jueves, 22 de marzo de 2012

Observando

A mí no se me dan bien estas cosas ni sé tanto como Turulato pero se me invitó en Caralibro a hacerlo (perdón por la demora, pero los exámenes y demás complicaciones existenciales no me han permitido hacerlo antes). Y quien no se arriesga, no aprende ni disfruta.


El cuadro forma parte de una lista muy larga, y que no deja de crecer, de mis favoritos del Prado.
La primera vez que lo vi en persona, me impresionaron sus dimensiones. Es enorme (6x4 metros) y la mirada se ve inevitablemente atraída por el vértice que forman la figura de Torrijos, con su levita marrón; con Francisco Fernández Golfín (a la derecha, al que están vendando los ojos) y con Manuel Flores Calderón, a la izquierda con levita gris.

Yo creo que para que los cuadros te cuenten cosas y te hagan preguntarte otras, además de cierta receptividad a escucharlas, se agradece el silencio y la soledad y eso se logra en el Prado, normalmente, a primera hora de la mañana. Te sientas en uno de los bancos y a escuchar/disfrutar. Y eso es lo que he hecho.

Hace frío, de ese húmedo que se te mete hasta el tuétano. Es temprano, el sol permanece oculto tras las nubes y y sopla una brisa invernal que riza con espuma las olas del mar. Definitivamente, es un día triste y no sólo por lo que está a punto de suceder. Las figuras centrales me atraen, pero decido dejarlas para el final y fijarme en otros detalles.

Una de las primeras cosas que me llaman la atención es la ausencia de curiosos. ¿Dónde están? Sólo se ve a los soldados que van a fusilar a los reos, a éstos y a los frailes que les asisten. ¿No hay ni una madre que llore en silencio a su hijo? ¿Una esposa? ¿Unos hijos? Mientras busco entre las cabezas de los soldados un rostro apenado, me llaman la atención los frailes de la derecha. Cabezas gachas, miradas huidizas... me soliviantan. ¿Se avergonzarán de ser cómplices de esta ignominia? ¿Alguno alzará la voz para impedirlo o se callarán como put...?
¿Y los soldados? La mirada del que está junto al oficial me hace preguntarme sobre lo que está pensando. Seguro que no quería estar ahí en ese momento, quizás hasta simpatice con Torrijos, pero le tocó.

Bajo la vista y esa chistera, junto al cadáver del que sólo se ve la mano izquierda, despierta mi imaginación. Salvo el hombre de la barretina, todos los demás reos van con la cabeza descubierta. ¿Quién sería el hombre de la chistera? No acabo de concebir a ninguno de los pasajeros o tripulantes del Virginia, con una chistera sobre la cubierta del barco, así que me inclino a pensar en que era alguna de sus colaboradores que le esperaba en tierra, quizás un comerciante burgués o un maestro y que huyó con ellos hasta la alquería de Alhaurín. Con el eco de las últimas balas silbando, se levanta del suelo, estira las arrugas de la levita, limpia algo de polvo su chistera y sale tras Torrijos y los suyos. O en la cárcel, tras una larga noche de miedos y cavilaciones, cuando le vienen a buscar para matarlo, se abrocha los botones del chaleco para protegerse del frío, se cala la chistera y sale con dignidad. ¿Se preguntaría si todo mereció la pena? ¿Recordaría a todos a los que amó? Esa historia que imagino del hombre de la chistera (y otras tantas leídas o presenciadas), la de la dignidad frente a la ignominia y la adversidad, inspiró este relato.

Continúo paseando mi mirada por la playa de San Andrés hasta el grupo de cuatro reos recién fusilados. Del hombre del fajín rojo no se ve el rostro, pero los otros son bastante serenos, sin muecas de horror, como sería de esperar, en ellos dibujadas.
Quizás la caída tras el disparo ha hecho que se le cayera el vendaje al hombre joven de la derecha. Sus dedos se han quedado engarfiados, rígidos, pero su boca entreabierta en un último suspiro y su pierna derecha, así doblada... parece como si pudiera incorporarse en cualquier momento.
El hombre más mayor de la izquierda, parece dormir, apoyado sobre la cadera del hombre del fajín y polainas de cuero tan ricamente labradas (parece que aunque humilde, tenía posibles), que está girado ante otro de los enigmas que me llaman la atención, el cuarto hombre.
¿Quién era esa hombre? ¿Qué le hace distinto? No lleva ropas demasiado humildes ni ostentosas, no ocupa una figura preminente pero no es como el resto de los reos comunes. ¿Qué porque lo digo? Porque no está maniatado (salvo el hombre de la chistera, todos lo están), pues en un gesto último de dolor, ha llevado su mano izquierda al pecho por dónde ha entrado la bala que le ha sesgado la vida. ¿Sería uno de esos curiosos a los que echo en falta al que han capturado?

Aún preguntándome quién será el hombre misterioso, me fijo en el grupo de figuras principal. Hay campesinos, marineros, militares, algún hombre de negocios, políticos... Hombres de toda clase y condición juntos esperando el mismo destino. Y en cada rostro, en cada gesto, distintas maneras de afrontar su próxima muerte.
Me gusta el gesto desafiante del campesino del fajín bermellón. Porque estoy atado, que si no, tiraba de mi siete muelles y me cobraba las tripas de alguno antes de ir a ver a San Pedro.
O la mirada perdida en el horizonte de su compañero de pañuelo rojo al cuello. Y ese gesto tierno entre los dos amigos que se abrazan despidiéndose (¡Qué grande es abrazar y que te abracen!).
O la mirada medio displicente medio resignada del campesino de la barretina. Francisco de Borja Pardío, que fuera comisario de guerra, tiene la mirada gacha y está sumido en sus pensamientos. También con la cabeza gacha, mirando a los recién fusilados, está el rubio, el inglés Robert Boyd. No sé si por beneficiar los intereses de su país o porque era un idealista convencido de su lucha contra la tiranía (por lo que me inclino), pero financió a Torrijos y los suyos. Y ahí está, esperando a que le den un tiro. A su lado, el coronel López Pinto alza sus ojos al cielo en muda oración.

Mientras pienso en los rostros de esos hombres, en sus emociones...llego ya al trío principal, al que se desvían las miradas en un primer vistazo.

A la derecha, con su levita negra, está el más anciano de los tres hombres, Fernández Golfín, al que le están vendando los ojos. Los labios apretados, el puño izquierdo cerrado en un gesto de impotencia, erguido... Si tuviera que definirlo con una palabra, esta sería dignidad.
A su lado, el personaje principal: Torrijos. El ceño fruncido, la mirada perdida...Pesadumbre. Derrota y desesperanza. Pienso inmediatamente en una conversación que tuve hace tiempo sobre la estatua de Perseo que está en la Loggia dei Lanzi. Los vencedores sin retorno. Sólo que Torrijos no ha vencido (ni convencido, viendo lo que me rodea).
Pero quién más atrae mi atención no es Torrijos ni Fernández Golfín, sino Flores Calderón.
Parece que me mira fijamente y me cuesta mantener esa mirada dura. Pero no por temor, sino por vergüenza.

