martes, 22 de abril de 2008

Silbando a las estrellas (1)

- ¿Puedo jugar contigo?
El niño se giró hacia la voz. Pertenecía a una niña pequeña, algo desgarbada, que le observaba sonriente. Tenía el cabello castaño algo despeinado, con mechones irregulares, cayendo sobre su frente; su nariz, pequeña y proporcionada, estaba cubierta de pecas y sus ojos, del color del mar, brillaban pizpiretos. Llevaba un vestido azul sin mangas, que dejaba ver unos brazos bronceados y con unos cuantos arañazos. El niño se fijó que tenía despellejada una rodilla, con restos de sangre seca. Seguro que eso tenía que escocer...
- No. Eres pequeña - el niño bajó la mirada, volviendo a la construcción que estaba realizando en la arena - Y una niña. Las niñas sólo sabéis jugar a las muñecas.
- Ellos - la niña señaló a un grupo de chavales que jugaban y se bañaban unos metros más allá - tampoco te han dejado jugar por ser pequeño.
El niño miró de reojo hacia dónde señalaba la niña. Aquellos chavales, de los que quería ser amigo durante ese verano que pasaba con sus abuelos, no le habían dejado jugar con ellos, según le habían dicho de un modo bastante cruel, por ser más pequeño. Y por ser gordito. O quizás por ser un extraño. No lo sabía, pero sentía que esas razones no eran más que excusas y que el hermano Fernando, uno de sus profesores, tenía razón y él, que estaba hecho de "la piel de Satanás", era malo.
- ¡Déjame en paz, tonta! - protestó.
La niña se plantó frente a él, poniéndose de cuclillas.
- ¿Te gusta hacer a los demás lo que no te gusta que te hagan? - la niña le miraba intrigada, con gesto serio - Pues entonces el tonto eres tú. Además, a ese castillo - señaló con mucho cuidado la construcción con un dedo pequeño, de uñas pulcramente cortadas - le falta un foso. Todo el mundo sabe que los castillos tienen un foso...
¿La mocosa esa le había llamado tonto?. Quería golpearla y que le dejara en paz, pero le habían enseñado que no se pegaba a las niñas y mucho menos, a alguien más débil y pequeño. Y temía la reacción de su abuelo si se enteraba. Se incorporó rápidamente, con gesto enfadado, intentando intimidarla. Al hacerlo, con el pie, derribó uno de los torreones en el que había estado trabajando.
- ¿No tienes a nadie más a quién molestar? ¡¡Vete de aquí, imbécil!!.
La niña ignorando el arrebato de furia, se inclinó hacia el torreón y comenzó a reconstruirlo ante la mirada asombrada y enfurecida del niño. Colocaba una piedrecita, después un poco del barro húmedo que el niño tenía en una lata vieja y otra piedrecita, con pulso experto. Poco a poco la furia del niño se convirtió en curiosidad. Para ser una pequeñaja, no parecía haberse inmutado y la verdad, no lo hacía tan mal...El tiempo pasaba, mientras la niña acababa con un torreón y empezaba uno nuevo.
- ¿Me ayudas, Miguel? - el niño dió un respingo al oír su nombre, pero se inclinó algo receloso.
- ¿Como sabes como me llamo? - colocó una rama pequeña, reforzando la estructura. La niña le miró con expresión divertida como si pensara "¡Qué pregunta más tonta!" y volvió al trabajo en el castillo.
- Yo me llamo Iria. ¿Quieres ser mi amigo? - volvió a sonreírle mostrando su dentadura mellada, a la que le faltaban los colmillos y una de las palas - Te prometo que no jugaremos a las muñecas - le sacó la lengua y sin esperar reacción alguna, empezó a excavar, con sus propias manos, un foso alrededor del castillo.

Alguna vez, cuando acompañaba a su abuelo a la tasca, había oído decir a los hombres que las mujeres eran raras, que venían de otro planeta. Ahora, al mirar a esa niña y por primera vez en su vida, estaba convencido de ello.
Hacerse amigo de una extraterrestre no era la opción que más le convenía, pero ¿tenía otra?. Se sentía solo y cansado de no poder compartir su fértil imaginación, avivada por miles de lecturas, con compañeros de juegos. Los niños del pueblo no querían jugar con él; las niñas eran todas unas melindres que sólo sabían jugar a papás y mamás y con esas horribles muñecas; su abuelo, al que adoraba, era un hombre ocupado que sólo le dedicaba retazos de tiempo. Así que sólo le quedaba la "extraterrestre". La observó, concentrada en el castillo. Se arrodillo a su lado y comenzó a excavar.
- Vale, pero mando yo que soy el mayor. Y el chico.

