pensó mientras caminaba hacia la parte de la ciudad que seguía sumida en las sombras.
Aceleró el paso al ver como su sombra se alargaba. El sol se iba acercando y no quería que le alcanzase ni sentir su calor. Mierda. Cada vez estaba más cerca. Tiró su maletín al suelo y comenzó a correr. Una zancada. Y otra. Tenía que huir, esconderse en las sombras. Era ilógico, pero tenía que hacerlo.
Cualquiera que le hubiese visto, le habría tomado por un loco. Un tipo vestido de traje, corriendo desbocado por la calle, lanzando miradas furtivas a su espalda. Pero no se cruzó con nadie en su frenética huida y siguió corriendo, huyendo de la luz y del calor del sol.
Su corazón bombeaba sangre cada vez más y más rápido, los músculos se tensaban y destensaban una y otra vez. Hasta que, de repente, tal y como había empezado, acabó todo. Una milésima de segundo antes de desplomarse en el suelo, se dio cuenta de lo absurdo que había sido todo.
Poco a poco, la luz invadió la calle mientras las sombras se ocultaban allá dónde se oculten durante el día. El calor del sol convertía en gotas de agua la escarcha sobre los parabrisas de los coches y templaba algo el cuerpo que yacía en el suelo y que comenzaba a enfriarse.

- Anda, ¡qué curioso!
- ¿Qué es curioso, cariño?
- Lo que pone en el periódico. La noticia del tío éste que ha muerto de infarto. La semana pasada hubo otra noticia de un infarto en la misma zona y a la misma hora. Me llamó la atención porque paso cerca de allí en el autobús todas las mañanas y hace un mes, se veían luces de ambulancia cercanas. Otro infarto según nos contó el conductor del autobús. Tres en menos de un mes y sobre la misma hora.
- Coño, pues si es casualidad tanto infarto seguido y de madrugada. A ver si va a haber una maldición en esa zona. Un vampiro... - ironizó él.
- Anda, no digas tonterías y vámonos a la cama. Que te voy a enseñar yo lo que es un vampiro...

(Continuará o no)



lunes, 31 de enero de 2011

Cabreo

Seguramente lo que vaya a decir, además de fruto del cabreo, sea muy poco popular. Pero, parafraseando a Rhet Butler, Francamente, queridos, me importa un bledo.

Esta mañana, mientras apuraba mi té antes de venirme a trabajar, escuché en Espejo Público una entrevista al juez que dictó la sentencia de este caso. Soy la primera a la que no le desagrada que corten las alas a las prácticas abusivas de los bancos, pero también hay que considerar la codicia y la responsabilidad propias, algo que se le olvida a casi todo el mundo.

En la tertulia posterior los mismos tertulianos de siempre, que parece que hacen tournée en todas las televisiones y radios, se congratulaban porque era genial la sentencia, propia de un Estado de Derecho como el nuestro. Después de escucharles, he llegado a la conclusión de que estoy hasta las tetas del Estado de Derecho de la sociedad en la que vivo.
Porque ¿dónde queda el Estado de las Obligaciones y del Deber?.

Estoy segura de que todos conocemos a alguien que está cobrando el paro y que trabaja en negro. O a los que han contratado alguna reforma en su casa y no han pagado el IVA, porque no querían factura o el emisor les rebajaba el precio si no la hacían. O a personas en situación de baja laboral, que lo que le echan es cuento al asunto. Picaresca y sinvergüenzas siempre habrá, pero lo preocupante, lo triste, es que lo amparemos y lo normalicemos. ¿Por qué no se mete mano a esa gente? Porque saldrán cuatro imbéciles que justificarán esa clase de acciones y acusarán al Estado opresor.
Pasa como con los okupas. Que majos son esos chavales, que bien vemos que se enfrenten a la policía (que sí, que a veces ésta se pasa y cuando canea, canea a todo quisqui) y que buenos con sus actividades culturales... mientras no sea nuestra casa o nuestro bloque el que ocupen. O no seamos nosotros los agravados, porque entonces nos ofenderemos si la policía no actúa con toda la contundencia posible. O más.

Ayer en el muro de un contacto del Caralibro, leí esta otra noticia.
¿Pero qué mierda es esto? ¿Esto es igualdad? Porque yo así no la quiero. Yo quiero a los mejores en cada puesto, a los más cualificados. Y me da igual si tienen tetas, huevos o son hermafroditas.
Si no eres capaz de pasar las pruebas, pues mala suerte, pero no pidas que te cambien el baremo para poder pasarlas.