¿Qué, hermosa, y tú que vas a hacer? ¿Te vas a quedar ahí mirando sin hacer nada mientras los de siempre nos hunden en la miseria? Coño, a nosotros nos van a matar. Al menos haced algo para que estas muertes no sean un desperdicio inútil.


En mi cabeza, inicio una especie de mudo diálogo en el que respondo a sus preguntas. Aunque más que preguntas, siento que son alaridos de alguien herido. Pero todo me suena a excusas y justificaciones y me siento pequeñita ante esos hombres que lucharon y murieron junto por ese ideal de una España mejor.

Esa aparente severidad en su porte, en su mirada, que puede echar un poco para atrás, se diluye en cuánto veo el gesto cariñoso hacia Torrijos. Fernández Golfín y Torrijos se dan la mano (supongo que para no sentirse solos ante tan duro trance) pero Flores Calderón, con la mano cubriendo la de Torrijos, casi en un gesto que diría maternal, intenta acoger y proteger a su compañero. Me encantan esos gestos pequeños, que suelen pasar inadvertidos para la mayoría. Quizás trate de darle consuelo ante la traición que les ha llevado hasta allí o quizás, hacerle ver que está ahí, para morir a su lado, después de tantos años compartiendo el pan juntos. Lealtad.

Durante un buen rato, contemplo en silencio el cuadro y me pierdo en mis pensamientos y recuerdos. Supongo que para algunas personas, el cuadro sólo será bonito o feo, o le gustará si se parece más o menos a la realidad o si está mejor o peor realizado técnicamente.
Para mí, ya sea este cuadro, una estatua u otro estímulo (como lo puede ser un paisaje natural); implica una forma de iniciar diálogos y de intentar responderme o plantearme preguntas de esas que todos tenemos. Y de soñar con los ojos abiertos.

sábado, 17 de marzo de 2012

Insomnio por el japonés (otra vez)

Me duermo casi sin darme cuenta pero un par de horas después, me despierto con dolor de cabeza. Hoy, como novedad de la semana, llorando. ¿Cuánto hacía que no lloraba? Desde la última crisis del japonés. ¡Cómo odio no ser yo quién controle lo que me afecta o no hasta el punto de hacerme llorar! Pero nuestra "alma" sólo es una combinación de sustancias químicas y las mías están a por uvas.

Durante un buen rato, me quedo en la cama inmóvil para ver si logro volver a dormirme, pero nada. Así que cojo el móvil y trasteo un rato por internet. Un error. No porque no vaya a volver a dormirme, sino porque no debería leer ciertas cosas sabiendo que estoy con el japo a tope y que seguramente no sea objetiva. Duele hasta las lágrimas ver la poca valoración que le dan a tu trabajo o el poco aprecio que demuestran aquellos a quién quieres.
Una parte de mí se siente tentada a contestar con una bordería o intentar aclararlo con palabras, pero ninguno de los dos métodos va a hacer que me sienta mejor, sólo sería un alivio efímero.

Así que entran unas ganas enormes de ir a la cocina a por el bote de Nocilla de mis sobrinos y calmar la ansiedad y la tristeza con eso. No lo hago.
No por falta de ganas ni por el temor a vomitar, sino porque no voy a lograr calmar la ansiedad más que sólo unos momentos y por la mañana, le añadiría la culpabilidad causada por haber hecho lo que no debo.

Miro el techo y lloro. Digo yo que cuando la medicación haga su efecto y pase la crisis, pararé de llorar. O no. Tampoco es algo que me quite el sueño. ¡Ah, no! Que sí, que sí que lo hace. Me río quedo ante el pensamiento (es lo que tienen estas crisis, que pasas de María Magdalena a descojonarte por cualquier tontería).

Sigo dándole vueltas a las palabras que he leído en internet y me siento cada vez más tentada a mandar un mensaje y decir lo que me ha dolido. Pero, ¿para qué? No voy a dejar de sentir el dolor y dudo mucho de que vaya a cambiar la situación. Además, ahora no me siento capacitada para evaluar si es o no una percepción errónea por el japonés y antes de meter la pata con alguien a quién quiero, prefiero callarme.

En fin, que cansada de mirar al techo (y llorar) y comerme la cabeza (y llorar), me enchufo una pastilla a deshoras y mientras espero a que me haga efecto, cojo un juego tonto del móvil para ver si así no pienso en nada.

viernes, 16 de marzo de 2012

A veces no nos damos cuenta del daño que hacemos a otros...

El otro día estuve charlando con un amigo, a raíz de la separación de un conocido común, sobre los traumas infantiles. Esta separación no está siendo fácil pues una de las partes se dedica a hacer la vida imposible a la otra, aún a costa y sabiéndolo, que está haciendo muchísimo daño a sus hijos.

Yo hice un comentario de que "Lo mejor que les puede pasar a esos niños es que esa parte desaparezca de sus vidas para siempre. Muerto el perro, se acabó la rabia". Y me llevé un ¡Pero qué cafre eres!. Pues sí, suena cruel, pero sigo pensando que es lo mejor.

Porque duele más que alguien que supuestamente te tiene que querer, no lo haga que el dolor de una pérdida. Sí, claro que marca perder a alguien a quién quieres, alguien tan importante como un progenitor, pero solemos tender, y más si no hemos compartido mucho con esa persona, a idealizarla en nuestro recuerdo.
Pero lo otro, reconcome. Porque nos han enseñado que nuestros padres, nuestra familia (y más tarde, nuestros amigos, nuestra pareja) nos tienen que querer y preocuparse por nosotros y que eso es lo correcto.
Cuando percibes que eso no sucede, te desgarra por dentro y piensas que la persona responsable eres tú. Si mi mamá/papá no me quiere y se porta así conmigo, es porque hay algo malo en mí. Y si no tienes a nadie que te diga y te demuestre lo contrario, tu autoestima, tu confianza en ti y en otros, se va a resentir para siempre. Por mucho que te esfuerces en que eso cambie.

Siempre he sabido, y ahora más que convivo con tres niños pequeños, que hay que tener muchísimo cuidado con los niños pequeños pues son como esponjas que absorben todo, pero sin ningún filtro y podemos marcar su futuro y amargarles la existencia con nuestras acciones y omisiones.

jueves, 15 de marzo de 2012

Charlando

Quería charlar contigo, como en esas tardes en el Pandora, contemplando atardeceres o en aquel otro café que está cerca del Congreso, con tu zumo de naranja, que acabábamos bebiendo a pachas y mi cola cao humeante sobre la mesa de mármol; mientras entre silencios y risas cómplices, nos hablábamos de lo menudo y de lo grande o simplemente, nos perdíamos el uno en los ojos del otro. Pero no es posible.
Así que quizás por eso, porque este es mi pequeño café, como los que nos gustaban, charlo por aquí.

