domingo, 27 de junio de 2010

La batalla por el mando

Una tonta, aunque divertida discusión. Y de ahí, a una apuesta en la que el ganador lograría el control del mando. ¡Malditos tuercebotas del Madrid!. ¿Quién le mandaría a ella...?. ¡¡Si es que no escarmentaba!!. Años atrás, el pasar una noche sola en un cementerio. Y ahora, esto.

Iba a tener que replantearse sus aficiones...

Durante días había recurrido a toda clase de argucias femeninas para convencerle de que eligiera otro día. Cuando éstas no funcionaron recurrió a las amenazas veladas, y no tan veladas,; a la negociación y por último, a la súplica directa. Nada. Él se había mostrado inasequible a sus peticiones, con esa expresión algo gamberra, que lo hacía irresistible.
Nunca había imaginado que una batalla por el mando podría ser tan divertida...había dicho.

Así que ahí estaban, en la boda de una prima segunda, de esas a las que se asiste por compromiso. En otras circunstancias, habría aprovechado cualquier excusa para estar a varios cientos de kilómetros de ese salón de bodas y más con la papeleta que tenía encima. Pero era la presentación "oficial" ante la familia de su chico y habían confirmado su asistencia días antes de la apuesta.

No le gustaban esas celebraciones y más cuando en esta ocasión, iba a compartir protagonismo con la novia: ambas iban a ser examinadas y juzgadas por cada una de sus acciones y omisiones. Aunque con la novia serían más benevolentes y esperarían para desollarla cuando vieran las fotos de la boda y pasaran un par de días.
Fíjate Fulanita, que detalle más malo el de sentarnos lejos de su mesa porque bla,bla,bla...

Ya había pasado la primera ronda de reconocimiento en la iglesia y ahora, mientras esperaba la siguiente ronda de exámenes y los postres, charlaba con unas primas de su chico. Con las que tenía en común que todas pertenecían a la misma especie, algo que pasado un rato, comenzaba a dudar.
Mientras mostraba un fingido interés en una conversación banal sobre trapitos, no dejaba de lanzar miradas furtivas a su chico. No sabía cuando iba a cobrarse el premio y esa espera, aunque desquiciante, tenía que reconocer que era tremendamente excitante. Como cuando alguna vez había estado con los ojos vendados mientras él...
Para el carro que no es momento de pensar en según que cosas y menos con la que te va a caer cuando menos te lo esperes se dijo.
Respiró hondo, dejando expulsar el aire en un suspiro, apenas audible. Se fijó en su chico. Permanecía de pie, a un par de metros suyo, hablando con uno de sus primos. El gesto relajado, con esa media sonrisa que la cautivó la primera vez que la vió. Se giró hacia ella, le guiñó un ojo y le dedicó una de sus sonrisas. Se lo comería a besos.

Mientras disimulaba la cara de hastío que le causaba la conversación, pasaban los minutos. Estaba planteándose el cortarse las venas con el cuchillo del postre, si volvía a oír hablar, por quinta vez, de las botas
monísimas que se había comprado una de ellas. Aunque lo de emular a Jack el destripador iba ganando enteros en su cabeza.

Cuando pensaba que nada podía ser peor que ese momento, se dió cuenta de lo equivocada que estaba. Ella se acercó a su mesa y se sentó a su lado. Ella no era otra que una de las tías de su chico. Su carácter envidioso e hipócrita le recordaba tanto al de un miembro de su propia familia, que nada más conocerla, sintió rechazo hacia ella. Pero hoy no le tocaba otra que sufrirla, para convertirse, estaba segura, en víctima de sus maledicencias.

- Bueno, ¿y qué? ¿Vosotros cuándo váis a casaros? Porque ya va siendo hora, que estáis viviendo en pecado...

No era la pregunta en sí lo que le había molestado, sino ese tono impertinente que había empleado al formularla. Respetaba que fuera una persona creyente. Su propia abuela lo era y mucho. Lo que no entendía era esa manía de tratar de imponer sus creencias a otros. Se sintió tentada a responderle con un "Esta mañana hemos pecado dos veces y nos hubiéramos quedado en el hotel dándole a lo de pecar todo el día, pero teníamos que venir a aguantarte" o algo parecido. Pero se contuvo y se limitó a sonreír, rezando por no perder la paciencia.

- Mi sobrino ha sido siempre un chico muy formal. Fíjate que se iba a haber casado con María, su novia de toda la vida, de una familia de aquí del pueblo, pero rompieron y perdió el rumbo. Ahora que estáis saliendo, tenéis que casaros y tener niños pronto y que siente la cabeza. Aprovechad hoy que está el padre Ángel por aquí y que os dé cita en la iglesia del pueblo para casaros.

El resto de mujeres se unió a la conversación y entre todas, hablaban de como tendrían que organizar sus vidas. Una gamba. Seguro que una gamba era la responsable de todo eso. Se había muerto sin darse cuenta y había llegado a su peculiar infierno.

