domingo, 26 de julio de 2009

Apagando fuegos

Era el decimosexto café de la larga jornada. Al terminar, había colocado el vaso de papel vacío en la torre que iba creciendo sobre su mesa. Empezaba a semejarse a una chapucera torre de Pisa.

Notó un pinchazo en la boca del estómago. Sin levantar la vista de los papeles que tenía frente a sí, estiró la mano hacia el cajón de su escritorio y lo abrió. Buscó a tientas el frasco del medicamento, que se había convertido en su amigo inseparable estos días. Sólo alzó la vista un segundo, lo justo para poner una cantidad de Mabogastrol en la boca y no ponerse perdido. ¡Cómo odiaba el sabor del anís! Pero aunque le dejara mal sabor de boca, reconocía que el medicamento le hacía efecto y calmaba temporalmente el ardor de estómago.

Volvió su mirada hacia la mesa cubierta de papeles. Un último esfuerzo más y lograría que todo estuviera correctamente, subsanando el desaguisado que había creado el que sería próximamente su ex-socio. Si hubiera querido apagar fuegos, me habría metido a bombero pensó amargamente. Notó el sabor de la bilis en su boca, mezclado con el del anís y sintió ganas de vomitar. Respiró hondo, intentando controlar las náuseas. Quería salir de ese maldito despacho, irse a casa y dormir durante dos días seguidos. Y sabía que esa clase de pensamientos le harían menos eficaz y le alejarían de su objetivo.

Se levantó las gafas de pasta negra y se frotó los ojos, cansado. El Mabogastrol no parecía tan eficaz en esta ocasión y notaba como el pinchazo en la boca del estómago era cada vez más fuerte. Cogió de nuevo el frasco, se puso un poco más de medicina en la lengua y volvió a sumergirse en los papeles.

Un par de horas después, alzó la vista de sus papeles. Movió la cabeza de un lado a otro, intentado aliviar el dolor de sus cervicales. Aunque cansado, su rostro mostraba satisfacción. Lo había hecho. El esfuerzo y el terrible dolor de estómago merecerían la pena. La empresa en la que tantas esperanzas y trabajo había depositado podría seguir adelante.

Al levantarse de su asiento, notó un nuevo pinchazo en el estómago. Cuadró los papeles, antes de meterlos en la caja fuerte; tiró los vasitos de papel, el bote vacío de Mabogastrol y la caja vacía de pizza de la cena del día anterior y apagó la luz del despacho. Se iría a casa, dormiría unas horas y al día siguiente, lunes, estaría en su puesto.

Al salir, vió su reflejo en el espejo del vestíbulo. Despeinado, los ojos inyectados en sangre, las ojeras pronunciadas. La sombra de barba comenzaba a oscurecer su mentón y sus mejillas y él, que vestía siempre impecablemente, llevaba el traje y la camisa arrugadas, por el par de horas que se había echado en el sofá del despacho. Se notaba al límite de sus fuerzas. Le costaba caminar, le dolían las mandíbulas, suponía que por el estrés y el maletín le pesaba una tonelada. Pero lo había logrado. Se sonrió con gesto cansado y se encaminó al ascensor.

Mientras esperaba a que éste llegara, notó otro pinchazo en el estómago, más fuerte que los anteriores y que le hizo doblarse de dolor. Sería mejor que llamara a un taxi, pues así no podía conducir. Sacó el móvil. Sin batería. Como él. Seguro que pasaba alguno por la avenida.
Respiró hondo y se incorporó. Tendría que buscar un rato en el que ir al médico a que le mirara si tenía una úlcera. Las puertas del ascensor se abrieron y él se dejó caer contra la pared del fondo, agotado. Hasta respirar le costaba un mundo.

La señora de la limpieza le encontró a la mañana siguiente. Parecía dormido contra la pared del ascensor, pero cuando se acercó a despertarle, el cuerpo se desplomó hacia un lado.

Infarto, dijeron los médicos.
Algunos se lamentaron porque la muerte se había llevado a alguien tan joven y trabajador. Otros susurraban que le habían encontrado con restos de polvo blanco y que quizás eso le había matado. El asunto fue la comidilla del edificio de oficinas durante un par de días, hasta que fue sustituido por los rumores de affaire entre la secretaria de la empresa de mensajería de la segunda planta con el director general de la agencia de publicidad del cuarto...

4 comentarios:

Fran dijo...

El protagonista me recuerda mucho a alguien que conozco y que espero que en vez de tomar tanto Mabogastrol, busque un rato para ir al médico. Que no me gustaría que acabara como él.

Blas de Lezo dijo...

No sabe uno donde esta su final y sin embargo tantas veces actua como si lo retara a que apareciera.

Muchas tardes me planteo donde estan los limites del exceso y creo que nunca los acaba uno de encontrar.

un beso, Blas

azabache dijo...

Y encuentro este relato mientras le doy un sorbo al tercero de mis cafés, y espero que me despeje para conseguir salir de esta montaña de papeles... ¿aprenderé algo?

Gracias por el relato.

_ SILVIA ó N-a-s-a _ dijo...

¿ves? por eso no suelo tomar café... Ya en serio! yo espero que muchas personas logren quitarse de encima esa montaña de papeles, conozco a mas de una; ¿quién pone el límite a donde podemos llegar? nosotros o la vida en si dándonos avisos?

Un beso Silvia, gracias por el relato, cuidate mucho y un besote muy grande.