Estoy hasta las mismísimas narices de aguantar gilipolleces y gilipollas
Bienvenidos. Espero que os sintáis como en vuestra tasca favorita.
Escrito por Silvia a las 13:17 2 comentarios
Pasarán más de mil años, muchos más, yo no sé si tenga amor la eternidad...
El vinilo daba vueltas sin cesar, llenado la habitación con el sonido sensual del bolero. El ventilador del techo seguía su rítmico movimiento, lento, como si quisiera acompasarse con la música en una danza invisible. A lo lejos, tras la ventana abierta, se oían algún perro callejero y las voces de chiquillos que jugaban en las calles, chapoteando en los charcos.
El hombre permanecía sentado de espaldas a la puerta. Una pequeña arruga cruzaba su frente, mientras escribía concentrado. Esa tarde de verano era especialmente calurosa y la lluvia que había cesado unos minutos antes, no había hecho sino empeorar el bochorno. Pero a pesar de ello, él intentaba guardar la compostura. La americana de su traje reposaba en el respaldo de su sillón, Sabía que esa tarde iba a recibir visita y no quería que le pillaran hecho un Adán.
La pluma se deslizaba sobre los folios, llenándolos con una letra pequeña y picuda. No sabía si ese pequeño resumen de su vida le interesaría a alguien, pero sentía la necesidad de trascendencia. Que se supiera como un chico de ciudad, lleno de sueños, y que odiaba el calor había acabado, casi anciano, en un pueblo de mala muerte en medio de un calor infernal. Todo por una mujer. Esa maravillosa fuente de problemas que otros, a lo largo de la historia, habían padecido antes que él. Y que si él viviera cien vidas más, desearía volver a padecer.
Alzó la mirada para ver como se deslizaban las últimas gotas de lluvia por el cristal de la ventana y frunció ligeramente el ceño. No faltaba mucho. Se quitó las gafas de montura de concha y se frotó los ojos con gesto cansado. Antes de incorporarse, cuadró los folios que acababa de terminar.
Abrió con la mano la cortina de cuentas de madera para acceder a la sala que hacía las veces de dormitorio. En un rincón, había un pequeño aparador con una jarra con algo lo más parecido a agua fresca que había en el pueblo. Echó un poco de agua en la jofaina y se lavó el rostro. Con él aún húmedo, se contempló borroso en el espejo. Notaba en su mentón la sombra de barba que empezaba a crecer. Se secó con una vieja toalla, algo raída y se ajustó el nudo de la corbata.
Junto a la cama, en la pequeña mesita, estaban la botella de whisky que le traía Pascual de la ciudad una vez al mes y su caja de habanos. Normalmente se servía solo un poco de licor, que rebajaba con agua, racionándolo para que le durara hasta la próxima visita de Pascual, pero esta vez fue generoso consigo mismo.
Regresó a su escritorio, bebiendo pequeños sorbos de su vaso de whisky. Delicioso. Uno de sus pequeños placeres. Abrió el cajón del escritorio y sacó una caja de largas cerillas de madera. Con cuidado, casi ceremoniosamente, encendió un fósforo largo, de madera. Mordió la perilla de su habano y comenzó a girar el habano entre sus dedos, con mimo. Como si estuviera acariciándolo, mientras se encendía poco a poco.
Se recostó en su sillón, fumando con parsimonia. Volvió a mirar los papeles. Una lástima pensó. Todo lo que he sido, puede acabar en alguna letrina. Cubierto de mierda.
Como si fuese un extraño presagio, cargado de ironía, oyó un zumbido que se acercaba. El zumbido cesó y unos segundos después, notó la punzada en su nuca. ¡Maldita sea! Con un gesto rápido y seco, se golpeó la nuca. Al retirar la mano, los restos del tábano cubiertos de sangre. La suya y quizás la de otros succionada por ese asqueroso bicho para poder sobrevivir. Sacó el pañuelo de su bolsillo y se limpió. Su mejor camisa y seguro que estaba sucia de sangre por culpa de ese bicho. Él, que siempre gustaba de ir impoluto, aunque fuese en ese barrizal.
El disco terminó y sólo se oía el rascar de la aguja del gramófono. Entonces se dió cuenta. Las voces de los niños habían cesado y sólo se oía algún lamento a lo lejos. El silencio se había adueñado del pueblo.
Estaban llegando.
Oyó pasos que se acercaban apresurados, una respiración agitada y la puerta cerrarse con un portazo. Sin necesidad de verle, sabía que era José.
