viernes, 18 de julio de 2008

Lluvia en soledad

Lo sentimos mucho...
Llegó en un estado muy grave....
El derrame estaba muy extendido...
Hemos hecho todo lo posible...


Retazos de una voz monótona que trataba de resultar compasiva, una bata blanca sin rostro, el dolor y la rabia mal contenida en la voz de su cuñado y un intenso olor a desinfectante, a lo que huelen todos los hospitales. Y el sabor de las lágrimas que llegaba hasta sus labios. Eso era todo lo que recordaba con nitidez. El resto...
Desde que había descolgado el teléfono y escuchado la voz de su cuñado, había notado una especie de niebla que le rodeaba, pegándose a ella como una segunda piel, ahogando los estímulos que llegaban a sus sentidos.

Tampoco recordaba mucho más de los días que siguieron. Una cacofonía de voces afectadas expresando su sentimiento de pésame, abrazos que trataban de aportarle calor y consuelo pero que notaba amortiguados como todo lo que le rodeaba.
Alguno se sorprendió de su entereza, que no era tal, sino que sentía como si estuviera viviendo una pesadilla de la que deseaba despertar y no lo lograba.

Pasaron los días y asumió que no era una pesadilla. Entonces llegó la Nada. Era tal la sensación de vacío que le oprimía el pecho, que se despertaba sobresaltada por las noches, boqueando en busca de aire y con los ojos arrasados por las lágrimas, para acabar mordiendo la almohada para que los que la querían no la escucharan llorar.

Unos meses después recibió una llamada de su cuñado. Iba a vender el piso y le llamaba por si quería recoger las cosas que tenía dentro. Con todo el ajetreo se había olvidado de esos detalles tontos, pero quería visitar por última vez la casa dónde había sido tan feliz, quizás buscando sentir algo más que esa sensación de vacío. Iría ella sola, recogería sus cosas y dejaría más tarde la llave en el buzón.

Era un día gris. Como le parecían todos desde el funeral, aunque reluciera un sol espléndido. Pero éste concretamente, lo era. Nubes plomizas amenazaban con descargar un gran chaparrón sobre Madrid.
El taxi en el que viajaba pasó junto al campo de fútbol en el que él solía entrenar con sus amigos. Apoyó la cabeza contra el cristal y dejó que las lágrimas se deslizaran por sus mejillas al recordar como disfrutaba viéndolo reír con sus amigos. Y lo feliz y orgullosa que se sentía cuando marcaba un gol y se acercaba a la banda a besarla. A su fan número uno.

-Ya hemos llegado. ¿Se encuentra bien, señorita?
-Sí, sí. Gracias. Quédese con el cambio

Vió el portal y sintió una mezcla de tristeza y temor. Se sintió tentada de decirle al taxista que la sacara de allí, que la llevara a un sitio dónde no doliera tanto. Pero era imposible. Fuera dónde fuera, el dolor no iba a abandonarla.
Sacó del bolso una de las pastillitas supuestamente milagrosas que le había recetado el médico para controlar la ansiedad y que no sabía porque motivo, no tomaba pero siempre llevaba consigo. La contempló, tan pequeñita. ¿Sería eso lo que haría que desapareciera el dolor?. El dolor era lo único que le hacía saber que realmente estaba viva y que la Nada no lo había devorado todo. Guardo la pastilla y en su lugar, optó por el tabaco.

La subida en el ascensor se hizo eterna, como si el tiempo se ralentizara para darle la oportunidad de apretar el botón de STOP y dar media vuelta.

Al abrir la puerta, notó enseguida el olor a cerrado y polvo. Su cuñado no se había sentido con fuerzas de volver a la casa y llevaba desde su muerte cerrada. Él, con lo maniático que podía ser a veces con la limpieza, no habría permitido nunca que la casa estuviera así.

Dejó su bolso sobre el sofá del salón y entró en la cocina para abrir una de las ventanas y que el aire fresco entrara en la casa. Cuántas veces habían cocinado juntos, ella enseñándole con paciencia a preparar algunos platos, mientras entre risas se repartían las labores de la casa.

