Una historia de Amor
Ese es el nombre que han puesto al Belén instalado en la Catedral de Burgos y montado por el Regimiento de Transmisiones 22 acuartelado en Castrillo del Val. Un título de lo más acertado.





Bienvenidos. Espero que os sintáis como en vuestra tasca favorita.
Ese es el nombre que han puesto al Belén instalado en la Catedral de Burgos y montado por el Regimiento de Transmisiones 22 acuartelado en Castrillo del Val. Un título de lo más acertado.
Escrito por Silvia a las 23:59 1 comentarios
Archivado en: Emociones y recuerdos, Mi día a día/Anécdotas
Gracias a una conversación en el Caralibro, sobre cementerios y gastronomía, recordé un cuento que me contaba mi abuela de pequeña y que me encantaba.
Escrito por Silvia a las 14:25 5 comentarios
Archivado en: Emociones y recuerdos
Escrito por Silvia a las 23:03 4 comentarios
Archivado en: Mi día a día/Anécdotas
- A veces me pregunto si lo que siento realmente por él es amor. No tendría que resultar tan difícil, a veces, quererle. Es todo mucho más sencillo.
- No digas tonterías. Pocas personas conozco que tengan tan claro cuando quieren a alguien y vivan de un modo tan coherente a lo que sienten. No te resulta difícil quererle, pero dudas antes sus incongruencias y mentiras. Sólo es miedo. No sabes a qué atenerte y te proteges.
- No sé.
- Sí lo sabes. Mira, él se lo pierde. No le conozco, pero no parece muy listo si no se ha dado cuenta de lo que hay y rechaza tal regalo. Y no hablo de una relación romántica.
- Sabes que las cosas no son tan sencillas.
- Son todo lo sencillas que nosotros queremos hacerlas.
- Quizás. Por ahora, prefiero otorgarle el beneficio de la duda. Aunque a veces duela y cueste.
- Anda, ven, tontorrona - él la estrechó más contra su pecho. Ella apoyó la cabeza sobre su hombro y cubrió su cuerpo con el edredón. ¡Qué bien olía! - Si quieres le doy un par de hostias a ver si reacciona.
- ¡Qué bruto! Nunca he tenido ningún interés en que dos personas a las que quiero, se partan la cara por mí. Además, sabes que eso sería una forma de coacción y trato por todos los medios, aunque no siempre lo logre, de que eso no suceda.
- Lo sé. Eres la miedica que menos pide que la den la mano en la oscuridad que conozco. Aunque estés muriéndote de ganas y temblando de miedo.
- ¿Ein?- ella levantó la cabeza, buscando su mirada en la penumbra, intentando entender.
- Nada. Cosas mías - él comenzó a acariciar con las yemas de los dedos el cuello y el pelo. Permanecieron abrazados en silencio, mientras notaba como su respiración se iba ralentizando.
Escrito por Silvia a las 11:50 3 comentarios
Archivado en: Relatos
Anoche estuve en Bedford Falls, acompañando a un hombre desesperado en su búsqueda de la esperanza. Y ayudando a que un ángel consiguiera sus alas. No es la primera vez que lo hago. De hecho, lo hago todas las Navidades y alguna vez más el resto del año desde que tengo uso de razón.
Pero creo que ayer fue distinto. No sé exactamente porqué, pero si siento que he dejado de percibir las Navidades del modo en que lo hacía hasta ahora. Descoloca, pero no es malo. Creo.
Así que aquí estoy, con la mente en blanco, incapaz de desear a los que pasan por aquí, una Feliz Navidad sin que me suene a manido o hipócrita, pues no estoy muy segura de como me siento estos días.
Me gustaría poder regalar Belleza como ha hecho Turulato aquí. O Esperanza. Pero no me sale. Ni siquiera con aquellos a los que quiero y tengo más cerca. Siento que no he sido ni soy capaz de ello.
Pero por otro lado, aunque yo no sepa mostrarlo, siento más que nunca esa Esperanza.
Deseo de todo corazón que seáis capaz de verla y disfrutarla. Estos días y el resto de los días del año.
Feliz Navidad.
Escrito por Silvia a las 10:25 2 comentarios
Archivado en: Emociones y recuerdos
- Está comenzando a llover. Vámonos a tomar algo.
- No, quedémonos aquí. Son sólo cuatro gotas. Y mira, aún hay sol. Quizás veamos un arcoiris.
- Venga, que nos podemos resfriar.
- No seas quejica - protestó ella sonriendo - Si te pones malito, yo te mimo. Pero, porfa, que me encantan los arcoiris.
- Mmm, no sé, no sé. Si sólo es luz refractada...
- Nooo. Es mucho más. Es seguir soñando, creer en lo increíble.
- ¿Entonces encontraré dos ollas con monedas de oro al final del arcoiris? - sonrió él - Creo que empiezan a gustarme.
- ¡Qué tonto eres! Sabes que no es eso. Eso no importa.
- Lo sé, pero te pones preciosa cuando te enfurruñas - él la abrazo por detrás - Mira, allí tienes tu arcoiris.
En el horizonte, el arco de colores se veía cada vez más nítidamente. Ellos permanecían abrazados, las manos juntas, contemplando el horizonte y sus sueños.
- Mira, ahora estoy aquí - ella se giró y le miró con dulzura - pero siempre estaré esperándote allí - dijo señalando el arcoiris.
- ¿Me lo prometes?
- Te doy mi palabra de honor. Y sabes que nunca la traiciono - ella se levantó de puntillas y le dio un beso, sellando el pacto que acababan de hacer entre ambos.
El sonido de las gotas de lluvia repiqueteando contra su ventana le despertaron de la siesta estival. Adormilado, con el sueño fresco en su memoria, se acercó a la ventana. A lo lejos, se podía ver brillar nítidamente los colores del arcoiris. Con el sabor del beso aún en los labios y el recuerdo de la promesa pasada, volvió a la cama vacía.