- Profesor, profesor. ¡¡Qué ya han llegado!! Corra, corra usted.
Carraspeó y se giró. Un chiquillo moreno, de pelo alborotado y con los pies descalzos y cubiertos de barro, esperaba junto a la puerta.
- ¿Eso es lo que le he enseñado, José? ¿A entrar a trompicones en una casa ajena, dando voces, sin ni siquiera saludar a su anfitrión? - miró la cara de desconcierto del niño. Sabía que éste le guardaba sincero afecto y que aún era muy joven para entender todo aquello. Sintió una oleada de ternura y se acercó a él, apoyando paternalmente su mano en el hombro - Ande, no se preocupe. Hágame el favor y apague el el gramófono, mientras voy a por un pequeño regalo para usted.
Vió la mirada de sorpresa del muchacho que, obediente, se acercó hasta el gramófono. Él regreso al escritorio y cogió la estilográfica negra con la que había estado escribiendo. Un regalo de un padre orgulloso a su hijo el día que éste finalizó la carrera y se convirtió en "Todo un señor ingeniero". Él no tenía hijo a quién legársela y antes de que fuera fruto de la rapiña, serviría para ese muchacho. Es inteligente y tenaz y quizás pueda salir de aquí algún día...
- José, venga aquí. ¿Ve esto? Es un regalo que me hicieron ya hace muchos años y que ahora yo le hago a usted. ¡¡Úsela para practicar los ejercicios de ortografía!! Aquí tiene algunos papeles - El hombre cogió los folios manuscritos y se los entregó también al niño. Al menos que fueran útiles a alguien...
El niño cogió la pluma reverentemente, como si fuera un tesoro sagrado. Y algo así era, pues sabía que el hombre trataba ese objeto con el mayor de los cariños y que no lo habría cambiado ni por un fajo de dólares. Dobló los papeles y se los metió por debajo del cinturón.
- Y ahora, muchacho, ha de irse. Será mejor que no le vean aquí. Siga estudiando, hágase alguien de provecho y no se deje aplastar.
Vió como las lágrimas se asomaban a los ojos del niño. En un arrebato, éste le dió un beso en la mejilla antes de irse corriendo. El hombre tocó con las yemas de sus dedos el lugar dónde le había besado el chiquillo y sonrió con algo de amargura. ¿Cuánto hacía que no le habían besado de un modo tan sincero y espontáneo? Hacía ya tanto tiempo que casi lo había olvidado.
Oyó muchos pasos pesados y ecos de voces ebrias que se acercaban por la calle principal. Se puso la americana y colocó el pañuelo en el bolsillo, perfectamente doblado. Estaba hecho un dandy, como cuando salía en su juventud a pasear en su ciudad, con su joven esposa del brazo. Él, el brillante ingeniero de futuro prometedor. De un trago, apuró el contenido de su vaso y con su habano en la mano, se dirigió hacia la puerta, para recibir a sus invitados. Antes de abrirla, recordó algo y fue apresuradamente hacia el dormitorio, de dónde sacó una vieja fotografía. La fuente de sus problemas. Sonrió antes de abrir la puerta, recordando la letra del bolero.
El silencio de la tarde se vió roto por el repiqueteo de las armas de fuego. Y después, de nuevo el silencio. Ni un lamento, ni una imprecación a los asesinos. En la esquina de la casa, escondido entre los matorrales, un chiquillo de pelo negro alborotado lloraba en silencio al contemplar la escena. Sólo, frente a la casa, cubierto de sangre y barro, un cuerpo inmóvil, tirado con una vieja fotografía de bordes gastados a su lado.
El chiquillo, aún con lágrimas en los ojos, se despidió mudamente de su viejo profesor. Apretó las mandíbulas con determinación y se aferró a la estilográfica como un náufrago se aferra a su tabla de salvación.
Escrito por Silvia a las 00:04 2 comentarios
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Hace un rato, hablé con la socia. Además de estar un poco afónica, estaba muy cansada.
Y de repente, sin previo aviso ni nada, su voz ha cambiado y ha sonreído por teléfono. Cuando le he preguntado, me ha dicho "Escucha" y ha puesto el teléfono junto a la música ambiental. Me ha confesado que esta canción la revitaliza y que el vídeo la encanta.
Esto va como aperitivo de la semana que viene, "joven".
Escrito por Fran a las 21:46 0 comentarios
Hace un ratito, vino Concha a mi oficina. Seguramente los que me leen no la recuerden, pero hablé de ella aquí. Me sorprendió verla sola y me temí lo peor. Acerté.