Y todo esto, no es más que un pequeño reflejo de nuestro día a día. Hay muchas cosas más, pero generar tanta bilis tan pronto no puede ser bueno.

El otro día lo dije en un almuerzo de trabajo y me reafirmo. Por favor, señora Merkel, ¡Invádanos!.
Quiero ser ciudadana de un país serio. No de uno en el que a todo el mundo se le llena la boca a la hora de exigir derechos, mientras se pasan por el arco del triunfo sus obligaciones.

domingo, 30 de enero de 2011

Siesta

Después de comer me he quedado dormida, con la televisión de fondo, en el sofá. Hace un ratito, me he despertado con una sensación extraña, de desasosiego.
No creo que estuviera soñando, pero sí que todo lo escuchado, sin darme cuenta, se ha mezclado en mi cabeza y ha hecho que me pregunte, ¿no será este el preludio de la III Guerra Mundial? Al fin y al cabo, la historia siempre se repite. Y después de una gran crisis económica, ha habido un conflicto bélico importante.

No lo sé. Lo que tengo claro, es que voy a dejar de dormir con la televisión puesta. Que pienso/sueño cosas extrañas.

sábado, 29 de enero de 2011

Banda sonora

I'm fool to want you. Billie Holiday llena la habitación con su voz, dibujando como me siento.

Una idiota por quererte. Sí, mayúscula. Pero sobre todo, por haberme creído que tú sentías lo mismo. Por pensar que aún lo haces, a veces... Cuando te da la ventolera y parece ser que te importo algo.

Le he dado tantas vueltas a todo, a cada cosa que pasó, a lo que dijimos, a lo que callamos, a lo que hice y no hice...Tantas vueltas que pensé que la cabeza me iba a estallar en mil pedacitos, mientras lloraba por rabia, tristeza o alegría. O por todo a la vez.

Y en esa batidora en que se convirtió mi cabeza, en la que confundí arriba y abajo, cielo e infierno, acabé sintiéndome responsable por todo. De haberlo sabido habría hecho esto. O tal otro. Llena de impotencia que volcaba hacia mí misma. Miraba al espejo y me decía Te odio. Y justificaba todo desde ese prisma. ¿Cómo va a querer a un ser tan deleznable?

Pero no. Idiota sí, pero no hasta ese punto. Cometí errores, pero ya no puedo hacer nada más de lo que hice. Me lancé a la piscina y mala suerte, me partí la crisma. Estaba vacía. Sé que aún tenía tanto que darte... pero no lo quieres. Pues recojo mis bártulos y me voy.

Acato las reglas del juego que marcaste y aquí estoy, jodida pero contenta. Bueno, no tan contenta y sí, más jodida de lo que aparento. Aunque tú no lo sepas... o no quieras saberlo.
¿Por qué tiene que ser todo tan complicado?

jueves, 20 de enero de 2011

Nunca pensé que hablaría de este tema en el blog

De coches no entiendo un pimiento. No tengo carnet de conducir ni planes de tenerlo a corto plazo y me da igual las válvulas, cilindros y demás que tenga. A mí con que sea seguro, esté limpio y me lleve a dónde quiero ir, me vale.

Me hacen mucha gracias esos tíos que presumen de coche, pensando que vamos a caer rendidas ante la potencia de su cochazo. A mí, la potencia que me interesa en un hombre no es precisamente la de su coche y la verdad, hasta que lleguemos a ese asunto, hay otras cosas antes. Hace unos años conocí a un tipo que presumía de un deportivo muy, muy caro. Nuevo rico con ropa de marca con logotipos bien ostentosos, que se creía divino de la muerte por conducir esa máquina. Fue verle y pensar para mí ¡Qué hortera!. A mí alrededor, ellas y ellos perdían el culo por estar junto al coche. Yo le despaché con un ¿Para qué tanto coche si no puedes correr a más de 120 kilómetros por hora?

