sábado, 27 de septiembre de 2008

Desde mi escritorio

Pasan pocos minutos de las ocho de la mañana y estoy en la oficina. De hecho, llevo aquí desde las siete y media. Hoy, en teoría, yo no trabajo. Pero como es el primer día de venta en Madrid de las vacaciones para mayores del IMSERSO, héme aquí.

Lo sorprendente no es que yo esté aquí, que al fin y al cabo, me pagan por esto. Lo que me sorprende es la cola que se lleva formando frente a mi oficina desde las siete y media de la mañana. Ahora no veo a todos, porque los tapa el cierre del escaparate, pero ya habrá unas cincuenta personas, esperando a que se abra el ordenador central y comience la venta. Todos están impacientes por coger sus vacaciones y eso que ellos son los afortunados que tienen el primer día y, por tanto, más opciones que los que vienen el lunes.

Tengo la puerta abierta y la música puesta muy bajito y les escucho hablar. Ellos no se dan cuenta de que los observo y casi mejor así. Un grupito intenta arreglar el país (díficil lo llevan); otros hablan de los achaques, el de más allá, de los nietos y todos, de todas esas pequeñas cosas que conforman el día a día.

Hay una pareja por la que siento debilidad, Lorenzo y Concha. No tienen hijos y los sobrinos que tienen, hacen su vida hasta que toque trincar la herencia. Según me contó un día, se conocieron siendo unos críos en la verbena de su pueblo y llevan casi sesenta años juntos, luchando hombro con hombro, pasando por momentos más agradables y otros más duros. A él todavía le brillan los ojos mirando a su chula mientras me contaban ese día. Me tratan siempre con mucho cariño (sin ser empalagosos), son divertidos y su mirada de serenidad, me serena a mí. Hace un momento, Lorenzo entró y me dijo que si quería que me traía un café del bar para que pudiera desayunar. Es un cielo.
Ahora les veo, apoyados en un coche frente a mi puerta. Veo que ella le cierra un poco la chaqueta para que no coja frío, que ha estado enfermo de los bronquios, y le regaña por ir tan fresco. Él sonríe ante ese reñir cuidando y le llama guapa. Y yo, que queréis, soy humana y me muero de envidia ante la escena y lo que representa.

Van llegando más personas y hay ya casi un centenar. Dentro de nada, tocará trabajar a destajo, sin parar. Mientras, voy a observarles un ratito más, que me serena.
Que paséis un buen sábado.

8 comentarios:

Turulato dijo...

Puro sabor. Eterna vida pequeña. Humanidad. Sosiego, si. Placer

Fran dijo...

Tienes la facilidad de transmitir y compartir tu serenidad ante estos regalos de la vida, como tú los llamas.
Eres buena cronista porque observas y sientes.

Tha dijo...

feliz para ti también

Blas de Lezo dijo...

Escena, no es tal sino toda una obra. Y no de teatro, aunque algo siempre tiene la vida de esto. Obra creada y alimentada por dos vidas que sienten solo una, de la froma que ellos la interpreten, pero una..

Verlo es gratificante, pero solo por algo verdaderamente gozoso de ver. La propia vida de ellos a la edad de quien es el espectador quizá fuera distinta, quizá igual que la tuya o la mía, eso nunca lo sabremos. Solo queda desear sentir algo similar a su edad.

Un abrazo, Blas

Lúcida dijo...

Ojálá pasen los años y logremos que nos dediquen la misma mirada que une a Lorezo y Concha. Esa complicidad que nunca se pierde.
Gracias por la serenidad.

SOMMER dijo...

Que complicado es encontrar gente que consiga serenarte con sólo observarles.
Te envidio a ti, más que a ellos (que también).

Besos

Aynara dijo...

Si te parece, voy a ejercer de Concha... y te voy a reñir un poquito...
Se puede saber qué haces tan pronto en la oficina si te falta para encender el ordenador ese todavía un rato?
Ahora llámame "guapa" para que me calme y dame otro cachito de texto, que no he cenado y tengo hambre.

Roza Garro dijo...

Tu serenidad al escribir me agrado mucho, me calmo también después de haber publicado un post , que al terminar de leerlo me , molesto mucho y eso que es mío..! tienes una encantadora facilidad de escribir..
Saludos