viernes, 25 de noviembre de 2016

Pasos de hormiga

Hoy he hablado de ti sin decir tu nombre. Es uno de esos días en que tu ausencia se nota especialmente, que acongoja y me tiene al borde de las lágrimas, aunque sonría.

Tú lo sabes. He tratado de ser egoísta, de recogerte sólo para mí y avanzar, de no convertirte en un fantasma que me ancla a una casa encantada y deshabitada, a un "lo que pudo haber sido y nunca será". Pero son pasos de hormiga en un mundo de gigantes.

Entre todo lo que añoro, lo que más echo de menos es el silencio. No este impuesto, atronador y que me asfixia, sino el compartido; el que se llenaba de miradas, de medias sonrisas, de besos robados y regalados, de observar sin que te dieras cuenta (o sí)...

A veces desearía olvidarte, olvidar todo lo sentido. Y al instante, me doy cuenta de la barbaridad que estoy pensando y me cabreo conmigo misma por ello, por desleal. Por desagradecida.

Sé que este día gris pasará. Siempre hay un rayo de esperanza y el dolor volverá a una de mis cápsulas. Y seguiré caminando. Disfrutando del camino como me enseñaste, aprendiendo, intentando escuadriñar que hay detrás de cada curva, del horizonte lejano.

Pero hoy, esta hormiguita, esta brizna insignificante, necesita parar. Dejar que la lluvia que cae arrastre las lágrimas, que sea agua rodada que me limpie y nutra. Que me permita creer que estás aquí, compartiendo el silencio.



martes, 22 de noviembre de 2016

Encapsular

Tengo algunos pequeños tumores cutáneos. Son resultado de picaduras de mosquito que mi cuerpo ha acabado encapsulando y creando esos tumores. Cuando se lo comenté a un amigo muy querido se reía y lo achacaba a mi personalidad, a ese afán mío de guardarme lo que me daña y no dejarlo aflorar.

Quizás sea así y lo que me daña y no entiendo, lo rodeo y ahí se queda... Aunque a veces se reabra.

Hace un rato estuve haciendo "limpia" de viejos correos electrónicos y papeles del ordenador. Y releí algunos, de algo sucedido hace muchos años. Algo que se solucionó, pero a tenor de todas los pensamientos que llevo teniendo desde que he releído, sé que en mi interior, no. Una cápsula que se ha abierto un poquito...

Y cuando eso pasa, es una reacción en cadena. Dudas que enlazan a otras y éstas a otras, inseguridades, miedos... y al fin, dolor.

Hoy decía que dormía bien últimamente. Sé que esta noche no va a ser así. Tengo pendiente una lucha interna, Silvia vs Silvia, en la que no va a haber vencedores.  Y que dolerá, porque me diré verdades (o lo que para mí lo son). Pero también, porque algo tienen los años, que mañana lo habré superado.

O quizás, todo lo que creo superado esté por ahí, debajo de la piel. Esperando a que algo lo reabra y así poder limpiarlo.

sábado, 1 de octubre de 2016

Cabo Verde

Hace mucho tiempo que no escribía, casi todo lo comparto en el Caralibro. Pero esta publicación, quizás más mía, no quiero que esté tan abierta (aunque no me oculto) y sólo aquellos interesados en mis idas de olla, las íntimas, se molestarán en leerlo. O no, ¡qué más da!. Este escrito no deja de ser un hablar en voz alta conmigo misma.

Acabo de regresar de unas vacaciones estupendas en Cabo Verde, en la isla de Sal. En Caralibro he publicado las fotos: playas de arenas blancas, aguas turquesas, desiertos, cabellos despeinados, sonrisas.
He vuelto con el espíritu cargado de calma y sonrisas, pero ¿qué sería yo sin que las sonrisas estuvieran acompañadas por las lágrimas y las reflexiones en solitario frente al mar (cuando se puede)? ¿Sin mis turbulencias interiores?

La cara amable del país es la que publiqué, la triste, la que me tuvo frente al mar, buscando un bálsamo. La de la pobreza; la de los niños alcoholizados, la del destrozo de la naturaleza, la del analfabetismo y la falta de recursos para no morirse por cualquier tontería que aquí se curaría en nuestra denostada Seguridad Social.

Palmeira... Los pescadores llegaban y la algarabía de las mujeres que querían comprar, bien para subsistencia propia, bien para la venta, llenaba el muelle. Algunos niños pequeños correteaban por la calle, en ocasiones ajenos a las miradas de sus cuidadores. Pero no de la mía. Nada calma ni nada me solivianta (por su sufrimiento) mi espíritu como los niños. Quizás sólo el mar...
Venciendo recelos

Alia captó enseguida mi atención. Una pequeña muñeca de tez oscura y ojos grandes, que miraban asustados a la turista inglesa que insistía en cogerla en brazos. Yo quería acercarme, pero una mezcla de pudor y preocupación por la niña me lo impidieron hasta que ella me miró curiosa. 
Me acerqué a ella, sin ademán de cogerla, pues la vi incómoda. Le hablé en voz baja en mi portugués y ella me miró con sorpresa, como si las personas blancas de cabello rubio que se le acercaban normalmente no fueran capaces de comunicarse con ella. Al poco, me tendió su manita y jugué con ella entre mis dedos. Charlé con su abuela, que me contó que su madre era una chiquilla de dieciocho años que trataba de buscarse la vida como podía. Alia echó mano a mis gafas, intentando quitármelas, como cualquier niño de su edad, que busca experimentar y aprender . Al ponerle caras raras y muecas, se asustó un poco hasta que me oyó reír y se unió a mis risas. Antes de despedirme de ella con el espíritu calmado, rebusqué entre mis cosas y encontré un chupachups. La última imagen que tengo de ella desde la pick up es chupando el caramelo, feliz, mientras jugueteaba con el pelo de su abuela

Pero la tranquilidad que Alia me regaló, me duró poco pues fuimos hacia el interior de la isla. Vertederos y montañas de basura en mitad de ninguna parte. Terreno descuidado que presagia un futuro poco halagüeño. Un perro callejero en mitad de la nada se acercó receloso a la pick-up, hasta que lo espanta con gritos el conductor.. Me acuerdo de mi Boliche, feliz en casa. La mirada de este perro, que me subyuga, sólo refleja temor y hambre. Lo que nos espera si persistimos en cargarnos el planeta.

