sábado, 29 de agosto de 2009

Don Internet no se pone al teléfono

La autoría no es mía, sino de Mariano Díaz un compañero de profesión. Pero me ha gustado y quiero compartirlo, para reivindicar, de un modo divertido, mi labor y la de muchos otros compañeros de profesión.

DON INTERNET NO SE PONE AL TELÉFONO


DIARIO DE MIS VACACIONES


30 de abril: ¡yupi me voy de vacaciones! Compré a Don Internet unos vuelos y reservas de hotel. Maravilloso.

2 de junio: no puedo ir y Don Internet no se pone al teléfono. Incertidumbre

4 de junio: Don Internet no me contesta a los email. Mosqueo.

5 de junio: Don Internet no me devuelve mi dinero. Cabreo

26 de junio: decidimos salir de viaje con D. Internet. Vuelo de ida y día de inicio de vacaciones. Conformismo.

30 de junio: día de regreso. Perdimos el vuelo. No se dónde localizar a Don Internet, no tengo dinero, no tengo ordenador, no tengo visa, no tengo saldo ...Impotencia

1 de julio: estamos en el aeropuerto sin saber cómo volver. Llamaré a la Chica de la Agencia de Viajes. Imbecilidad


30 de abril
Una amiga de mi cuñada, que se entera bastante con los ordenadores porque hizo un curso de informática, me dijo que sabía cómo conseguir vuelos “superbaratos” porque quiero ir con mis dos hijos de tres y cinco años y mi marido a algún sitio de Europa o por ahí...¡mientras sea barato!

Como no soy tonta primero pregunté en una agencia de viajes. La chica que me atendió me dio los precios y todas las posibilidades. A la pobre la tuve un buen rato buscando días, horarios, ofertas y me lo apuntó todo en un papelito.

Había un vuelo “interesante” de precio pero salía de madrugada, hacía dos escalas y llegaba a otro aeropuerto lejos de donde yo iba. No era en los días que yo quería. El regreso era también por otro aeropuerto diferente y teníamos que levantarnos a las 2 de la madrugada. Me aconsejó otro un poco más caro, los días perfectos, dice que más cómodo para ir con niños porque era directo, con horarios diurnos y aeropuertos cercanos. También me ofreció hoteles céntricos, y asesoró sobre traslados, visitas,seguro de viaje... Incluso me hizo una reserva y no me pidió dinero por adelantado. Quedé en volver pero como ya tenía la información que necesitaba...¡que se joda que pa eso está!

Esa misma tarde fuimos al ordenador, después de dos horas D. Internet me encontró un vuelo “superbarato” La verdad es que era el mismo “interesante” que me ofreció la “chica de la agencia” y que no quisimos, además ella me quería cobrar 5 euros ,dice que “por gastos de gestión”.

¡Qué pasada! el vuelo de D. Internet “superbarato” costaba sólo 1 euro.
Lo que pasa es que luego había que pagar por asignar asiento 15 €,el seguro obligatorio 26 €,más 25 € por cada maleta y 15 € por pagar con tarjeta de crédito. Había que pagar también por tener prioridad en la facturación, pero eso no lo cogí; total íbamos de vacaciones, sin prisas y podíamos hacer cola.Los niños a las dos de la madrugada ya están durmiendo...Pero por lo menos no me cobraban los 5 euros de gastos de gestión por cada uno que me decía “la chica de la agencia”.Haciendo cuentas con esos 20 pagábamos el taxi hasta el hotel ( un dos estrellas con baño compartido que también encontré en internet aunque a 50 Km a las afueras de la ciudad. Total ”sólo es pa dormir”)

Pagué todo por adelantado con la tarjeta de crédito.

2 de junio
No puedo ir. ¡Qué casualidad! Me han llamado del ambulatorio pa hacerme una prueba médica que hace meses espero y tengo cita justo pa`l día de la salida del vuelo. Voy a llamar a D.Internet a un número de teléfono que empieza por 806 pa aplazar el vuelo pa’l día siguiente.
No se qué pasa, me dejan en espera al teléfono y eso que lo intento cada hora.¿Este 806 no será de pago?

4 de junio
Hoy envié un email a D. Internet pero no me responde.

5 de junio
Conseguí por fin hablar con D. Internet a través del teléfono que empieza por 806. Creo que la llamada no es gratis. Quince minutos después me dicen que si no viajo, no devuelven el dinero.

Hice otra llamada al Hotel (¡joder ésta es internacional!) y tampoco me devuelven nada; bueno ,no se qué me dijo, porque como no le entiendo.

He podido cambiar la hora del médico pa seis meses más tarde. Total, puedo aguantar otros seis meses. Es que si no, pierdo el dinero (¡mira que me decía la “chica de la agencia” que ella no me pedía dinero por adelantado!)

30 de junio:
Día de regreso. Son las 12.00 de la noche pero le han entrado unas diarreas a mi hijo pequeño y hemos tenido que ir a una centro médico.

Tenía que haber contratado el seguro que me dijo la “chica de la agencia” porque no me aceptan la cartilla de la Seguridad Social. No entiendo por qué si somos europeos.

Hemos salido tarde del médico y el taxista dice que no da tiempo de llegar al aeropuerto aunque le pague el doble.¡Pero si me costó 120€ el día de llegada! Tenía que haber contratado los traslados.

02.00 horas.
- No llegamos a tiempo pa coger el avión.¡mierda!

- Tenemos que pagar una noche más en el hotel o ir al aeropuerto a esperar.¿a esperar qué? ¿con los niños? ¡joder!

- Tenemos que buscar un ordenador o un “Ciber” pa buscar vuelos.¡Joder en este pueblo de mierda no hay nada abierto hoy domingo!

- Yo no se informática como la amiga de mi cuñada y mi marido dice que él sólo sabe buscar algunas páginas. ¿Qué hace por las noches tantas horas delante del ordenador? ¡Coño!

- Se nos acabo el saldo del móvil.¡joder!

- Se nos acabó el crédito en la tarjeta ¡requetejoder!

- Hemos salido del hotel con las maletas y ahora está lloviendo ¡me cagoen...!

1 de julio

¡¡¡Joder, mierda, mecagoen Don Internet, en la amiga de mi cuñada, en este pueblo, en los taxistas, en los hoteles ,en los móviles ,en la visa, en las diarreas, en...!!!

Voy a llamar de una cabina a la “Chica de la agencia” y que me busque el vuelo que sea al precio que sea.

¡Qué imbécil soy! Pero no se lo puedo decir a nadie.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Propellerheads & Mrs. Shirley Bassey - History repeating

Me encanta esta canción. Para continuar la mañana con energías...

martes, 25 de agosto de 2009

Cosillas de mi existencia

Hace dos semanas, mis dedos corazón e índice de mi mano derecha tuvieron un enfrentamiento con una mandolina (con el instrumento musical no, con el de cocina). Me gustaría decir que ganaron pero la mandolina sigue incólume y mi mano se llevó de recuerdo un muy deficiente y un aprobado raspón. O sea, uno y cinco puntos. (Creo que necesito acabar ya con los exámenes y descansar...).

Fue doloroso que me cosieran los dedos, pero quitando eso y ciertas incomodidades iniciales, esta lesión está teniendo su aquel y sus momentos divertidos.

He vuelto a demostrar, por enésima vez, que soy una cabezota y lo poco que me gusta depender de nadie. Según llegué de urgencias, lo primero que comprobé es que podía trabajar en el ordenador y escribir a mano. Ahora manejo muy bien el ratón con la mano izquierda y aunque mi letra no es la mejor del planeta (pero mucho mejor que la de algunos que conozco y que no están lesionados), he logrado escribir con soltura.

La lesión me ha servido para comprobar, otra vez, la "igualdad" de todos los ciudadanos. Vamos, lo de que todos somos iguales, aunque unos más que otros.
La semana pasada recibí "casualmente" la visita de un inspector de trabajo. Supongo que alguien movido por su sentido cívico (o por la inquina) les informó que estaba trabajando estando de baja laboral. Sólo que yo no he solicitado la baja laboral en ningún momento...
Lo que sí me sorprendió es que ese inspector, vigilante por el cumplimiento de las leyes, no visitara la tienda del chino de la esquina y le pidiera sus papeles de afiliación de la Seguridad Social. Aunque no sé de que me sorprende, pues esa misma tienda estuvo cuatro meses abierta sin licencia de apertura a pesar de las denuncias...

Uno de los momentos divertidos lo viví el día que fui a cortarme el pelo.
Hasta la semana pasada que me retiraron los puntos (aunque en el índice aún llevo de esos que se pegan) llevaba vendados los dedos. Parecía E.T.
Iba caminando por Madrid, mientras hablaba por teléfono con una amiga. Se me acercó un hombre de mediana edad y mi primer pensamiento fue "querrá preguntarme algo". Pero no. El hombre se me acercó, levantó su mano derecha e hizo el símbolo de la victoria con sus dedos índice y corazón mientras me decía un "Paz". Y es que sin darme cuenta, mientras hablaba, tenía la mano lesionada en esa misma postura. Sé que es una chorrada, pero me dió tal ataque de risa, que tuve que colgar a mi interlocutora hasta que se me pasó.

Ya sólo llevo tieso el dedo índice, como si pidiera un donut (si, sí, ya ha habido quién ha hecho la gracia). Aprovecho que parece que es el cañón de un revólver, para hacer el ganso con algunos niños con los que me cruzo. Siempre pierdo en esa clase de duelos, como me pasa con mis sobrinos. Félix se troncha, pero es que cada vez son más exageradas y algo histriónicas mis "muertes".

Ahora sólo me queda esperar que mañana me quiten los puntos. Porque tengo ganas de algo tan tonto y cotidiano como lavarme las manos en condiciones.

domingo, 26 de julio de 2009

Apagando fuegos

Era el decimosexto café de la larga jornada. Al terminar, había colocado el vaso de papel vacío en la torre que iba creciendo sobre su mesa. Empezaba a semejarse a una chapucera torre de Pisa.

Notó un pinchazo en la boca del estómago. Sin levantar la vista de los papeles que tenía frente a sí, estiró la mano hacia el cajón de su escritorio y lo abrió. Buscó a tientas el frasco del medicamento, que se había convertido en su amigo inseparable estos días. Sólo alzó la vista un segundo, lo justo para poner una cantidad de Mabogastrol en la boca y no ponerse perdido. ¡Cómo odiaba el sabor del anís! Pero aunque le dejara mal sabor de boca, reconocía que el medicamento le hacía efecto y calmaba temporalmente el ardor de estómago.

Volvió su mirada hacia la mesa cubierta de papeles. Un último esfuerzo más y lograría que todo estuviera correctamente, subsanando el desaguisado que había creado el que sería próximamente su ex-socio. Si hubiera querido apagar fuegos, me habría metido a bombero pensó amargamente. Notó el sabor de la bilis en su boca, mezclado con el del anís y sintió ganas de vomitar. Respiró hondo, intentando controlar las náuseas. Quería salir de ese maldito despacho, irse a casa y dormir durante dos días seguidos. Y sabía que esa clase de pensamientos le harían menos eficaz y le alejarían de su objetivo.