Escrito por Silvia a las 00:42 3 comentarios
Archivado en: Relatos
Estas Navidades están siendo extrañas. Estoy viviendo mi particular cuento de Navidad y quizás por eso han venido a visitarme mis fantasmas del pasado y presente.
Es curioso. Tengo mucha memoria, especialmente de la emotiva. Pero casi no me acuerdo ni de tu cara, ni de tu voz ni de cómo olías, reías o andabas. Tampoco recuerdo nada de lo bueno que hubo entre nosotros, aunque sé que lo hubo. Y lo malo, me parece muy lejano. Ahora eres poco más que un nombre que se colaba en alguna conversación. Una caja llena de polvo en el desván de mi memoria.
Hace tiempo, me preguntaron si te odiaba. No. Odiar exige dedicación, como Amar. A pesar de que a veces la rabia me puede, esta vida es demasiado breve para perder mi tiempo y mis energías en esas cosas. Sólo una vez odié a alguien. Y pocas cosas me han hecho tanto daño como ese odio. El precio a pagar es demasiado elevado para mí.
¿Desprecio? Pues va a ser que no. El esfuerzo es mínimo, pero eso exige buscar lo que no aprecio de ti y actuar. ¡Qué pereza!. Ya no tengo ganas de tratar de entenderte. Y lo de sentirme culpable quedó allá por el Jurásico
Lo más cercano es la indiferencia y el hastío. Sé de tu existencia, como sé la de otras personas con las que me cruzo a diario y cuyas vidas no me interesan. Bueno, miento. Ellas pueden excitar mi curiosidad.
¿Y entonces esto? Será que me gusta oír mis propios pensamientos, con eso de que tengo la voz bonita. O que como soy yo muy curiosa, me gusta tener el desván colocado. O para que te quede claro de una puñetera vez lo que eres. Humo.
Escrito por Silvia a las 14:30 3 comentarios
Esta es mi primera baja laboral. Cuando me pasó lo de la rodilla en el 98 y viendo que podía caminar, pasé de la baja. Y cuando me rompí la mano, el primer día que me derivaron a FREMAP, con la escayola aún fresca, solicité el alta voluntaria.
Así que con esta lesión, iba de novata a la mutua.
He llegado hecha polvo. Apenas he dormido treinta minutos, después de estar toda la noche con calambres y tirones, notando como la rótula se marcaba bailecitos de un lado a otro. A ver si me dan la rodillera que me tienen que hacer a medida y al menos, aunque me duela, podré descansar al saber que la rótula va a estar sujeta y no toda la noche pendiente de si se va a ir de farra o no.
Cuando me citaron por teléfono, me dijeron que llevara todos los papeles que tuviera y como soy muy obediente, ahí que me he ido con mis radiografías y demás. ¿Para qué? Pues para que conocieran Madrid.
He entrado a consulta con una doctora bastante desagradable, pero llena de fe en el ser humano. Ni me ha mirado la rodilla, ni las radiografías ni el informe ni nada de nada. Vamos, casi ni a mí, porque ha levantado la mirada del teclado una vez.
Le he comentado que tenía un asunto judicial pendiente en Portugal. No puedo, según ella, salir de España. Cuando le he comentado que necesitaba algún informe médico para ir avisando a mi abogada para que solicite un aplazamiento (otro), me dice que me lo dará más adelante, viendo como evoluciono.
Me ha dicho que tendré que hacer rehabilitación estas Navidades, lo que me ha dejado con la moral un poco por los suelos, porque no podré pasarlas con la familia.
Si me molesta, que me vaya al médico de cabecera o a urgencias (se ha perdido la campaña del ministerio para tratar de no colapsar las urgencias e incurrir en gastos innecesarios). Y que vuelva la semana que viene.
Ganas me dieron de solicitar el alta voluntaria, irme a un fisioterapeuta que me haga la rehabilitación y que les den por saco a todos.
Al salir, iba pensando, camino de un farmacia, en que lo de las bajas fraudulentas es muy sencillo de hacer. Mi médico de cabecera me ha dado la baja sin haber ido a consulta, sólo con el informe médico que le acercó mi padre (aunque sabe de mi evolución por el médico y la enfermera que vinieron a casa a quitarme la férula). La de FREMAP, pues eso...
Sería sencillo irse a urgencias con un "Ay, qué me duele el tobillo" y un poco de cuento y tirarse como dos o tres semanas a costa de la Seguridad Social. Y cuando te vayan a mirar, llegar y decir ¡¡Milagro!! Ya no me duele.
Al par de meses, pues otra vez con, por ejemplo, la espalda. Y así un par de bajas al año.
Que como vamos sobrados de pasta...
Pero yo no quiero eso. Quiero recuperarme cuanto antes y abrir mi negocio, salir a la calle y olvidarme un poco de médicos, hospitales, medicamentos y demás zarandajas.
Escrito por Silvia a las 14:06 3 comentarios
Archivado en: Mis opiniones/El mundo en el que vivo
Otra noche más de insomnio. Podría aprovechar y leer un rato o acabar uno de esos borradores que llevan durmiendo el sueño de los justos meses. Pero no. Lo único que hago es hacer tiempo a ver si el analgésico hace efecto y puedo rapiñar un poco de sueño.
La rodilla me duele horrores. Noto como me tiembla de vez en cuando el cuádriceps y siento como se mueve la rótula sin llegar a salirse, gracias a Dios, otra vez del todo. Me he quedado en una postura un tanto incómoda, pero no me pienso mover no vaya a ser que la líe. (Me acaba de dar un zurriagazo, que casi se me cae el notebook al suelo del respingo que he dado)
Ayer me quitaron el vendaje y me dijeron que fuera poco a poco apoyando el pie y flexionando la rodilla, siempre con el apoyo de las muletas. Lo primero que hice, fue quedar con mi hermana, que vive cerca del ambulatorio, a tomar un café. Tendría que haberme ido a casa, pero llevaba dos semanas sin salir a la calle y quería que me diera un poco el aire.