Sabe el cariño que siento por ellos y quería compartirlo conmigo. Entre lágrimas, me ha dicho que Lorenzo falleció el fin de semana en Alicante. Me hubiera gustado enterarme antes, para acompañarla y que no se sintiera sola.
Hace tiempo, alguien más listo que yo, me dijo que el cariño requiere roce y nos hemos dado un abrazo. Mientras ella lloraba sobre mi hombro, por haber perdido a su compañero de tantos años, al amor de su vida, he roto a llorar. En silencio. Todas las lágrimas que he reprimido últimamente porque alguien tenía que tirar de los que le rodean y me tocó, han salido una detrás de otra.
He llorado por Lorenzo, pero también por mi abuela a la que echo tanto de menos. Y por aquellos a los que quiero y no están.
Poco a poco, nos hemos ido calmando ambas. Antes de irse, le he insistido en que tiene mi móvil y que si necesita cualquier cosa, que me llame. Ella me ha medio sonreído y se ha despedido con un beso en la mejilla y un "gracias, hija".
La he visto irse hacia casa, a través del escaparate, aún con los ojos enramados, como ahora cuando escribo.
El otro día hablaba con un amigo sobre el negocio y la forma de trabajar. Me decía que quizás, tendría que convertirme en un tiburón y pensar en mí y después en mí, enfocando a los clientes como pequeñas cajas registradoras. Nada más.
¿Y qué queréis que os diga? Que le pueden ir dando a mi amigo y su forma de enfocar los negocios.
Escrito por Silvia a las 13:06 2 comentarios
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Si le preguntamos a la mayoría que entiende por tirano, seguramente se forme en su mente la imagen de alguno de los dictadores que, en muchos casos se han hecho con el poder por la fuerza de las armas.
Pero no sólo la tiranía se impone por la fuerza de las armas ni tiene porque ser la obtención del gobierno de un Estado, sino algo más de andar por casa. Sin necesidad de una violencia evidente, sólo subyacente.
Todos hemos oído hablar o incluso hemos presenciado episodios de los pequeños tiranos. Niños y adolescentes que amparados por la impunidad que se les permite (y es que de tanto protegerles se nos ha ido la mano), hacen lo que les da la gana.
En otras ocasiones, ya he hablado de la tiranía de lo políticamente correcto. No me voy a extender demasiado con ésta, sólo hay que observar el mundo que nos rodea con un criterio mayor que el de una peladilla.
Quisiera extenderme algo más en otra tiranía: la del dolor. La que más presencio últimamente en mi entorno.
Conozco a dos personas de mi entorno que padecen la misma enfermedad. Crónica y dolorosa. La primera, lo lleva como buenamente puede, resignándose y apretando los dientes si es preciso. Como todos cuando estamos pochos, a veces tiene mal genio, pero no es lo habitual.
En cambio la otra...
Ha convertido su dolor en el arma que emplear contra otros, la justificación para todos sus desmanes. Y parece que quisiera que todos los que le rodean estuvieran igual, en una extraña suerte de solidaridad. Mal de muchos...
El otro día presencié un episodio de esta clase de tiranía en otra persona.
Es que estoy con depresión. Hay quien realmente padece esa enfermedad y sufre verdaderamente, pero en muchísimos casos, es la excusa tras la que disfrazar la falta de decisión, cuento, irresponsabilidad y egoísmo (en cantidades industriales).
Esta persona se dedicó durante un buen rato a machacar a otra, porque no hacía las cosas como ella quería. Y la otra persona, callada, porque no quiere dañar a quien está mal. Yo también lo estuve un buen rato, hasta que me harté y dejé salir mi diplomacia acelguil. Seguramente fui cruel. La tiranía de lo políticamente correcto así lo considera. Aunque podría haber suavizado mis palabras, sé que hice lo correcto.
Yo no soy una santa. Tengo mi mal genio cuando sufro. Me he comportado en ocasiones como una tirana, aunque normalmente mi rabia la enfoco hacia mí misma y no a hacer daño a otros.
Si te apetece descargar tu furia contra otros sin motivo, líate a cabezazos contra la pared. Con el dolor de cabeza, se te quitan las ganas de pegar voces a nadie.
Como hoy comentaba en otro asunto, quizás todo se solucionara teniendo algo más de empatía con los que nos rodean. O sea, que dejemos de mirarnos un poco el ombligo...
Escrito por Silvia a las 22:18 3 comentarios
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Lo vió en sus ojos. Decepción y daño. No esperaba que lo entendiera. De hecho, sabía que no lo entendería. Pero había tenido fe, esperando quizás demasiado: Lealtad.
