jueves, 4 de septiembre de 2008

Silbando a las estrellas (3)

Turu, esto es para ti. Gracias a tu artículo retomé a Miguel y a Iria, que llevaba el borrador meses durmiendo en el olvido.

Después del entierro de su madre, la vida iba regresando poco a poco a la normalidad. Tras acabar los estudios de bachillerato, con buenas notas como se esperaba de él, accedió a la Universidad. Llegaron nuevos amigos, nuevas inquietudes y largas horas de estudio para lograr su objetivo. Quizás no fuera a ser un gran piloto como soñaba cuando era niño, pero pasaría la vida entre aviones, construyéndolos.

En algunas de las noches que pasaba estudiando, perdía su mirada por la ventana, tratando de buscar estrellas y recordaba a Iria.
Se avergonzaba de si mismo por no haber hecho nada por mantener el contacto y se prometía que regresaría al pueblo, la buscaría y retomarían su amistad. O quizás algo más. Y es que recordaba esa tarde en el cementerio en la que se dió cuenta de que su amiga de juegos de la infancia se había transformado en toda una mujer.
Pero la rutina, pesada, se imponía, dejando la promesa en suspenso indefinidamente.

Después de aprobar el primer curso, decidió tomarse unos días de descanso en la vieja casa del pueblo.
La promesa, tanto tiempo pospuesta, se haría realidad. Podría ver a Iria.
No sabía cuál sería la reacción de la joven a su silencio del último año y temía haberla decepcionado. Quizás no quisiera saber nada de él por haber sido tan egoísta, aunque en su fuero interno creía, y eso esperaba, que ella le excusaría.

Metió sus trastos en el Seiscientos que le había regalado su padre y condujo todo el día para alcanzar su destino. Cuando llegó, ya de noche, se sentó en un poyete junto a la puerta de la casona a liarse un cigarrillo.
Sólo el canto de cortejo de los grillos rompía el silencio de la noche. Se recostó contra la fachada de la casa, aspiró el aroma a mar que la brisa traía y encendió el cigarrillo. Miró a su alrededor esperando ver aparecer a su amiga, entre las volutas de humo. Era imposible que ésta supiera de su llegada sorpresa, aunque con Iria nunca se sabía. Se rió ante ese pensamiento, apuró el cigarrillo y se fue a la cama.

Justo antes de dormirse, presa del cansancio, miró a través de la ventana el cielo cuajado de estrellas y silbó. Fue una noche de dulces sueños en los que imaginaba la jornada venidera, ésa en la que buscaría a su amiga, le mostraría su coche y se irían a dar un paseo por la playa, con las manos enlazadas y charlando en voz baja como el día del funeral. Sólo que en esta ocasión, ambos sonreirían.

Se levantó bien entrada la mañana, después de una larga noche de sueño reparador y hambriento como un lobo. Decidió que tomaría algo en el bar del pueblo y después buscaría a Iria.
La verdad es que no sabía muy bien por dónde empezar. Ahora que lo pensaba, sabía poco de su amiga, pues casi todas las conversaciones se habían centrado en las travesuras comunes o en él. No había ido nunca a su casa, no sabía si tenía hermanos o si sus padres vivían. Tampoco la había visto nunca charlar con nadie. Intuía que su color favorito era el azul, pues siempre llevaba una prenda de ese color, pero tampoco estaba seguro de eso. Sólo sabía es que cuando estaba con ella, todo era distinto, mucho más sereno y sencillo. Hasta él mismo parecía más confiado y relajado. Y le bastaba con eso.

Iba conduciendo animado y sonriente, bajo el sol de la mañana. Tenía tantas cosas que decirle a Iria. Hablarle de sus sueños, de sus proyectos, de sus temores...Averiguar si el azul era su color favorito, si le gustaba bailar o si quería acompañarle a la verbena del pueblo de al lado. O simplemente, sentarse a su lado y escuchar su risa cristalina.

La vió al final del paseo. Inconfundible con un vestido azul sin mangas y el pelo alborotado por la brisa. Movía las manos, mientras parecía charlar animadamente. Entonces se fijó en su interlocutor. No podía distinguir quien era aquel hombre moreno, pero por sus gestos, por como apoyaba su mano sobre el brazo de ella, había familiaridad entre ellos.

Notó una punzada en el estómago y como se le llenaba la boca con el sabor a bilis, mientras sus manos se crispaban sobre el volante. Sabía que era irracional e infantil que sintiera celos. Ese hombre podía ser algún pariente, su hermano o quizás un primo, pero le daba igual. Esos gestos, esa confianza...sentían que eran suyos, que le pertenecían y que se los estaba quitando ese desconocido.

Estaba tan inmerso en su rabia, que no lo vió venir hasta que fue demasiado tarde. Vió por el rabillo del ojo, a su derecha, un camión al tiempo que escuchaba la bocina de este avisándole de su presencia. Dió un volantazo a su izquierda tratando de esquivarle y perdió el control del coche.
Oyó como chocaba contra un poste, el ruido de cristales rotos y notó un fuerte golpe. Y después, la oscuridad.

(Continuará...o eso espero)

5 comentarios:

Fran dijo...

¿Cómo qué eso espero? De eso espero, nada. Yo quiero más.
Durante casi tres meses viendo el borrador sin leerlo por si te daba por escribirlo y cuando lo haces, me dejas con la miel en los labios.
Miguel es un poco capullo, pero como la mayoría de nosotros cuando somos unos críos.
Un abrazo

Lúcida dijo...

Yo también quiero más!!!
sin agobios, eso si.

Gracias guapa
Besos

Turulato dijo...

El accidente fue antes de llegar. Casi no había dormido la noche anterior; el trabajo...
Pero ¡ansiaba tanto encontrarla!.
Se durmió...

Silvia dijo...

Fran, si puedo lo escribiré tras los exámenes. Miguel es un capullo, sino un buen chaval. Sólo que le falta experiencia y madurez. Eso dicen que se cura con los años, pero no siempre, que conozco a algunos...

Lúcida, de nada. Y espero que haya más si el tiempo y la inspiración acompañan.

Turulato, ¿cómo continúa tu historia? Estaría genial ver como evolucionan los personajes según la visión que tenemos cada uno de ellos. Ser como pequeños dioses juguetones con Miguel e Iria.

Besos

Oshidori dijo...

La realidad se presentó como un camión inesperado, y él no acertó a manejar la situación. Pero fue pasajero.