Pasaron el resto del día construyendo el castillo, hombro con hombro, venciendo recelos hasta acabar entre risas. Se vieron al día siguiente y al otro y al otro...
Miguel esperaba nervioso el momento de verse con su pequeña amiga, aunque le seguí dando vergüenza que le vieran jugar con una niña. Iria, que era como una esponja, disfrutaba cuando él le enseñaba a bailar la peonza, a disparar con el tirachinas, a tirar el balón hacia la escuadra o a hacer caballitos con la bici. Se sentaban bajo un árbol, a merendar pan con chocolate o a comer regaliz y él le leía sus tebeos o algún libro, para más tarde emular a sus protagonistas: caballeros del medievo, indios, vaqueros, piratas...Ella le mostró una charca llena de renacuajos dónde pasaban las horas muertas, viendo como crecían y se transformaban y le daba auténticas palizas jugando a las tabas o a las canicas. Cuando él para picarla, le daba un tirón de pelo, no se ponía a llorar, sino que contraatacaba y le daba un chopito en la frente, un extraño ritual que acabaron convirtiendo en un saludo. Ni una sola vez, mencionó que podían jugar a las muñecas o a los papás y mamás, aunque siempre le curaba y le consolaba cuando se caía y se pelaba las rodillas o se daba un buen coscorrón y las lágrimas afloraban a sus ojos. Como hacía su mamá.

Los días se iban haciendo cada vez más cortos y el tiempo de regresar a su ciudad, al reencuentro con sus padres y a la rutina del colegio de curas, se acercaba. Y la separación de Iria.

Era su última tarde juntos, compartiendo su merienda en su charca. Un coche vendría a buscarle a la mañana siguiente, de madrugada, para llevar a Miguel de vuelta con sus padres.
- No quiero volver a casa ni a ver al horrible hermano Fernando - Miguel cogió una china y la tiró a la charca, viendo como saltaba un par de veces antes de hundirse - Quiero quedarme aquí.
- Pero tienes que volver a ver a tu mamá. Y estudiar para ser piloto.
- Allí todo es demasiado aburrido. No hay charcas, ni el río, ni el mar cerca para jugar con las olas...ni amigos de verdad.
- Ya.

Se quedaron los dos en silencio, contemplando la charca.
- ¿Sabes? Encontrarás amigos como me encontraste a mí. Y podrás ganarles a las canicas - la niña se rió - Y cuando estés triste o solo, me llamas. Pero no por teléfono, que yo no tengo de eso... - Miguel la miró extrañado - Ya está: ¡las estrellas!
-¿Las estrellas?
- Sí, sí, sí. ¡¡Las estrellas!! Si necesitas algo, se lo dices a ellas. ¡¡Y ellas me lo dirán a mí!!
- la niña hablaba con total convicción, mirando al cielo - Pero de noche, que ahora están dormidas, ¿vale?.
- Pero las estrellas no hablan, Iria.
- ¡¡No lo harán contigo, que no sabes escucharlas!!
- protestó - Cuando me necesites, tú silba hacia ellas, ¿vale? Que ellas me lo dirán y yo iré a verte, ¿vale?.
"Definitivamente, es de Marte" pensó Miguel.
- Estás como una cabra.
- Beee, beee.
Entre risas y balidos, llegó el momento de decirse adiós. Un último tirón de pelo y un chopito en la frente, antes de darse un abrazo y separarse por no sabían cuánto tiempo. Se dió cuenta, de que por primera vez en todo el verano, a Iria se le humedecían los ojos.

A la mañana siguiente, con los ojos cubiertos de legañas, a Miguel le pareció ver a su pequeñaja amiga, con su vestido azul sin mangas, que se despedía de él agitando los brazos. Apoyó la cabeza en el cristal, se acurrucó y comenzó a llorar en silencio, deseando que se hiciera de noche para silbar a las estrellas.

4 comentarios:

Poledra dijo...

:-) Precioso

Fran dijo...

Me gusta la historia de amistad infantil, pero sobre todo, me gusta ella. Si la conoces, me la pido para mi niño.
¿No eres tú demasiado joven para saber lo que son las tabas? Yo te hacía más de clicks y demás.
Besos

Lúcida dijo...

Bonita historia. Qué fácil resulta hablar con las estrellas. Esperaremos al número 2.

Turulato dijo...

:-*
Ternura, suave caricia
¡Espléndido!