Se levantó las gafas de pasta negra y se frotó los ojos, cansado. El Mabogastrol no parecía tan eficaz en esta ocasión y notaba como el pinchazo en la boca del estómago era cada vez más fuerte. Cogió de nuevo el frasco, se puso un poco más de medicina en la lengua y volvió a sumergirse en los papeles.

Un par de horas después, alzó la vista de sus papeles. Movió la cabeza de un lado a otro, intentado aliviar el dolor de sus cervicales. Aunque cansado, su rostro mostraba satisfacción. Lo había hecho. El esfuerzo y el terrible dolor de estómago merecerían la pena. La empresa en la que tantas esperanzas y trabajo había depositado podría seguir adelante.

Al levantarse de su asiento, notó un nuevo pinchazo en el estómago. Cuadró los papeles, antes de meterlos en la caja fuerte; tiró los vasitos de papel, el bote vacío de Mabogastrol y la caja vacía de pizza de la cena del día anterior y apagó la luz del despacho. Se iría a casa, dormiría unas horas y al día siguiente, lunes, estaría en su puesto.

Al salir, vió su reflejo en el espejo del vestíbulo. Despeinado, los ojos inyectados en sangre, las ojeras pronunciadas. La sombra de barba comenzaba a oscurecer su mentón y sus mejillas y él, que vestía siempre impecablemente, llevaba el traje y la camisa arrugadas, por el par de horas que se había echado en el sofá del despacho. Se notaba al límite de sus fuerzas. Le costaba caminar, le dolían las mandíbulas, suponía que por el estrés y el maletín le pesaba una tonelada. Pero lo había logrado. Se sonrió con gesto cansado y se encaminó al ascensor.

Mientras esperaba a que éste llegara, notó otro pinchazo en el estómago, más fuerte que los anteriores y que le hizo doblarse de dolor. Sería mejor que llamara a un taxi, pues así no podía conducir. Sacó el móvil. Sin batería. Como él. Seguro que pasaba alguno por la avenida.
Respiró hondo y se incorporó. Tendría que buscar un rato en el que ir al médico a que le mirara si tenía una úlcera. Las puertas del ascensor se abrieron y él se dejó caer contra la pared del fondo, agotado. Hasta respirar le costaba un mundo.

La señora de la limpieza le encontró a la mañana siguiente. Parecía dormido contra la pared del ascensor, pero cuando se acercó a despertarle, el cuerpo se desplomó hacia un lado.

Infarto, dijeron los médicos.
Algunos se lamentaron porque la muerte se había llevado a alguien tan joven y trabajador. Otros susurraban que le habían encontrado con restos de polvo blanco y que quizás eso le había matado. El asunto fue la comidilla del edificio de oficinas durante un par de días, hasta que fue sustituido por los rumores de affaire entre la secretaria de la empresa de mensajería de la segunda planta con el director general de la agencia de publicidad del cuarto...

domingo, 19 de julio de 2009

Una visita para combatir el aburrimiento

Afuera arreciaba la tormenta. Las gotas de lluvia repiqueteaban enfurecidas contra los cristales. Las ramas de los árboles cercanos, agitadas por el viento, chocaban unas contra otras y contra las paredes de la casa, como si fueran fuerzas de asalto. No supo muy bien porqué pero recordó el cuento de “Los tres cerditos” que tanto le gustaba cuando era niño.

Si no hubiera sido porque contaba con un generador independiente, llevaría tiempo sin luz eléctrica. Tampoco es que importara demasiado porque para lo que había que ver, el fuego de la chimenea era más que suficiente.

Sintió un escalofrío que le recorrió la espalda y se levantó pesadamente del sofá para echar un tronco a la chimenea. Se quedó de pie, frente al fuego, frotándose las manos para entrar en calor. Las llamas eran bellas, pero todas tan iguales...

Hastíado, apartó la vista y regresó a tumbarse al sofá. Durante un rato, intentó entretenerse mirando las sombras caprichosas que dibujaba el reflejo del fuego en el techo, pero pronto se cansó. Probó a leer un rato el libro que estaba tirado en el suelo. Nada. Distinta historia, distintos personajes pero lo mismo de siempre, como los miles de libros que había leído antes. Tedio. Podría probar a ver algo en el portátil o escuchar algo de música, que siempre le entretuvo, pero ¿para qué? Antes de ir a la casa, se había planteado llamar a alguna de sus amantes para que le hiciera compañía, pero ¿merecía la pena? Distintos rostros, pero las mismas conversaciones y rituales. Hasta echar un polvo le parecía aburrido, porque ¿y después? Lo mismo de siempre. Hasta había probado también con otros hombres, pero pasada la novedad inicial, el aburrimiento lo volvía a atrapar.

No es que no los quisiera ni que no fuera capaz de sentir. No. Simplemente que le aburría todo.
Así que había decidido acabar de una vez por todas y como era un hombre considerado, ahí estaba. En medio de la nada. Solo, como había decidido.
No estaba ni triste ni desesperado ni abatido. No sentía todos esos sentimientos que comúnmente se asocian a los suicidas. Más bien lo contrario. Tenía lo que otros envidiarían como una buena vida, había logrado sus metas, era querido y respetado, había amado y era buena persona. El perfil de hombre feliz. Pero terriblemente aburrido.

Siempre había sido un hombre organizado y no iba a dejarse morir así como así, al buen tun-tún.
Pensó en algo muy clásico como una sobredosis de barbitúricos, un tiro en la sien o cortarse las venas en su baño, pero menuda papeleta para quien lo encontrara. No, no. Sería muy desconsiderado por su parte. Descartó, por el mismo motivo, tirarse a las vías del tren. ¿Por qué iba a traumatizar al pobre conductor de la locomotora?.
Lo meditó y decidió que tendría que ser un suicidio que pareciera algo natural o un accidente. Porque si debaja una nota de suicidio, los que le rodeaban se sentirían culpables de su muerte y de no haberla podido evitar. Y tampoco era plan de convertirlos en carne de psiquiatra para los restos. Así que mejor que le achacaran a las circunstancias o a la Divina Providencia y siguieran con sus vidas.

Descartó la idea de hundir su velero en medio del mar. Porque uno era suicida, pero respetuoso. Y bastante mierda tenía ya el mar para que él añadiera un poco más. Podía ir a hacer senderismo a la montaña, despeñarse por un barranco y ser pasto de los lobos. Pero ¿no sería egoísta por su parte el tener a su familia en vilo, abrigando falsas esperanzas, hasta que encontraran su cadáver? Por no hablar de los domingueros que asaltaban el campo a la mínima de cambio y que seguro que le frustraban los planes. No, no.
Así que pensó en una casa, en mitad del monte. Una noche de tormenta como aquella.
Una ventana entreabierta que hace que se apague el calentador del gas, la chimenea y ¡pum! angelitos al cielo. Si es que los suicidas tenían permiso para entrar.

Decidida la manera, había que elegir el sitio. Su primera elección había sido Groenlandia, pero entre que no hablaba ni una palabra de danés y que habría supuesto un gasto excesivo para aquellos que le querían... Así que acabó decantándose por una casa perdida en la sierra madrileña, alejado varios kilómetros del pueblo más cercano y sin cobertura para el móvil.
Con el lugar ya alquilado, encontró la excusa: se retiraba a escribir su nuevo libro, en paz y sosiego.

Así que después de tanta planificación, ahí estaba. Esperando a que llegara su hora. Que llegaría cuando decidiera levantarse, acercarse a la cocina y apagar el calentador de un soplido.

Un trueno hizo que retumbaran los cristales del salón. Desde niño, le habían aterrorizado las tormentas. Y ahora, lo único que sentía era aburrimiento ante ese espectáculo sobrecogedor de luz, sonido y agua. Quizás el Supremo Hacedor tendría que plantearse remodelar sus efectos especiales. Aunque ya casi todo los habían inventado en Hollywood pensó.

Toc, toc. Se incorporó sorprendido. ¿Eso que había escuchado eran golpes en la puerta o habrían sido las ramas? Esperó un par de segundos, antes de volver a la misma postura, convencido de que habían sido las ramas.
Toc, toc
. Alguien estaba llamando a su puerta. Consultó el reloj de pulsera. Las dos de la madrugada. ¿Quién sería a esas horas y con esa tormenta?
Toc, toc. Fuera quien fuera era insistente. Aunque claro, con la que estaba cayendo, era normal.

Se acercó a la puerta y la abrió sin mucha emoción. Sospechaba que podía ser alguna de sus amantes que había ido a pasar la noche con él, para que no se sintiera solo. Así que cuando vió a un completo desconocido que le sonreía, enarcó una ceja en gesto de sorpresa. ¿Quién era ese extraño hombrecillo, empapado de la cabeza a los pies? ¿Qué hacía a esas horas de la noche en un lugar dejado de la mano de Dios?
Esperó unos segundos a que el hombre hablara, mientras las ráfagas de viento cargadas de lluvia empapaban su rostro y su camisa. Pero el hombre permanecía mudo, sonriente. Aunque con el estruendo de la tormenta, apenas lo habría escuchado.

- Pase usted, hombre, que nos vamos a coger un resfriado - dijo pasados unos segundos. Como no parecía que el hombre le hubiera escuchado, apoyó su mano en el brazo y lo atrajo hacia sí. El hombre se dejó hacer sin dejar de sonreír. Antes de cerrar la puerta, miró a ver si había alguien más en el exterior. Nadie. Todo era muy extraño.

Observó a su raro invitado. No era ni demasiado alto ni demasiado bajo, ni demasiado grueso ni demasiado delgado. Tenía un rostro anodino, fácilmente olvidable entre la multitud. Nada destacaba en él salvo su extraño atuendo, totalmente inadecuado para dar un paseo por medio del monte en una noche de tormenta. Vestía un traje blanco de lino, que a pesar de la lluvia y del barro, estaba inmaculado. Sacudía con cuidado un sombrero panamá, que estaba empapado por la lluvia.

- Está usted empapado. Déjeme que le traiga una toalla

- No, gracias, no se moleste
- el extraño había hablado por primera vez. Su voz, como el resto de su persona, era anodina - ¿Le importa que me acerque al fuego para secarme un poco? Ha habido un error en la planificación y mi vestuario no es el más adecuado - el hombre hizo un gesto invitador y el hombrecillo se acercó a la chimenea.

- Me imagino que estará sorprendido por mi súbita aparición - continuó el hombrecillo mientras se acercaba al fuego - No le robaré mucho tiempo señor García. ¿Me permite llamarle Jorge?.

Jorge dió un respingo al oír su nombre en boca del extraño. Le miró con recelo unos instantes. Cálmate, Jorge, que seguramente haya leído alguno de tus libros pensó.

