jueves, 3 de febrero de 2011

De madrugada

Iba en el autobús, pensando. En todo y en nada, pues no se detenía lo suficiente en un pensamiento para desarrollarlo. Apoyó la mano enguantada en el cristal y limpió el vaho para mirar al exterior.


Madrid se despertaba. A su derecha, los tonos rojizos y anaranjados del amanecer iban extendiéndose por la ciudad, arrancando la noche a jirones. A su izquierda, aún quedaba parte de la ciudad dormida, sumida en la sombra. No supo el motivo, pero sintió el deseo irrefrenable de que en esa ocasión, en ese preciso instante, no ganase la luz. Estéticamente, era mucho más bello el lado derecho de la ciudad, con ese crisol de colores, esa luminosidad. Pero al otro lado, en esa oscuridad, se sentía acogido.

Pulsó el botón de solicitar parada. No era la suya, pero daba igual. De un salto, bajó del autobús y se encendió un cigarro. No sabía dónde estaba ni que hacía allí. Su comportamiento era ilógico, pero sentía que había hecho lo correcto y que tenía que caminar alejándose del amanecer, como si algo le llamase a huir de la luz del sol. Ni que fuera un vampiro pensó mientras caminaba hacia la parte de la ciudad que seguía sumida en las sombras.
Aceleró el paso al ver como su sombra se alargaba. El sol se iba acercando y no quería que le alcanzase ni sentir su calor. Mierda. Cada vez estaba más cerca. Tiró su maletín al suelo y comenzó a correr. Una zancada. Y otra. Tenía que huir, esconderse en las sombras. Era ilógico, pero tenía que hacerlo.
Cualquiera que le hubiese visto, le habría tomado por un loco. Un tipo vestido de traje, corriendo desbocado por la calle, lanzando miradas furtivas a su espalda. Pero no se cruzó con nadie en su frenética huida y siguió corriendo, huyendo de la luz y del calor del sol.
Su corazón bombeaba sangre cada vez más y más rápido, los músculos se tensaban y destensaban una y otra vez. Hasta que, de repente, tal y como había empezado, acabó todo. Una milésima de segundo antes de desplomarse en el suelo, se dio cuenta de lo absurdo que había sido todo.
Poco a poco, la luz invadió la calle mientras las sombras se ocultaban allá dónde se oculten durante el día. El calor del sol convertía en gotas de agua la escarcha sobre los parabrisas de los coches y templaba algo el cuerpo que yacía en el suelo y que comenzaba a enfriarse.

- Anda, ¡qué curioso!
- ¿Qué es curioso, cariño?
- Lo que pone en el periódico. La noticia del tío éste que ha muerto de infarto. La semana pasada hubo otra noticia de un infarto en la misma zona y a la misma hora. Me llamó la atención porque paso cerca de allí en el autobús todas las mañanas y hace un mes, se veían luces de ambulancia cercanas. Otro infarto según nos contó el conductor del autobús. Tres en menos de un mes y sobre la misma hora.
- Coño, pues si es casualidad tanto infarto seguido y de madrugada. A ver si va a haber una maldición en esa zona. Un vampiro... - ironizó él.
- Anda, no digas tonterías y vámonos a la cama. Que te voy a enseñar yo lo que es un vampiro...

(Continuará o no)



4 comentarios:

Fran dijo...

Qué extraño es, pero no me disgusta.
¿Continuará? Te recuerdo que me debes un final de historia.

Turulato dijo...

Está completo. Buen cuento corto.

Kalia dijo...

Me suena lo que cuentas. ¿Lo he soñado? No, no ha sido un sueño.

Anónimo dijo...

Me recuerda las novelas de Lovecraft, que siempre me inquietaban mucho ....