El viaje continuó hasta la capital de la isla, Espargos. Desde Terraboa entramos por la zona más mísera de la ciudad. Chabolas a medio construir de hormigón y chapa, sin luz, sin agua, con basura, ratas y moscas y sin futuro. O quizás, sí hay esperanza de un futuro. Eso pensé al ver a los los niños que nos sonreían y saludaban de vuelta de la escuela, cargados con sus mochilas. A los pocos días, descubrí como funciona la educación allí (como todo, a base de dinero) y no pude evitar sentir un escalofrío al acordarme de la niña del “baby” azul que llevaba una mochila de Frozen, ajada y más grande que ella y que tenía una sonrisa que brillaba.

Vuelta al hotel, fui al bar en busca de algo fresco y allí estaba ella. Una fotografía que captó mi atención entre todas las demás. Una mujer, anciana, que me atrapó con su mirada. Mezcla de sufrimiento, sabiduría y algo que no conseguía descifrar. Estaba tan ensimismada en su contemplación, tratando de descifrarla, que no me enteré cuando los camareros me hablaban. Cada visita al bar, en solitario o acompañada, supondría una nueva charla, intentando entenderla y entenderme. Pregunté si la fotografía estaba a la venta, para seguir charlando, pero no hubo suerte. Incluso pasó por mi mente el llevármela de madrugada y traérmela a España.

Otra mañana... Me siento chispeante porque voy a dar un paseo en velero por la costa occidental de la isla. Al llegar al puerto, nos recibe el capitán. Nos habla en inglés (otra vez mi pinta de guiri) pero al ver que mi amiga no se entera “ni de papa” prueba con otros idiomas hasta que acierta con el español.
“- ¿De dónde sois
- Españolas. De Ávila y de Madrid. ¿Usted es portugués?.
- No, catalán
- Ah, ¿qué hace un español en Cabo Verde de capitán de barco?
- No, español, no. CATALÁN.”
Esa breve conversación me hizo intuir que no iba a tener conversaciones gratificantes con el capitán, pero estaba como niña con zapatos nuevos y no le di mayor importancia. Los compañeros de travesía (cuatro ingleses, dos galeses y dos holandeses) tampoco parecían colaborar mucho con mi estado “zen” al comenzar con los gintonics y las voces a las nueve y media de la mañana.
Pero yo, inasequible al desaliento, me dediqué a pasear por cubierta, charlando con los tripulantes caboverdianos mientras el viento me recolocaba el peinado y el sol tostaba mi piel. Cuando fondeamos para hacer snorkel antes de comer, casi toqué la gloria mientras me zambullía y buceaba entre los peces.
Durante la comida, el capitán explicaba en inglés al resto de pasajeros que el idioma castellano es más moderno que el catalán, gallego o portugués. Al corregirle, otra discusión sobre “verdades históricas” y un comentario, al saber mi profesión, que decía “El turismo es para idiotizar al pueblo” (que manda huevos que me lo dijera un tipo que se dedica a dar paseos a turistas) estuvieron a punto de amargarme la jornada, hasta que dije un “A tomar por saco” mentalmente y volví al agua. Los peces me parecían mucho más dialogantes que el capitán....
Al desembarcar, me fui con una sensación agridulce. Dulce por el tiempo en la mar, navegando y nadando; agria por el fanatismo y la sensación de sentirme extraña con alguien que comparte un patrimonio común...

Santa María... La zona turística de la isla, cerca de los hoteles dónde los turistas nos tostamos al sol. Vendedores que se acercaban, insistentes; niños jugando en la calle o en el muelle; turistas que compran... lo que está en los puestos y lo menos evidente...

Cuando comenté que iba de viaje a Cabo Verde, escuché algún comentario del tipo “¡Qué, a zumbarte a los negros!”. Poco me conoce quien piense eso. Primero, porque no pago, directa o indirectamente, por follar; porque no me gusta abusar y porque, aunque sea un polvo de una noche, quiero que sea por mí y no por el tamaño de mi billetera. Y no hay necesidad de meterse tanto vuelo para echar un polvo. Pero aunque yo no vaya en ese plan, como muchas otras personas, hay quien va.
Una noche, en la discoteca del hotel, me fijé en su mirada. Una turista inglesa: altísima, rubísima y con tipazo, me miraba extraño. “Ya está, he vuelto a ligar con una tía” y se lo comenté a mi amiga entre risas. “Está celosa, ¿no te das cuenta?”. Y yo que soy un poco pava para esas cosas, no entendía porqué.
“-Quiere liarse con Venancio, el camarero y ve que te presta más atención a ti que a los otros clientes.
- Pero yo no quiero nada con él...
- Y él lo sabe. Por eso está tan relajado con tu simpatía, charlando contigo, viendo tus esfuerzos por hablarle en portugués o tratar de entender algo de criolo. Porque aunque esté trabajando, es una relación entre personas, no un negocio”

Otra noche. El viaje en el coche con Mamadou está lleno de risas mientras vamos a la playa. Un cielo cuajado de estrellas, aunque sin luna, que nos acompañará en nuestra búsqueda de tortugas. Al llegar a la playa, no hay nadie más y podemos ver como una tortuga regresa al mar después de hacer su nido. Yo disfruto como una enana, viendo a uno de mis animales favoritos. Poco a poco van llegando más coches y la “prohibición” de no usar linternas para no molestar a las tortugas, la ignoran a pesar de las broncas de los guías. ¡Otra tortuga! Esta vez saliendo del mar. Entre trompicones a oscuras, llegamos hasta dónde va a poner el nido. Y al mismo tiempo, llegan unos veinte turistas más, ruidosos, con sus linternas y sus flashes. A mi lado, una inglesa no sabe lo cerca que ha estado de que su móvil acabara en el mar por molestar a la tortuga mientras ponía los huevos. A pesar de ellos, es tan maravilloso ese espectáculo de la naturaleza, que yo sigo flipada. Y así regresaré al hotel.

