miércoles, 6 de mayo de 2009

Hospitales

Los hospitales son sitios curiosos. Siempre me han transmitido la sensación de que el tiempo se detiene en ellos. En las iglesias y conventos me pasa lo mismo, pero a diferencia de estos, me da la sensación de que en los hospitales el aire es pesado, como si fueran una especie de arenas movedizas que te atrapan y te entorpecen. Además, al poco de entrar me pican los ojos y tras mi única estancia en uno, logré aborrecerlos para siempre. Pero reconozco que son un sitio ideal para contemplar al ser humano en toda su grandiosidad y miseria.

El hospital dónde está agonizando mi abuela tiene los días contados en cuánto construyan el nuevo. Supongo que por eso no han dado el follón con la ley de memoria histórica, porque tiene nombre de uno de los "malos". Las cañerías provocan un ruido de mil demonios como si tuvieras las cataratas del Niágara en el servicio; el ascensor hace unos ruiditos que asustan un poco y las paredes son de papel, lo que te permite enterarte de todos los lamentos de los vecinos.

¿Será que cuando nos hacemos mayores o estamos enfermos se exacerban los rasgos de nuestro carácter? (Si es así, me pregunto como seré yo cuando me encuentre en la tesitura, que espero sea en muchos años).
Mi abuela se ha quejado en voz baja, sin dar mucho el follón como ha hecho siempre.
El vecino de la derecha es un poco ñoño y su mujer me confirmó que siempre ha sido así, pero que ahora era exagerado.
Luego tenemos al vecino de la izquierda. Un lamentable espectáculo. Entiendo que grite de dolor o de incomodidad. Sólo es deseable que se recupere pronto y no tenga motivos para gritar, pero el problema es que, aún estando sedado, es grosero e insulta a las enfermeras, a la señora de la limpieza, al compañero de habitación y a todo aquel que se le acerca. Una joya de hombre al que, en más de una ocasión y de dos, he querido dar dos guantás y quedarme tan pancha. Porque ahí más que dolor, está el carácter.
Una mañana salí de la habitación de mi abuela para que le realizaran las curas y coincidí en el pasillo con la sobrina del vecino. La noche anterior había escuchado todas las lindezas que le había dedicado su tío, mientras ella trataba de calmarle. Quizás porque estoy estos días muy tierna, me alegró comprobar que podía el amor y el cariño a los malos tragos y que yo me había equivocado en mi percepción del grosero. Y sí, el amor puede, pero en este caso era amor al dinero. Sólo tuve que presenciar como hablaba la sobrina con ¿su marido? para ver que lo único que le ligaba a esa cama era esperar su recompensa en forma de herencia y que hablaba del viejo con absoluto desprecio. Muy triste.

Pero no sólo hay espacio para las miserias...
Luisa es una mujer de setenta y pico años a la que le han realizado una colostomía. Ya está casi recuperada de la operación, aunque dentro de poco empezará con la quimio. Sus hijas han traído desde el pueblo en el que vive en las Merindades a su marido para que esté con ella. Se cogen de la mano y comienzan a pasear despacio por el pasillo, dónde me cruzo con ellos. Me encantan sus miradas, los pequeños mimos que se dedican el uno al otro. Reconfortan.

En otro momento, quizás esa misma mañana u otra, corre por el pasillo un niño de unos seis años. Casi se choca conmigo, que salgo en ese momento de la habitación. Ufano, me dice que viene a ver a su tío Carlos, que tiene un bicho en la tripa, pero que él le va a ayudar a que se le quite.

En la reciente estancia de mi padre en el hospital, una enfermera subió pidiendo sangre a los familiares que estamos de visita. Miguel, el hijo de la vecina, que casi se desmayó al ver como ponían una vía, hace de tripas corazón y sobreponiéndose a su pánico a las agujas, que comparto, va a donar sangre. No es el único y al menos de esa planta, van unas cuántas personas.
Y ese mismo día, nos enteramos que una familia ha donado todos los órganos de su hija, de veintipocos años, que ha fallecido de derrame cerebral. Un acto de generosidad sobreponiéndose al propio dolor.

En estas visitas, no sólo he presenciado las grandezas y miserias ajenas, sino también las propias. Las noches son largas y dan para pensar, incluso en aquello en lo que no quieres pensar. La caja de Pandora de los recuerdos se abre y salen algunos esqueletos que estaban agazapados en el fondo del armario, esperando su momento. Ahora no es tiempo de prestar atención a esos esqueletos, pero tendré que enfrentarme a ellos antes de que me lastren demasiado.

P.S. Gracias a los que me han dado su apoyo en los comentarios al anterior artículo en el que hablaba de la situación de mi abuela (y a los que lo han hecho por teléfono).

4 comentarios:

Fran dijo...

Lo de las iglesias no me sorprende. Ya sabes la teoría que tenían Roberto y Angel respecto a tus vidas pasadas.
Antes de enfrentarte a nada, descansa y mira las cosas con otra perspectiva.
¿Qué hay de ese viaje a Cantabria pendiente?
Un abrazo

Kalia dijo...

Los hospitales están repletos de personas cuyas vidas están en una situación límite. Y en esas situaciones límite es probablemente cuando se nos conoce, cuando nos conocemos. Y a veces nos sorprendemos.

Me gusta tu fina percepción de los sentires ajenos.

Turulato dijo...

Un hospital es el refugio de la verdad. Y esta suele ser tanto hermosa como terrible.
Pero solo crecemos cuando la miramos cara a cara.
Anda, aunque estemos tan lejos y separados.. Démonos la mano

Blas de Lezo dijo...

Me parece una visión de un Hospital humana al ciento y por lo mismo dura y maravillosa al mismo tiempo.
Yo trabajo en el Hospital mas grande de la región aunque mi función es la de la construcción del que lo sustituirá a este por viejo y ya amortizado. Paseas por sus inmenso 195.000 m2 de superficie en muchas areas con el hormigón desnudo y te imaginas los dolores, las sensaciones de triunfo y derrota, las lágrimas de dolor y de alegría por las nuevas vidas.
Trabajo en este mundo hospitalario, un mundo que te enseña que cada minuto vale.

Un abrazo y ánimo.

Blas