martes, 5 de mayo de 2009

Piel con piel

Hace un momento, he escuchado en televisión un anuncio de una conocida marca de chocolates que hablaba del placer de recibir caricias. Una de las cosas más placenteras que existen. Es cierto, yo me abandono a los cuidados, desconecto la neurona de pensar y me dedico solo a sentir lo que me llega a través de los poros de mi piel.

En ese anuncio, continúan diciendo que hay un placer mayor que recibir caricias, que es comer el chocolate de esa marca. No sé si será mayor o igual, pero a mí se me ocurre algo más placentero. No, no seáis mal pensados que esto no va de de sexualidad sino de sensualidad en su sentido más amplio.

Me resulta mucho más placentero dar caricias. Porque además del placer de la otra piel en contacto con la tuya está el añadido de notar como la otra persona siente y disfruta, como percibe lo que intento transmitirle.

Félix, mi sobrino de dos años, suele venir a mi habitación antes de irse a la cama. Se tumba a mi lado, a provocarme. Sabe que disfruto jugando a las guerras de pies o de cosquillas y que siempre le cae algún gugú, hasta que estallamos en carcajadas. Cuando las risas de ambos se apaciguan, se encarama a mi tripa. Usa mis brazos como autopistas para sus coches de juguete, mientras yo le acaricio despacio el pelo y las orejas, notando como poco a poco, se ralentiza su respiración. Y cuando ya está dormido, paso mi pulgar por sus cejas, despacio, mientras mi respiración se acompasa con la suya y me siento relajada.
Otras veces, son mis sobrinas las que vienen en mi busca y más de una vez, han acabado ellas y su hermano, tumbadas encima mía y los cuatro en los brazos de Morfeo.

Este fin de semana, pues ahora ganó la obligación, pasé las noches en el hospital, sentada junto a la cama de mi abuela. Mi mano derecha, cogiendo la suya, tan calentita. Acariciaba sin darme cuenta el dorso con el pulgar o la palma con mis otros dedos, hasta que protestaba porque le hacía cosquillas.
Mi mano izquierda sobre su frente, mientras le hablaba entre susurros, acariciando las cejas y el pelo como hago con Félix, que tanto se parece a ella. Intentando transmitirle que no estaba sola y que podía estar tranquila.
Mis dedos han memorizado sus arrugas, las cicatrices que en el brazo le han dejado las vías, la suavidad del pelo, un pequeño nebus que tiene en la frente, su pulso...
Como hace muchos años hice con mi otra abuela o mi abuelo paterno, que se reía en el hospital porque le hacía cosquillas en el cuello.

He recordado una canción de The Killers. Al escucharla, viene a mi mente una escena.
Tumbados en el sofá, su cabeza en mi regazo. Lee una revista, mientras yo estoy con unos apuntes en los que no logro concentrarme. Mis dedos empiezan a recorrer su cara, inconscientemente. Su mano se apoya en la mía, también sin darse cuenta. Y así, en una escena tan rutinaria, tan del día a día, sientes la conexión piel a piel con otra persona.

¡Qué sobrevalorados están los otros sentidos!

3 comentarios:

Fran dijo...

Lo de mal pensado iba por mí, ¿no?
Me ha gustado porque aunque no sabría decir el motivo, es muy tú.
Luego te llamo y me cuentas que tal.
Un abrazo

Turulato dijo...

Ante el sentir, no cabe comentario.

Kalia dijo...

El tacto es el sentido más primario de todos, el que nos comunica con el entorno y con los demás en un instante, sin intermediario alguno, sin interferencias. Quizá por eso la caricia es capaz de transmitir a la parte más profunda de nuestro ser un ritmo que nos sosiega o que nos enaltece, un roce que nos habla de cómo es la persona que nos roza, y, quizá lo mejor de todo, el convencimiento de que no somos un sueño, de que no estamos solos. El tacto es lo más cercano y tal vez por eso está siempre alerta y nunca se engaña a la hora de hablar del amor. De toda clase de amor. Y me parece que lo sabes perfectamente.