Tantas emociones me pedían una charla conmigo misma, así que sin hacer ruido, salí de la habitación y de madrugada, ante la mirada sorprendida del de seguridad, me voy a la playa. Las estrellas, el mar y yo. Nadie más. Desconectarme para reconectarme conmigo misma; para reír y llorar, a veces al tiempo.

A la mañana siguiente de mi charla, Ponta Petra. Playa idílica en la que apenas estábamos cincuenta personas. Entre ellas, unas familias caboverdianas que estaban de picnic. Los juegos de los niños, sus voces, llegaron hasta mí y no podía evitar sonreír.
Dificil averiguar quien soy...

Al poco, dentro del agua, acabé cerca de ellos. Estaban lanzando un muñeco por los aires al agua y cayó a mi lado.
- “É o Ken, o namorado da Barbie, não é? - los niños me sonríen y me responden que sí - “Tem a pele branca como eu, tens de pôr crema para o sol”.
Con eso, ya me he hecho de su panda. Al rato, soy yo la que acaba lanzándoles por los aires, siendo su trampolín humano.
Me despido de ellos, con risas y nuevamente, con el espíritu calmado.

Ha habido más cosas. Algunas, son sólo para mí. Otras, ya las he compartido en el Caralibro o no tienen tanta importancia. Pero ha sido lo que tienen que ser los viajes, enriquecedores para el espíritu.Y siempre, como la vida misma, llenos de sonrisas. Y de lágrimas.







sábado, 16 de enero de 2016

Casi un año y medio sin escribir y es una ida de olla inconexa


Mi sobrina mayor dice de mí, bromeando, que soy extraterrestre. Pero soy terriblemente terrenal, sólo que cada vez me siento más alienada.
Llevo una temporada que "vivo sin vivir en mí". Pero no como Santa Teresa de Jesús, que tenía momentos espirituales. Como he dicho, soy demasiado terrenal.
Reconozco mi cara en el espejo, pero cuando me quedo mirando, más profundamente, la Silvia que me mira no es la Silvia que normalmente soy. O la que quiero ser.
No sé si es cansancio, hastío, estrés, la crisis de los 40 o el japonés que vive en mi cuello. Ya me he cansado de buscar explicaciones a esta sensación de sentirse extraña en una misma.
Según escribí la última frase, me acordé de Meursault. Y en otras circunstancias, me asaltaría la pena al pensar en que me puedo convertir en alguien como el personaje de "El extranjero", pero ahora, es como si tuviera ciertos sentimientos anestesiados, como sucede con las ilusiones que mantenía hasta hace no mucho.
Quizás, como me ha dicho una amiga, es ahora cuando me viene de golpe todo lo que he aparcado durante los momentos más duros de la crisis. Y no hablo de la económica, que he ido capeando, sino de la sensación de pesimismo que ella trajo.
Hace unos años, por un problema familiar, hice algo similar. Me "até los machos" como dicen allende los mares y tiré para adelante retrasando los efectos de los malos momentos, dejándome en el camino una parte importante de mí misma. Y causando unos estragos de los que me costó tiempo recuperarme.
Sólo que ahora no sé si quiero recuperarme de esos estragos y prefiero dejarme llevar.
Casi año y medio sin escribir, ni en el blog ni poco más que algún apunte en Caralibro y escribo esta ida de olla.
Eso creo que nunca va a cambiar




domingo, 25 de mayo de 2014

Ida de olla (que ya tocaba...)

De un tiempo a esta parte, he ido cortando lazos con algunas personas.
Relaciones agotadas desde hace tiempo, basadas en algo que sí, nos mantenía muy unidos hace años pero que ya no existe, porque transitamos por caminos distintos.

 Otras, porque hay desequilibrio y asimetría y si sólo es una de las partes la que se implica, acaba desgastando.

En ninguno de los casos ha sido fácil. Supongo que todos en mayor o menor medida lo hacemos, pero cuando me implico emocionalmente con alguien (no hablo sólo de amor romántico) es como si les diera un poco de mí en depósito y me voy desgastando.

Ahora me encuentro en la tesitura de romper o no los lazos con alguien. Sólo el hecho de pensarlo hace que se me enramen los ojos (y yo odio que me vean así) y me invada una profunda tristeza. Porque perderé a esa persona y sigo pensando que es fantástica, pero también por confirmar lo poco valorada que eres como ser humano.
Supongo que también me da pánico, conociéndome, el cerrarme otra vez por miedo a que me hieran.

¿No habrá por ahí un ángel en busca de sus alas que me eche un cable?












jueves, 28 de noviembre de 2013

Divagando (y van...)

En una conversación hace unos días,  me dijeron que yo era una especie de muleta en la que se apoyaba la gente, quisiera yo o no.
Mientras una parte de mi cerebro seguía atenta a la conversación, otra me enviaba constantemente la imagen de la cariátide aplastada de Rodin y las palabras de Heinlein sobre ella. Sólo que yo no me siento una vencedora. Más bien, lo contrario. Como me estaba deprimiendo, decidí aparcarlo y seguir disfrutando de mi interlocutor.
Pero yo no sería yo, si no retomara ese rumrum que se quedó ahí, aguardando. Además, ciertos acontecimientos han precipitado su retorno a un primer plano.

Muleta... Un objeto. Pero no sólo una muleta, aunque para algunos sí lo sea. Para otros, un escalón; para alguno, el espejito mágico que le dice lo que quiere ver de sí. ¡Hasta un válium, que calma y aseda! Sea lo que sea, objeto, al fin y al cabo. Y como tal, al que se puede dejar aparcado en un rincón cuando "ya no funciona" o no se necesita. 