Un trayecto en el que normalmente tardaría, pisando huevos, tres minutos, me llevó casi veinte. Una tortuga artrítica y sin una pierna habría tardado menos que yo, pero iba con mucho cuidado, apoyando el pie muy poquito y fijándome dónde ponía las muletas, que el suelo estaba húmedo y cubierto de hojas. Camino del autobus, me emocioné y apoyé el pie algo más.
Llegué a casa cansada, con la pierna izquierda algo cargada, pero contenta. Y claro, esta mañana me emocioné y volví a salir. Incluso me planteé ir a buscar a mis sobrinos al colegio. Ilusa...
Han sido apenas doscientos metros lo que habré caminado y ahora mismo estoy como si acabara de correr la marathon ida y vuelta. Porque no es sólo la rodilla lesionada, sino que miro a la "sana" con aprensión, pensando que pueda imitar los afanes independentistas de la otra.
Hace un momento, mezcla de cansancio (llevo días sin dormir en condiciones), dolor y autocompasión, me he puesto a llorar. En silencio, para no dar el follón, que todos duermen. Mordiendo la almohada.
Y aunque sé objetivamente que esta lesión, aunque se desarrolló a los catorce años, es un defecto congénito, no he podido evitar preguntarme qué narices me he hecho para haberme querido tan poco.
Escrito por Silvia a las 02:27 4 comentarios
Hace unos días envié a unos amigos un correo electrónico de humor, de esos que pululan por internet, sobre las madres. Hoy lo recibí nuevamente de otra amiga. Y sonreí al recordar ciertas cosas.
Cuando era pequeña y mis hermanas y yo habíamos logrado colmar la paciencia de mis padres y cabrearles, salía la famosa expresión "Esto lo haces por el artículo 33". Que tú no sabías cuál era exactamente ese artículo ni para que servía, pero tenías muy claro que contravenirlo era algo no muy bueno para ti.
Llega cuarto de E.G.B. y te hablan de una cosa llamada Constitución. ¡Y tiene artículos! Así que yo, que era muy aplicada, pedí permiso para leerme la Constitución y averiguar qué era exactamente el famoso artículo de marras.
Se reconoce el derecho a la propiedad privada y a la herencia.
Eso no hizo más que contribuir a mi confusión. ¿Éramos mis hermanas y yo una propiedad privada de mis padres? No podía ser, porque acababa de leer en ese mismo libro que no. ¿Nos podían privar de nuestras cosas? Por poder, podían. Pero lo más habitual, si no hacíamos lo que nos decían, es que acabarábamos con penas de privación de libertad ("Castigada una semana sin salir a la calle") o con un azote en el culo con la zapatilla, de esos que picaban. Porque en mi época, eso no traumatizaba.
Treinta años más tarde, tengo clarísimo el significado del artículo 33. Pero me surge la duda de saber de dónde viene la expresión. Porque aunque lo ignoremos, casi todas las locuciones adverbiales y dichos comunes, tienen su origen en algo real. (Aquí, por ejemplo, está la explicación de la expresión "Esto es una bicoca")
¿Alguien lo sabe?
Escrito por Silvia a las 12:36 8 comentarios
Archivado en: Emociones y recuerdos, Idas de olla
Llevo unos días melancólica y he sido, más de lo habitual, consciente de lo mucho que te echo de menos. Y a él, a mis ojos color chocolate. En realidad, he pensado en mis Siete Magníficos, en cómo os extraño. Si tuviera la certeza de que estáis bien...
Añoro nuestras conversaciones, el compartir silencios y soledades acompañadas, las collejas que me dabas hasta cuando estabas más débil, como sujetaste el espejo mientras escuadriñaba mi reflejo y me enfrentaba a mis demonios. Y los abrazos. Quizás es de lo que más echo de menos, porque pocas personas abrazaban como tú. De esa forma que te hacen sentir que no va a pasar nada, que alguien cuida tus espaldas mientras más vulnerable estás. Y que dan calor.
Ahora sonrío al ver cómo estaba cuando nos conocimos. Me resulto tan lejana...
Me caíste mal la primera vez, pero porque me dijiste cosas que no quería escuchar. Soberbia. Eso fue lo que me llamaste. Te miré a los ojos dispuesta a mandarte a tomar por culo, por imbécil. Y vi la dulzura que emanaban. Me desmontaron y me callé. Soberbia sí, pero no tan gilipollas.
Empezamos a charlar. Primero, picada por el orgullo, luego espoleada por la curiosidad y más tarde, con afecto sincero. Cuando creí que había perdido toda clase de fe, me hiciste creer que podía recuperarla. Sabes que aún sigo en ello, pero creo que no vamos por mal camino. Al menos en algún aspecto.
Recuerdo una de nuestras primeras charlas en las que desmontaste la chulería que usaba para defenderme y me hiciste enfrentarme cara a cara con mi propio dolor, ese que intentaba mitigar de aquellas maneras tan tontas. Y me dijiste algo importante. Aunque tú no creas, Él cree en ti.
Casi al final, sonriendo como buenamente podías, me dijiste ¿Ves? Si hasta me puso en tu camino para que te dieras cuenta...
A veces tengo la sensación de que se ha cerrado un ciclo, de que hay algo que jamás volveré a tener. Si estuvieras aquí, no me libraba de la colleja ni Dios. Lo sé. Pero ya sabes, hay cosas que parece que nunca cambian.
Ahora me apetecería tomarme un té contigo. Que sí, que sí, que es verdad, que ya tomo té. Y me gusta. Charlar de lo que fuera, reírnos, discutir e intentar zafarme como buenamente pudiera de tus razonamientos. Y tú de mis preguntas, que eso no lo he perdido. O quedarnos en silencio, sorbiendo despacio el té. ¡¡Y sin fumarme un pitillo!! Que esta vez no he vuelto a caer, aunque a veces me fume un narguile.
Sabes que me hinché a llorar, hasta que se me pusieron los ojos de ese color tan bonito que decías. No, el rojo no. El otro. Pero también que sonreí, como hice el año pasado con mi abuela. Con sosiego y no a lo cafre.