- Sí, claro. Puede llamarme Jorge, señor... - dejó la frase a medio terminar esperando que la completara el hombrecillo.

- Muchas gracias, Jorge - el hombrecillo ignoró la invitación de Jorge de dar su nombre y le miró sonriente - Me gusta el lugar que ha escogido para morir. Es acogedor.

Jorge sintió sus manos temblar al oír hablar a ese hombre acerca de sus planes suicidas. ¿Pero qué demonios estaba pasando? ¿Quién era ese desconocido que sabía de sus planes?

- ¿Cómo sabe usted...?

- Ah, tranquilo, estoy aquí por eso. Forma parte de mi trabajo saber esas cosas.

- ¿Su trabajo? ¿No será usted mi ángel de la guarda?
- Jorge se sintió ridículo según terminó de pronunciar la frase. Vió que el hombre sonreía beatificamente.

- ¿Su ángel de la guarda? Creo que alguien ha visto muchas películas de Capra... No, no soy su ángel de la guarda. Y como sé que se lo pregunta, tampoco soy un diablo que viene a ofrecerle un trato por su alma. La verdad es que el negocio de las almas está algo devaluado. Demasiada oferta en el mercado. Y con tan poca calidad... - El hombre suspiró.

Los ojos de Jorge estaban a punto de salírsele de las órbitas. ¿Pero de qué hablaba ese hombre? ¿Se habría escapado de algún psiquiátrico? O podía tratarse de alucinaciones pre-mortem provocadas por el escape de gas. Pero aún no lo había apagado. O quizás sí y no lo recordaba.

- ¿Le importa que me sirva un poco de cola cao? Estoy helado. Se supone que yo hoy tenía que estar tranquilamente dando un paseo por la Habana, pero ya sabe como son estas cosas de la burocracia. ¡Y la maldita informática!. Antes era todo mucho más sencillo. Pluma, pergamino y todo solucionado. Pero claro, con las explosiones demográficas nos habríamos visto obligados a desplumar a todos los ánades del planeta para llevar a cabo nuestro trabajo.

Jorge se reconocía a si mismo que estaba viviendo, gracias al extraño hombrecillo, el momento más interesante de su vida en los últimos tiempos. Era irónico que se produjera gracias al gas que lo iba a matar para acabar con su aburrimiento.

- Perdone, aún no tengo muy claro quién es usted. Y a qué ha venido.

- Oh, claro, claro. Perdone mi descortesía
- el hombre dió un trago al cola cao - ¡Qué bien sienta! Ah, sí, ¿por dónde íbamos? Quería saber quien soy yo. Yo soy una Muerte.

- ¡¡¿La Muerte?!!


- No, no, no. La Muerte no. Una Muerte - el hombrecillo sonrió con ternura al ver la cara de desconcierto de Jorge - Ya se lo expliqué antes. El crecimiento demográfico... La pobre Muerte original no daba abasto de un lado a otro, así que sacaron unas cuántas plazas para ayudarla y aquí me tiene.

- ¿Y dónde ha dejado la guadaña y el manto oscuro? ¿Y el tablero de ajedrez? - Jorge sonreía socarronamente, mientras pensaba que tenía que haber mirado los efectos secundarios de la intoxicación por gas antes de decidirse por esa forma de morir.

- Verá, yo soy más de parchís y cinquillo, aunque sé que hay algunas compañeras que son más intelectuales. Confieso que el ajedrez me resulta tremendamente aburrido, porque todos se creen que ganando una partida prolongarán su existencia. Pero por lo que tengo entendido, ni siquiera Bobby Fischer lo logró. Es que no fui yo quien le asistió - el hombrecillo dió un sorbo al cola cao y continuó hablando, con un brillo de emoción en los ojos - Pero en el parchís.. El azar al lanzar el dado lo dota de más emoción y es mucho más divertido. Y más apropiado para despedidas grupales...
- Y la guadaña... Ya le dije que fue un error. Yo tenía que estar en La Habana, asistiendo a un hombre importante. Allí no se estila mucho eso de las iconografías tan clásicas... Pero por un malentendido, tengo que asistirle a usted primero. Siento que no sea como había esperado...

Jorge se dejó caer en el sofá, boquiabierto. Se había de reconocer a sí mismo que al menos su imaginación y su subconscientes eran entretenidos. ¿Por qué no habrían salido a relucir antes de apagar el calentador? Lanzó una mirada a la cocina. Quizás aún estuviera a tiempo de ventilar todo y dar marcha atrás a su plan... El hombrecillo se dió cuenta de la mirada de Jorge y le sonrió.

- ¿Está ya preparado? Da gusto tratar con personas como usted, que le facilitan tanto el trabajo. No se levante, ya me encargo yo del gas...

- ¡¡NO!! ¡¡ESPERE!! - Jorge se incorporó rápidamente, interponiéndose entre el hombre y el camino a la cocina - Yo, yo...no quiero morir. Ha sido todo una estupidez por mi parte

La Muerte frunció ligeramente el ceño, antes de sonreírle.

- Mi querido amigo, son normales estos temores. Todos los sienten. Pero sólo será un momento y se olvidará de todo. Además, no es que quiera meterle prisa, pero tengo que ir a la Habana. Ya verá que sorpresá se llevan al verme...

- No, no, por favor
- la voz de Jorge era débil - Yo no quiero morir. Fue una tontería. Tenía todo y pensé que no podría lograr nada más, que ya no merecía la pena disfrutar de la existencia. Pero me equivoqué. ¡¡Tiene que entenderme!! - el hombrecillo miraba apenado a Jorge. Había presenciado ese lamentable espectáculo demasiadas veces - ¡¡Por favor, ayúdeme!!.

El hombrecillo le cogió el brazo firmemente y le sonrió con afecto.

- No puedo, Jorge. Fue su elección. Usted al menos la tuvo y tiene que ser consecuente con ella.

Jorge le contempló incrédulo, con los ojos al borde del llanto. Quería resisitirse, pero sentía que una rara lasitud se apoderaba de sus músculos. Se dejó caer contra el respaldo del sofá, llorando como un niño.
Él no quería. Se habia confundido en su decisión. ¡¡¡Alguien tenía que entenderlo!! Quería continuar y apagar el gas. Pero estaba tan cansado...

El hombrecillo, se acercó a él y le cogió del brazo con gesto paternal.

- Ande, ande. Cálmense. Sé que tiene miedo. Todos lo tienen. Venga al sofá conmigo - Jorge se dejó llevar por el hombrecillo, que lo sentó en el sofá - Confíe en mí. Durará poco y no sentirá nada.

Permanecieron en el sofá unos minutos. Jorge sollozando con la cabeza entre las manos y el hombrecillo tomando cola cao con una expresión de placer dibujada en el rostro. Poco a poco, los sollozos de Jorge se fueron amortiguando, mientras se acurrucaba en el sofá.

- ¿Y ahora? ¿Qué va a ser de mí? ¿¿Adónde iré? - la voz de Jorge apenas era un hilillo. Intentaba mirar a la Muerte, pero sentía como le pesaban los párpados.

- No sea impaciente. Lo descubrirá enseguida. Es sólo cuestión de elección.

Jorge no pudo escuchar las últimas palabras. Su corazón había dejado de latir. El hombrecillo le miró sonriente, murmuró un Buen viaje y se levantó. Antes de salir por la puerta, se acercó a la cocina y apagó el calentador de un soplido.

Apenas se había alejado unos cientos de metros de la casa, cuando escuchó la explosión. Se sacudió algunas agujas de pino que le habían caído sobre el traje por culpa de la onda expansiva. El viento traía hasta su nariz llegó el olor a madera quemada.

Para ser tan considerado, no tuvo en cuenta el incendio que iba a causar con su suicidio
pensó mientras apresuraba el paso. Quizás podría llegar a visitar al hombre importante de la Habana, antes de acabar su jornada.

Beep, beep.
Tenía un mensaje. Un nuevo encargo que cumplir en Oslo antes de irse a la Habana. ¡Cachis la mar! Era la tercera vez que le suspendían el encargo de la Habana. Seguro que ese hombre tenía algún contacto dentro de la organización porque si no, no se explicaba tanto fallo. Pero bueno, él solo era un empleado. Un empleado que pronto estaría de baja por un resfriado. Y es que tanta descordinación...

Suspirando, se levantó las solapas del traje, para protegerse del frío y es desvaneció en la noche.

sábado, 18 de julio de 2009

"Secuestro"

Esta mañana, como se puede comprobar en el anterior artículo, estaba muy quemada. Y esta tarde, la tónica ha sido la misma, salvo por un paréntesis muy agradable que he tenido y que me ha hecho afrontar la tarde de otro modo.
Un amigo me ha "secuestrado" y me ha llevado a tomar un tinto de verano. O dos o tres, que tampoco nos vamos a poner tiquismiquis echando cuentas (Porque como en otros asuntos, no importa tanto la cantidad ni el tamaño como la calidad).

Mi amigo me ha contado algunas anécdotas que ha hecho que me olvidara de los gilipollas matutinos. No hemos hablado ni del sentido de la vida, ni de amor, ni de la crisis ni demás cosas serias. Lo más serio de lo que hemos hablado ha sido sobre sexo y tampoco hay que tomarse el asunto muy en serio.
Las preguntas más trascendentales que nos hemos hecho han sido del tipo ¿Por qué a hacerse una paja se le llama hacerse una paja? ó ¿Qué hacen por la noche los papeles de nuestras mesas que por la mañana hay más? ¿Follan y se reproducen?.
Y una que me planteé ayer y en otras ocasiones y que hoy volví a hacerlo: ¿Por qué a aquellos que no les gustan (o no les apetecen) los caracoles se ponen ciegos mojando en la salsa de los míos?.

Así, al poco, mientras mis eritrocitos y leucocitos compartían mis venas con el tinto de verano y las preguntas absurdas iban saliendo una tras otra, hemos pasado a las carcajadas.

¡Qué gusto da disfrutar de algo tan simple como una buena compañía, miradas chispeantes de complicidad, muchas risas, un tinto de verano y un plato de caracoles!

Estoy hasta las mismísimas narices de aguantar gilipolleces y gilipollas

viernes, 10 de julio de 2009

Bochorno

Pasarán más de mil años, muchos más, yo no sé si tenga amor la eternidad...

El vinilo daba vueltas sin cesar, llenado la habitación con el sonido sensual del bolero. El ventilador del techo seguía su rítmico movimiento, lento, como si quisiera acompasarse con la música en una danza invisible. A lo lejos, tras la ventana abierta, se oían algún perro callejero y las voces de chiquillos que jugaban en las calles, chapoteando en los charcos.