Con muchas personas, me suele dar igual. Entiendo, aunque no comparta, las reglas del juego en el que me ha tocado vivir donde priman la superficialidad en las relaciones, la fachada y el intercambio material y acepto que en momentos puntuales, nos "cosificamos" (que palabra me acabo de inventar). Y que hacemos lo mismo con otros. 
Pero con otras, con las pocas a las que realmente aprecio, ¡cómo me destroza! No es que crea que soy lo mejor de este planeta (que en muchos aspectos, dejo mucho que desear), pero sé que Silvia tiene muchas cosas buenas que ofrecer. Y cuando me entrego, con lo que me cuesta hacerlo y percibo que se me cosifica... ¿cómo no va a haber en mi mirada desconfianza? ¿Tan difícil es de entender que me sé vulnerable y quiero protegerme?

Mientras escribo, voy recordando otra conversación con una de las pocas personas que no me hizo sentir nunca una cosa. Una taza de café (pues decía que quien quisiera sonsacarme algo emborrachándome, iba a acabar con cirrosis hepática antes de que yo soltara prenda y levantara barreras) para hablar de relaciones. De reciprocidad, de buscar el bien del otro, del que quieres, porque sí, porque es bueno para él y en consecuencia, lo es para ti, aunque no lo parezca. De la entrega y de lo que es correcto, de atender a otros...

"Te duela lo que te duela, vas a actuar siempre así. Te cerrarás a otros, sacarás a tu Hyde o como quieras llamarlo, te alejarás y rabiarás lamiéndote tus heridas. Achácalo a las carencias de las que hablamos, a Edmundo D'Amicis como bromeas o a lo que te dé la gana, pero eres lo que eres y actuar de otra manera, hace que no seas tú. Aún sabiendo que vas a sufrir y aunque te resistas al principio, actuarás como sabes y sientes que has de hacerlo. Para ser alguien que no cree y ha renunciado a Dios, procuras actuar más fielmente a lo que hizo, que muchos de los de misa dominical." 

Más de diez años después y aquí sigo. Llena de miedos y de costurones, caminando con el mantra de "porque ha de hacerse, porque es bueno". Aunque a veces, como esta noche, me asalten las dudas y no deje de pensar en que todo puede ser un producto de mi soberbia.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Placer mañanero

Normalmente, una vez que caigo dormida, no es capaz de despertarme ni una bomba hasta que no llega mi hora de levantarme. Salvo que esté pendiente de alguno de los míos porque están pachuchos. Y al volver de mi última escapada trabajo-placer, todos estaban enfermos. Hasta el perro, que vomitó esta noche (pero seguro que por glotoncillo inconsciente. ¿A quién me recuerda?)

Boliche se ha venido a mi cama. Al principio de la noche, se ha acurrucado junto a mis pies y se ha quedado ahí, quietecito. Pero según ha ido viendo que me despertaba por las toses o los gemidos en sueños del resto de la familia, se ha ido acercando más, apoyando su cabeza en mi regazo.

Por mucho que digan los de chocolates Valor, es mucho mejor acariciar que comerse una onza de chocolate. He empezado por el pelo fosco que tiene en el lomo, algo áspero, lleno de remolinos que peinaba con los dedos; después, la suavidad de la almohadilla de las patas, rozando con mimo porque le resulta algo incómodo si aprieto más y finalmente, la cabeza, con su flequillo alborotado (como la menda), las orejas suavecitas y lo que serían las cejas despeinadas. Poco a poco, su respiración se ralentiza y comienza a quedarse dormido y a roncar, hasta que algo le alerta y levanta las orejas.

José Félix está en el quicio de la puerta, medio dormido. Abro el edredón de mi cama y le invito, pues aún es pronto para ir al cole, a que se venga a mi cama y no coja frío. Invitación que acepta encantado y se acurruca junto a mí.

Comienzo nuevamente, aunque esta vez a dos manos y centrándome algo más en el peque. Tiene la piel tan calentita y suave. Se estremece algo con las cosquillas que le hago con las yemas de los dedos cuando recorro la nariz y las mejillas. Tiene también las cejas alborotadas, "de bueno", como las que estuve atusando el día anterior (y con las que habría estado igual hasta que su propietario hubiese protestado por aburrimiento) y poco a poco, como sucede con Boliche, su respiración se ralentiza, hasta que los dos quedan dormidos. Pero yo no ceso de acariciarlos. Y es que, ¡me encanta!. Me relaja muchísimo y podría estarme horas acariciando. Recorriendo con la yema de mis dedos o la palma de mis manos cada centímetro de piel, sintiendo el calor, notando el pulso, como se estremecen con las cosquillas...

Pero en esta ocasión, no hay horas y el amanecer me sorprende, acurrucada junto a Boliche y José Félix, medio dormida... aunque sin parar de recorrer con mis manos a dos de mis "gorditos".


sábado, 2 de noviembre de 2013

Aprendiendo

Estoy cansada. Mucho.
El resfriado que cogí el fin de semana pasado ha evolucionado a bronquitis y mi tiroides deja de funcionar cuando esto sucede. Además lo de descansar en mi casa, es algo que no tengo fácil.

Cuando estoy tan cansada, también estoy más vulnerable.  A veces, demasiado.

Desde hace tiempo y en un proceso diario, siento que soy más segura en muchos aspectos, más fuerte. O mejor dicho, más sólida.  Pero al mismo tiempo, cuando algo me hiere, lo hace de veras, me destroza.

Esta madrugada,  entre fiebres y momentos de lucidez,  he pensado en esas pocas (afortunadamente) situaciones que me han destrozado últimamente.  Supongo que por mucho que avance, ciertas carencias no las podré suplir nunca. Y me dolerán con treinta y ocho años o con ochenta (si ss que llego)

Pero bueno, quizás lo que tenga que aprender sea a controlar el daño y asimilarlo lo antes posible.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Esta noche

La casa está en silencio,  solo roto ocasionalmente por una de mis toses o por un ladrido tímido de Boliche.
Todos han salido a celebrar Halloween, cosas de una casa con niños.  ¿Y qué más da que sea una  fiesta importada si hace que rían y puedan aprender a vencer algo el miedo?  Yo habría ido con ellos pero decidí cuidarme. Cosas de los años. O más bien, que  prefería recogerme sola, charlar con mis fantasmas y dejar que la tristeza y la nostalgia pasen sin tener que dar explicaciones a nadie.