Con estos antecedentes, lo que me ha pasado esta tarde, me ha sorprendido a mí misma. Iba camino de la oficina tras la rehabilitación y por el rabillo del ojo, he visto algo negro que ha llamado mi atención y que ha hecho que me parase ante el escaparate. Ese algo no era otra cosa que este coche. ¿Pararme yo a ver un coche? ¿Mirándolo con deseo? Es que estaba ahí, tan limpito y brillante, que me ha parecido muy coqueto para moverse por la ciudad y me ha parecido precioso.

Aún sorprendida, he avanzado un poco más por la misma acera. Y cuando me he parado ante este otro coche, he empezado a pensar que lo que yo necesitaba era un exorcismo. O que se me ha desarrollado una doble personalidad y a la otra, le encantan los coches.

miércoles, 19 de enero de 2011

Cuadro

Ayer fui a un almuerzo, presentación de una mayorista. Muchas veces voy para dejarme ver, para no perder el contacto con los comerciales, pero ayer disfruté especialmente porque trataba de cruceros fluviales. Y yo habiendo agua de por medio...

Al salir, me acerqué a recoger un libro que tenía encargado. ¡Qué peligro! Porque mientras esperaba a que lo trajeran del almacén, estuve paseándome por las estanterías. Aunque he pensado en pedir para mi cumpleaños que me regalen un lector de libros electrónicos, ese olor, mezcla de papel y tinta que hay en las librerías de siempre, me encanta; el sonido de las hojas al pasar en un libro recién salido de imprenta, el tacto... Llamadme romántica, anticuada o anti-planeta, pero dónde esté un libro en formato tradicional...

La tentación era muy grande, pero mi economía es muy pequeña, pero aún así, no pude resistirme a llevarme uno de los libros que estuve ojeando: La Historia de la Belleza de de Umberto Eco.

En el autobús de regreso a la oficina, estuve curioseando entre sus páginas. Aún no puedo comenzar su lectura, pues tengo que estudiar, aunque no vea muy probable que pueda presentarme a los exámenes.

Una de los cuadros que salen, ya lo puse en el Caralibro. Es éste. Lo vi hace muchos años, en un libro de arte de mi instituto y hubo algo en él que me gustó desde el primer momento. Además de disfrutar con su belleza, sentía cierto temor. Una mezcla de repulsión y atracción.
Siempre me ha gustado el cine de terror (que no gore) y leía muchas novelas de la llamada literatura gótica y ese cuadro era el escenario perfecto. Podía ser la Abadía de Carfax de un Drácula alemán.


Hoy me sigue gustando su aspecto fantasmagórico, pero quizás algo ha cambiado en mi forma de verlo. Ya no hay ni rastro de esa repulsión. Y esa atracción que sentía hacia él, se apaciguado. O lo he hecho yo.

martes, 18 de enero de 2011

Día tonto


Más que tonto, que también, ha sido raro. Aunque para mí, que en vez del día, la que está tonta soy yo...

martes, 11 de enero de 2011

Bajo diez banderas

Tengo costumbre hacerme un regalito a mí misma por Reyes, normalmente un libro. El escogido este año, ha sido el libro "Bajo Diez Banderas".


Vi la película hace muchos, muchos años. Desde pequeña, creo que gracias a la serie La fuga de Colditz, me gustan las películas bélicas ambientadas en la II Guerra Mundial. Ésta me gustó, aunque no es de mis favoritas, sobre todo los dos personajes principales, auténticos caballeros.

Así que cuando leí esta noticia (y lo vi en el foro de los amiguetes), se me hicieron los ojos chiribitas. Me gusta el mar y recordaba al caballero que era el capitán alemán. Decidido. Ésa era mi elección. Me costó hacerme con él. Agotado en todas las librerías en las que pregunté, que no fueron pocas. Finalmente, me hice con él el sábado pasado. Me senté en una cafetería, con mi tesoro en las manos y comencé a leer.

Se me quedó el café helado, tan metida como estaba en la lectura. Desde el primer capítulo, me atrapó. Podía sentir el bamboleo del barco, mientras las olas del Mar del Norte barrían la cubierta. Y después... He vivido las tensas esperas oteando el horizonte en busca de una presa, la emoción de la caza, el olor a quemado de las presas capturadas, las preocupaciones del comandante y sus dudas, he presenciado cómo se hundían los barcos enemigos, las privaciones, las anécdotas... Todo. Una grumete zascandileando por las cubiertas del Atlantis, atenta al zafarrancho de combate para capturar un nuevo barco.
Y al leer el final del barco, al compartir la desesperación del comandante Rogge, al ver como su nave iba a ser hundida... se me han saltado las lágrimas.