- ¿Me ayudas con la plancha?
- Imposible. Mi religión me prohibe planchar.
- No tengas tanto morro, que cuando vivamos juntos también te tocará planchar.


Vivir juntos. Otro plan truncado. Ahora daría su brazo izquierdo por tener la oportunidad de vivir tantas cosas con él. Hasta planchar.

Cogió una bolsa de basura por si tenía que tirar alguno de sus potingues y se dirigió al cuarto de baño. Y allí le vió.
Como tantas otras veces. Con la toalla atada a la cintura, recién salido de la ducha, con las mejillas cubiertas de espuma y afeitándose meticulosamente. Y se vió a sí misma, observándole con una sonrisa en los labios, antes de acercarse y abrazarle, apoyando su cabeza en su espalda, embriagándose con su olor. Le encantaba como olia.
Y ahora ese olor se había ido para siempre, sólo quedaba en su recuerdo. Se acercó al albornoz que le había regalado en Navidades, hundiendo su nariz entre los pliegues, en busca de su olor. Nada. Se había desvanecido. Y el espejo sólo le devolvía el reflejo de su rostro. Cansado, aunque sin arrugas, más viejo si se miraba a sus ojos, que ya no brillaban como tiempo atrás.

Cogió sus potingues y el cepillo de dientes y lo tiró a la bolsa de basura, antes de dirigirse al dormitorio. Mientras avanzaba por el pasillo, sentia un nudo en la boca del estómago. El dormitorio estaba a oscuras y podía verle dormido en la cama, desnudo, respirando cadenciosamente. Como se acercaba a él y adivinaba sus rasgos en la penumbra, relajados mientras estaba en los brazos de Morfeo. Inclinarse sobre él para besarle en los párpados y en los labios, en apenas un roce, antes de ocupar su sitio entre sus brazos. Parecía como si le hubieran diseñado para ser su puerto, su refugio. Apoyaba la cabeza en su pecho y notaba como los pelillos le hacían cosquillas en la nariz, antes de quedarse dormida al compás de su respiración. Y ahora las noches se habían convertido en una interminable Via Dolorosa, entre lágrimas y pesadillas.

Se sentó al pie de la cama, en el suelo y con la cabeza entre las piernas, comenzó a llorar. Todos los planes, los recuerdos, las sensaciones volatilizadas por un Dios caprichoso y cruel. Y sintió rabia y un profundo odio. Pero duró poco y su lugar lo volvió a ocupar la Nada. Como una autómata, se levantó con sus trastos metidos en la bolsa de basura y se fue al salón. Otra vez el fantasma de tiempos pasados.

Ella, inclinada sobre los libros en la mesa, mientras él leía el periódico. Al levantarse a beber agua, besaba su nuca o le acariciaba para que él supiera que, aunque ocupada, estaba cerca. O los dos tumbados en el sofá, viendo una película, cubiertos por una manta. O hablando en voz baja de sus proyectos. O simplemente estando el uno al lado del otro.

Al pensar otra vez en sus proyectos, volvió la rabia. ¿Por qué demonios él? Cuando había tanto hijo de puta suelto por el mundo. ¿Por qué siempre las buenas personas?
Sed buenos y llegaréis al cielo. ¡Y una mierda!.
Ella quizás no hubiera sido tan buena, pero él era una excelente persona y nadie le había preguntado si se quería ir al cielo tan pronto y si quería dejarla sola. O dejar de vivir la vida que tanto le gustaba. Sin darse cuenta, había comenzado a proclamar su furia en voz alta, una rabieta cuasi infantil.

Sentía un sabor amargo en la boca. Necesitaba beber algo y cogió la primera botella que vió en el mueble bar. Whisky. Nunca había sido de sus bebidas favoritas, pero daba igual. Sin preocuparse por vaso alguno, a morro, bebió un trago largo. Le ardía la garganta por lo fuerte de la bebida, pero no importaba. Fue hasta el bolso y sacó el paquete de tabaco.