Boliche ladra al vacío, con esa sabiduria de los animales, como si presintiera que empiezan las visitas.
En muda conversación,  desfilan mis ausencias, aquellos que con ellos se llevaron algo de mí y a los que extraño cada uno de mis días. Las regañinas cariñosas y los consejos de los abuelos, los juegos de Paula, la risa de Roberto y la mirada que busco revivir, aunque no haya manera...
Las risas y las lágrimas se suceden frente al altar de muertos de mi memoria.

La alarma del móvil suena y rompe la magia del momento. Toca tomarse la medicación para la fiebre. Me encojo en la cama, bajo el edredón. Por más capas que me eche encima, es un frío que nace de dentro y no se pasa.

Un pensamiento fugaz pasa por mi cabeza. Algo que comenté hace años sobre un cuadro de Picasso, "La muerte del arlequín". Quizás yo sea como los que observan...

Noche de difuntos.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

n+ (ya he perdido la cuenta) ida de olla

Debería de sentir rencor. De hecho, eso es lo que quería sentir y hacerte ver mi desprecio cuando charlara contigo.
Te aprovechaste de mí, me hiciste daño y he estado un tiempo lamiéndome las heridas, recomponiendo parte de mi confianza en mí misma. Pero ha sido verte y nada de lo que tenía previsto sentir, de lo que quería sentir para poder sobrellevarlo mejor, ha surgido.
Y me he dado cuenta de que no necesito ese rencor, que sólo me debilita y no me ayuda en nada. Supongo que ya me flagelé bastante por mi mala elección y analicé una y otra vez lo que hice/no hice, dije/no dije en busca de una responsabilidad, que como casi siempre, iba a achacarme a mí misma. Pero hoy me di cuenta de que no.
¡Que qué coño! Hice lo que pude y traté de brindar mi cariño y apoyo, a veces erroneámente, a quien no lo quería y que contestó con mamporros a esa entrega. Pues nada, ¡qué te vaya bonito! Yo no sé como me irá. Volveré a cometer algunos errores, me volveré a caer y levantar y a veces, tendré ganas de mandar todo a hacer puñetas, reiré, lloraré... Vamos, lo que viene siendo vivir.
Pero tengo una cosa clara: cada día que pasa, ya no peleo tanto con el reflejo del espejo. Nos vamos aceptando y nos sonreímos cada día más.

sábado, 24 de agosto de 2013

Stand by me

Descubrí esta versión por pura chiripa, en Caralibro y estoy flipada con ella.
Por cierto, los discos de Playing for Change están en Spotify, como el de blues de Grandpa Elliott. Os los recomiendo.

martes, 14 de mayo de 2013

29 años después

Es una iglesia de barrio. Al fondo, una cristalera colorida, "sesentera", que representa la última cena. Un altar modesto, un crucifijo y el cirio Pascual anunciando la resurrección de Cristo.
Está a rebosar. Amigos del finado, de sus hijos o simplemente conocidos, que quieren rendirle un pequeño homenaje y acompañar a su familia. Era del palo de los de mi abuela Socorro: una persona creyente y acogedora, alguien bondadoso, con una sonrisa y una palabra amable siempre en la boca para quién la necesitara.

Me siento al fondo, intentando alejarme de todos, para sentir y reflexionar. Ese mismo día y en ese mismo lugar, 29 años atrás, tomé mi Primera Comunión. Puedo verme a mí misma con mi chaquetita rosa que me tejió mi abuela, leyendo ante la mirada orgullosa de mi abuela, esta carta.

La liturgia prosigue. De vez en cuando, vuelvo a ver a la niña de chaquetita rosa, a la adolescente enrabietada en la que se convirtió después, a la mujer de las dudas y miedos...Todas en procesión frente a mí. Empezó siendo un día de saúdade y siento como la congoja me va atrapando.

Con un esfuerzo para vencer el desánimo, escucho más atenta las palabras del sacerdote. Un hombre joven, que parece sencillo y que transmite calor y consuelo con sus palabras. Habla de un Dios de Amor, de Ternura, de realizarse en esta vida a través del Amor. Y siento como unas simples palabras, van calmando esa congoja. Y en el momento de darse la paz, siento que los apretones de manos son más que un simple formulismo y que transmiten verdadero sentimiento, vuelvo a verlas. A la niña, a la adolescente y a la mujer que era y a la que soy. Y sonrío, la congoja y tristeza convertida sólo en una suave melancolía.


En su momento, creo que no entendí bien la carta y como Tomás, sigo dudando, pero creo que, poco a poco, aunque sea 29 años después, voy entendiendo.

lunes, 11 de febrero de 2013

Haremos caso a Matutano....

Y siga buscando. Como en las bolsas de patatas o gusanitos.
Qué decepción cuando no pillabas un premio, que en mi caso era siempre. Yo no pillaba un premio ni por casualidad. Llegabas a un punto en el que los gusanitos o las patatas no importaban, era sólo ver si a ti alguna vez te tocaba el premio. Pero va a ser que no...

Un nuevo intento de relación que se queda en eso. En intento.
En estas situaciones, me viene siempre a la mente una canción de Camilo Sesto que reza "siempre me voy a enamorar, de quien de mí no se enamora". Creo que debería hacerme mirar esa fijación por determinado tipo de hombres, a ver si es que me boicoteo yo solita.
No, no estoy enamorada aunque podría haberme enamorado. Ilusionada, pues sí. Encariñada, pues también. Pero no hay nada tan eficaz para quitar la ilusión y el encariñamiento que cucharadas de amarga realidad. Mejor que las leches vengan cuanto antes...

Si el japonés me deja, que no parece muy por la labor, el duelo será breve, que tengo exámenes. Saldrán todas las inseguridades de golpe, me machacaré un rato para hundirme más si cabe, me sentiré la cosa más mierda de este planeta y luego saldré a flote. Jodida pero "contenta". Como siempre.

¡Qué cansancio de existencia en este aspecto!