Hoy escuché, por casualidad, aquella canción. Supongo que el cd acabaría en una bolsa de basura negra cuando todo pasó. No recuerdo haberlo recogido, aunque tampoco recuerdo mucho de esos días de niebla opresiva. Hubiera sido una extra perfecta para cualquier película de zombies.

Ahora no hay niebla. De hecho, brilla el sol, pero no uno de esos achicharrantes, sino del que reconforta y templa y que juega al escondite entre las nubes. Otros días, llueve mansamente para limpiar todo. Hasta he visto un arco iris y he vuelto a soñar al verlo. No sé, creo que ha pasado el tiempo de las tormentas, aunque nunca se sabe.

Y no sé si será por el japonés ese que vive en mi cuello o porque ya sabes como soy, pero a veces siento que una parte de mí traiciona tu memoria al haber llegado a este punto. Al poco, te oigo en mi cabeza diciendo uno de tus ¡¡Paparruchas!! mientras sonríes burlón. Sé que tienes razón, pero me acongoja la idea de que si te relego al olvido, no sigas viviendo.

El otro día dije que no sería nunca buena compañera. Si me llegas a escuchar me regañas y si te pones mano a mano con Roberto, con el que sé que te habrías llevado estupendamente, me habriáis puesto la cabeza como un bombo dándome argumentos convenciéndome de lo contrario. Y yo me habría callado, sabiendo que me equivoqué al decirlo, sonriendo al ver que mostráis más fe en mí que la que desmuestro yo en más de una ocasión. La verdad es que extraño esas regañiñas cariñosas, aunque escocieran.

Tengo muchas más cosas que contarte, pero por aquí, es imposible pues saltaría de una a otra sin sentido, aunque para nosotros lo tuviera y además, sé que las sabes.

Y prefiero compartir un ratito de silencio cómplice, después de esta charla contigo y conmigo misma.

lunes, 12 de marzo de 2012

Baile

- Me apetece bailar contigo.
- ¿Ahora? ¿Medio en pelotas?
- Sí, ahora mismo.
- Ahh, pillín, ya entiendo...¡Vale!
- No, no. No seas mal pensada. Quiero bailar contigo como se ha hecho toda la vida, como lo hacían nuestros padres y abuelos. Tú entre mis brazos, cogerte por la cintura, pegarnos, oler tu pelo, acariciarte.
- ¿Eh?
- No lo he hecho nunca y no sé si sabré, pero quiero hacerlo ahora.
- ¿No has bailado nunca pegao?
- No y éste es tan buen momento como otro para empezar... ¿Por qué sonríes?

- Porque nunca dejas de sorprenderme... En el Ipod que está conectado al altavoz hay una lista de reproducción que se llama íntimo. Cualquiera de sus canciones sirve...
- ¿Me perdonarás si te piso?
- Claro que sí, tonto. ¡Qué cosas tienes! Abrázame fuerte.
El amanecer les sorprendió meciéndose uno en brazos del otro.



Más petarda (y con más idas de olla)

Supongo que será porque ya peino canas (aunque aún no son muchas)o porque he pasado ya por algún cataclismo de esos que pensé que iba a mandar mi vida al garete y aquí sigo, dando guerra. El caso es que ya no me duelen ciertas cosas que antes me abrían en canal y aún me cuesta reconocerme así.

Sentir fuera de tu vida a alguien a quién quieres y al que ya no sientes que le importas (si es que alguna vez fue así) era una de esas cosas. Seguramente, antes, habría hecho lo imposible por cambiar eso y que volvieran a quererme, para paliar esa sensación de desamparo un poco infantil y que regresara la seguridad. Ahora...pues va a ser que no.
Puede que a su manera, me quiera. Pero yo no quiero que me quieran así, ya no me conformo con ello. Amigos de risas y cañas, se consiguen fácilmente sacando a pasear la cartera en el momento adecuado o poniéndoselo fácil sin llevar la contraria; quiénes están ahí cuando te muestras como la petarda que realmente eres, es más complicado.
Hubo un tiempo en que pensé que éramos compañeros. Los que comparten el pan. Pero si me fijo ahora, con la perspectiva que da el tiempo, no hay compañerismo en que sólo sea mi pan el que se comparte. No pretende ser un reproche y en las mismas circunstancias que se dieron en su momento, actuaría igual. Simplemente, que así lo siento y percibo ahora, pues ya no soy la misma. O quizás si, pero más petarda aún si cabe.

En ocasiones, siento que estoy inmóvil y no avanzo nada, que desde que salí del hospital, sólo suelto lastre y corto cabos. Y al mismo tiempo, siento que no paro de bullir, que afianzo y construyo hacia dentro y que en pocas etapas anteriores de mi vida, había avanzado tanto y con tanta serenidad.

domingo, 26 de febrero de 2012

Divagando

Se llama...
¡Qué raro! Procuro siempre, si lo sé, referirme a las personas por su nombre, no por "el hijo de...", "el compañero tal..."; es como si fuera una forma de humanizarles, de acercarles un poco y que dejen de ser anónimos. Y en este caso...
Sí, sé su nombre. Y precisamente, lo que inspira esta divagación no es otra cosa que ¿humanizarle?, hacerle menos anónimo. Pero me puede el pudor, quizás porque voy a divulgar ciertas intimidades que puedan considerarse humillantes, aunque nada más lejos de mi intención, pues es de esas personas que, no sé muy bien porqué, me hacen decirme a mí misma "yo de mayor quiero comportarme/ser como ellos".

Así que pongamos que se llama Francisco, que es un nombre que me gusta. Es el compañero de habitación de mi padre en el hospital y tiene 86 años, aunque aparenta ser mucho más joven. Le cuesta mover el lado derecho del cuerpo, más que a mi padre, pues estuvo dos días con el ictus antes de que alguien se hiciera cargo de él y le llevara a un hospital.
Tiene unos ojos azules preciosos, aunque se muestran cansados y tristes. Creo que le agobia especialmente, pues se apaga aún más el brillo de sus ojos, el no saber cuando se va a poner bien para ir a cuidar a su mujer, que está inválida y no tiene a quién la cuide.
No sabe leer ni escribir como me confesó esta mañana cuando trajeron la nota para pedir el menú de mañana, así que se lo leí y le hice la comanda.
No es capaz de controlar sus esfínteres y se nota que se siente humillado al llevar un pañal. O al tener que mendigar con la mirada a sus familiares un poco de ayuda.
Porque le vienen a ver los que supongo son sus familiares. No lo sé, pues cuando llegan, mi padre y yo hacemos uso de nuestro poder de invisibilidad y no nos ven, porque ni saludan al entrar.
Creo que no les importa mucho lo que le pase a nuestro Francisco. Ni un gesto cariñoso, ni una palabra de ánimo. Cuando llega la hora de echarle un cable, nos hemos mostrado más solícitas mis hermanas, mi madre o yo, que ellos mismos. Ni siquiera le ayudan a comer cuando apenas puede coger la cuchara en condiciones. Si es que no se han ido antes.
A mí me fastidian esas actitudes y como siempre, me pregunto si esa persona a la que tratan así, habrá sido tan cabrona o serán los otros los cabrones como para tratarla así.