Empezó a notar un ligero movimiento entre sus muslos. Su primer pensamiento fue ¡Lo mato!. Mientras los colores subían a sus mejillas, miraba alarmada de un lado a otro por si se podía oír el ruido. Nadie parecía haber notado nada, quizás porque estaban demasiado entusiasmadas escuchando su parloteo. Buscó con la mirada a su chico. Ahí seguía, charlando con su primo. Sólo que esta vez, con la mano en el bolsillo, cobrándose su premio.
La sensación de cosquilleo iba en aumento. Era suavemente agradable y notaba como iba subiendo por su espalda, a lo largo de la columna vertebral. Se acomodó relajada en su asiento, fingiendo interés por lo que la decían, pero disfrutando de lo que sentía en ese momento, con una sonrisa en la cara. Sonrisa que Ella interpretó como aquiescencia con sus palabras.

- Mira, voy a buscar a mi sobrino y al padre Ángel y habláis. Que de una boda sale otra boda.

Antes de que pudiera reaccionar, vio como se levantaba y se dirigía hacia su chico, con el que cruzó unas palabras antes de alejarse en busca del sacerdote. Él se giró hacia ella, sonriendo como el gato que se va a comer al canario. No, no sería capaz... Pero su mirada gamberra le indicaba lo contrario. Y el aumento en la intensidad del cosquilleo entre sus piernas se lo confirmó. Cruzó las piernas en un acto reflejo, tratando de pensar en otras cosas y no en lo placentero del cosquilleo ni en la mirada que su chico le estaba dirigiendo en esos momentos.

Ella, el sacerdote (que al verle el día anterior con la sotana y la boina le recordó a uno de los curas de las películas de Berlanga) y su chico se acercaron a la mesa. Él la besó en el cuello, algo que sabía que le encantaba y se colocó tras de ella. Su mano libre acariciaba su nuca, el hueco de detrás de las orejas, su cuello. Estaba tan cerca, que se impregnaba del olor de su piel. Él estaba decidido a no darla cuartel y empleaba todas sus armas para derrotarla.

Miraba a sus interlocutores sin verlos, sin escuchar ni una sola palabra de lo que estaban hablando. Notaba como le bajaban gotas de sudor por la espalda y como no era la única parte de su anatomía que se humedecía. Cruzó su brazo, tapándose el pecho para que ciertas marcas bajo la tela no delataran lo que estaba sucediendo. Sentía que su respiración se iba acelerando, al tiempo que aumentaba la intensidad del cosquilleo y las caricias de su chico. Cruzó con más fuerza las piernas, intentando controlar lo que sentía, como si con eso pudiera detener esa sensación enervante y placentera al tiempo. Con disimulo, mordía su nudillo intentando disimular su respiración, temerosa de que se le pudiera escapar algún suspiro o gemido.

- Hija, ¿te encuentras bien? Te estás poniendo colorada, tienes la respiración agitada y pareces algo febril.
- E-e-esto creo que me han sentado algo mal las gambas.
- Bueno, ya hablaremos más tarde. Pilar, vamos, dejemos a la pareja tranquila, que ella parece pachucha. Tú, zagal, cuida a tu novia.
- Si, voy a salir con ella fuera, a que le dé un poco el aire - Él le retiró la silla y le ayudó a levantarse. - Cariño, vamos afuera a ver si se te pasa el sofoco. ¡Dichosas gambas!

Ella se fijó en la expresión de su chico. ¡¡Cómo lo estaba disfrutando!! Amparándola por la cintura, con la mano sobre su vientre, se dirigieron hacia la salida.

- Eres un cabrito. Ahí, frente al cura y tu tía.

Él sonrió como única respuesta. Gamberro. ¡P'á comérselo! Al pasar frente a los servicios, ella se detuvo un momento, mirando a su alrededor. Nadie.

- Sabes, cariño, tu tía tiene razón. Creo que tendríamos que tener un niño - la sonrisa de él se congeló en su cara, mirándola con absoluto asombro.

Ella le cogió por la corbata, abrió la puerta del servicio de mujeres y le empujó hacia dentro, cerrando la puerta tras de sí

- Creo que tendremos que empezar por ensayarlos...

4 comentarios:

Fran dijo...

Estás lanzada. Otro borrador terminado, de los que llevaba año y pico durmiendo.
Me gusta. Tiene un punto divertido y tierno a la vez y quizás sea entretenido comprarse un aparato de esos.
Lo que no me gusta tanto es la hora a la que escribes. Tienes que descansar.

Turulato dijo...

Alegre. Le he puesto caras al relato.. Interesante.

Silvia dijo...

Fran, aprovechando que estoy reorganizando mi existencia física, estoy haciendo lo mismo con otras cosas, como los borradores. También meteré mano a mis relaciones con otros, pero eso cuesta más.
Doy fe de que el aparato ese es muy divertido si se emplea con un poco de picaresca y con ganas de disfrutar ambos.
Lo del insomnio pasará. Siempre pasa. Es sólo estrés.

Kalia dijo...

Una inocente pregunta de semántica: ¿Mando es el que manda o mando es el artilugio que a posee la capacidad de la acción a distancia? Pregunta retórica, claro.

Buena historia.