Al final va a ser cierto eso que me dijeron hace años que a mí no me iba a tocar volver a enamorarme...

viernes, 7 de diciembre de 2012

Divagando

Hace muchos años, un amigo me decía que era como una amazona e intimidaba. Algo que me han dicho más veces a lo largo de mi existencia. El miércoles le comentaba a un amigo que, sin conocerme, puedo parecer una persona muy firme, cuando lo que sucede es que soy demasiado vulnerable y me protejo. Hoy, que doy la sensación de "dar tralla".

Hubo un tiempo en que pensé que estaba relacionado con mi apariencia física. Siempre fui grandona, pero sé que no tiene que ver con eso, que además ahora he menguado.

Sé que la responsable de esa imagen soy yo aunque no pretenda darla. Sí, en parte es una medida de protección, aunque también es que tengo ciertos principios demasiado arraigados y no estoy dispuesta a comulgar con ruedas de molino cuando se trata de asuntos que los afecten.


Y aunque no debería y sé que es coherente actuar como actúo (la mayoría de las veces), no me gusta el resultado que se percibe. Nada. Y me entristece. Porque nunca he buscado intimidar o ser prepotente, sino que me dejen tranquila y no me hieran. Y porque además, como dije hoy, se consigue más con acogimiento y Amor que no causando "miedo".

No sé muy bien como cambiar esa percepción. Quizás esta semana, cuando quede con él a comer, me entere que hace que pase a ser "una borde a la que estuve a punto de mandar a hacer puñetas" a una tía entrañable y "besable". Y así, hablando con unos y otros, pueda cambiar eso que no me acaba de convencer...

Paseando bajo la lluvia

Boliche y yo vamos paseando por la lluvia cuando me cruzo con ella, siempre acompañada por su amiga, su verdadera familia aunque no compartan genes. A pesar de su poca estatura, siempre ha sido una mujer brava. Incluso ahora, cuando el cáncer le ha ganado la partida. 


Boliche es un cachorro muy juguetón y siempre que me paro a hablar con alguien, se le acerca y brinca para que le hagan cucamonas. Hoy ha sido distinto, supongo que por esa intuición sorprendente que tienen los perros. Se ha incorporado para lamerle la mano (su forma de besar) y se ha tumbado tranquilo a sus pies mientras charlábamos. Cuando nos hemos despedido, Boliche ha vuelto a lamer su mano mientras lloriqueaba. 

Al continuar nuestro paseo, Boliche volvía a estar otra vez juguetón, mientras a la que se le escapaba alguna lágrima, era a mí. El cruzarme con ella y el día que es hoy, ha hecho que recordara, más que ningún otro día, a mi abuelo Manuel. Hoy hace ya 23 años que falleció...

Él también era bravo, pero como ella, atendiendo a las dos primeras definiciones de la RAE. Y una de las mejores personas que he conocido nunca, y no es sólo amor de nieta. 

La verdad es que soy una mujer afortunada, pues mis abuelos eran buenas personas, admirables y tuve la inmensa suerte de poder compartir tiempo con ellos. Yo, ahí voy, tratando de parecerme algo más a ellos y continuar su legado. Cómo les echo de menos...

lunes, 26 de noviembre de 2012

Regreso

Hace mucho tiempo que no escribía en el blog. Cuando volví del viaje de enoturismo por el Penedés, iba a haber escrito de mis impresiones y de mis buenos (y menos buenos) momentos en tierras catalanas, de las diferencias que no son tantas aunque algunos políticos de tres al cuarto quieran sacar réditos de ellas (y les salga el tiro por la culata). Tras el viaje por el Pirineo y con algunas ideas de relatos en mente, también iba a haber escrito. Pero nada, me pudo la desidia y el cansancio.
Supongo que es por la ausencia de vacaciones hasta la fecha, que pesa. Y por la sensación que tengo a veces, a causa de mis obligaciones, que vivo mi vida en función de la de otros, anteponiendo sus intereses a los míos.

Pero tengo intención de cambiar eso, retomando poco a poco, la actividad en el blog, aunque sea de manera más esporádica. Es en un espacio en el que he disfrutado de buenos momentos y he aprendido mucho y aunque me leen tres amigos, no quiero que se agoste de esta manera. Ñoña que es una...


lunes, 6 de agosto de 2012

Sábado cultureta

Sé que debería estudiar más para los exámenes de septiembre, pero me surgen algunos planes que me resultan más atractivos y cuesta resistirse a la tentación.

El sábado asistí a lo que un amigo llamó el "Sábado cultureta". No sólo la propuesta era interesante sino que, además, me permitiría reencontrarme con personas a las que hace más de quince años que no veía. No es que nos vayamos a hacer amigos del alma, pero están bien esos reencuentros. Te permiten ver como has evolucionado y también, como se percibe esa evolución por otros.

Quedamos en Atocha y tras una agradable conversación delante de un café, nos fuimos al Caixa Fórum a ver la exposición de William Blake. Conocía muy superficialmente la obra de Blake porque inspiró a muchos de los seguidores del llamado Círculo de Lovecraft . Me encantó.
Desde la minuciosidad de sus grabados con las pruebas a Job pasando por sus ilustraciones para la Divina Comedia hasta una obra magnífica (muchos dirán que es horrible) llamada El Espíritu de una pulga. Con la nota mental de investigar cuando acabase los exámenes sobre William Blake, estuve echando un vistazo, nuevamente, a la exposición sobre Piranesi que también está en el Caixa Fórum. Sus cárceles imaginarias me recuerdan tanto a los relatos de Poe y a esa oscuridad que puebla alguno de mis sueños (Quizás debería hacerme mirar esa fascinación por lo tétrico que tengo a veces...). Y esos grabados de ruinas, una representación idealizada de esos hombres como gigantes, dignos de pasear entre Dioses... (y no los mindundis que somos ahora).

Caminando, nos acercamos hasta el museo Thyssen para ver la exposición que hay sobre Hopper. Había visto algún cuadro suyo, pero empecé a prestarle más atención a raíz de este artículo escrito por Turulato. Oí a uno de los visitantes decir que Hopper era frío, que sus obras no transmitían pasión, que eran apagadas. Y para mí, bramaban. Cada una de las pinceladas era un grito de esos personajes solos (aunque estuvieran rodeados de gente), de esas ciudades esperando a ser vividas, de historias cotidianas de personajes anónimos que durante un momento, en su minuto de gloria, le contaron una historia a Hopper para que éste nos la contara con sus pinceles (como en el cuadro Gasolina).