¿Por qué he escrito esto? Sinceramente, no lo sé. Al ver la espantá de sus familiares, me acordé del vecino de habitación de mi abuela. Y al leer el artículo de Turulato, no sé, sentí la necesidad de hacerlo.

Porque ese anciano que está aparcado en un rincón, tirado como un juguete viejo y roto, sin esperanzas, y puede que incluso sin el patrimonio de sus recuerdos, en algún momento fue alguien como yo. Con sus sueños, su esperanza, sus miedos y frustraciones... Una vida, algo milagroso, que se difuminará en el olvido.

jueves, 26 de enero de 2012

Tempus fugit

Llevaba mucho tiempo sin pasear por esa zona de Madrid. Las últimas veces que pasé por ahí, pasé en metro o bien, iba con prisas como para fijarme en el entorno.
Pero esta mañana, aprovechando que tenía tiempo y el sol invernal, he dado un paseo. No es una de mis zonas favoritas de Madrid, pero hace casi 20 años, y durante unos años, formó parte de mi día a día.
He comenzado el paseo frente al hospital en el que nací. Como comprenderán, no recuerdo mucho de aquellos días, pero siempre que paso por delante, me pregunto cuántas vidas como la mía habrán empezado entre aquellas paredes. O cuántas habrían finalizado entre ellas. ¡Qué de lágrimas perdidas en la lluvia cuando el tiempo pase!.

Después, siguiendo por la avenida, he pasado por delante de un hotel que, cuando yo lo conocí, era un salón de banquetes. Aquel día lo pasé mal y acabé llorando, lamentándome por la situación. Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, creo que fue un gran día a pesar de las lágrimas. Sirvió para que abriera los ojos ante una situación que me estaba haciendo tremendamente infeliz. Así que he sonreído y he seguido hasta la glorieta. Y aunque siguen los mismos edificios, me ha costado reconocerla.

El bar dónde iba muchos días a comerme un bocata delicioso, ahora es una entidad bancaria; no existe el kiosko de copia de llaves y ni el de flores que regentaba una señora mayor encantadora y sobre todo, no está el puente bajo el que vivía el hombre de los perros.
El hombre de los perros era un vagabundo que vivía entre cartones, debajo del puente. Siempre estaba rodeado por tres o cuatro perros macilentos pero impecablemente limpios. Era frecuente verle hablando sólo, con su pelo blanco al viento, su abrigo gris cubierto de mugre y los perros. Nunca pedía nada a nadie. Bueno, no es cierto. Un día, al verme salir del bar y ver que iba a tirar parte del bocata, me lo pidió para los perros.
¿Qué habrá sido de él y de los chuchos? Supongo que otras lágrimas más disueltas...

Al cruzar el semáforo, me asalta una gitana ofreciéndome la Farola.
Hace muchos años, en ese mismo lugar, yo solía comprar la Farola. Me parecía una buena ida, como una forma digna de ganarse la vida de la gente sin hogar que ahora se ha convertido en una forma más de mendicidad.
Siempre se lo compraba al mismo vendedor, Antonio, un hombre de unos cuarenta y muchos años, delgado y con bigote, que te saludaba educadamente y te deseaba un buen día siempre que te cruzabas con él. Alguna vez estuvimos charlando, echándonos un piti mientras esperaba el autobús que me llevaría a la facultad y me comentaba que estaba intentado ahorrar para volverse al pueblo, en Zamora, a currar en el campo. Espero que lo lograra y le fueran las cosas bien, que era un tipo majete que tomó decisiones equivocadas y tuvo mala suerte.

De vuelta a casa, recordando, he visto mi reflejo en el cristal del autobús. No sólo la glorieta ha cambiado, sino que yo lo he hecho y mucho.

Hoy creo que he sido más consciente que otros días, de lo mucho que ha pasado el tiempo.

Presentación

Anoche estuve en una presentación, por mi trabajo, de nuevos programas de Emiratos Árabes y Dubai. La presentación en sí, pues como todas, en las que ensalzan, ya que están ahí para vender, su producto.

He de decir que a mí no me convencieron mucho con esa clase de producto. Es que tanto oropel, tanta apariencia y tanta tontería, me dan grima. Cuando sacaron una imagen aérea del Ferrari World de Abu Dhabi me pareció una horterada mayúscula. Por no hablar del derroche de agua que se veía en todas partes. Pero ya cuando hablaron de un hotel boutique ¡¡con doscientas habitaciones y dieciseis restaurantes!! a mí se me salían los ojos de las órbitas. No soy capaz de concebir ni el trato ni la intimidad que le supongo yo a un hotel boutique (como el de cierto sueño frustrado) con tanta gente en esa mole. No sé, es como si el atelier de Dior lo pusieran en el Zara de Gran Vía, con música bakalao a todo trapo...

Después de la presentación, vino el cóctel en el que pude comprobar nuevamente que hay quién no come en casa cuando saben que van a ir a estos saraos. Como ahora yo los fritos, quesos y demás cosas grasientas que suelen poner en esta clase de eventos no los cato, me evito los placajes. Y cuando llegan los postres, como las riquísimas brochetas de fruta de ayer, puedo comer tranquilamente pues están todos empanzados con la grasaza.

La verdad es que los de Palestina no tendrán ni la mitad de recursos que los de ayer, pero me gustó mucho más su presentación. Más recogida e íntima, mostrándonos los valores culturales que ofrece su país. No sé, prefiero su autenticidad humilde que tanto decorado de cartón piedra (o de acero y cristal).