Ahora al recordar, creo que tengo los ojos de ese color. Y sigo sonriendo.
Te echo de menos, amigo. Y no sabes cuánto.
Escrito por Silvia a las 01:04 5 comentarios
Hace un momento, vi en televisión un vídeo musical de un grupo de mi adolescencia. Me reí al ver como bailaba el cantante, porque esos mismos movimientos de simio karateca, los hacíamos nosotros. Y recordé.
Acababa de entrar en el instituto. Era una cría en plena edad del pavo, buscando su lugar en el mundo. Un mundo que se me había caído en pedazos no mucho tiempo atrás, porque había perdido a dos personas muy importantes para mí y algo en lo que creía, se había resquebrajado ante mis ojos, dejándome durante el proceso heridas demasiado profundas. Creo que fue el tiempo en que empecé a cuestionarme mi fe. No hablo sólo de la religiosa, sino mi fe en todos y en todo.
Coincidió con esa etapa de querer sentirse más mayor y demostrarlo saliendo por la noche. Al principio, costó que me dejaran en casa y lo hacía a hurtadillas, hasta que alguien me vio en un pub y se chivó. Después de arduas negociaciones, no sólo conseguí que me dejaran salir, sino que lo logré sin límite de hora. Por aquel entonces, lo consideré un triunfo. Ahora me doy cuenta de que mis padres fueron muy inteligentes. Me demostraban que me daban un voto de confianza (y conociendo mi carácter, sabían que no iba a abusar de él) pero yo volvía todos los días antes de las diez, que era la hora de regresar de todos mis amigos.
Escrito por Silvia a las 13:45 6 comentarios
Archivado en: Emociones y recuerdos
Tengo insomnio. No sé si es porque no sé en que postura poner la pierna (que hoy me duele especialmente) o si hay otro motivo, pero sé que son las cuatro de la madrugada y sigo con el ojo abierto. Y lo he intentado todo menos el somnífero. Música suave, oscuridad absoluta, silencio, leer un libro, adormilarme frente al televisor, mirar al techo... Nada. Así que hace un rato, desistí y me dió por trastear en internet, leyendo la prensa.
Otra vez las portadas las ocupan la situación en la que nos hallamos con los controladores y la detención de Julian Assange, el creador de Wikileaks.
Del primer tema, estoy ya algo cansada, viendo que se pierden en fruslerías y en visceralidades y no se va al meollo del asunto. Por cierto, ya estamos a día 8 de diciembre y no ha llegado (ni se la espera) la dimisión del Ministro de Fomento y del presidente de AENA por la gestión de este tema.
Del segundo, aún no tengo la suficiente información como para formarme una opinión, pero me surge una duda quizás ingenua. ¿Por qué se ve la detención de Assange como una conspiración? Me recuerda a lo que pasaba con los juicios a Garzón, de los que ya di mi opinión. Como ahora es el nuevo héroe, paladín de la Justicia y la Libertad, es un santo varón. ¿Y si resulta que sí cometió los delitos de que se le acusan?
Buscando algo más ligero, que no son horas para cabrearse, me he ido a las páginas de sociedad y he encontrado esta noticia que trata sobre el copago de la asistencia sanitaria y la negativa de España a aplicarlo. Algo en lo que discrepo, pues me parece una medida de contención del gasto que habría que considerar.
En esa misma noticia, se habla de la prevención como medida de racionalización del gasto sanitario y de que en nuestro país la obesidad ha pasado de afectar a un 7% de españoles en 1987 a un 14,9%
Al rato, leo esta otra. Y claro, alucino en colores ante la negativa de mi país. Sé que no está la situación como para tirar cohetes, obligando a las empresas a incurrir en un nuevo gasto (que se podría compensar con alguna clase de reducción en las cuotas de la Seguridad Social o en tributos directos) pero ya comente en otra ocasión que me parece importantísimo que se facilite esa información. Por esa subida de 7,9% y todas las enfermedades asociadas que lleva. Y porque no es un simple gasto sino una inversión que redundará en un ahorro futuro.
Quizás sea una fruslería a la que presté atención porque me toca más de cerca (y porque tengo carencia de sueño), pero me parece otra de las incoherencias en las que caen nuestros gobernantes.
Escrito por Silvia a las 03:54 2 comentarios
Archivado en: Mis opiniones/El mundo en el que vivo
Al leer el último artículo de Turulato y el comentario posterior de Kalia, estuve pensando en mi concepto de democracia.
Cuando era más joven e idealista, era firme partidaria del "un hombre, un voto". Me moría de ganas de que llegara mi mayoría de edad para poder votar, algo que me parecía una especie de ritual iniciático a la madurez. En las primeras elecciones en las que pude votar y aún sabiendo a qué partido iba a ir mi voto, me leí los programas electorales de los principales partidos. (Costumbre que sigo teniendo, aunque cada vez son más coñazos y vacíos de contenido).
Estaba equivocada, sobre todo, en lo de la madurez. Cualquier persona, por el mero hecho de tener dieciocho años, puede decidir sobre el porvenir de la sociedad en la que vive. Aunque esa sociedad le importe un comino.
No me gusta la democracia como se plantea ahora. Nada. Ya no es sólo que cualquiera pueda votar, sino que la clase política que hay en este país, me da muchísimo asco. La mayoría me parece una panda de advenedizos, en busca del poder y el dinero fácil y escasamente preparados. Nunca he acabado de comprender como personas sin conocimientos de Derecho, como sucede con tantos diputados, pueden dictar las leyes que van a ordenar la convivencia de otros.
¿Y entonces? Empezaría por restringir el derecho a voto. Ya oigo por ahí a alguno que me llama fascista, pero un momento, a ver si me explico.
No pretendo instaurar ninguna sistema de castas, algo que me parece una soberana tontería. No discriminaría por inteligencia ni formación, pues no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades. Hablo de compromiso. De decisiones libres de cada individuo.
Sólo aquel que verdaderamente se compromete con la sociedad en la que vive, tendría verdadero derecho a participar en el rumbo que va a tomar. Y en sus órganos de Gobierno y funcionamiento.
