domingo, 7 de septiembre de 2008

Un sábado cualquiera...

El día amanece lluvioso y aunque a la mayoría de las personas les entristece, a mí me encanta.

Así que con mi bolso cargado de apuntes, que tenía que haber estudiado antes, y una sonrisa, porque esperaba que por la tarde hubiera charcos enormes, salgo de casa para afrontar el primero de los dos exámenes de la jornada. Pero primero, un café, algo de música y a repasar. Desde mis tiempos de estudiante (los primeros, cuando era más joven), siempre me gustó estudiar en cafeterías. Por aquel entonces fumaba y podía echarme un cigarrito mientras estudiaba y así no interrumpía mi sesión de estudio.

Sé que el café de los Starbucks no es el mejor del mundo. Sé que son caros para la calidad que tienen. Sé que los dulces engordan con sólo mirarlos. Pero...¿qué le voy a hacer? Me gusta ese sitio para estudiar.
Todavía no he estado en uno en el que los camareros fueran desagradables o secos, sino más bien todo lo contrario. La música, lo sucientemente suave como para charlar o estudiar, me suele gustar bastante. No permiten que se fume (quién me ha visto...) y por el bien de mis bronquios, lo prefiero. Y sobre todo, tienen, en casi todos, unos sillones muy cómodos en los que repantingarse mientras se estudia.

Al pasar por el escaparate, veo que está libre el rincón. Tiene una butaca confortable, una mesa baja dónde dejar los apuntes y una pequeña repisa que hace las funciones de escabel. Además, desde dentro, puedes ver a los transeúntes y distraerte imaginando, pero es raro que ellos se fijen en ti.
Así que cojo mi café en taza de loza y mis apuntes, presta a ocupar la butaca.
¡¡Horror!! ¿Qué demonios hace ese tipo en ¡¡mi!! sitio? ¿No hay sitios libres en todo el local que tiene que ir a coger precisamente ese?
Noto como comienzo a sentir una corriente de antipatía hacia ese desconocido que juega al FIFA en la PSP ajeno a mi inquina. Corriente que aumenta según pasa el tiempo. Digo yo que podría jugar con auriculares, que me importa un bledo saber que le han cascado tres goles. Levanto la mirada de los apuntes y la dirijo alternativamente al individuo y al vaso de papel con pajita que está frente a él. Bien se podría ir a la p... calle a molestar. Cruzo mi mirada con la de la turista que está en la mesa de al lado e intuyo que estamos pensando en lo mismo. Nos sonreímos con algo de malicia en esa sonrisa.

Después del café, me subo en el autobús para ir al examen. Intento repasar pero no hay manera. Me llama más la atención ver como se despereza Madrid y los pocos ocupantes que viajan en el autobus a estas horas.
Por los ojos vidriosos, el desorden en sus ropas y la cara de sueño, el moreno que está dos filas delante mía, parece que vuelve a casa después de una noche de juerga. Da una cabezada y...casi se estampa contra el cristal. Pero se despierta a tiempo.
Otro hombre, de mediana edad, va leyendo las últimas novedades en el Marca.
Una mujer, que supongo empleada del hogar, va haciendo un sudoku, con gesto concentrado. Se golpea, con gesto contrariado, la sien con el bolígrafo cuando encuentra una dificultad.
Una pareja de turistas alemanes, parece que jubilados, consultan un mapa y no parecen tenerlo muy claro. El hombre, que tiene unos ojos azules muy claros, casi transparentes, se me acerca y me pregunta sobre como ir al Palacio Real. Le doy las indicaciones, nos despedimos educadamente y cuando bajan del autobus, miro por la ventanilla. Por el camino que emprenden, parece que les indiqué bien.
Una mujer más o menos de mi edad, sudamericana, sube al autobus con un cochecito de bebé. Lleva a una niña, de apenas dos años, con unos enormes ojos castaños, que miran con curiosidad lo que le rodea. Le sonrío y me devuelve la sonrisa. Comienzo a hacerle muecas y se ríe ante mis payasadas. Cuando baja del autobus, me sonríe por última vez.

Llego al lugar del examen. Los fumadores apuran, nerviosos en su mayoría, los últimos pitillos. Casualidades de la vida, me encuentro con un cliente que también está estudiando en la UNED. Apuramos los últimos minutos antes del exámen charlando tranquilamente. Ambos vamos con la tranquilidad que da la ignorancia. Y es que así no hay quien dude en las preguntas y los nervios no pueden traicionarle. No me las sé y punto.

El examen...Le comentaba a unos amigos que para aprobar, necesitaba que se abrieran los cielos y apareciera la Corte Celestial en pleno. Por la mañana, estaban ocupados en otras cosas más importantes.

Al salir, vuelvo a coincidir con mi cliente y nos vamos a tomar una cerveza a una cafetería cercana. Él se vuelve a casa, pero a mí aún me queda otro examen. Saco exámenes antiguos de esa asignatura, ya resueltos y les echo un vistazo, a ver si deja de sonarme todo a arameo. El solecito que entra por el escaparate, y que me ha robado mis charcos, me provoca modorra. Aunque más tiene que ver lo aburrido de lo que leo.