domingo, 22 de enero de 2012

Conversación

- ¿Qué tal te va con tu chica?
- Bien, ahora estoy intentando que me deje follarme a otras tías.
- ¿Qué? Pronto empiezas... No creo que te deje y lo sabes.
- Tú me dejabas.
- Yo nunca fui tu chica. Ni tú mi chico.
- Porque no quisiste.
- Y sabes los motivos. Además, llevaría mal eso de que quisieras follarte a otras pero porque básicamente no ibas a dejar que yo hiciera lo mismo.
- Bueno...sabes que si quisieras follarte a otras, yo me apunto.
- Golfo... pero ¿ves? ¿Por qué siempre que sugerís un trío no empezáis sugiriendo que seáis dos los hombres?
- Es que a mí no me gustan los hombres.
- Ya estamos. Ni a mí me ponen per se las mujeres. Pero es sencillo, si un trío no lleva connotaciones sentimentales que puedan dañar la relación de pareja y le causa placer a la persona a la que quieres, ¿por qué no? A mí me hace feliz ver como disfruta mi pareja. Pero bueno, supongo que vuestras reticencias son porque más que amor seguís viéndonos una posesión vuestra. Y luego somos nosotras las celosas y las posesivas...
- Mujer, soléis serlo.
- No más que vosotros, sólo que mostramos más abiertamente el miedo a perderos, de que dejéis de querernos si estáis con otras, nuestras inseguridades. Pero no creo que montar escenitas sea la forma de hacer que alguien quiera estar contigo. No se puede obligar a nadie a quererte y si quieres a alguien, ¿cómo puedes coartar su libertad?
- Tú no me vales como ejemplo de mujer típica. Quieres tener un harem.
- Ya empezamos. Simplemente voy creciendo y valorando otras cosas. Y no es un harem, que yo no quiero a gente que me esté contemplando, quiero un compañero al que querer y con el que crecer. Pero, ¿qué sucede si quiero a más de un hombre a la vez y ellos me quisieran a mí? No sé, sería más una especie de comuna hippie, pero en limpio y arregladitos. Sí, relaciones sexuales libres pero sin perder el respeto por las personas con las que compartes tu vida y quieres, cuidándose unos a otros. Es más, creo que me sería muy complicado mantener relaciones fuera de ese círculo, pues me faltaría la confianza que tendría con mis chicos.
- ¿Ves? No eres la mujer típica y podrías hacer proselitismo de tus ideas, empezando por mi novia.
- Creo que no lo entiendes. Lo reduces todo al sexo., pero bueno. De todas formas, es hablar por hablar. Porque si está díficil encontrar a un hombre al que querer y que te quiera y formar un proyecto común, encontrar a varios...
- Siempre te quedará Cuba.
- Definitivamente, no lo entiendes.

Will you still love me tomorrow?

- ¿Me querrás mañana? ¿No te irás de mi lado?
- Te quiero siempre, pero no puedo estar a tu lado aunque también lo esté siempre. Esto es todo lo que podemos ofrecernos. Es complicado, pero ambos lo sabemos.
- Lo sé, pero a veces duele que no sea más. Supongo que nos volvemos egoístas cuando queremos.
- A mí también me sucede lo mismo, pero sabes de nuestras circunstancias. Y no podemos ser tan egoístas.
- Lo sé. ¿No te habré entristecido?
- No, no lo has hecho. Anda, disfrutemos del presente, de estos momentos robados.
- Abrázame y baila conmigo. No me sueltes. A lo mejor así mañana nunca llega.
- A lo mejor, mi niño. A lo mejor...

Ayer tocó mítin

No sé si será que desprendo unas feromonas que me hacen propensa a ello, mi cara o que como me dijeron no ha mucho, que soy rara, pero soy propensa a que me suelten mítines. Y ayer, me tocó.

En principio iba a ser una noche agradable y tranquila con una amiga que estaba de visita en Madrid. Cuando llegué al punto de encuentro, estaba también otra amiga suya a la que conozco de anteriores ocasiones. No es mala chica, sólo un poco plomo cuando se pone a pontificar sobre su trabajo (es psicóloga) y te suelta estadística tras estadística o te trata de analizar. Pero bueno, la emborrachas y empieza a decir tonterías y es más agradable. Al poco, se nos unió el novio de la chica y nos fuimos a cenar a un bareto.

El mítin comenzó por una broma. Mi amiga comentó que si le tocaba una cantidad indecente en la lotería (soñar es gratis) se jubilaba y yo la secundé y añadí que mantendría la agencia para mis viajes, para atender a quién yo quisiera y para darme el gusto, ante algunos impertinentes a los que tengo que sufrir, de poder mandarles a la mierda. Todo en tono jocoso. Porque aunque la tentación sería grande, es mejor no escupir al cielo no vaya a ser que el escupitajo te caiga encima, que la vida da muchas vueltas.

El primer comentario de él, en tono despectivo, fue Así que sóis de esas personas que creen que el dinero da la felicidad. Y añadió, dirigiéndose a mí, O sea que quieres el dinero para poder sacar el odio que sientes y aplastar a otros. (Aún sigo dándole vueltas para saber de dónde se sacó eso de mis palabras, pero bueno...).

Yo este año me he propuesto ser un poco más paciente y tratar de aclarar malentendidos y le expliqué que no es odio, pero sí que hay personas que me caen mal y que tengo que aguantar por el trabajo. Aunque ahora coma poco, tengo la manía de comer todos los días, de pagar mis facturas y me gusta dormir bajo techo y calentito. ¡Tonterías que tenemos la gente!
Comenté el caso de un tipo que se mosqueó porque no le había mirado precios para irse un fin de semana a la playa, cuando le había explicado, tras llamarme cinco veces al móvil, que estaba ingresada en el hospital. Y por supuesto que el dinero no da la felicidad, pero compra mucha tranquilidad y cierta sensación de seguridad para los tuyos. Y tiempo, que para mí es un bien escasísimo.

Y empezó la charla.
Desde que vendía mi dignidad por haber contestado al móvil a que era una materialista que se preocupaba por las comodidades materiales y por la hipoteca (a ellos no les preocupará perder la casa si no pueden pagar, pero a mí me angustia que mis padres, después de toda una vida de sacrificios, puedan perder la suya), que no valoraba los pequeños momentos como podía ser el tomarse una cerveza y que ellos tenían una serie de valores, por supuesto superiores a los míos.
Reconozco que perdí la paciencia y más, cuando emplearon un tono de voz más alto de lo normal para dirigirse a mí y contesté.
Y comenzó la segunda parte del mitín: reivindico mis orígenes humildes, cosa que me parece muy bien si no pretendes con ello, justificar tu prepotencia. "Es que soy rebelde porque el mundo me ha hecho así".
Porque él venía de un entorno muy duro, críado en San Blas, en una casa pequeña, hijo de una señora de la limpieza que había sacado a sus hijos adelante. Y ella, que se había pagado la Universidad desde los veinte años y que nunca había dependido de sus padres, que además, en el año 70 que habían tenido un problema con su negocio, habían trabajado como negros para sacar a ella y a su hermano adelante, porque también eran autónomos y blablabla.
Acabó con la frase "Pero bueno, tú no sabrás lo que es eso, pues eres una pija de clase media de esos que votan al PP creyendo que todo lo material les va a ir mejor. Si además, montarías una empresa si te tocara la lotería... Amasar y amasar dinero, sin preocuparte de cosas más importantes como el amor o la felicidad".

Y se me hincharon las tetas. Mucho. Es que estos discursos "progres" en plan lucha de clases...Pero aún así, me mordí la lengua por deferencia a mi amiga, que se veía en medio del conflicto.