En la novela de Heinlein "Starship Troopers" sólo adquieren la ciudadanía, y por tanto, el derecho a voto y a trabajar como funcionario, aquel que cumple el servicio militar.
A mi no me hubiera importado hacer la "mili", pero entiendo que haya quien no quiera tener que ver con las armas, así que podría ser un servicio a la comunidad, algo que sirviera para tener plena consciencia de que ser un ciudadano no es sólo un ser objeto de derechos, sino sujeto de obligaciones.
Así aquel que aceptara voluntariamente tomar parte en ese servicio, adquiriría automáticamente la ciudadanía y el derecho a voto. Y bueno, también el derecho a trabajar como funcionarios o acceder a cargos públicos. Porque en ese sistema utópico que imagino, los ciudadanos se sentirían orgullosos de ser servidores públicos (que es lo que tendría que ser cualquier político), de aceptar ese compromiso consigo mismo y con la sociedad en la que vive.
En fin, sólo es un pensamiento surgido de la desesperanza y el descontento que siento al ver lo que me rodea.
Escrito por Silvia a las 18:17 3 comentarios
Archivado en: Mis opiniones/El mundo en el que vivo
Plin-plin-plin..... Hora y media después de músicas, hablar con contestadores supuestamente inteligentes y operadores que no se enteran del NO-DO, logro hablar con una "supervisora".
- Buenas tardes. Le atiende C...
- Buenas tardes. Verá, como le he explicado a su compañera, he descargado unas facturas de unos grupos que tuve el mes pasado y no me cuadra con lo abonado.
- Dime los números de reserva (¿Dime? ¿Desde cuándo esa señora y yo somos amigas?)
Después de comprobar los números que le facilito y darle los números de factura, continuamos la conversación.
- Sí, son dos reservas por importe de 187 euros cada una.
- Ya, pero es que las facturas sólo vienen por importe de 165 euros cada una. Faltan los gastos de gestión que me cobraron por las entradas.
- Es que eso no se lo facturamos.
- ¿Cómo que no me lo facturan?
- No, no se facturan.
- ¿Por qué?
- Porque nosotros no emitimos facturas.
- ¿Ein? Pero ustedes me lo han cobrado, yo lo he abonado y quiero mi factura con su IVA correspondiente.
- Te repito que nosotros no podemos emitir facturas.
- ¿Qué no pueden? ¿Por qué? Una cosa es que la entradas estén exentas de IVA y otra es que ustedes me cobren un gasto de gestión, por tanto, un servicio y eso está sujeto a IVA.
- Ya, pero verás, es que no las hacemos.
- ¿Pero por qué no? ¿En que ley se amparan para no entregarme una factura de un servicio contratado con ustedes y abonado?
- Mira, es lo que hay. Además, son sólo 22 euros por factura.
- Me da igual la cantidad que sea. Quiero la factura de esos 44 euros con el IVA incluido al 18%.
Hemos seguido discutiendo como cosa de media hora. Al final, no he logrado la factura y he tenido que presentar una reclamación telefónica y en persona (este mediodía, en mi rato libre para comer). Además de que me he pillado un cabreo de tres pares de narices. ¿Para qué? Para nada. Es un organismo dependiente del Estado y va a caer en saco roto.
Cada día me siento más gilipollas viendo como los que se suponen que tienen que garantizar el cumplimiento de la ley, son los primeros que se la saltan.
¡Ganas de mandar todo a que le den por el orto! (como dice un amigo de orígen argentino)
Escrito por Silvia a las 17:53 5 comentarios
Archivado en: Mis opiniones/El mundo en el que vivo
Ayer mi hermana, en aplicación del famoso artículo 33, me dijo que tengo que participar en una representación de Hansel y Gretel para la clase de mi sobrino Félix. Inmediatamente, salté que quería el papel de la bruja.
Durante los casi ochocientos metros que separan el colegio de mi casa, fui haciendo el tonto por la calle con mi sobrino, imitando a una bruja. Bueno y a un lobo, que me dijo que le hiciera el de Caperucita, y a un zombie, que aunque le dan un miedo horrible, también le hacen mucha gracia. Para acabar bailando la canción Loca de Shakira, que les gusta muchísimo a los tres.
Y eso que yo soy muy tímida en público, pero con los niños, con tal de arrancarles una sonrisa, se me están quitando las inhibiciones. Y más me vale, porque de vez en cuando saltan cada cosa...
Como Félix que hace un par de semanas en la piscina saltó en voz alta, después de haber estado hablando con él del dimorfismo sexual, un: Mí tía tiene las tetas gordas. Yo, colorada como un tomate, deseaba que se me tragara el sumidero mientras los padres presentes miraban con disimulo (o descaradamente, que también los hubo) mi escote.
Me está viniendo bien esta terapia de choque para la timidez.
Escrito por Silvia a las 07:07 4 comentarios
Archivado en: Mi día a día/Anécdotas
A raíz de un enlace en el Caralibro y de los comentarios posteriores, me he acordado de esta canción de El último de la fila, que siempre me gustó.
Escrito por Silvia a las 10:41 0 comentarios
Archivado en: Mi día a día/Anécdotas, Música
Estiró el brazo para alcanzar su jersey. Lenta y silenciosamente, para no despertar a la persona que yacía a su lado, comenzó a vestirse.
- Mmm, ¿qué haces? - a su espalda escuchó como se movía.
- Sshh, vuelve a dormirte - se giró y le dió un beso con suavidad en los labios - Me voy a casa.
- Noooo, quédate a dormir - protestó aún con voz somnolienta - Es muy tarde y hace frío.
- Ya, ya lo sé, pero mañana tengo que hacer cosas en la oficina.
- Yo te llevo en coche, pero quédate...
- Otro día. Además, no quiero hacerte madrugar tontamente y no he traído ropa para cambiarme... ni nada.
- Excusas. Siempre dices que otro día y no pasas nunca las noches conmigo.