El hombre permanecía sentado de espaldas a la puerta. Una pequeña arruga cruzaba su frente, mientras escribía concentrado. Esa tarde de verano era especialmente calurosa y la lluvia que había cesado unos minutos antes, no había hecho sino empeorar el bochorno. Pero a pesar de ello, él intentaba guardar la compostura. La americana de su traje reposaba en el respaldo de su sillón, Sabía que esa tarde iba a recibir visita y no quería que le pillaran hecho un Adán.

La pluma se deslizaba sobre los folios, llenándolos con una letra pequeña y picuda. No sabía si ese pequeño resumen de su vida le interesaría a alguien, pero sentía la necesidad de trascendencia. Que se supiera como un chico de ciudad, lleno de sueños, y que odiaba el calor había acabado, casi anciano, en un pueblo de mala muerte en medio de un calor infernal. Todo por una mujer. Esa maravillosa fuente de problemas que otros, a lo largo de la historia, habían padecido antes que él. Y que si él viviera cien vidas más, desearía volver a padecer.

Alzó la mirada para ver como se deslizaban las últimas gotas de lluvia por el cristal de la ventana y frunció ligeramente el ceño. No faltaba mucho. Se quitó las gafas de montura de concha y se frotó los ojos con gesto cansado. Antes de incorporarse, cuadró los folios que acababa de terminar.

Abrió con la mano la cortina de cuentas de madera para acceder a la sala que hacía las veces de dormitorio. En un rincón, había un pequeño aparador con una jarra con algo lo más parecido a agua fresca que había en el pueblo. Echó un poco de agua en la jofaina y se lavó el rostro. Con él aún húmedo, se contempló borroso en el espejo. Notaba en su mentón la sombra de barba que empezaba a crecer. Se secó con una vieja toalla, algo raída y se ajustó el nudo de la corbata.

Junto a la cama, en la pequeña mesita, estaban la botella de whisky que le traía Pascual de la ciudad una vez al mes y su caja de habanos. Normalmente se servía solo un poco de licor, que rebajaba con agua, racionándolo para que le durara hasta la próxima visita de Pascual, pero esta vez fue generoso consigo mismo.

Regresó a su escritorio, bebiendo pequeños sorbos de su vaso de whisky. Delicioso. Uno de sus pequeños placeres. Abrió el cajón del escritorio y sacó una caja de largas cerillas de madera. Con cuidado, casi ceremoniosamente, encendió un fósforo largo, de madera. Mordió la perilla de su habano y comenzó a girar el habano entre sus dedos, con mimo. Como si estuviera acariciándolo, mientras se encendía poco a poco.

Se recostó en su sillón, fumando con parsimonia. Volvió a mirar los papeles. Una lástima pensó. Todo lo que he sido, puede acabar en alguna letrina. Cubierto de mierda.

Como si fuese un extraño presagio, cargado de ironía, oyó un zumbido que se acercaba. El zumbido cesó y unos segundos después, notó la punzada en su nuca. ¡Maldita sea! Con un gesto rápido y seco, se golpeó la nuca. Al retirar la mano, los restos del tábano cubiertos de sangre. La suya y quizás la de otros succionada por ese asqueroso bicho para poder sobrevivir. Sacó el pañuelo de su bolsillo y se limpió. Su mejor camisa y seguro que estaba sucia de sangre por culpa de ese bicho. Él, que siempre gustaba de ir impoluto, aunque fuese en ese barrizal.

El disco terminó y sólo se oía el rascar de la aguja del gramófono. Entonces se dió cuenta. Las voces de los niños habían cesado y sólo se oía algún lamento a lo lejos. El silencio se había adueñado del pueblo.
Estaban llegando.

Oyó pasos que se acercaban apresurados, una respiración agitada y la puerta cerrarse con un portazo. Sin necesidad de verle, sabía que era José.

- Profesor, profesor. ¡¡Qué ya han llegado!! Corra, corra usted.


Carraspeó y se giró. Un chiquillo moreno, de pelo alborotado y con los pies descalzos y cubiertos de barro, esperaba junto a la puerta.

- ¿Eso es lo que le he enseñado, José? ¿A entrar a trompicones en una casa ajena, dando voces, sin ni siquiera saludar a su anfitrión?
- miró la cara de desconcierto del niño. Sabía que éste le guardaba sincero afecto y que aún era muy joven para entender todo aquello. Sintió una oleada de ternura y se acercó a él, apoyando paternalmente su mano en el hombro - Ande, no se preocupe. Hágame el favor y apague el el gramófono, mientras voy a por un pequeño regalo para usted.

Vió la mirada de sorpresa del muchacho que, obediente, se acercó hasta el gramófono. Él regreso al escritorio y cogió la estilográfica negra con la que había estado escribiendo. Un regalo de un padre orgulloso a su hijo el día que éste finalizó la carrera y se convirtió en "Todo un señor ingeniero". Él no tenía hijo a quién legársela y antes de que fuera fruto de la rapiña, serviría para ese muchacho. Es inteligente y tenaz y quizás pueda salir de aquí algún día...

- José, venga aquí. ¿Ve esto? Es un regalo que me hicieron ya hace muchos años y que ahora yo le hago a usted. ¡¡Úsela para practicar los ejercicios de ortografía!! Aquí tiene algunos papeles
- El hombre cogió los folios manuscritos y se los entregó también al niño. Al menos que fueran útiles a alguien...
El niño cogió la pluma reverentemente, como si fuera un tesoro sagrado. Y algo así era, pues sabía que el hombre trataba ese objeto con el mayor de los cariños y que no lo habría cambiado ni por un fajo de dólares. Dobló los papeles y se los metió por debajo del cinturón.

- Y ahora, muchacho, ha de irse. Será mejor que no le vean aquí. Siga estudiando, hágase alguien de provecho y no se deje aplastar.

Vió como las lágrimas se asomaban a los ojos del niño. En un arrebato, éste le dió un beso en la mejilla antes de irse corriendo. El hombre tocó con las yemas de sus dedos el lugar dónde le había besado el chiquillo y sonrió con algo de amargura. ¿Cuánto hacía que no le habían besado de un modo tan sincero y espontáneo? Hacía ya tanto tiempo que casi lo había olvidado.

Oyó muchos pasos pesados y ecos de voces ebrias que se acercaban por la calle principal. Se puso la americana y colocó el pañuelo en el bolsillo, perfectamente doblado. Estaba hecho un dandy, como cuando salía en su juventud a pasear en su ciudad, con su joven esposa del brazo. Él, el brillante ingeniero de futuro prometedor. De un trago, apuró el contenido de su vaso y con su habano en la mano, se dirigió hacia la puerta, para recibir a sus invitados. Antes de abrirla, recordó algo y fue apresuradamente hacia el dormitorio, de dónde sacó una vieja fotografía. La fuente de sus problemas. Sonrió antes de abrir la puerta, recordando la letra del bolero.

El silencio de la tarde se vió roto por el repiqueteo de las armas de fuego. Y después, de nuevo el silencio. Ni un lamento, ni una imprecación a los asesinos. En la esquina de la casa, escondido entre los matorrales, un chiquillo de pelo negro alborotado lloraba en silencio al contemplar la escena. Sólo, frente a la casa, cubierto de sangre y barro, un cuerpo inmóvil, tirado con una vieja fotografía de bordes gastados a su lado.

El chiquillo, aún con lágrimas en los ojos, se despidió mudamente de su viejo profesor. Apretó las mandíbulas con determinación y se aferró a la estilográfica como un náufrago se aferra a su tabla de salvación.

jueves, 9 de julio de 2009

Para la socia

Hace un rato, hablé con la socia. Además de estar un poco afónica, estaba muy cansada.
Y de repente, sin previo aviso ni nada, su voz ha cambiado y ha sonreído por teléfono. Cuando le he preguntado, me ha dicho "Escucha" y ha puesto el teléfono junto a la música ambiental. Me ha confesado que esta canción la revitaliza y que el vídeo la encanta.

Esto va como aperitivo de la semana que viene, "joven".

Otro pequeñito homenaje

Hace un ratito, vino Concha a mi oficina. Seguramente los que me leen no la recuerden, pero hablé de ella aquí. Me sorprendió verla sola y me temí lo peor. Acerté.

Sabe el cariño que siento por ellos y quería compartirlo conmigo. Entre lágrimas, me ha dicho que Lorenzo falleció el fin de semana en Alicante. Me hubiera gustado enterarme antes, para acompañarla y que no se sintiera sola.
Hace tiempo, alguien más listo que yo, me dijo que el cariño requiere roce y nos hemos dado un abrazo. Mientras ella lloraba sobre mi hombro, por haber perdido a su compañero de tantos años, al amor de su vida, he roto a llorar. En silencio. Todas las lágrimas que he reprimido últimamente porque alguien tenía que tirar de los que le rodean y me tocó, han salido una detrás de otra.
He llorado por Lorenzo, pero también por mi abuela a la que echo tanto de menos. Y por aquellos a los que quiero y no están.

Poco a poco, nos hemos ido calmando ambas. Antes de irse, le he insistido en que tiene mi móvil y que si necesita cualquier cosa, que me llame. Ella me ha medio sonreído y se ha despedido con un beso en la mejilla y un "gracias, hija".

La he visto irse hacia casa, a través del escaparate, aún con los ojos enramados, como ahora cuando escribo.
El otro día hablaba con un amigo sobre el negocio y la forma de trabajar. Me decía que quizás, tendría que convertirme en un tiburón y pensar en mí y después en mí, enfocando a los clientes como pequeñas cajas registradoras. Nada más.
¿Y qué queréis que os diga? Que le pueden ir dando a mi amigo y su forma de enfocar los negocios.

domingo, 5 de julio de 2009

Tiranos

Si le preguntamos a la mayoría que entiende por tirano, seguramente se forme en su mente la imagen de alguno de los dictadores que, en muchos casos se han hecho con el poder por la fuerza de las armas.

Pero no sólo la tiranía se impone por la fuerza de las armas ni tiene porque ser la obtención del gobierno de un Estado, sino algo más de andar por casa. Sin necesidad de una violencia evidente, sólo subyacente.

Todos hemos oído hablar o incluso hemos presenciado episodios de los pequeños tiranos. Niños y adolescentes que amparados por la impunidad que se les permite (y es que de tanto protegerles se nos ha ido la mano), hacen lo que les da la gana.

En otras ocasiones, ya he hablado de la tiranía de lo políticamente correcto. No me voy a extender demasiado con ésta, sólo hay que observar el mundo que nos rodea con un criterio mayor que el de una peladilla.

Quisiera extenderme algo más en otra tiranía: la del dolor. La que más presencio últimamente en mi entorno.

Conozco a dos personas de mi entorno que padecen la misma enfermedad. Crónica y dolorosa. La primera, lo lleva como buenamente puede, resignándose y apretando los dientes si es preciso. Como todos cuando estamos pochos, a veces tiene mal genio, pero no es lo habitual.
En cambio la otra...
Ha convertido su dolor en el arma que emplear contra otros, la justificación para todos sus desmanes. Y parece que quisiera que todos los que le rodean estuvieran igual, en una extraña suerte de solidaridad. Mal de muchos...