Vamos a ver. Sí, soy de clase media. Como él, aunque quisiera venderme la moto de que era de clase baja. Ni él ni yo sabemos lo que es pasar hambre y verdaderas necesidades, dejar la escuela e hipotecar tu futuro para sobrevivir. Sólo basta hablar con cualquier inmigrante y ellos contarán lo que es ser de clase baja.
Lo de pija, pues no sé de dónde se lo sacó y creo que has visto pocos pijos en su vida. ¿Qué visto de determinada manera más clásica? Pues sí, es cierto y me gusta. ¿Qué no tengo el tío/a todo el día en la boca y procuro expresarme lo mejor posible en mi idioma? También es cierto. Será que intento hacer las cosas bien.
Y sí, crearía una empresa pero no por amasar dinero. Porque hay ideas que me gustaría tratar de poner en marcha y tener el riñón cubierto y trabajar sin verdadera necesidad, tiene que ser gratificante.

Durante el día de ayer, pensaba en un correo que me había mandado un amigo hablándome de las rabias que le provocaba el no pensar de la gente, el que vivían tal y como meaban. Iba a sugerirle, dejándome llevar por esa inocencia que me da a veces, que tuviera paciencia, que no todo el mundo estaba entrenado como él para pensar y que quizás, para que este mundo mejorara un poco, era cuestión de echarles una mano y ser un poco más didácticos, que ganaríamos todos. A ellos se les dotaría de las herramientas para pensar (luego que decidieran o no hacerlo, es otra cosa) y él rabiaría un poco menos.
Por la noche, me tocó comerme mis propios pensamientos.

Y es que hay quién esta demasiado adoctrinado como para cambiar. Demasiado prejuicio suelto por el mundo.

¡Qué pena!

viernes, 20 de enero de 2012

FITUR

Esta mañana he estado en FITUR. Sin lugar a dudas, ha sido el más austero de los últimos años, pero aún así...
¿Es necesario que ADIF y AENA monten stand propio? Y no precisamente pequeños...
¿O que Paradores, empresa pública, tenga uno con dos plantas?
Por no hablar de las Comunidades. Todas han reducido su espacio (Murcia no han montado ninguno, sólo uno de Lorca para recordar el terremoto), pero aún así, Andalucía tenía prácticamente un pabellón entero y la Comunidad Valenciana, esa en la que los colegios sufren cortes de suministro por falta de pago, más de medio pabellón. Que sí, que está muy bien potenciar el turismo (yo vivo de ello) pero con criterio. Y a ver qué clase de turismo queremos potenciar, que esa es otra.
Pero bueno, los responsables políticos siguen pensando que el dinero público crece en los árboles...

Lo mejor, los pabellones internacionales, especialmente, Asia y América, que en Europa (salvo el de Portugal con degustaciones de productos gastronómicos) estaban de capa caída. Francia ni siquiera ha venido. En Korea me he reído mucho con un chef suizo que lleva la restauración de Korean Air y que nos ha ofrecido Bulgogi y Bibimbap. Y agradezco especialmente la amabilidad al personal del stand de Guatemala, de Costa Rica, de Taiwan y de Japón.

Lo peor, la mala educación de algunos, que te placan por una lasca de jamón (si yo no compito con ustedes, que como poco) o que arrasan con cualquier cosa gratis.

En cuanto a saraos, yo ya voy poco y sólo me he dejado caer por la cena de Turismo de Palestina, que tuvo lugar ayer en el restaurante Teatriz. Parte de la presentación, en inglés, corrió a cargo de la Ministra de Turismo de Palestina y gracias a su exposición, pudimos dar un buen paseo por Tierra Santa.
La cena fue deliciosa y estuvo amenizada por unas danzas tradicionales palestinas, muy movidas y alegres.
Pero lo mejor fue la compañía, pues dado que era la única que hablaba inglés en mi mesa y los colegas palestinos no hablaban español, acaparamos mutuamente nuestra atención y fue enriquecedor.

Siempre he querido visitar Tierra Santa, Siria y Jordania, pero la situación de inestabilidad de los últimos años, me ha echado para atrás. Sé que al pasear por los lugares bíblicos o al visitar los cuernos del Hattin viviría lo que un amigo llama momentos místicos, pero también sé que me llevarían los demonios y la tristeza al ver el conflicto en vivo y en directo.
Porque entiendo algunas de las posturas de ambos bandos y como en el fondo, soy una ingenua que cree que no somos tan malos y que es mejor llegar a puntos de encuentro, me duele ver la situación y la empatía me juega muy malas pasadas en ocasiones.

(Aunque crea en los puntos de encuentro, en el fondo soy una petarda y poco diplomática: Tiraría por la calle de en medio con Jerusalem. Ni para Israel ni para Palestina, sino para la Humanidad. Vamos, que yo dotaba a la ONU de un mayor poder, y no de palabra, creaba un territorio franco, una ciudad sagrada para todos).

lunes, 16 de enero de 2012

Me entristece ver la televisión

Esta mañana, mientras desayunaba, oía a los tertulianos de Espejo Público hablando de la sentencia del caso Marta del Castillo. Entendiendo el dolor de la familia, me asqueaba tanta demagogia y populismo. Miguel Ángel Rodríguez (¡Qué mal me cae este tipo!) hablaba de la "incultura" de los jueces en este país y todos se echaban las manos a la cabeza porque en la sentencia parece hacer referencia a la aparición en los medios públicos de la familia de Marta como un intento de presionar a los jueces por una sentencia favorable. ¿Y realmente no es así?

No he leído la sentencia ni creo que lo haga, pero por lo visto, lo que hacen los jueces es atenerse a la letra de la ley y no podían considerar culpables, con las pruebas que les han llevado, a esos elementos. Que sí, que todos pensamos que esos cabr... son culpables, pero no vale sólo con indicios y sospechas. ¿O a alguno de los que me leen le gustaría que le consideraran culpable de un delito sólo por indicios, sin ninguna prueba firme que lo sustente? Porque si empezamos así, yo cojo las maletas y emigro a Marte.

Después he abierto Facebook. Y he visto los comentarios y los brindis de alegría por la muerte de Fraga, rememorando su pasado franquista (innegable). Lo primero que me he preguntado es si esas mismas personas brindarán por la muerte de Carrillo cuando se produzca, que también fue un asesino. Seguramente no lo hagan, pues era del otro bando.
Yo estoy hasta las pelotas de bandos. Han pasado más de de 75 años desde el inicio de la Guerra Civil y 36 de la muerte de Franco y ahí seguimos, cosiéndonos a puñaladas en cuanto tenemos ocasión y desangrándonos cuando lo que hay que hacer es tener energías para seguir adelante.
Luego nos quejamos porque así nos luce el pelo y buscamos a otro a quién cargarle las culpas.

Y ya para rematar la mañana, he visto las noticias del naufragio del Costa Concordia y la actuación deshonrosa del comandante de la nave. Parece ser que por una chulería, por un síntoma de esa cutrez que tanto le gusta al populacho, puso en riesgo la vida de más de 4400 personas. Y cuando vio que pintaban bastos, salió por piernas como una rata cobarde. ¡Qué asco!