- Me quedaré a dormir. De verdad. Anda, vuelve a dormirte que mañana tú también tienes trabajo.
Acabó de vestirse y se inclinó para despedirse con un beso. Cogió un pitillo y lo encendió mientras salía. Se quedó unos segundos en el quicio de la puerta, mirando. Quizás en otro momento eso hubiera sido distinto pero ahora...Sonrió con tristeza, lanzó un beso al aire y se dió media vuelta.
No solía fumar en los ascensores, pero eran las cuatro de la madrugada y no creía que fuera a molestar. Además, no tenía ganas de bajarse los cinco pisos caminando.
Una lluvia fina caía sobre Madrid. Sintió tentaciones de coger un taxi, pero quería pensar y nada mejor que un paseo nocturno. Se subió el cuello del abrigo y comenzó a caminar. A lo lejos podía ir el ruido de un búho, pero ni coches ni personas transitaban por su calle. Parecía un fantasma vagando por las calles de Madrid. ¿Y acaso no lo era?
Escrito por Silvia a las 16:48 2 comentarios
Archivado en: Relatos
Escrito por Silvia a las 00:34 4 comentarios
Archivado en: Mi día a día/Anécdotas
Me quedo unos pasos rezagada, paseando bajo el sol de noviembre. La familia se ha adelantado hacia el coche, mientras yo camino con la cabeza en mis cosas, despacio. Aún es temprano y no sé ve a nadie más en los alrededores.
Escrito por Silvia a las 01:27 2 comentarios
Archivado en: Mi día a día/Anécdotas
Escrito por Silvia a las 23:42 4 comentarios
Hay una frase atribuida a Lord Byron que dice "Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro". Frase que en varios momentos de mi existencia he escuchado en la boca de varias mujeres. Yo no tengo perro y me sigue gustando una barbaridad eso de conocer a los hombres. Aunque no los entienda. Y es que el día que dieron clases de cómo entenderlos, yo tenía que estar a por uvas...
Escrito por Silvia a las 23:10 6 comentarios
Archivado en: Mi día a día/Anécdotas
En el anterior artículo, comentaba que todo había ido sobre ruedas en mi viaje a Tenerife salvo un par de pequeños incidentes. Curiosamente, se dieron en los dos últimos días. No sé si es que me estaba preparando para regresar a Madrid y abandoné el estado zen en el que me había sumido los días anteriores. O más bien creo que tuvo que ver con la llegada de más clientes al hotel en el que me alojaba, entre ellos, un grupo del IMSERSO y que perturbaron la paz.
La mayoría de los abuelos del IMSERSO eran majos. En la piscina coincidí con algunos y estuvimos hablando, recomendándoles dónde ir o que ver (sí, lo sé. Es deformación profesional pero es que la cabra tira p'al monte).
En el comedor, fue dónde más se notaba su presencia. De ser cuatro gatos y no haber problemas en el buffet, pasamos a esquivar personas y evitar algunos placajes dignos de la NFL.
Las noches en el bar del hotel, dónde íbamos a tomar la primera antes de irnos de juerga, fueron más divertidas desde su llegada. Daba gusto ver bailar a algunos y contemplar los rituales de apareamiento de otros, pues muchos viven una segunda adolescencia y están con las hormonas revolucionadas. Creo que, más que un revolcón, buscan compañía, aunque nunca se sabe con esto del Viagra...
Y fue ahí, en el bar, dónde tuve el primer incidente desagradable.
Estábamos la cuadrilla que formamos en el hotel tomando una copa cuando llegaron unas cuantas señoras a ver la animación. Yo me las quedé mirando, sorprendida.
Una de ellas me resultaba familiar, pero no era eso lo que captó mi atención. Era el peinado de otra, un tupé tan tieso que no se le movía un solo pelo a pesar de la brisa.
Desde que puse un pie en la isla, mi pelo se proclamó en rebeldía y daba igual lo que hiciera con él, pues tendía a la cresta y al flequillo alborotado y ella había logrado domar el suyo.
Seguía maravillada observando, preguntándome cuánta laca habría empleado en el peinado, cuando la señora se giró, me miró de malos modos y dijo "Y esta gilipollas, ¿qué mira?".
Supongo que al verme como un salmonete y rubiales, pensó que era guiri y que no entendía nada de lo que decía. Yo me quedé ojiplática, pues no entendía esa grosería y no fui capaz de reaccionar antes de que se escabullera entre las mesas.
Pronto me olvidé del incidente, charlando con uno de los camareros y echándome unas risas. Acabó la música y el IMSERSO salió en desbandada a otro de los bares que tenía más música. Hacia mi dirección, venía la grosera de antes.
Picada aún por el comentario anterior, me la quedé mirando fijamente, a ver si volvía a decirme algo y me daba una excusa para contestarla. Y me la dió. Volvió a referirse a mí con una grosería. Por un segundo, pasó por mi cabeza contestarla con cajas destempladas, pero entre que no me quería amargar y que me va más la chufla... Puse mi mejor cara de niña buena, la mirada de cordero degollado y le salté algo del estilo: Perdone que me la haya quedado mirando, pero es que me gustan las mujeres maduras y bueno, ya sabe...¿la puedo invitar a una copa?
El silencio se hizo en ese rincón del bar.
Mi amiga, que me conoce, se aguantaba la risa detrás de la carta de los cócteles. El resto de la cuadrilla, que me iban conociendo, hacían lo propio detrás de la barra. Hasta Jesús, el camarero, sonreía contemplando la escena.
Los acompañantes de la mujer me miraban como si fuera una Jezabel con cara de buena, a la que saltar un "Vade retro".
La mujer del tupé...Pasó por diversos colores en su rostro antes de quedarse pálida como la cera. No sé si se quedó más pillada al ver que la entendía perfectamente a ella y sus insultos o que le estaba tirando los tejos.
Sin decir ni pío, salió como alma que lleva el diablo, mientras la cuadrilla estallaba en carcajadas.
En las demás ocasiones que coincidí con ella, me esquivaba como podía. Sólo le faltó tirarse detrás de los setos del jardín para que no la viera.