Una lectura altamente recomendable sobre unos hombres que, sin olvidarse ni de la humanidad ni de la legalidad, cumplieron con su deber.

sábado, 8 de enero de 2011

Los países de colores de Chesterton

Esta tarde me entregaron un regalo de Reyes. Un libro, Los países de colores, de Chesterton. Me ha sorprendido gratamente. Había comentado, de pasada en una conversación hará cosa de un mes, que lo había visto en una librería y sinceramente, no me lo esperaba de la persona de la que viene.

Es una compilacion de poemas, dibujos, relatos cortos del autor de "El hombre que fue Jueves". El primero de los relatos, que da título al libro es una auténtica maravilla. Pero yo os dejo aquí otro, que en la versión impresa, está ilustrado con dibujos a todo color del propio Chesterton.
Os recomiendo encarecidamente el libro en la edición de Valdemar, es una gozada.


LA DESVENTAJA DE TENER DOS CABEZAS
Érase una vez un niño pequeño que miró más allá de la valla de su jardín y vio pasar a cuatro caballeros de enormes penachos. Como ahora está casado con una princesa y se mueve en el ámbito de la alta sociedad, me ha solicitado que no mencione su nombre, de modo que le llamaremos Piernasrojas. Como le interesaban estos asuntos, saltó por encima de la valla y corrió tras los caballeros para ver adónde se dirigían.
Llegaron junto a un HOMBRE MUY ANCIANO sentado sobre una roca muy puntiaguda, balanceándose. Los caballeros, viendo por su sombrero de cucurucho y su barba blanca que era un Mago, le preguntaron dónde podrían encontrar a la Princesa Japónica (pues así es como desea la Princesa, que es familiar mío, que la describa).
"La Princesa Japónica - respondió el mago - vive en el Castillo más allá del Último Bosque del Mundo, allá dónde siempre se está poniendo el sol. No puede salir para visitar a nadie y nadie puede ir a visitarla a ella, pues sólo dos caminos conducen hasta allí, y el camino de la derecha está custodiado por un Gigante de una Sola Cabeza, y el camino de la izquierda por un Gigante de Dos Cabezas".
Entonces el primer caballero dijo muy animado (era un Bromley-Smunk por parte de madre y ya sabéis como son): "Pronto habré quitado al gigante de en medio. Pero creo que me limitaré al gigante de una sola cabeza. Pues soy un hombre humanitario y deseo cortar cuantas menos cabezas mejor".
Así que el primer caballero eligió el camino hacia el Gigante de una Cabeza. Y al cabo de un rato partió el segundo caballero, y luego el tercero y el cuarto, todos por el mismo camino. El niño se quedó atrás charlando con el Mago acerca de la Cuestión Fiscal. Apenas habían tenido tiempo de descartar este breve tema cuando vieron una hilera de individuos en estado lamentable acercarse por el camino MACHACADOS.
Entonces Piernasrojas dijo de repente: "Me gustaría mucho ver un Gigante de Dos Cabezas. Préstenme una espada".
Todos echaron a reír a carcajadas y le dijeron lo tonto que era si pensaba que podría matar al Gigante de Dos Cabezas cuando ellos ni siquiera habían podido matar al Gigante de Una Cabeza. Pero Piernasrojas se puso en marcha de todos modos con la cabeza bien alta y encontró al Gigante de Dos Cabezas en las grandes montañas donde siempre se está poniendo el sol. Y entonces descubrió una cosa curiosa. El Gigante de Dos Cabezas no se abalanzó sobre él para desmembrarlo como había anticipado.
Ciertamente gritaba y chillaba .. y vociferaba juntando mucho sus dos cabezas. Pero el caso era que las dos cabezas gritaban y chillaban y vociferaban y se desgañitaban de una manera bastante rara. Estaban gritándose y vociferándose y desgañitándose y chillándose LA UNA A LA OTRA.
Una de las dos cabezas dijo: "Estás a favor de los Boer". "Igual que tú", dijo la otra con amargo sentido del humor. De hecho, la discusión podría haber seguido así para siempre, cada vez más salvaje y brillante, pero quedó interrumpida en seco por Piernasrojas, que tomó la enorme espada que le había pedido prestada a uno de los caballeros y se la clavó al gigante, matándolo. La enorme criatura cayó al suelo y se retorció agonizante, exclamando: "No eres digno de mi atención". A continuación falleció felizmente.
Piernasrojas siguió recorriendo el camino que había estado custodiando el Gigante de Dos Cabezas hasta que llegó al Castillo de la Princesa. Tras un par de palabras a modo de explicación, no hará falta que diga que SE CASARON.
Y vivieron felices y comieron perdices. El Mago, quien fue quien dio en matrimonio a la Princesa, pronunció una vez concluida la ceremonia las siguientes palabras cabalísticas y completamente ininteligibles:
"Hijo mío, el Gigante que tenía una cabeza era más fuerte que el gigante que tenía dos. Cuando crezcas vendrán a ti otros magos que te dirán: "-------- Examina tu alma, desdichado. Cultiva un sentido de las diferenciaciones posibles en una psicología singular. Ten diecinueve religiones apropiadas para estados ánimos distintos". Hijo mío, quienes así te hablen serán magos perversos; querrán convertirte en un gigante de dos cabezas."
Piernasrojas no supo que significaba áquello y yo tampoco.