Así que cuando vió en sus ojos que no sólo no estaba a su lado, sino que se pasaba al otro, al de los que le señalaban con un dedo reprobador, se partió en mil pedazos. Esos pedacitos se clavaron en su carne. Y sintió dolor. Intenso. Lacerante. Como no lo había sentido nunca. Éste azuzaba su rabia, como el animal herido que era.
Quiso hacerle daño por hacerle sentir así. Pero no pudo. ¿Por lealtad? Quizás. Pero también porque sabía que ese mirada era la misma que le devolvía su espejo todas las mañanas.
Optó por lo más sencillo. Disfrazarse para no reconocerse. La máscara se fundió de tal modo con su piel, que resultaba díficil reconocer dónde acababa una y empezaba la otra. Y con el paso del tiempo, apenas recordaba a la persona tras la máscara, mientras vivía plácidamente la comedia que había elegido interpretar.
Era un día como otro cualquiera. El cansancio hacía que le pesaran las piernas y no se veía capaz de subir trece plantas. Entró en el ascensor. Nunca los usaba y todos creían que era por claustrofobia. Cuando lo que realmente le causaba incomodidad era tanto espejo.
No había nadie más en el cubículo cuando las puertas se cerraron. Miró al suelo, contemplando las puntas de sus zapatos. Cambiaba el peso de su cuerpo de un pie a otro, con nerviosismo. Pasaron los segundos. Alzó la vista para mirar lo que faltaba y por un instante, el espejo le devolvió el reflejo de sus ojos. No fue necesario más. La persona oculta tras la máscara, la que a veces aparecía en ese espacio entre el sueño y la vigilia y a la que ahuyentaba como a un fantasma, estaba ahí.
Alzó la cabeza y le devolvió la mirada. El personaje, el que causaba envidia porque tenía lo que otros deseaban, sonrió con seguridad, con una mirada de chulería desafiante. Veinte, treinta segundos...y el espejo le devolvió una mirada de decepción. ¡Estaba ahí!. Quiso apartar la mirada pero era como mirar al fuego o a un abismo. Peligrosamente atrayente.
La máscara que llevaba puesta desde hacía tanto tiempo, se iba cayendo ante sus ojos, arrancando girones de su propia piel. Haciendo que se enfrentara a lo que llevaba tanto tiempo ocultando.
No podía soportarlo. Dolía y como el animal que atrapado en el cepo roe su propia pata para huir, actuó. Cerró los puños, tensó el brazo y descargó todo ese dolor convertido en rabia contra el espejo.
*Crank*.
El dolor subió desde sus nudillos hasta el hombro, como una descarga eléctrica. Esquirlas de cristal rasgaron su piel, clavándose en su carne, llenando el dorso de su mano de sangre. Pero el dolor seguía, no cesaba. Volvió a golpear. Con rabia. Una vez tras otra, y otra y otra...
*Cling*
Las puertas del ascensor se abrieron. Una mujer gritó de pavor ante una escena más propia de una película gore que de un respetable edificio de oficinas.
Ante ella, una figura, encogida, sollozando, sentada en un suelo cubierto de cristales. Cubierta de sangre, que manaba de las heridas de sus manos y brazos, cubriéndose el rostro.
Nadie se explicaba como alguien de su posición, con una vida feliz y envidiable, había reaccionado así.
Será cosa de la claustrofobia dijeron...
Escrito por Silvia a las 12:02 1 comentarios
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- N. me ha dado recuerdos para ti. Es raro esto de hacer de mensajero entre dos de tus amantes.
- Ah, vale, gracias. Devuélveselos cuando la veas. ¿Y qué se cuenta?
- Le han ofrecido hacerse puta de lujo y se está pensando aceptar.
...
- ¡Qué callada! ¿Te parece mal?
- No, no, para nada. Es su decisión y mi trato con ella no va a cambiar. Sólo me estoy preguntando como te ofrecen ser puta de lujo. No sé, pero de repente te salta eso algún amigo o rollete y es muy probable que le cruces la cara de un guantazo.
- Pues la verdad es que no lo sé, pero me dijo que empezaría trabajando seis horas en todo el fin de semana y ganando cuatrocientos euros la hora. Clientes de confianza.
- ¡Jo-der!
- Y que ser yo quien soy, no me cobraría.