Me fascinaron sus mujeres. No porque estuvieran mejor o peor representadas, sino por lo que yo escuchaba que me contaban. Recuerdo un cuadro. Un hombre y una mujer en una oficina. O el de la pareja leyendo en el salón. O la otra, en la terraza tomando el sol.... Y en todas, ellas, al lado de ese hombre que parece ignorarlas. Y todo su cuerpo en gritos mudos diciendo "Pero pedazo de imbécil, mírame. ¡¡SOY UNA MUJER, NO UN FLORERO!!! No soy sólo quién te ríe las gracias, te da la mano cuando tienes miedo o se preocupa por ti, sino la que necesita que la mires y valores como lo que es.  Y no sólo por la utilidad que tengo para ti"

Sí, quizás no sea un gran maestro como Goya, Velázquez, Van Gogh o tantos otros. Quizás sea un pintor mediocre, como oí decir también, que es muy valorado en los Estados Unidos porque allí no tienen genios como en Europa (esa superioridad moral que nos sale a veces ante los norteamericanos). Pero me encantó. Claro, que yo no entiendo más que de lo que a mí me gusta.

Después de comer en un hindú, en el que estaba todo delicioso, nos fuimos dando otro paseo hasta el Círculo de Bellas Artes para ver la exposición de fotografía La Maleta Mejicana.
No me esperaba imparcialidad, dado el marcado sesgo de los autores, pero no estuvo del todo mal.
Es un detalle tonto, pero me llamó mucho la atención lo bien cuidadas y lo aséptico de las cajas de carretes (me imagino que las cambiarían posteriormente, porque así de limpias no visitaron un campo de batalla ni en fotos). Y sobre todo, una de las fotografías. Los rostros miraban directamente a cámara, algo hostiles,  como diciendo ¿Y tú que coño miras? No es momento para propagandas. Eran personas de la calle, esperando en Valencia, tras un bombardeo, para saber si sus seres queridos estaban entre los muertos o no.

El sábado cultureta finalizó con una visita al Ateneo de Madrid. Muchos de mis paisanos no lo conocen y a mí personalmente me encanta, se respira paz y tranquilidad. Algún día me gustaría poder estudiar en la biblioteca y dejar volar mi imaginación, tratando de escuchar las voces del pasado hablar sobre arte, literatura y también, sobre complots políticos... Vi que daban clases de esgrima y este año lo veo complicado apuntarme pero quizás el que viene...

La verdad es que fue un día estupendo. Me reí, disfruté de buena compañia, tuve que reprimir alguna lágrima, comí bien.... Vamos, un día completo y una forma de salir de la rutina de hacer siempre lo mismo.

lunes, 30 de julio de 2012

Incidente dominical

Ayer fue un día agridulce. Dulce, porque compartí risas y buenos momentos con amigos y mi familia, agrio...pues porque somos como somos y me produce una profunda tristeza.

Al mediodía, estuve tomando el aperitivo con un amigo. Antes de quedar con él, había desayunado estupendamente en una terraza mientras leía, visitado a uno de mis tíos y dado un paseo, con lo que estaba siendo una mañana espléndida de domingo. Luego, la conversación estuvo genial y me iba a casa dispuesta a comer tranquilamente y echarme una siesta de órdago. Hasta me iba a dar tiempo a pasar por las tiendas del centro de Madrid y ver si estaba el blazer que ando buscando...

El sol caía de lo lindo, picaba, aunque en la calle Arenal, con la especie de parasoles que ha puesto el Ayuntamiento, se notaba menos. La misma rumana de todos los días pedía en la puerta de San Ginés, un violinista ejecutaba una pieza al lado del callejón y unos pasos más adelante, había un "sin techo" tumbado, durmiendo en un portal. Me llamó la atención porque, en dónde no le cubría la ropa, se le veía la piel enrojecida por el sol, bien quemado. Y por experiencia sé lo que eso escuece.
Al llegar a su altura, me crucé con dos mujeres, una más o menos de mi edad; la otra, más mayor. Bien vestidas, cargadas de bolsas... Se estaban riendo del "sin techo". Mírale, si parece un tomate.

Seguramente, muchas personas no reaccionen así. Cuando pasa el momento de ofuscación, yo misma me pregunto porque actúo así. Y más ahora, que aún no calibro las fuerzas que me quedan. Pero se me pone un velo en los ojos y me da igual ocho que ochenta. Por eso me partieron tantas veces la cara siendo más pequeña. Supongo que tengo demasiado marcada esa tarde de verano de hace tantos años...

- ¿Saben lo que son ustedes? Unas HIJAS DE PUTA. Porque hay que ser muy hija de puta para burlarse de una persona que se ha quemado por el sol, porque no tiene un techo bajo el que refugiarse.

A esa parte de mí que se oculta tras el velo, que sonríe con cierta malignidad, expectante, no le dieron la satisfacción de salir. Nos miramos unos segundos. Se callaron. No sé muy bien el motivo, supongo que por la mirada de mala hostia. Lo que sé, aunque no suene muy civilizado, es que si me hubieran contestado, estaba dispuesta a partirme la cara con ellas.

Pero se fueron. Y yo seguí mi camino, sintiendo poco a poco la lasitud que se apodera de mi cuando cae ese velo. Y la tristeza. Profunda, porque no comprendo ni sus reacciones ni las mías. Ya no tenía ganas ni de mirar el blazer, ni de pasear, ni de nada. Sólo de llegar a casa, dormir y reiniciar el domingo que se había empañado por el incidente.

En el taxi camino de casa, iba dando vueltas al incidente. Como se las dí tumbada en la cama, incapaz de dormir.

Horas más tarde y tras haber quedado con unas amigas, seguía dándole vueltas a lo mismo.
Quizás, azuzado porque en el transcurso de la conversación con esas amigas, se habló de la responsabilidad colectiva y de la peer pressure y además, presencié otro incidente lamentable que hizo que mi esperanza se tambaleara un poquito más.