El otro día presencié un episodio de esta clase de tiranía en otra persona.
Es que estoy con depresión. Hay quien realmente padece esa enfermedad y sufre verdaderamente, pero en muchísimos casos, es la excusa tras la que disfrazar la falta de decisión, cuento, irresponsabilidad y egoísmo (en cantidades industriales).
Esta persona se dedicó durante un buen rato a machacar a otra, porque no hacía las cosas como ella quería. Y la otra persona, callada, porque no quiere dañar a quien está mal. Yo también lo estuve un buen rato, hasta que me harté y dejé salir mi diplomacia acelguil. Seguramente fui cruel. La tiranía de lo políticamente correcto así lo considera. Aunque podría haber suavizado mis palabras, sé que hice lo correcto.

Yo no soy una santa. Tengo mi mal genio cuando sufro. Me he comportado en ocasiones como una tirana, aunque normalmente mi rabia la enfoco hacia mí misma y no a hacer daño a otros.

Si te apetece descargar tu furia contra otros sin motivo, líate a cabezazos contra la pared. Con el dolor de cabeza, se te quitan las ganas de pegar voces a nadie.

Como hoy comentaba en otro asunto, quizás todo se solucionara teniendo algo más de empatía con los que nos rodean. O sea, que dejemos de mirarnos un poco el ombligo...

domingo, 28 de junio de 2009

Crank

Lo vió en sus ojos. Decepción y daño. No esperaba que lo entendiera. De hecho, sabía que no lo entendería. Pero había tenido fe, esperando quizás demasiado: Lealtad.
Así que cuando vió en sus ojos que no sólo no estaba a su lado, sino que se pasaba al otro, al de los que le señalaban con un dedo reprobador, se partió en mil pedazos. Esos pedacitos se clavaron en su carne. Y sintió dolor. Intenso. Lacerante. Como no lo había sentido nunca. Éste azuzaba su rabia, como el animal herido que era.
Quiso hacerle daño por hacerle sentir así. Pero no pudo. ¿Por lealtad? Quizás. Pero también porque sabía que ese mirada era la misma que le devolvía su espejo todas las mañanas.

Optó por lo más sencillo. Disfrazarse para no reconocerse. La máscara se fundió de tal modo con su piel, que resultaba díficil reconocer dónde acababa una y empezaba la otra. Y con el paso del tiempo, apenas recordaba a la persona tras la máscara, mientras vivía plácidamente la comedia que había elegido interpretar.

Era un día como otro cualquiera. El cansancio hacía que le pesaran las piernas y no se veía capaz de subir trece plantas. Entró en el ascensor. Nunca los usaba y todos creían que era por claustrofobia. Cuando lo que realmente le causaba incomodidad era tanto espejo.

No había nadie más en el cubículo cuando las puertas se cerraron. Miró al suelo, contemplando las puntas de sus zapatos. Cambiaba el peso de su cuerpo de un pie a otro, con nerviosismo. Pasaron los segundos. Alzó la vista para mirar lo que faltaba y por un instante, el espejo le devolvió el reflejo de sus ojos. No fue necesario más. La persona oculta tras la máscara, la que a veces aparecía en ese espacio entre el sueño y la vigilia y a la que ahuyentaba como a un fantasma, estaba ahí.

Alzó la cabeza y le devolvió la mirada. El personaje, el que causaba envidia porque tenía lo que otros deseaban, sonrió con seguridad, con una mirada de chulería desafiante. Veinte, treinta segundos...y el espejo le devolvió una mirada de decepción. ¡Estaba ahí!. Quiso apartar la mirada pero era como mirar al fuego o a un abismo. Peligrosamente atrayente.
La máscara que llevaba puesta desde hacía tanto tiempo, se iba cayendo ante sus ojos, arrancando girones de su propia piel. Haciendo que se enfrentara a lo que llevaba tanto tiempo ocultando.

No podía soportarlo. Dolía y como el animal que atrapado en el cepo roe su propia pata para huir, actuó. Cerró los puños, tensó el brazo y descargó todo ese dolor convertido en rabia contra el espejo.

*Crank*.
El dolor subió desde sus nudillos hasta el hombro, como una descarga eléctrica. Esquirlas de cristal rasgaron su piel, clavándose en su carne, llenando el dorso de su mano de sangre. Pero el dolor seguía, no cesaba. Volvió a golpear. Con rabia. Una vez tras otra, y otra y otra...

*Cling*
Las puertas del ascensor se abrieron. Una mujer gritó de pavor ante una escena más propia de una película gore que de un respetable edificio de oficinas.
Ante ella, una figura, encogida, sollozando, sentada en un suelo cubierto de cristales. Cubierta de sangre, que manaba de las heridas de sus manos y brazos, cubriéndose el rostro.

Nadie se explicaba como alguien de su posición, con una vida feliz y envidiable, había reaccionado así.

Será cosa de la claustrofobia dijeron...

sábado, 27 de junio de 2009

Extraña conversación

- N. me ha dado recuerdos para ti. Es raro esto de hacer de mensajero entre dos de tus amantes.
- Ah, vale, gracias. Devuélveselos cuando la veas. ¿Y qué se cuenta?
- Le han ofrecido hacerse puta de lujo y se está pensando aceptar.
...
- ¡Qué callada! ¿Te parece mal?
- No, no, para nada. Es su decisión y mi trato con ella no va a cambiar. Sólo me estoy preguntando como te ofrecen ser puta de lujo. No sé, pero de repente te salta eso algún amigo o rollete y es muy probable que le cruces la cara de un guantazo.
- Pues la verdad es que no lo sé, pero me dijo que empezaría trabajando seis horas en todo el fin de semana y ganando cuatrocientos euros la hora. Clientes de confianza.
- ¡Jo-der!
- Y que ser yo quien soy, no me cobraría.
- Todo un detalle, jajaja. La verdad es que es muy agradable y tiene un cuerpazo. De hecho, comparándome con ella, nunca entendí que es lo que ves en mí. Porque lo de cuerpazo en mi caso hace referencia al tamaño....
- Ella tiene un cuerpazo, es verdad. Es un encanto y le gusta mucho el sexo. De hecho, para mí que es ninfómana.
- Pues si además de por el dinero, se mete a puta por follar, puede que haya veces que tenga que tragarse lo que no le gusta. Supongo que lo habrá meditado bien...
- No lo sé, eso es asunto suyo. Folla bien, pero le falta algo: calor. O quizás no sepa transmitirlo. Parece todo demasiado mecánico. Y en cambio, tú, además de saber, lo transmites.
- Gracias. Será a mí que me sobran calorías...
- No seas tonta. ¿Crees que si no quisiera estar contigo estaría aquí ahora mismo? ¿Sabes que un día me dijo que le gustaban tus tetas? A mí también, ¿eh?
- Me gusta que os gusten.... Después de echar un polvo, ¿le sueles hablar a tus amantes de las otras?
- No, sólo con vosotras dos. Sóis mis amigas, tenéis la mentalidad más abierta, hay confianza y estamos relajados.
- Sabes que soy especialista en conversación raras, pero ésta está subiendo puestos en el escalafón a pasos agigantados. Estamos hablando de una de tus amantes, que me da recuerdos, que se va a meter a puta y a la que le gustan mis tetas.
- Bah, no es para tanto, recuerda otras conversaciones. Yo creo que tiene curiosidad por montárselo contigo y conmigo.
- ¿Curiosidad? ¿Sólo porque le gustan mis tetas?
- Porque no acaba de entender como ella, que tiene mejor cuerpo y también folla bien, no es la que está ahora en la cama conmigo.
- No creo...
- Anda dejemos de hablar de ella, que ahora quiero calorcito y darle envidia la próxima vez que nos veamos.
- No, seas tontorrón. No,no. Cosquillas no...

jueves, 25 de junio de 2009

Tragedia sin nombre

Esta mañana mientras desayunaba antes de ir a la oficina, he oído comentar: ¿A qué no sabes una cosa? Se ha muerto el Lucky.
Mentiría si dijera que le he dado importancia. En ese momento, sólo ha sido la captación de un estimulo externo antes de volver a mi periódico y a mi té. El resto del día ni me he acordado de lo que oí, preocupada por hacer el trabajo en la oficina y armarme de paciencia ante algunas chorradas y no tan chorradas.

Seguramente no estaría escribiendo sobre ello si no me hubiera despertado una inoportuna llamada al móvil. Como no podía recuperar el sueño, he encendido la televisión y en uno de los canales musicales sonaba el Under the bridge de Red Hot Chilli Peppers. Y entonces he recordado lo que oí. Por puñetera casualidad.

Nunca traté con él. Si le veía pasar, lo ignoraba. Me gustaría decir de mí que soy mejor persona, que alguna vez traté de preocuparme de él, de involucrarme. Pero no es cierto.
Sé que era de la edad de mi hermana pequeña: veintinueve años. Aunque aparentaba cincuenta. No abultaba gran cosa y andaba algo encogido. Hubo un tiempo que cojeaba, quizás de un pico mal puesto, aunque no estoy segura de que se metiera caballo. Iba con un pantalón de chándal azul cubierto de lamparones, una chaqueta que en origen debió de ser blanca y que como el pantalón, le quedaba varias tallas grandes; unas gafas enormes para una cara tan escurría y que tenían una grieta en un cristal y su lata o su litrona de Mahou. Nunca se metía con nadie. Bueno, miento, sólo con otro compañero de borracheras, grandote, con una prominente barriga. Hacían una extraña pareja que siempre discutían por la litrona o por tabaco.
No sé si se tenía algún piso dónde dormir, aunque apuesto a que muchos días se quedaría tirado en el parque, durmiendo la cogorza. Por no saber, no sé ni de que ha muerto.

Seguramente, si no hubiera oído la canción, escuchando la letra, no me estaría haciendo estas preguntas y hubiera pasado. Una tragedia sin nombre de las que suceden todos los días, en las que no nos fijamos porque todos tenemos bastante con nuestras neuras.

No es tristeza lo que siento, sino más bien pesadumbre. Y temor a poder estar un día en esa situación de soledad en la que le importas bastante poco, por no decir nada, a los que te rodean y en la que nadie se molesta en mirar debajo de un puente. O en un rincón del parque.

miércoles, 24 de junio de 2009

Presentimiento

Abro un ojo completamente despejada. Estiro un brazo y cojo las gafas, mientras que con el otro cojo el móvil para mirar la hora. Como aún es temprano, me quedo remoloneando en la cama, estirada y canturreando una canción que suena insistentemente en mi cabeza.


Me levanto y aprovechando que nadie me ve, comienzo a bailotear al ritmo que suena en mi cabeza, hasta que me rugen las tripas y me doy cuenta del hambre que tengo.