- Todo un detalle, jajaja. La verdad es que es muy agradable y tiene un cuerpazo. De hecho, comparándome con ella, nunca entendí que es lo que ves en mí. Porque lo de cuerpazo en mi caso hace referencia al tamaño....
- Ella tiene un cuerpazo, es verdad. Es un encanto y le gusta mucho el sexo. De hecho, para mí que es ninfómana.
- Pues si además de por el dinero, se mete a puta por follar, puede que haya veces que tenga que tragarse lo que no le gusta. Supongo que lo habrá meditado bien...
- No lo sé, eso es asunto suyo. Folla bien, pero le falta algo: calor. O quizás no sepa transmitirlo. Parece todo demasiado mecánico. Y en cambio, tú, además de saber, lo transmites.
- Gracias. Será a mí que me sobran calorías...
- No seas tonta. ¿Crees que si no quisiera estar contigo estaría aquí ahora mismo? ¿Sabes que un día me dijo que le gustaban tus tetas? A mí también, ¿eh?
- Me gusta que os gusten.... Después de echar un polvo, ¿le sueles hablar a tus amantes de las otras?
- No, sólo con vosotras dos. Sóis mis amigas, tenéis la mentalidad más abierta, hay confianza y estamos relajados.
- Sabes que soy especialista en conversación raras, pero ésta está subiendo puestos en el escalafón a pasos agigantados. Estamos hablando de una de tus amantes, que me da recuerdos, que se va a meter a puta y a la que le gustan mis tetas.
- Bah, no es para tanto, recuerda otras conversaciones. Yo creo que tiene curiosidad por montárselo contigo y conmigo.
- ¿Curiosidad? ¿Sólo porque le gustan mis tetas?
- Porque no acaba de entender como ella, que tiene mejor cuerpo y también folla bien, no es la que está ahora en la cama conmigo.
- No creo...
- Anda dejemos de hablar de ella, que ahora quiero calorcito y darle envidia la próxima vez que nos veamos.
- No, seas tontorrón. No,no. Cosquillas no...
Escrito por Silvia a las 17:29 2 comentarios
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Esta mañana mientras desayunaba antes de ir a la oficina, he oído comentar: ¿A qué no sabes una cosa? Se ha muerto el Lucky.
Mentiría si dijera que le he dado importancia. En ese momento, sólo ha sido la captación de un estimulo externo antes de volver a mi periódico y a mi té. El resto del día ni me he acordado de lo que oí, preocupada por hacer el trabajo en la oficina y armarme de paciencia ante algunas chorradas y no tan chorradas.
Seguramente no estaría escribiendo sobre ello si no me hubiera despertado una inoportuna llamada al móvil. Como no podía recuperar el sueño, he encendido la televisión y en uno de los canales musicales sonaba el Under the bridge de Red Hot Chilli Peppers. Y entonces he recordado lo que oí. Por puñetera casualidad.
Nunca traté con él. Si le veía pasar, lo ignoraba. Me gustaría decir de mí que soy mejor persona, que alguna vez traté de preocuparme de él, de involucrarme. Pero no es cierto.
Sé que era de la edad de mi hermana pequeña: veintinueve años. Aunque aparentaba cincuenta. No abultaba gran cosa y andaba algo encogido. Hubo un tiempo que cojeaba, quizás de un pico mal puesto, aunque no estoy segura de que se metiera caballo. Iba con un pantalón de chándal azul cubierto de lamparones, una chaqueta que en origen debió de ser blanca y que como el pantalón, le quedaba varias tallas grandes; unas gafas enormes para una cara tan escurría y que tenían una grieta en un cristal y su lata o su litrona de Mahou. Nunca se metía con nadie. Bueno, miento, sólo con otro compañero de borracheras, grandote, con una prominente barriga. Hacían una extraña pareja que siempre discutían por la litrona o por tabaco.
No sé si se tenía algún piso dónde dormir, aunque apuesto a que muchos días se quedaría tirado en el parque, durmiendo la cogorza. Por no saber, no sé ni de que ha muerto.
Seguramente, si no hubiera oído la canción, escuchando la letra, no me estaría haciendo estas preguntas y hubiera pasado. Una tragedia sin nombre de las que suceden todos los días, en las que no nos fijamos porque todos tenemos bastante con nuestras neuras.
No es tristeza lo que siento, sino más bien pesadumbre. Y temor a poder estar un día en esa situación de soledad en la que le importas bastante poco, por no decir nada, a los que te rodean y en la que nadie se molesta en mirar debajo de un puente. O en un rincón del parque.
Escrito por Silvia a las 23:17 1 comentarios
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