(Desde aquí, mi homenaje a los equipos de bomberos y buzos de la Armada Italiana que están arriesgando su pellejo, en unas condiciones que seguro que no son fáciles, intentando buscar a los catorce desaparecidos.)

En fin, espero que mañana amanezca con noticias más agradables como la de la semana pasada sobre la solidaridad de mis conciudadanos en materia de trasplantes. A ver si, en breve, me dejan volver a donar sangre.

viernes, 13 de enero de 2012

Cuesta de enero

Hoy no me he levantado temprano para estudiar. No he sido capaz de escuchar ninguna de las tres alarmas de mi móvil, que me despiertan cada día.

Miro sobre la mesilla y veo el Actimel, sin tocar, que tenía que haber sido mi recena. El libro que estaba leyendo (menos mal que no era el kindle) ha amanecido en el suelo. Caí dormida tan pronto, que ni me dio tiempo a quitarme las gafas. Pero no importa. Estoy agotada y necesitaba dormir del tirón, sin interrupciones. El cuerpo, que es muy sabio, lo ha conseguido gracias a mi sordera ante las alarmas. Ahora la conciencia, que es muy puñetera, me mortifica.

Al salir de la ducha, he preparado la bolsa para el gimnasio. Me noto las piernas pesadas pero también las veo algo más firmes y eso me da energías suficientes para encarar el último día de gimnasio de la semana.

Supongo que, además de los achuchones económicos, para mí la cuesta de enero supone días de mucho trajín. Entre los exámenes, ahora el deporte, FITUR, BTL, el cuarto trimestre del IVA y el trabajo... Pero bueno, pasará y veré el fruto de este esfuerzo, con lo que voy aprendiendo y consolidando.

miércoles, 11 de enero de 2012

Pareciéndome a Forrest Gump

No, no es que me haya quedado tonta, que ya lo estaba un poco. Es que nos damos un aire en eso de empezar a caminar (en su caso, correr) y no parar. Bueno, y para ser más exactos, en mi caso pasear, que no es lo mismo que caminar, aunque se parezcan. Porque pasear es contrario a la premura y exige el poder quedarse contemplando las musarañas si a una le apetece, soñando con los ojos abiertos.

Esta mañana tenía cita con la nutricionista en el Doce de Octubre. No me he demorado mucho y dado que tenía la mañana libre para hacer unos recados, he cogido el autobús hasta Legazpi.

Hoy hace un día precioso en Madrid. Brilla un sol invernal espléndido y el cielo luce con ese azul tan bonito que tiene el cielo de mi ciudad.
Así que me he bajado antes de llegar a Legazpi y he comenzado a pasear por Madrid Rio, enfilando hacia mi primer destino en Santa María de la Cabeza. Me he cruzado con algún jubilado y con algún deportista corriendo y disfrutando también del calorcito del sol, pero apenas había gente. En cambio, los fines de semana en los que hace buen tiempo, está de bote en bote, sobre todo, familias con sus niños.

Parece que hoy el Universo se ha conjurado para que solucionara todo con rapidez y pudiera seguir disfrutando de mi paseo. Así que, otra vez a pasear, esta vez hasta la Plaza de la Encarnación, que alberga el Monasterio de la Encarnación, dónde se supone que todos los 26 de julio se licúa la sangre de San Pantaleón y pasa de estado sólido a estado líquido.
El paseo ha sido de lo más agradable, pues he cruzado una de las zonas que más me gustan de Madrid, La Latina y el entorno del Palacio Real. Me hubiera quedado a disfrutar del cambio de guardia en el Palacio Real, pero preferí seguir con mi paseo. Aunque os lo recomiendo y sobre todo, el Relevo Solemne de la Guardia Real, que tiene lugar el primer miércoles de cada mes.

He seguido con mi mañana "ajetreada" y el paseo me ha llevado hasta otra tienda, en la zona de Moncloa - Argüelles. En mi paseo hasta la parada de avituallamiento en el Mercado de San Antón (para tomarme un zumo cargadito de vitaminas) iba soñando mientras recorría algunos de los lugares claves de los alzamientos de Mayo de 1808 . Con mi zumo en una mano, las gafas de sol y las ganas de disfrutar de parte del Barrio de las Letras, he seguido hasta otro mercado, el de Antón Martín dónde he almorzado algo de comida japonesa.

Después de la comida, me estaba entrando modorra y decidí coger el autobús para volver a casa. He visto como mi autobús se iba antes de que yo llegara a la parada y en vez de esperar al siguiente, he seguido caminando... hasta el 12 de Octubre, dónde finalmente he cogido el autobús.

Unos amigos de fuera de Madrid temían mis "vamos andando que está ahí al lado" porque decían que lo que yo consideraba "al lado" les permitía a ellos cruzarse su ciudad de punta a punta. Y creo que les voy a tener que dar la razón, porque según el Google Maps, hoy he caminado unos quince kilómetros.

Para compensar por no haber ido al gimnasio...

viernes, 6 de enero de 2012

Agridulce

Estoy viendo las noticias y emiten varios reportajes de cómo los niños han recibido los regalos de los Reyes Magos. ¡Qué alegría ver sus caritas emocionadas!.

Y qué tristeza, por otra parte, pues no he podido disfrutarlo en vivo y en directo con mis sobrinos más mayores. Ha venido un ratín mi sobrino pequeño, que me ha tratado con su maletín de médico, me ha dado un té para que me recuperara de mi exceso navideño y ha usado mis brazos como vía para su tren Koko.
Como no podía soportar ver los paquetes aún envueltos bajo el árbol, los he guardado en un armario. La verdad es que en estos días, especialmente, se me hace más dura su ausencia.

En fin, dado que mi labor como paje en algunos casos va con mucho retraso, eligiré celebrar los Reyes con ellos cuando los vea. Como ya hemos celebrado su "no-cumpleaños"

domingo, 25 de diciembre de 2011

Pasillo 14

Anoche en la cena de Nochebuena, no cometí ningún exceso. No es sólo que mi organismo reaccione si los cometo (vomito), es que no quería llegar a ese extremo. Así que comí un poco de ensalada de rúcula y canónigos y un trocito de lechazo muy pequeño, sin piel ni grasa. Además, tras toda la tarde entre fogones, preparando la cena para el resto y rodeada de comida, no me apetecía comer mucho.

Hace un rato, en el almuerzo de Navidad, ha vuelto a suceder lo mismo. Toda la mañana viendo comida y a la hora de comer, apenas he comido nada. Y sólo me he saltado la dieta, tomando un par de cucharaditas de helado.

No tiene nada que ver con el miedo a recaer que tenía al poco de salir del hospital, sino con la decisión que tomé al operarme y las consecuencias que tendría la operación.
Claro que me gusta comer y beber y con moderación, que es lo que estoy aprendiendo (y a no calmar la ansiedad comiendo), podré hacerlo más adelante. Pero ahora no puedo ni quiero permitirme caer en la tentación con algo poco recomendable. Así que, cuando me entran ganas, me recuerdo a mí misma una especie de mantra: Pasillo 14.