Enhorabuena cariño, ya llevas cuatro meses sin fumar. Así que este fin de semana, mi guapa y yo podríamos irnos por ahí a celebrarlo.

Notó como el humo se expandía en sus pulmones y bajó la mirada, como si él la observara y temiera decepcionarle. Apagó el cigarrillo en el cenicero que había sobre la mesa y otra vez el nudo en el estómago y la opresión sobre el pecho.
Escuchó las gotas de lluvia que repiqueteaban sobre la barandilla de la terraza. Las nubes de antes descargaban un fuerte aguacero sobre la ciudad.

Abrió la puerta y salió al exterior, buscando un poco de aire fresco que le ayudara a eliminar esa opresión. Vió los tiestos vacíos.

-Cariño, somos únicos. Hemos matado un cactus y no por exceso de agua precisamente. Espero que eso de ser padres se nos dé mejor...

Y se desmoronó. Se dejó caer en el suelo de la terraza, llorando sin control. Por él, por ella, por los niños que no vendrian, por los sueños volatilizados...Por todo y por nada.

Alzó la vista al cielo, con rabia. Pero también en el fondo, con la esperanza de encontrar una respuesta. La única respuesta que logró fue que la lluvia diluyera las lágrimas en su rostro.

13 comentarios:

Oshidori dijo...

Los zarpazos nos dejan sin respuestas. Llevamos el mar en la cara, por los surcos de sal que han formado tantas lágrimas. Ni siquiera la lluvia hace que duelan menos las cicatrices. Pero nuestro corazón debe seguir latiendo.
Un abrazo muy, muy fuerte.

Blas de Lezo dijo...

No puedo decir/escribir nada. Solo leerlo y leerlo.
La sensación de la nada, la rabia por sentir la injusticia por perder lo que se ama de la forma que fuera, pero que se ama y que se ha esfumado para siempre.

No sigo, pero la lluvia y el viento junto con la voluntad hacen que uno pueda superar estas realidades, malditas, pero realidades.

Gracias,
Blas

Lúcida dijo...

Esa sensación de la nada es horrible, pero no insuperable.

Un beso

Turulato dijo...

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Armida Leticia dijo...

Esos dolores no los curan las medicinas, sólo el tiempo y a veces ni él. Me hizo llorar tu relato...

Saludos desde México.

Poledra dijo...

Realmente es un sentimiento horrible, pero eso sí, el tiempo lo diluye, aunque jamás se va del todo.

Un abrazo enorme

Fran dijo...

A pesar de los treinta y pico grados que hace en el exterior y de saber, he sentido frío al leerla.
¿Y decías que no sabías si habías transmitido esas sensaciones?
Un abrazo

SOMMER dijo...

Silvia, espléndido....

Espléndido...

_ SILVIA ó N-a-s-a _ dijo...

No tengo palabras! lo siento. Es una historia que me deja sin palabras. Te garantizo que si has trasmitido cada una de las sensaciones. un beso amiga.

Silvia dijo...

Gracias a todos vosotros.
Besos

Vitore dijo...

Hacía tiempo que no me pasaba por aquí y me encuentro con este relato tan real como la vida y como la muerte misma. Estas cosas pasan todos los días a nuestro alrededor hasta que un día; por lógica de la vida y de la muerte; nos toca. La chica parece fuerte. Se os acabará quitando ese nudo-Nada que tenéis ahora mismo. Besos y suerte.

Kalia dijo...

Han pasado mucho tiempo desde que empecé a leer este escrito. Digo que empecé, pues no pude continuarlo. Me lo había recomendado un amigo, pero me advirtió de que lo dejara para más adelante.

Hoy he podido oír el ruido de mi corazón en esos días, desde el 18 de julio, precisamente el día en el que nos hablaste de todo esto. La niebla. Exactamente eso era, la niebla, lo único que sentía ante el vacío del universo entero. Hoy, al fin, puedo leerlo. Gracias por hablar.

Abrazos

Silvia dijo...

Kalía, deseo sinceramente que esa niebla se haya abierto un poco, gracias al calor de tu familia y amigos, que alivia bastante.
Un abrazo