Con el potencial que tiene el ser humano para la bondad y teniendo la información de lo que es correcto, ¿por qué optamos por el otro camino? ¿Por comodidad? ¿Por miedo? ¿Por satisfacción inmediata?

martes, 24 de julio de 2012

Desnudo

Es raro que a estas horas no haya nadie, pero casi mejor, así puedo relajarme tranquilo. Joder, qué bien le sientan las burbujas del jacuzzi a mi espalda...

Relajado, apoyó la cabeza en el borde del jacuzzi y cerró los ojos, olvidándose de todo y de todos, concentrado en las sensaciones del agua caliente y las burbujas sobre su piel. Sólo el ruido de la puerta le distrajo un momento. Entreabrió los ojos y vio a una mujer cubierta con una de las toallas que facilitaban en recepción, que entraba tímidamente y se quedaba parada al verle.

¡Mierda, hay gente!. Jo, y precisamente un tío. Tenía que haber preguntado si había sesiones sólo para mujeres. ¿Y si vuelvo otro día? 


Avanzó hacia una de las hamacas, con las brazos cruzados sobre el pecho, sujetando con firmeza la toalla que le cubría el cuerpo como si fuera su única defensa contra el mundo. Y en parte, lo era.

Novata. Sólo hay que ver como se tapa pudorosamente con la toalla. Yo creo que no va a ser capaz de atreverse y dará media vuelta. Tres, dos, uno...


Se incorporó un poco dentro del jacuzzi para observar mejor a la recién llegada y sus reacciones. Tenía un rostro agradable y la humedad del ambiente, comenzaba a ondular su cabello en unos remolinos muy graciosos. No sabía muy bien si era por el calor o por la vergüenza, pero sus mejillas estaba sonrosadas y le daba un aspecto simpático.

¿Por qué me mira? ¿No eran mucho más respetuosos que el resto...? ¿Quién me mandará a mí meterme en estos berenjenales? Con lo bien que me lo paso yo en un SPA normal. Estoy por irme a mi casa.  Pero he venido hasta el culo del mundo, me he gastado una pasta en el taxi y en la entrada y...¡De perdidos al río!. 

Sin pensarlo, dejó caer la toalla sobre la hamaca, quedándose como Dios la trajo al mundo. Bueno, no exactamente, con unas cuantas marcas corporales más que delataban el paso del tiempo y los estragos de la "vida moderna". Al pensar en ello, hizo el ademán de cubrirse con la mano pero detuvo el gesto y se relajó. Si había decidido ir hasta allí...

¡Anda, se atrevió! Me gustan las chicas valientes...

Le dirigió una sonrisa.

 Me ha sonreído. ¿Le gusta lo que ve? ¿No le gusta lo que ve y se ríe de mí? Sin gafas no veo un pimiento. ¡Coño, ni que él fuera George Clooney!. Aunque tiene una sonrisa bonita...

Algo molesta, pasó por la ducha. Si te gusta, toma ración de vista. Y si no, pues mira para otro lado... El primer chorro de agua fría le cortó la respiración, pero poco a poco, notó como como los nervios, los temores, se iban diluyendo bajo el agua. Como siempre le sucedía. Al salir, más relajada, se acercó al jacuzzi.

Él observaba como se duchaba. No tenía un cuerpo espectacular, pero había algo en ella... Quizás los remolinos simpáticos o las muecas que hacía con el agua fría.
- Hola - sonrió tímidamente al bajar las escaleras del jacuzzi.
- Hola - Él le devolvió la sonrisa - ¿Primera vez por aquí? - ella se sonrojó un poco y se introdujo rápidamente en el agua - Es normal el corte la primera vez. Tranquila. Me llamo Roberto.
- Yo soy Paula. Encantada. Sí, mi primera vez. No sé muy bien que hago aquí.
- Probar una experiencia nueva. Relájate y disfruta...

Se sonrieron y comenzaron a charlar. Paula descubrió que le resultaba sencillo charlar con él, como si pasado el primer momento de vergüenza, desprenderse de ciertas cortapisas mentales fuera tan sencillo como desprenderse de la toalla. Sólo una cuestión de elección. Roberto se dio cuenta de que disfrutaba charlando con ella y con la forma en que le miraba a los ojos, atenta a lo que decía, con ese ligero fruncir de ceño de concentración.


Siguieron juntos realizando el circuito de aguas y al acabar, se fueron a tomar algo a una cafetería cercana, para charlar y compartir silencios. Antes de despedirse, se intercambiaron los teléfonos.

En el taxi, camino de su casa, Paula recordaba las palabras de Roberto. "Una experiencia nueva". Pero que nada tenía que ver con el placer sensual del agua sobre su piel, sino con el juego de descubrir a alguien, sin miedos, con cierta inocencia infantil.

Un whatsapp de Roberto le arrancó de sus pensamientos. Comenzó a escribir, relajada, dispuesta a disfrutar de la experiencia.

martes, 17 de julio de 2012

Los no-vivos

Estáis muertos. No, no exactamente. Y tampoco se puede decir que seáis fantasmas. Porque cualquiera de esas dos opciones significaría que estuvisteis vivos, aunque no hablo de vida estrictamente biológica sino de algo que va más allá. Vuestro corazón seguramente lata como el mío, pero no estáis vivos.
Quizás seáis vampiros, como los de las novelas, porque ni siquiera tenéis reflejo. Ni una sombra como tenemos otros o algo de luz que ilumine vuestro rostro desde el otro lado del espejo.

Sólo sé que queréis extender vuestra podredumbre a los que estamos vivos. Nos teméis y envidiáis y queréis destruirnos. Como los hombres grises de Momo, sólo que vosotros nos quitáis las ganas de reír y de soñar, de levantarnos tras caer, mientras inoculáis en nuestras vidas vuestras falsas necesidades y seguridades.

Pero aunque seáis legión, no vais a ganar. Porque otros como yo, acabarán dándose cuenta de lo que sois y hacéis.

Y no hay nada tan imparable como la propia vida.