Pasan las horas y vuelvo a estar en el mismo pasillo, esperando a que nos coloquen, que por la mañana. Harta de releer exámenes, saco mi libro y me dejo atrapar por otro Madrid, lleno de superchería, y por el depravado Ambrosio.

Pasamos al exámen y veo a "mi" amigo. Un profesor grosero y maleducado, que se debe creer superior a nosotros. Un auténtico gilipollas. Y hoy, un pringao al que le ha tocado trabajar un sábado por la tarde.
Reparten el examen.

Las nubes se abren.
La sala se llena de una luz pacificadora. Sonido de trompetas y cantos de serafines. Los Profetas, los Apóstoles, los Santos rodean el Trono Celestial. Y el Hijo sentado a la diestra del Padre. El Espíritu le caga en el cogote al profesor.
¡¡Me ha tocado el mismo examen, palabra por palabra, que he estado leyendo minutos antes de entrar!!! ¡¡Y me acuerdo perfectamente del desarrollo!!.
Siento ganas, que contengo, de ponerme a bailar en medio de la clase y le daría un beso en los morros al que ha puesto el examen. Levanto la vista y veo al gilipollas. Mejor dejo lo del beso para otro momento, porque prefiero besar a un dromedario con escorbuto que a eso.
Acabo mi exámen y hasta me da tiempo, al descuido de los profesores, de ayudar con el suyo a una compañera, cuyo nombre ignoro, pero que me invita a una cerveza de agradecimiento a la salida.

En el autobus de regreso, voy feliz leyendo mi novela, contenta por la suerte que he tenido. Ni las groserías de una pasajera, drogadicta, que nos acusa al resto de haberle robado su billete de autobus, logran borrarme la sonrisa. Es más, se agranda cuando comienzo a imaginarme al peligroso ladrón de los metrobuses, pensamiento que tengo en voz alta y que provoca la sonrisa de la chica del asiento contiguo. Seguro que es esa ancianita. O esa pareja joven. Si es que nunca se sabe, que los metrobuses son un objeto irresistible...

Llego a casa y me tumbo un rato en la cama. Caigo en los brazos de Morfeo casi al instante. Duermo unas horas y me despierto cuando ya todos duermen, descansada y relajada.

Abro blogger, dispuesta a contar otra chorrada que se me ha pasado por la mente. Pero cuando me pongo, sólo me sale escribir sobre este sábado, tan completo, con sus luces y sombras. Tan ameno y revitalizador.

¡Qué bien me ha sentado eso de acabar los exámenes!. Que tengáis dulces sueños y un domingo estupendo.

5 comentarios:

Turulato dijo...

Dos apuntes...
Un conocido, jacetano, actor y presentador de televisión, me relataba suavemente un día sobre los consejos que le daba su padre sobre como preparar los exámenes.
Era un experto estudiante -un gato, en mi terminología del XIX-, pues dados los años que llevaba matriculado en 1º de Derecho consideraba que reunía méritos para que la facultad le dedicase una estatua.
Su padre le recomendaba que unos días antes del examen dejase de estudiar y descansase..
"¡Pero eso es una tragedia, papá. Si es todo el tiempo de estudio que tengo durante el curso!".

Segun.. Este artículo tiene enjundia para convertirse en un relato corto.

De nuevo, mi admiración

amor es libertad dijo...

qué gusto haberte acompañado leyendo, y qué gusto que saliera bien, que tuvieras esa suerte

beso

Lúcida dijo...

El peligroso ladrón de los metrobuses se mueve ahora por Madrid? ;)

Qué alegría sentir esa serenidad.

besos

Fran dijo...

Ya veo que me has contestado a la pregunta sobre los exámenes. O sea, que todas aprobadas y dos con buenas notas, ¿no?
Siento mucha hostilidad hacia el hombre de la PSP. ¡Cálmate que se te va a desequilibrar el karma y pareces estar en paz y serenidad. Claro, que después de una aparición divina, así cualquiera...
Enhorabuena y un millón de besos.

P.S: Una duda, ¿qué estas leyendo?

Silvia dijo...

Turu, no llego a los niveles de tu amigo jacetano, pero este verano, poco más he estudiado. Por falta de tiempo y de energías.
Yo te agradezco la admiración pero en este caso, no creo que merecida, que sólo me limité a vivir un cúmulo de circunstancias.

Amor es libertad, pues una parte de mí no está muy contenta con esa suerte. Porque he cumplido la primera misión del estudiante, aprobar, pero ¿y aprender?

Lúcida, asustadita me tiene. No sé si seré capaz de coger otro autobus tranquilamente. Jajaja.

Fran, el de ayer por la mañana no apruebo, pero es que un milagro como el de por la tarde, necesita preparación.
No me recuerdes al de la PSP que me sublevo y estoy hoy en estado Zen post-exámenes.
El libro que estoy leyendo, gracias a Oshidori, es El Monje de Matthew G. Lewis, una novela gótica que estoy devorando, ambientada en Madrid.

Besos a todos