Como no soy tan mala como alguno se piensa y a mí lo que me va más es el gamberreo y la chufla, antes de irme, me acerqué a ella y le dije que todo había sido una pequeña broma por su grosería.
Nota mental para la próxima: hay personas que no tienen sentido del humor.
Escrito por Silvia a las 10:04 8 comentarios
Archivado en: Mi día a día/Anécdotas
Se acabaron las vacaciones y ya estoy de vuelta en Madrid. Descansada, tranquila, con algo de color en la cara y con muchas ganas de volver a irme. Porque eso de que lo bueno si breve dos veces bueno... ¡y un cuerno!.
Ayer pedía que me secuestrara algún chicharrero para poder quedarme más en la isla. Y he de tener más cuidado con lo que pido, porque secuestro hubo. De dos horas de duración provocado por un problema en el tráfico aéreo de Canarias.
Mi plan en esta ocasión era el de tumbarme en la piscina, dormir como un ceporro, aprovechar el todo incluido de mi hotel y parpadear como máximo movimiento. Conociéndome, un sinsentido, porque creo que he sido de las personas que menos han amortizado el todo incluido, pues no hemos parado. Eso sí, dormir he dormido muchísimo (a pesar de irme de juerga todas las noches).
La compañía ha sido excelente y he conocido a gente estupenda, con los que he compartido momentos inolvidables. Salvo un par de incidentes a los que al final encontré el punto divertido, todo ha ido sobre ruedas.
Podría hablar de los sitios que he visitado, pero mejor os dejo alguna imagen. Espero que os gusten y os pique el gusanillo de ir a las islas afortunadas.
Escrito por Silvia a las 17:17 4 comentarios
Archivado en: Emociones y recuerdos, Parpadeos, Viajes
Hoy me han despertado ruidos en la calle y en mi portal. En ese estado transitorio entre el sueño y la vigilia, el primer pensamiento que ha cruzado por mi mente es que estoy metida en mitad de una pelea, en la que a mí se me ha atado la mano derecha a la espalda y en la que no lucho en igualdad de condiciones, con lo que me están poniendo la cara como un pan.
Alguno pensará que se me ha ido la olla más de lo habitual, pero tiene su explicación.
Hace unos meses, al pasar por delante de un portal vecino de mi bloque, me dí cuenta de que la reja del primer piso estaba reventada. Durante un par de días observé hasta que se confirmaron mis sospechas. Una familia gitana había ocupado la casa. Con esos datos, llamé a un amigo inspector de policía y se lo dije. Él mandó a un par de centauros esa misma noche. La respuesta que recibí por su parte fue desoladora: No se puede hacer nada. El piso es propiedad del banco y si ellos no denuncian, nada.
Diez días después, en ese portal ya eran cuatro los pisos ocupados. Lo primero que hicieron fue tender un cable hacia el conector de la luz para poder enchufar su plasma de 42 pulgadas. Cable que cuelga por mitad de la calle y que es un peligro para los transeúntes.
Este verano ha sido una constante: llegaban las doce y yo llamaba a la policía para denunciar que estaban montando escándalo en la calle y destrozando los jardines que tengo enfrente de casa (antes preciosos, ahora están hechos papilla y llenos de mierda). La policía venía, los echaba y al rato, otra vez. Y vuelta a llamar.
Como comprenderán, no estoy precisamente contenta con la situación. Máxime si añaden que les he oído hablar varias veces de que todos cobran la Renta Mínima de Inserción. Subsidio que sale del bolsillo de los pobres pringados como yo (por cosas como ésta, me quiero hacer insumisa fiscal, como dije ayer en mi Caralibro) y que curiosamente, todas las personas que conozco que lo cobran son de etnia gitana. Y yo me pregunto, ¿hasta cuándo hay que seguir fomentando este tipo de actitudes de mendicidad y picaresca institucionalizada? Porque como me han dicho varios de mis clientes, de etnia gitana. "El que no se integra es porque no quiere, que es más fácil vivir del cuento".
Ayer me chivaron que uno de los pisos vacíos de mi portal era el siguiente objetivo de esta gente. Como pude, pues estaba en la cama hecha polvo por un gripazo bastante fuerte, se lo dije a los vecinos. Hemos tenido que estar los propios vecinos pendientes, todo el día y toda la noche, de que no se metiera nadie en el portal. ¿Es eso normal?
Por eso, mi sensación de impotencia, de indefensión. Intentas portarte bien, seguir las reglas del juego, para descubrir que otros cambian las reglas a su antojo y que a ti, te van a dar por todos los lados. Dentro de un momento, como ya me encuentro algo mejor, me iré a la oficina a acabar la contabilidad para presentar el I.V.A. trimestral. Haré las cosas como tengo que hacerlas, pues no sé de otro modo, no me sale, pero volveré cargada de amargura, de rabia y de impotencia, con la sensación de que se me castiga por hacer las cosas bien.
¿Cuánto tiempo se puede aguantar tragando tanta bilis?
Escrito por Silvia a las 10:44 3 comentarios
Archivado en: Mis opiniones/El mundo en el que vivo
El libro que me estoy leyendo, el que viene en la columna derecha del blog, me está costando. La verdad, es un peñazo. Así que si tengo cualquier excusa para dejar su lectura un ratito, me agarro a ella.
Y la excusa ahora es la lectura (relectura en muchos casos), en busca de cuentos infantiles, de las obras de Roald Dahl (luego le tocará a Michael Ende). Lo he confesado muchas veces, me apasionan los relatos breves y los cuentos. Y Dahl tiene algunos fantásticos, como he podido comprobar estos días.
Según iba leyendo el cuento, me dije "Esto es para Turulato. Si es que le pega...". Y aquí está. Espero que os guste
En cuanto George Cleaver ganó el primer millón, él y la señora Cleaver se trasladaron de su pequeña casa de las afueras a una elegante mansión de Londres. Contrataron a un cocinero francés que se llamaba monsieur Estragón y a un mayordomo inglés de nombre Tibbs. Ambos cobraban unos sueldos exorbitantes. Con la ayuda de estos dos expertos, los Cleaver se lanzaron a ascender en la escala social y empezaron a ofrecer cenas varias veces a la semana sin reparar en gastos.