(En el espacio que hay guiones, viene una palabra en griego, que no he logrado escribir, que no tengo las fuentes. Lo siento).

viernes, 7 de enero de 2011

Otro batiburrillo (esta vez sobre sentimiento religioso)

Anoche me quedé dormida viendo Fallen. No pasará a la historia del cine como una obra maestra, pero la idea principal me resulta interesante.


Por lo que recuerdo, he estado soñando con la película, con los Reyes Magos y con el apóstol Tomás, todo ello mezclado con personas a las que quiero y otras de mi entorno.
Leí una vez que nuestros sueños son la forma que tiene el cerebro de ordenar la información de segundo plano que percibimos a diario. Siguiendo esa teoría entiendo la presencia en mi sueño de todos los elementos menos del apóstol Tomás.

Vale que de todos los apóstoles a los que se menciona en la Biblia, es el que más me gusta. Siento por él y por Judas Iscariote, una extraña simpatía. (Aviso a navegantes: Que manifiestes esa simpatía por Judas el Traidor, delante de un profesor del Opus Dei más radical, no suele ser bueno. Hablo por experiencia).
Y es que Tomás Dídimo (del que se especula que pudiera ser uno de los cuatro hermanos de Jesús) me parece de lo más humano. Quiere creer, pero duda.

Hace muchos años, buscando entender ese sentimiento divino que sé que existe, pero que no sé explicar, me leí todos los libros religiosos que cayeron en mis manos. La Biblia . El Corán, La Toráh, el Tao Te King, el Libro del Mormón y unos cuántos evangelios apócrifos. Y hasta las revistas de los Testigos de Jehová.
He de decir que no saqué mucho en claro con mi búsqueda y que años más tarde, sólo con la experiencia y las conversaciones con alguien muy importante para mí, fui entendiendo algo más. Aunque no mucho y de ahí siempre mis dudas. Y mi simpatía por Tomás.

Uno de los evangelios apócrifos que leí fue el atribuido a Dídimo Judas Tomás. Hay versos que sigo sin entender, pero muchos me gustan y los siento y entiendo, procurando vivir mi día a día así, aunque no siempre lo logre.

Hace unos días, mi sobrina Ainhoa me preguntó sobre Dios. No es la primera vez que lo hace. También lo ha hecho Aroah. Soy cauta al hablar con ellas de este tema. Primero, porque su padre es ateo y no quiero meter en líos a mi hermana ahora que estamos con lo de la custodia. Y sobre todo, porque yo que nada sé, siento miedo a confundirlas. Así que suelo limitarme a contarles historias de la Biblia, centrándome en el aspecto moral de Jesús y sus enseñanzas. Lo hago como si fueran cuentos, pues creo que así lo entienden mejor.
Pero ese día, Ainhoa insistía. ¿Y qué pasa si no creo en Dios? ¿Voy al infierno? me preguntaba con cara asustada. No sé porque le contesté como le contesté, pero sí que me di cuenta de que estaba convencida de ello. Y al verla pensativa por un instante y sonreír después, creo que acerté.

Quizás todo se reduzca a ser más como los niños y no a tratar de entender, sino de sentir.