domingo, 27 de diciembre de 2009

Castilla

Hace un rato, viniendo a Madrid, no logré dormirme en el autobus como es habitual. Así que apoyé mi nariz sobre el cristal y me dediqué a mirar el paisaje. Los campos estaban cubiertos de escarcha y aún había algunos jirones de niebla, lo que le daba un aspecto algo fantasmal, como si de un sueño se tratase.

He recordado una conversación que tuve en el viaje de trabajo por tierras castellanas el pasado mes de octubre. Varios de los asistentes empezaron a ensalzar el paisaje norteño, concretamente asturiano y a compararlo con el que veían. El castellano perdía. No tiene mar. No es tan verde. Es más rudo.

Dónde mis compañeros, al mirar los campos de Castilla, vieron aridez, yo ví vida. No es espectacular (o al menos no lo que entiende por espectacular por la mayoría), sino algo más intimista. La cornisa cantábrica conquista a primera vista. Castilla, no es tan apabullante y para quererla hay que descubrirla poco a poco.

Sé que en primavera esos campos se alfombran de flores y cereales, que mecidos por el viento, comienzan una danza, en la que se acarician mutuamente. Sólo hay que observar despacio, con calma.
En verano, tumbada al raso, con los grillos como banda sonora, vuelves tus ojos al cielo limpio de nubes y cuajado de estrellas. Y sueñas.
Esos mismos campos, con la llegada del otoño, se cubren con un manto de hojas, de tonos amarillos, ocres, rojizos...
En invierno, el viento que refresca las ideas y te hace sentir vivo, trae nubes con nieve, que visten los campos con una capa inmaculada.

Pero Castilla no es sólo meseta y campos en los que perder la vista hasta el horizonte. También hay verde, ese que tanto nos epata a los de ciudad. Aunque me faltan muchos rincones por descubrir, me vienen a la mente los Ancares o el Bierzo en León; la Montaña Palentina; el cañón del río Lobos, la Laguna Negra o la sierra de la Demanda entre Burgos y Soria o el parque del Alto Ebro o el desfiladero de Pancorbo en Burgos.

Yo no soy ni Machado ni Azorín (ya me gustaría) pero mientras volvía a casa, las palabras para este ¿artículo? ¿homenaje? me llenaban la cabeza solas.
Así que, con peor o mejor fortuna, aquí está.

3 comentarios:

Turulato dijo...

No lo haces mal.. La mar, el panorama desde una gran cima o collado, impactan; basta abrir los ojos para sentir la inmensidad y lo minúsculo de nuestro tamaño. ¿Pero eso es belleza?; ¿por qué el azul verdoso de una ría o el blanco de la nieve es más bello que la gama que va desde el dorado viejo al pardo claro de la tierra?.
Otra vez creo que se confunde los términos. El impacto en el ánimo, la majestuosidad, con la belleza.

Castilla es variadísima. No admite en tema alguno la simplificación. La Marina de Castilla era Santander, que lo de hoy aún ha de demostrar que entrará en la Historia. Quien quiera hacerse una idea, que acuda a la Cartoteca del Instituto Geográfico Nacional y compruebe en detalle las tierras castellanas.

Eso si, Cancún y Thailandia son más guays....

Silvia dijo...

Cancún y Thailandia tienen su encanto. Pero es que, ¿qué quieres que te diga? A mí la vieja y zorra Europa me gusta. Y no te quiero decir nada de la Península Ibérica, porque esa me pirra de siempre.

Kalia dijo...

Me gusta Castilla. La Vieja Castila más que la Nueva, la Castilla castellana(no hablo de la leonesa. Y me ha gustado siempre perderme por esos pueblos a los que no va nadie. O no iba nadie, que ahora... La montaña palentina....¡esa desconocida! Respiras el sabor de lo auténtico.

Lo bello está en saber mirar, en saber oír. Ocurre con otros paisajes que se consideran feos. Y tienen la beleza cruda de la Luna, como los Monegros en Aragón.

Y me gusta como has escrito tu homenaje a Castilla.