Me acerco a la nevera y me proveo de unas picotas para matar el gusanillo antes de meterme en la ducha. ¡Redios qué bien sienta una ducha fresquita en una mañana de verano! Mientras desayuno, me siento tentada a encender las noticias pero, ¿por qué me voy a amargar una mañana tan estupenda tan pronto? Cojo el mando de la tele y me decanto por los canales musicales. Y como si fuera un presagio del que creo que será un buen día, suena esta canción


Hay días en el que el mundo se confabula para que tengas un día de mierda (como el lunes de esta semana). Otros, para que tengas un día estupendo.
Creo que hoy me toca del segundo tipo.

jueves, 18 de junio de 2009

Cuento: La nada de Andreiev

Ya he confesado en alguna ocasión que me gustan los cuentos y relatos breves.
Recuerdo que uno de los primeros grandes autores de relatos breves que conocí fue Poe. ¡Qué miedo pasé con algunos relatos! Después llegaron Chéjov, Maupassant, London, Kafka, Bierce y tantos otros. Pequeñas piezas de genialidad concentrada.
Cuando escribo, y salvando todas las distancias imaginables, me siento cómoda en el relato corto. Pequeños retazos de la realidad o de mi imaginación, que de todo hay.

Ayer recibí un paquete en casa. Uno de esos sobres grandes y verdes, acolchados. La verdad es que me sorprendió, pues no lo esperaba, pero aún más me sorprendió el contenido. Un trozo de papel con un "Sé que te gustan. Un beso" manuscrito y un libro de bolsillo, "Cuentos breves para leer en el bus". Lo devoré. Muchos de los cuentos ya los había leído, pero volví a disfrutar de ellos.
Decidí que, ya que me gustan tanto, voy a hacerles propaganda. No sé cuando ni cuantos, pero de vez en cuando, iré poniendo alguno de los cuentos que más me han gustado. Os dejo con el primero y me voy, que tengo una cita con Lisbeth y Blomkvist. Espero que os guste.


Agonizaba un alto funcionario. Era ya un hombre viejo, poderoso, y amaba profundamente la vida. Le daba una gran tristeza saber que iba a morir. No creía en Dios ni podía comprender por qué habría de marcharse de este mundo; estaba aterrorizado y daba pena verlo sumido en tal sufrimiento.
Su vida era plena, rica y llena de intereses; tanto su mente como su espíritu estaban siempre ocupados en asuntos importantes y esto le producía grandes satisfacciones. Pero su vida interior estaba exhausta, igual que su cuerpo, cada vez más frío y entumecido. También estaban cansados sus ojos y sus oídos, habituados a convivir con la belleza; este mismo placer ya pesaba demasiado en su viejo corazón. Antes de llegar a la agonía, solía pensar en la muerte, a veces con cierto deleite. Imaginaba el descanso que experimentaría, libre por fin de aquellos que lo visitaban para mostrarle su aprecio, para abrazarlo y animarlo, lo cual le resultaba un verdadero fastidio. Entonces la muerte le parecía un alivio; pero ahora, mucho más cercana, su alma se hundía en un profundo horror.
Deseaba vivir todavía un poco más, tal vez hasta el siguiente lunes o miércoles o jueves... Pero le era imposible saber cuál de los siete días de la siguiente semana sería la fecha verdadera de su muerte.
Y ocurrió justamente que en ese día imprevisible un diablo tosco y vulgar, ordinario como hay muchos, se le presentó de repente. Apareció en su casa con disfraz de sacerdote; pero el anciano se dio cuenta de inmediato de quién se trataba y de que su visita no era casual. Se sintió feliz.
"Si el diablo existe - pensó -, no hay muerte y la inmortalidad es real. Aun cuando la inmortalidad no exista, el alma puede ser vendida en excelentes condiciones para prolongar la vida". Era obvio; tuvo la certeza de que era así.
El diablo parecía indiferente, hasta cansado y aburrido. Durante un tiempo no pronunció palabra alguna, y miraba el cuarto con desagrado, como si le disgustara estar allí. Daba la sensación de que había a parar al lugar equivocado. Tal comportamiento preocupó al viejo; enseguida le ofreció asciento en un confortable sillón para que se sintiera cómodo y se animara un poco. Sin embargo, el diablo, después de sentarse, seguía manteniendo su expresión de desagrado y tedio. Mientras tanto, guardaba silencio.
"¡Vaya! Resulta que éste es el aspecto que tienen - reflexionó el anciano, observándolo con curiosidad -. ¡Caramba, qué hocico tan feo... ni en el mismo infierno lo considerarían buen mozo!.
- No me lo imaginaba a usted así - le dijo al diablo.
- ¿Cómo? - preguntó el visitante.
- ... que no lo imaginaba así.
- ¡Qué tontería!
Era lo que escuchaba de todos los mortales cuando lo conocían, y estaba harto de esa clase de comentarios.
El viejo, inquieto y temeroso de haberlo molestado, se dijo: "Ni siquiera puedo ofrecerle algo de tomar, porque quizá no sepa beber".
- En fin, usted ya está muerto - dijo el diablo, con tono frío e impenetrable.
- ¿Qué está usted diciendo? - respondió el funcionario, en voz alta y dominado por la ira - ¡Es evidente que estoy vivo todavía!.
- ¡Bobadas! - continuó el demonio -. Usted está bien muerto y es tiempo de tomar una decisión sobre qué vamos a hacer ahora. Éste es un asunto muy serio.
- Pero... ¿cómo puede decirme que estoy muerto, si le estoy hablando?.
- ¡Ay, Dios mío!. ¡Qué paciencia hay que tener! Dígame, si usted va a tomar un tren, ¿acaso no tiene que pasar primero por la estación? Bueno, en este momento se encuentra usted en la estación...
- ¿En la estación?
- Así es.
- Entiendo... pero, entonces, ¿dónde está mi cuerpo? Es decir, yo, ¿dónde estoy yo?
- En el cuarto de al lado. Lo están preparando y vistiendo para el funeral.
El funcionario sintió un profundo pudor al pensar en su cuerpo envejecido y desagradable, con el vientre abultado de grasa. Para colmo, siempre eran mujeres las que se ocupaban de higienizar y vestir a los muertos. A la vergüenza le siguió un sentimiento de furia.
- ¡Esas estúpidas costumbres! - dijo, encolerizado.
- Eso no es asunto mío - objetó el diablo, con impaciencia -. No hay tiempo que perder, y dediquémonos a lo nuestro. Sobre todo teniendo en cuenta que empieza usted a despedir muy mal olor.
- ¿Cómo dice? ¿ De qué manera?
- De la más común. ¿Qué supone usted? Su cuerpo ya empezó a descomponerse. ¿Cómo quiere que huela? Pues de un modo muy horrible. ¡Pero basta ya de tantas preguntas! Mi paciencia se agota: vamos al grano y escúcheme con atención, porque no pienso volver a explicarle nada.
El diablo, malhumorado y con el tono de aburrimiento de quien se ve obligado a repetir siempre lo mismo expuso al anciano sus opciones. El anciano tenía dos posibilidades: morir definitivamente era una: la otra implicaba aceptar un tipo de vida algo peculiar que podría crear desconfianza. Era libre de elegir una de las dos. La primera era la nada, el silencio, el vacío eterno...
"Dios mío - pensó el funcionario -, eso es justamente lo que me llenaba siempre de terror".
- Se trata del eterno descanso - dijo el diablo, observando con curiosidad los ornamentos del cielo raso y los dinteles -, del final absoluto, que no deja ningún rastro. Usted no hablará, no pensará, ni deseará cosa alguna; tampoco sentirá nada, jamás pronunciará la palabra "yo"... sencillamente, se extinguirá.
- ¡No!¡No! - gritó desesperado el viejo.
- Pero, sin duda, eso sería el reposo, y no carece de valor. No es imaginable un descanso tan perfecto.
- ¡No quiero el reposo eterno! - exclamó el funcionario con voz segura y tono firme, mientras que su cuerpo y su corazónagotados clamaban por descansar.
El diablo se encogió de hombros - que eran estrechos y peludos - y siguió hablando con una fatiga similar a la de un viajante de comercio al fin de un largo día de trabajo.
- Voy a explicarle ahora la segunda opción; se trata de la vida eterna...
- ¿Eterna, de verdad?
- Así es. En el infierno. No es el tipo de vida que a usted le hubiera gustado, pero es vida al fin. No le faltarán distracciones, podrá conocer algunas cosas interesantes, mantener conversaciones con otros y, más que nada, conservará su "yo". De eso se trata la vida eterna.
- ¿Y el sufrimiento?
- ¡Bah! Tanta preocupación por el dolor... - dijo el demonio, con una mueca de hastío -. Cualquier padecimiento deja de serlo cuando se convierte en hábito. Y, en verdad, es precisamente de eso de lo que se queja la gran mayoría en el infierno.
- ¿Hay mucha gente allí?
- De sobra... y sus quejas han ido en aumento, al punto de haber creado serios conflictos en reclamos de nuevos tormentos. Como si fueran tan fáciles de encontrar. Pero siguen chillando y protestando contra la rutina.
- ¡Qué absurdo!
- Sí, estoy de acuerdo. Pero conseguir que sean razonables, en fin, no es tan fácil... Afortunadamente, nuestro Maestro... - Y al decir esto se levantó en señal de respeto, y su expresión se tornó solemne, afeando más su rostro enrojecido. El anciano, acobardado, lo imitó para demostrar su veneración y congraciarse con el extraño personaje.
- Nuestro Maestro - continuó el diablo - les ha sugerido que inventen ellos mismos sus propias torturas.
- Les ha otorgado una suerte de independencia - comentó con un dejo de ironía el funcionario.
- Algo así... Y ahora son ellos, los pecadores, los que sufren devanándose los sesos en busca de nuevos y mejores martirios, más originales... Pero basta ya de charla inútil. Tiene usted que decidirse.
El anciano se puso a pensar, pero como ya se sentía en confianza con el diablo, se atrevió a preguntarle.
- ¿Qué me sugiere usted?
El diablo frunció el ceño:
- Ah, no... no espere eso de mí; no acostumbro dar consejos.
- Si es así, no quiero ir al infierno.
- Muy bien, es su decisión. Sólo tiene que firmar aquí.
Extendió frente al viejo un papel grasiento y arrugado, más parecido a un pañuelo sucio que a un documento relevante.
- Ponga su firma aquí - le indicó con su garra -. Ah, no, disculpe, aquí no: este espacio es para los que eligen infierno. Para la muerte eterna, en cambio, se firma aquí. - Y señaló otra línea punteada.
El funcionario, ya con la pluma en la mano, la dejó repentinamente sobre el escritorio. Entre suspiros y reproches, dijo:
- Claro, para usted es muy fácil, un simple trámite, pero par mí... Por favor, oriénteme. ¿Con qué se atormenta en el infierno? ¿con fuego?
- Pues sí, aunque no sólo con fuego - le respondió el diablo con total seriedad -. Y también tenemos días francos.
- ¡ Qué maravilla! - dijo el anciano, con expresión de felicidad.
- Seguro. También vale el asueto para los domingos y días festivos, y hemos adoptado la modalidad inglesa para los sábados, se trabaja sólo de diez de la mañana hasta el mediodía.
- ¡Pero qué bien! ¿Y en las fiestas, decía usted...?
- No se trabaja en Navidad, hay tres días libres en las Pascuas, y un mes de vacaciones en verano.
- Vaya, qué generosos que son. Nunca lo hubiera imaginado - dijo contento el viejo -. Pero... y le ruego encarecidamente que me conteste, ¿es un mal lugar?, ¿es muy espantoso?
- ¡Pavadas! - replicó el diablo.
El funcionario se sintió turbado. El diablo estaba de notorio mal humor. Tal vez había pasado una mala noche, o simplemente estaba harto de su tarea, de viejos muriéndose, pobres o ricos, de la nada, de la vida eterna... Observó restos de lodo en una de las piernas del diablo. "No parece muy limpio", pensó.
- Entonces - dijo el anciano, en voz alta -, ¿es la nada o la vida etenra?
- La nada o la vida eterna - dijo el diablo, como un eco.
El anciano reflexionaba. En la habitación contigua el servicio fúnebre en su honor había terminado, pero él seguía meditando. Los que prestaban honores alrededor de su lecho mortuorio observaban su rostro solemne y rígido, sin imaginar los insólitos y extraordinarios pensamientos que circulaban por su mente. Tampoco veían al diablo. La habitación estaba impregnada de aroma a incienso, olor a cirios y a algo más...
En eso, oyó la voz del diablo. Parecía pensativo y entrecerraba los ojos.
- Me han pedido (¡ay, tantas veces!) que describa la vida eterna. Suponen, seguramente, que no sé expresarme con claridad. Pero son unos imbéciles. ¿Acaso ellos entienden de qué se trata?
- ¿Se refiere a mí? - preguntó el anciano.
- No, no me refiero sólo a usted. Estoy hablando de todos, sin excepción. Si uno se pone a pensar en esto...
Parecía desesperado. El anciano se compadeció de él.
- No sabe cómo lo entiendo. Es obvio que su trabajo es muy doloroso. Si hay algo que yo pueda hacer para ayudarlo, no tenga reparos en pedírmelo.
El diablo se puso furioso:
- ¡Por favor, no se meta con mi vida privada, o yo mismo lo mandaré al infierno! Me tiene harto. ¡Uf! Sólo tiene que decidirse: ¿la vida eterna o la muerte?
El viejo seguía meditando, sin poder tomar ninguna decisión. Por un lado, pensaba que tal vez sería mejor la vida eterna, quizá porque se le ablandaba el cerebro o porque nunca había sido muy consistente. "¿Qué importaba el dolor - se decía -. ¿Acaso no he sufrido siempre?". Pero sentía un gran amor por la vida. No le tenía miedo al suplicio. Sin embargo, su espíritu estaba exhausto; su corazón le pedía reposo, más y más descanso.
En eso, vio que lo conducían al cementerio. Cuando pasaron delante del ministerio dónde había desempeñado el cargo de director, los empleados, compungidos, le dieron el último adiós. Los curas ya habían empezado el oficio de difuntos. ¡Cómo llovía!. Se abrieron los paraguas. El agua se deslizaba a torrentes por los paraguas y formaba grandes charcos en el pavimento.
"- Mi corazón está agotado. Ya ni siquiera le importaban las alegrías" - seguía pensando, mientras lo llevaban a la tumba. "Sólo quiere descansar, descansar, descansar. Tal vez mi alma sea pequeña, pero realmente estoy muy cansado".
Quizá le convendría la muerte definitiva. Estaba a punto de optar por la nada. En ese momento, se acordó de un pequeño suceso. Ocurrió poco tiempo antes de que se enfermara. Había visitas en su casa y todos reían con alegría. Él también reía a carcajadas y se le salían las lágrimas de tanto reír. Pero, de pronto, cuando se sentía absolutamente feliz, lo asaltó un deseo violento, un irrefrenable impulso de estar solo. Y no se le ocurrió nada mejor que esconderse en un rincón alejado, como un niño que tiene miedo al castigo.
- ¡Hable de una vez! - lo interrumpió el diablo, entre molesto y disgustado -. ¡El fin está cerca!
No debió decir esa palabra. El funcionario ya casi se había decidido por la muerte definitiva, pero la palabra "fin" lo llenó de espanto y quiso alargar su vida a toda costa. Le exigió al diablo que le diera la solución, pues estaba perdido en sus reflexiones y se sentía incapaz de comprender lo que le pasaba.
- ¿Puedo firmar con los ojos cerrados? - preguntó, débilmente.
Los ojos bizcos del diablo lo miraron con odio, y le respondió.
-¡Ya basta de estupideces!
Pobre, seguramente estaba aburrido de pedir firmas, de ir de un lado a otro con esos contratos. El diablo se quedó mudo un segundo, dio un profundo suspiro y le volvió a poner el papel grasiento y arrugado, parecido a un pañuelo sucio, delante de los ojos cerrados. El viejo tomó la pluma, sacudió la tinta sobre el papel secante, puso un dedo sobre el documento y... no bien hubo firmado, abrió los ojos y miró:
-¡Ay, qué hice! - gritó horrorizado y arrojó la pluma al suelo.
- ¡Ay!¡Ay!¡Ay! - le contestó el diablo, haciéndole el eco otra vez.
Hasta en las paredes reverberó el lamento. El diablo lanzó una sonora carcajada y se marchó. Y cuánto más se alejaba, más fuertes eran las carcajadas, como si fueran truenos de una feroz tormenta.
En ese preciso instante se llevaba a cabo el entierro del alto funcionario. Trozos de tierra húmeda caían toscamente sobre el cajón. Hacían un ruido hueco, tan hueco, que podía llegar a creerse que no había ningún cádaver debajo de la gruesa tapa..., como si el ataúd estuviera vacío...