Pasillo 14 es el lugar que ocupé en Urgencias, mientras esperaba a que quedara una cama libre y me subieran a planta. Y como su propio nombre indica, era un hueco en el pasillo, con un folio que ponía número 14. Sin biombo que preservara mi intimidad, pues creo que es de las primeras cosas que se pierde en el hospital. Como el pudor, al menos en lo que respecta a mi realidad física pues creo que otra clase de pudor, creció.

En el pasillo 14, me tiré buena parte del tiempo medio k.o. por la fiebre y el cansancio. Hubo un momento en el que aparcaron a mi lado a una mujer de unos 50 años, con un respirador y un perchero del que colgaban distintas botellas de sueros y medicamentos. Tenía los ojos marrones, brillantes. Cansados pero bonitos. Y de repente, esos ojos que brillaban con vida, se apagaron, quedando como los de los pescados en la pescadería. Murió a mi lado.
Fue una sensación extraña. No sentí tristeza, sino pudor. Mucho. Porque una parte de mí, hubiera querido estirar la mano y coger la suya, para que no se sintiera sola ya que estoy convencida de que sabía lo que estaba pasando. Pero otra parte de mí, se sentía una intrusa, como si no tuviera que estar ahí y que mi lugar a su lado lo tuviera que ocupar un ser querido.
Un rato más tarde, con otro aparcado a mi lado, volví a sentir lo mismo cuando también falleció. Su hija acababa de salir de urgencias para hacer unas llamadas y cinco minutos después, volvió para encontrarse a su padre muerto.

En los días que estuve ingresada, volví a sentir ese pudor. No porque me pudieran ver con el culo o las tetas al aire (culpa de los camisones que te dan, que se abren constantemente), sino porque mi habitación estaba al lado de la sala de Intermedios, dónde estaban los enfermos más graves.
Como he dicho, la intimidad es de las primeras cosas que se pierden y además, hay algunos médicos que no tienen mucha delicadeza, así que he presenciado como le decían a una niña de dieciseis años que su padre no pasaba de esa noche; o a una mujer como su marido acababa de fallecer tras una larga agonía.
Yo sentía que no debía estar allí, que eran momentos de intimidad, de estar con los tuyos y no con una extraña presenciándolos y me sentía mal. Me habría alejado si hubiera sido capaz de levantarme de la cama, pero me costaba levantar la cabeza de la almohada.

En el pasado, me han dicho que era una persona fría. Y puede ser, aunque ahora que me voy sabiendo mejor, creo que, a veces, me puede el pudor.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Navidad

Siento que desde que falleció mi abuela, se cortó el último vínculo que me hacía sentir las Navidades como cuando era niña. No es malo, sólo una etapa más en la vida.

Aunque ha cambiado mi forma de sentirlas, no ha cambiado el hecho de que me gusten las Navidades y que decida empaparme del espíritu de estos días. Que nada tiene que ver con comilonas, sentimientos impostados y consumismo desmadrado.

Hace un par de días fui a ver a mi sobrino pequeño en la actuación de su escuela infantil. El burrito más resalao de todo el grupo de niños. Acabada su actuación y mientras preparaban a la siguiente clase, observé el escenario elegido.

Es una iglesia de barrio, humilde como su entorno, de ladrillo visto. Las paredes sólo estaban decoradas con unos cuadros pequeños, que representaban las estaciones del Via Crucis. Sobre el altar, un crucifijo de madera, con un Jesús agotado, con la cabeza gacha, como si le hubieran captado antes de su último suspiro. Una imagen que me entristeció.
Pero sucedió lo que un amigo llama "momentos místicos". La luz entraba por la vidriera de la derecha y caía sobre el Belén viviente. Y el niño Jesús, un bebé monísimo, se puso a hacer gorgoritos y a reír. Y esa risa, esa luz de colores, me hizo sentir, de verdad, la Navidad.

Siempre he sentido que la Navidad es ese rayo de Luz que nos saca de las tinieblas y hace que ríamos (que además, es la mejor forma de ahuyentar el dolor y el miedo). Esos días en los que creemos que es posible lo de Ama a tu prójimo como a ti mismo. Que sí, que si unos días lo es, aunque sea por tradición, también lo puede ser siempre si elegimos que así sea, aunque no sea fácil. Porque cada vez estoy más convencida de que es una cuestión de elección.

Quizás sea una felicitación atípica, pero os deseo que queráis que esa luz brille en todos vuestros días y en aquellos a los que queréis.

Feliz Navidad.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Otro fragmento

Como comentaba en el artículo anterior, Forastero en tierra extraña es uno de mis libros favoritos y cuya lectura ha marcado mucho mi existencia. Con las distintas relecturas, supongo que porque yo voy cambiando también, descubro cosas nuevas y me planteo otras.

Hoy quiero poner un fragmento en el que Patty, la mujer tatuada que acaba siendo una especie de madre de la familia de agua del protagonista, habla del Amor y de Dios.

"¡Así es! Dios quiere que seamos Felices y nos dice cómo: "¡Amaos los unos a los otros!". Ama a la serpiente, si el pobre animal necesita amor. Ama a tu semejante, si ha visto la luz y hay amor en su corazón... y utiliza el dorso de tu mano sólo contra los pecadores y los corruptores al servicio de Satanás, que desean apartarte del camino recto para hundirte en el pozo. Y al decir "amor", no se refiere al insípido amor de la vieja solterona que no se atreve a levantar los ojos del libro de himnos por miedo a ver la tentación de la carne. Si Dios odiara la carne, ¿por qué habría creado tanta?.
Dios no es remilgago. Creó el Gran Cañón y los cometas que surcan el cielo y los ciclones y los sementales y los terremotos... ¿Puede un Dios capaz de crear todo esto volver la cabeza y prácticamente mojarse los pantalones sólo porque alguna pequeña hembra se incline sobre un macho y un hombre capte el atisbo de una teta? Tú sabes que no, cariño...¡y yo también!. Cuando Dios nos dice que nos amemos, no suspende sobre nosotros ningún cartel de advertencia: habla en serio. Hay que amar a los niños pequeños, que siempre necesitan que se les cambien los pañales, y hay que amar a los hombres fuertes y sudorosos para que nazcan más niños pequeños a los que querer... y entretanto, seguir amando, porque, ¡es tan bueno amar!.
Por supuesto que eso no significa que una tenga que andar por ahí jugueteando con el amor, del mismo modo que tener una botela de whisky de centeno no significa que uno tenga la obligación de emborracharse y liarse a mamporros con un poli. No puedes vender amor ni comprar Felicidad; son artículos que no llevan etiqueta con el precio... y si crees que sí la llevan, entonces las puertas del infierno están abiertas para ti. Pero si te entregas con el corazón abierto y recibes eso de lo que Dios posee una reserva inagotable, el demonio no puede tocarte"....