martes, 23 de octubre de 2007

Perdida en el Rastro

Yo tendría poco más de cinco años. Había ido con mi padre al Rastro a comprar un cesto de mimbre para los juguetes y entre la multitud, me solté de su mano y le perdí de vista.
Recuerdo que me fui hasta la calle dónde mi padre tenía aparcado su coche (siempre tuve facilidad para orientarme en la ciudad). Cuando llegué, no lo ví. Había varios coches aparcados en doble fila y no encontraba el coche de mi padre. Me senté en un banco y empecé a lloriquear.

Un enorme pastor alemán se acercó a mí y me dió con el morro en las piernas. Detrás, iba su propietario. Un anciano de cabello blanco, ojos bondadosos y sonrisa tranquilizadora, que me preguntó que me pasaba. Se lo conté entre sollozos y me llevó a su casa, para llamar a la mía por teléfono. Mi madre estaba histérica (ya había llamado mi padre) y dijo que Pedro, un vecino, iría a buscarme.
Mientras esperaba, la mujer de mi rescatador, que tenía la misma cara bondadosa que él, me dió un vaso de leche con galletas María Fontaneda. Pedro y mi padre me encontraron tranquila y feliz, compartiendo mi "almuerzo" con el perro, riéndome porque me hacía cosquillas con la lengua.

Esta mañana estuve pensando en lo muchísimo que me gusta perderme por Madrid, pasear sin rumbo fijo por su calles. Y me acordé de esta anécdota, en la que estuve perdida sin yo quererlo.
Ahora, al escribirlo, vuelvo a constatar lo afortunada que he sido (y que aunque a veces lo olvide, sigo siendo). Porque siempre hay gente bondadosa que está dispuesta a ayudar a los que ve perdidos sin pedir nada a cambio y yo suelo cruzarme en su camino.

1 comentario:

Fran dijo...

Y como en una especie de cadena de favores, haces lo mismo con algunos desconocidos. O con algunas personas que tienen tu afecto aunque no se lo merezcan...
Yo me alegro muchísimo de que un día te cruzaras en mi camino, rubia.
Pero eso sí, por favor, no te vuelvas a perder sin querer.
Un abrazo