miércoles, 17 de junio de 2009

Maldito calor

Una vuelta en la cama. Otra para el otro lado. El cuerpo desnudo empapado en sudor. ¡Quien supiera levitar para que no me rozara nada, pues todo me sobra!.
Miro el reloj del móvil. Las dos y media de la madrugada. ¡Genial! Con las largas sesiones de sueño que estoy teniendo estos días, mi humor no es el mejor del planeta y entre las vueltas que le doy a mi comportamiento tan cretino y el calor, aún duermo menos.

Me levanto a la cocina y me amorro a la botella de agua que está en la nevera, antes de irme directa a la ducha. No quiero molestar a los que duermen, pero se está tan a gusto ahí, que cuesta salir. Empapada y fresquita, me tumbo en la cama y caigo dormida.

Abro un ojo. Un segundo antes estaba soñando con un atracador que me amenazaba con un ¿bocadillo? y al que le iba a poner la cara como un pan. Estiro el brazo para mirar la hora en el móvil. Las cinco y cinco y vuelvo a estar despejada. Espero que no hayan oído en casa el sonoro Joder que se me ha escapado. Cierro los ojos. Otra vuelta. Una más. Nada.
Me siento en el borde de la cama con la cabeza entre las manos. No sé si será el agotamiento o la noche, que siempre ha sido cómplice de estas cosas, pero me empiezan a pasar cosas por la cabeza. Y no quiero pensar en ellas. Quiero dormir. Lo necesito.
Me levanto de la cama, cojo las sábanas y las meto en la lavadora antes de volver a meterme en la ducha. Al salir, hago la cama con sábanas limpias y me tumbo, pero esta vez no me duermo según caigo. Más vueltas. Vuelvo a mirar el móvil. Las seis menos cuarto. Estoy por levantarme y adelantar algunas cosas de la oficina con el ordenador de casa, pero no. ¡¡Quiero dormir!! Al final, vuelve a vencer el agotamiento con la ayuda del fresquito pre-amanecer que hace.

"Tell me by I don't like mondays...". Con los ojos cerrados, busco el móvil para desconectar el despertador y seguir durmiendo. En ese espacio entre la vigilia y el sueño, recuerdo el sueño en el que estaba sumida. ¿Qué cené anoche para tener sueños tan raros?. Da igual, vuelvo a cerrar los ojos para seguir durmiendo.
No sé el tiempo que pasa, pero vuelve a sonar la voz de Geldoff y me planteo coger el móvil a ciegas y estamparlo contra la pared. No lo hago y me levanto. Las ocho y cuarto. Podría haber seguido durmiendo hasta que el calor lo permitiese pero hubiera ido a trabajar San Pedro. Y me comentaron que eso de vender viajes no sé le da demasiado bien...

Camino de la ducha, again, paso por delante del espejo. Como dicen mis sobrinas al verme con el pelo tan corto y despeinado, tengo pelos de loca. Un mechón para cada lado. Por suerte, no se me marcan las ojeras y puedo disimular físicamente el cansancio. Espero ser capaz de disimular el anímico y no estar demasiado inaguantable (Mis disculpas a los que me sufrís, que ya sabéis quienes sóis).

Al llegar a la oficina, he visto en el calendario los días que faltan para que acabe el verano. Ese que oficialmente no ha empezado.

Casi me pongo a llorar.

domingo, 14 de junio de 2009

Beautiful day

Anoche tomando unas cervecitas (tinto de verano en mi caso) había momentos en que no podía quedarme quieta en la silla. Iba moviéndome, acompasada con la música que sonaba de fondo, ajena a todos. La música no me gustaba especialmente (era chunda-chunda), pero era algo hipnótico.

César me miraba, se reía diciendo que estaba en otro mundo. Tenía razón. Dejé una parte de mi neurona atenta al exterior, pero yo estaba en mi mundo. Después de muchos fines de semana, anoche fue el primero, en meses, en el que no hablé de hospitales, neuras propias o ajenas, o de trabajo y en el que me pude tomar una copa tranquila. Por cierto, delicioso el Legendario Elixir de Cuba 7 años, con ese toque dulzón que le dan las pasas que se maceran en su preparación.

Camino de casa, estalló una tormenta. No pude evitar quedarme un rato, a pesar de lo poco que me gustan las tormentas con aparato eléctrico, bajo la lluvia. Con una sonrisa tonta, mientras las gotas de lluvia bajaban por mi cara, refrescándome, hasta ponerme como una sopa. Después de una ducha, no me dió tiempo ni a apoyar la cabeza en la almohada, porque caí en brazos de Morfeo enseguida.

No he dormido muchas horas, pero me siento descansada. He encendido la televisión, bajito, para poner los canales musicales. Y sonaba esto:



Aparte de caérseme la babica, porque está rodado en Cádiz y me encanta esa ciudad, me ha hecho darme cuenta de las ganas que tengo de irme de botellón playero, con algo más que las gaviotas y los jubilados del IMSERSO que me encuentro cuando me voy de vacaciones. Ver amanecer después de las risas, de darse un chapuzón, de bailotear toda la noche.

No creo que sea posible irme de botellón playero, pero como le comentaba ayer a un amigo, exprimiré lo que tengo a mi alcance para hacer que mis días, sean beautiful days.

jueves, 11 de junio de 2009

¿Formación?

Esta mañana recibí en mi correo electrónico del trabajo un correo electrónico cuyo contenido estaba encabezado por esto: CURSO: TECNICAS PARA ENAMORAR

Su destino era la papelera de mi gestor de correo, cuando me llamó la atención lo siguiente:
RECUERDA QUE SI ERES EMPRESA Y TIENES UN EMPLEADO POR LO MENOS, ESTE CURSO ES GRATIS PARA TI, LO HARIAMOS POR LAS BONIFICACIONES DE LA SEGURIDAD SOCIAL.

Es maravilloso estar enamorado pero en una situación como la actual, en la que hay que estar constantemente reciclándose y formándose, que se dilapide el dinero destinado a formación en esta imbecilidad... Porque, a todo esto, ¿existen técnicas para enamorar? A ver si es que yo he perdido el libro de instrucciones y por eso, no enamoro a nadie. ¡Cachis!

Hace años, recibí información de un curso sobre Gestión de la Calidad que me interesaba, organizado por CC.OO. con fondos del FORCEM.
Nunca he pertenecido a ningún sindicato ni perteneceré, pero el curso me parecía interesante y me apunté.
Recibí los libros y los CD's en la oficina, pero como tenía mucho trabajo, los metí en uno de los cajones de mi escritorio. Y ahí se quedaron, durmiendo el sueño de los justos. Mi sorpresa fue mayúscula cuando recibí, dos meses después, un diploma que certificaba que realicé correctamente el curso. En ese momento recordé los libros, abrí el cajón y ahí estaban, con su envoltorio inmaculado.
Dicen que soy inteligente, pero vamos, no creo que tanto como para lograr sacar un curso por ósmosis.

Más tarde me enteré. Muchas de las academias y entidades que organizaban esta clase de cursos, recibían subvenciones de la Unión Europea por el número de alumnos que los finalizaban. Así que repartían diplomas a mansalva, sin importarles lo más mínimo la calidad de los temarios ni si estos cursos se realizaban correctamente, porque lo que importaba era trincar la pasta.
(He de reconocer que esa información fomentó mi escepticismo y desconfianza hacia los grandes sindicatos de este país, que sigue hoy en día).

Los recursos que financian el subsistema de formación profesional para el empleo proceden de la recaudación de la cuota de formación profesional que realiza la Seguridad Social, de las ayudas del Fondo Social Europeo y de las aportaciones específicas establecidas en el presupuesto del Servicio Público de Empleo Estatal.
(Extraído de la web de la Fundación Tripartita para el Empleo.

Lo que me pregunto, como con muchos otros temas, es porque no se ejerce ninguna clase de control sobre este dinero que se entrega y que entre otros, sale de mi bolsillo (y que visto lo visto, preferiría que siguiera en él). Tengo la sensación, cada vez más frecuentemente, que lo único que sirve es fomentar el todo vale y el todo gratis.

¡Qué asco!.

domingo, 7 de junio de 2009

Cartagena, puerto de culturas

Quart Hadast para los cartagineses, Colonia Urbs Iula Nova Carthago para los romanos. La Cartagena de nuestros días.

El fin de semana pasado, en el que será seguramente mi último sábado libre en unos meses, fui de viaje de trabajo organizado por una mayorista con el patrocinio de Cartagena, puerto de culturas. Ya habia ido de viaje con esta mayorista a otro destino. Son viajes agotadores, ricos culturalmente, con mucha información en poco tiempo que luego hay que procesar, pero que merecen la pena, aún a costa de dormir algo menos.

Así que el sábado muy temprano, salimos de Madrid. Nuestra primera parada fue en la Roda. Yo ya conocía la importancia que esta gente da a la gastronomía como otro aspecto de la cultura, así que no me sorprendió ver el desayuno tan opíparo. No voy a cantaros el menú, sólo deciros que en mi mesa nos bebimos casi dos botellas de este vino para ayudar a que bajara. Menudas cabezadas que daba la mayoría, yo incluida, en el autocar al continuar el camino.

Llegamos a Cartagena, distribuyeron las habitaciones y con la digestión del desayuno recién terminada, bajamos a comer. El menú era un delicioso equilibrio entre la huerta murciana y los productos del mar. Probé una especie de morcilla de verduras, muy suave, que tenia calabacín y que estaba riquísima.

Con apenas tiempo para lavarse los dientes, empezamos nuestro periplo por Cartagena. ¿Habéis visto a esos grupos de japoneses a los que llevan de un lado a otro? Pues más o menos nosotros éramos así, pero más acelerados y acalorados.

Nuestra primera parada fue el centro de interpretación de la muralla púnica, en una de las colinas sobre las que se asienta la ciudad.

Casa Aguirre - Sede del Museo Regional de Arte Moderno de Murcia

Tras la muralla y de ver una parte de la ciudad algo degradada, fuimos hasta la casa Aguirre, edificio de principios del siglo XX, que alberga el Museo Regional de Arte Moderno de Murcia (MURAM) en cuyo interior vimos, a mata caballo, la exposición de Rodin, en la que también está la obra que sale en este artículo.
Mientras esperaba a que los compañeros fueran saliendo, bajo la sombra de un árbol de la plaza de la Merced, me fijé en esta casa.

¡¡Me la pido!! Me encantó ese ventanal que me recuerda al timón de un barco.

La brisa que nos refrescaba un poquito amainó junto a la plaza de Toros (bajo la que han encontrado los restos del anfiteatro romano) y frente al antiguo Real Hospital de Marina (me hubiera gustado ver el Pabellón de Autopsias), tuvimos la oportunidad de tostarnos un poquillo, mientras a lo lejos se escuchaban el sonido de tambores entonando una marcha militar. Y es que justo ese día se celebraba el día de las Fuerzas Armadas y Cartagena tiene una especial vinculación con la Armada.

Aún nos quedaba unas cuántas cosas por ver, así que cuán famosillos acompañados por nuestro cámara, porque nos hicieron un reportaje para el periódico local, seguimos nuestro periplo.
Siguiente parada: el Castillo de la Concepción.
Asentado sobre otra de las colinas de la ciudad, cuyo desnivel salvamos gracias a un ascensor panorámico, alberga el Centro de Interpretación de la historia de Cartagena, que no visitamos. Desde lo alto, pudimos disfrutar de una panorámica de la ciudad y de sus monumentos...hasta de los de carne y hueso.
Porque había dos infantes de marina merendando en un banco. No es que fueran especialmente guapos, pero la planta, el uniforme... Más de una y de dos se los habrían merendado a ellos.

Al bajar, vimos uno de los sitios que más me llamó la atención.
Cartagena, al ser la sede operativa de la Flota republicana, fue bombardeada por la aviación nacional durante la Guerra Civil. La población civil construyó una serie de refugios antiaéreos y pudimos visitar uno de ellos, habilitado como Museo. Hubo un momento en que me alejé algo del grupo. Sé que la Guerra Civil es un tema que da para discusiones muy enconadas y yo no tenía ganas de discutir.
Cerré los ojos mientras trataba de imaginar como tendría que ser el esconderse ahí abajo, asustados y apiñados (en este llegó a haber cinco mil personas), oyendo las bombas caer en el exterior, los lloros de los niños, otros aguantando la respiración entre detonación y detonación...
Casi a la salida del museo refugio hay una serie de dibujos realizados por niños de la época, de distintas regiones de España, retratando las atrocidades que vivieron. A su lado, dibujos sobre la Paz de niños de ahora, que espero que no tengan que vivir las atrocidades de aquellos otros niños.
Pilar, nuestra guía, nos contó que durante la guerra se prendieron fuego a muchas de las iglesias de la ciudad, lo que hizo que se perdiera un rico patrimonio artístico-religioso (unas cuántas obras de Salzillo entre ellas). También nos contó como la iglesia de la Virgen de la Caridad se libró de esa quema gracias a las Señoras Prostitutas del barrio del Molinete, que se opusieron a los exaltados.

La visita no terminó ahí y antes de cenar tuvimos tiempo de visitar la Casa de la Fortuna o de dar un paseo por el centro contemplando algunos edificios bellísmos de corte modernista.

Esa noche después de la cena, de muchas risas y de una copa en plan tranquilo, me recogí pronto. Tenía un objetivo en mente que requería que madrugara un poco. No era otro que darme un chapuzón en el mar. La cara de mi compañera de habitación cuando me vió aparecer a las ocho menos cuarto de la mañana, empapada y con una sonrisa de oreja a oreja era todo un poema.

Después de una ducha rápida y de reponer fuerzas con un delicioso desayuno, aún tocaba más ajetreo. Para mí, una de las partes que más me gustó, pues teníamos el mar muy cerca, a la vista y es como una especie de bálsamo que hace que se me quiten los dolores (aunque no es mar bravío ni huele como el que me gusta...).
Nuestra primera parada en esa mañana, fue el Museo del Teatro Romano, diseñado por Rafael Moneo. El Teatro Romano lo descubrieron por casualidad en los años ochenta del siglo pasado y en todo su esplendor, mostraría la importancia que tuvo la ciudad en su época, al arribar a la ciudad por el mar.
Una parada de avituallamiento (hacía muchísimo que no tomaba una leche merengada tan deliciosa como esa) y tras visitar un hotel, un paseo en barco por la bahía. Me hubiera quedado toda la mañana ahí, bajando en el Fuerte Navidad para visitarlo, pero no fue posible, pues teníamos aún que visitar el Ayuntamiento y el Museo Nacional de Arqueología Subacuática, ARQUA, dónde íbamos a comer.

La visita del ARQUA fue muy didáctica (interesantísimo el audiovisual sobre el descubrimiento y tratamiento del Pecio Mazarrón II) y sobre todo muy divertida. Quien me conoce, sabe que de vez en cuando se me va la olla y sale mi lado más payasete, con un humor un tanto extraño. Pues en el ARQUA, antes de comer, se me gripó la conexión y me dió la ida de olla (¿quizás demasiado sol?), que consistió en una reinterpretación de algunos hechos históricos que acabó con Javier, Ana y otros compañeros llorando de la risa.

El delicioso arroz caldero que nos ofrecieron en el ARQUA, el tinto de verano y el asiático que nos tomamos (os habréis dado cuenta de que la dieta ese fin de semana como que no), junto con el cansancio, acabaron por rematarnos y buena parte del viaje de vuelta, lo hicimos en los brazos de Morfeo.

Llegamos a Madrid el domingo por la noche, agotados, con mucha información en nuestras neuronas pero, al menos yo, tremendamente relajada y algo coloradilla por el sol.
Y con ganas de volver a Cartagena, para disfrutar más tranquilamente de una ciudad que me sorprendió muy gratamente.