Pero estas cenas nunca acababan de salir bien. No había animación, ni chispa que diera vida a las conversaciones ni gracia. Sin embargo, la comida era excelente y el servicio inmejorable.
- ¿Qué demonios les pasa a nuestras fiestas, Tibbs? - le preguntó el señor Cleaver al mayordomo. - ¿Por qué nadie se siente cómodo?
Tibbs ladeó la cabeza y miró al techo.
- Espero que no se ofenda si le sugiero una cosa, señor.
- Diga, diga.
- Es el vino, señor.
- ¿Qué le pasa al vino?
- Pues verá, señor, monsieur Estragón sirve una comida excelente. Una comida excelente debe ir acompañada de un vino excelente, pero ustedes ofrecen un tinto español barato y bastante corriente.
- ¿Y por qué no me lo ha dicho antes, hombre de Dios? - exclamó el señor Cleaver. - El dinero no me falta. ¡Les daré el mejor vino del mundo, si eso es lo que quieren! ¿Cuál es el mejor vino del mundo?
- El clarete, señor - contestó el mayordomo - , de los grandes châteaus de Burdeos: Lafite, Latour, Haut-Brion, Margaux, Mouton-Rothschild y Chevel Blanc. Y solamente de las grandes cosechas, que en mi opinión son las de 1906, 1914, 1919 y 1945. Chevel Blanc también tuvo unos años magníficos en 1895 y 1921, y Haut-Brion en 1906.
- ¡Cómprelos todos! - dijo el señor Cleaver. - ¡Llene la bodega de arriba a abajo!
- Puedo intentarlo, señor - dijo el mayordomo -, pero esa clase de vinos son díficiles de encontrar y cuestan una fortuna.
- ¡Me importa tres pitos el precio! - exclamó el señor Cleaver. - ¡Cómprelos!
Era más fácil decirlo que hacerlo. Tibbs no encontró vino de 1895, 1906, 1914 ni 1921 ni en Inglaterra ni en Francia. Pero se hizo con unas botellas del 29 y del 45. Las facturas fueron astrónomicas. Eran tan grandes que hasta el señor Cleaver empezó a reflexionar sobre el tema. Y este interés se transformó en verdadero entusiasmo cuando el mayordomo le sugirió que tener ciertos conocimientos de vinos era un valor social muy estimable. El señor Cleaver compró liros sobre vinos y los leyó de cabo a rabo. También aprendió mucho de Tibbs, que le enseñó, entre otras cosas, a catar el vino.
- En primer lugar, señor, tiene que olerlo durante un buen ratoo, con la nariz sobre la copa, así. Después bebe un sorbo, abre los labios un poquito y toma aire, dejando que pase por el vino. Observe cómo lo hago yo. A continuación se enjuaga la boca con fuerza y, por último, se lo traga.
Con el paso del tiempo, el señor Cleaver llegó a considerarse un experton en vino e, inevitablemente, se convirtió en un pelmazo tremendo.
- Damas y caballeros - anunciaba a la hora de la cena, alzando la copa -, éste es un Margaux del 29. ¡El mejor año del siglo! ¡Un bouquet fantástico! ¡Huele a primaver! ¡Y observen ese sabor que queda después y el gusto a tanino que le da ese toque astringente tan agradable! Maravilloso, ¿eh?
Los invitados asentían, tomaban un sorbo y murmuraban alabanzas, pero nada más.
- ¿Qué les pasa a esos idiotas? - le preguntó el señor Cleaver a Tibbs después de que esta situación se repitiera varias veces -. ¿Es que nadie sabe apreciar un buen vino?
El mayordomo torció la cabeza a un lado y dirigió los ojos hacia arriba.
- Creo que lo apreciarían si pudieran catarlo, señor - dijo -. Pero no pueden.
- ¿Qué diablos quiere decir? ¿Cómo que no pueden catarlo?
- Tengo entendido que usted ha ordenado a monsieur Estragón que aliñe generosamente las ensaladas con vinagre, señor.
- ¿Y qué? Me gusta el vinagre.
-El vinagre - dijo el mayordomo - es enemigo del vino. Destruye el paladar. El aliño debe hacerse con aceite puro de oliva y un poco de zumo de limón. Nada más.
- ¡Qué estupidez! - exclamó el señor Cleaver.
- Lo que usted diga, señor.
- Se lo voy a repetir, Tibbs. Eso son estupideces. El vinagre no me estropea para nada el paladar.
- Tiene usted mucha suerte, señor - murmuró el mayordomo, al tiempo que abandonaba la habitación.
Aquella noche, durante la cena, el anfitrión se burló del mayordomo delante de los invitados.
- El señor Tibbs - dijo - ha intentado convencerme de que no puedo apreciar el vino si el aliño de la ensalada lleva mucho vinagre. ¿No es así, Tibbs?.
- Sí, señor - replicó Tibbs gravemente.
- Y yo le respondí que no dijera estupideces. ¿No es así, Tibbs?
- Sí, señor.
- Este vino - continuó el señor Cleaver, alzando la copa - a mí me sabe exactamente a Château Lafite del 45; aún más, es un Château Lafite del 45.
Tibbs, el mayordomo, estaba inmóvil y erguido junto al aparador, la cara muy pálida.
- Disculpe, señor - dijo -, pero no es un Lafite del 45.
El señor Cleaver giró su silla y se quedó mirando al mayordomo.
- ¿Qué diablos quiere decir? - preguntó. - ¡Ahí están las botellas vacías para demostrarlo!
Tibbs siempre cambiaba de recipiente aquellos excelentes claretes antes de la cena, pues eran viejos y tenían muchos posos. Los servía en jarras de cristal tallado y, siguiendo la costumbre, dejaba las botellas vacías en el aparador. En ese momento había dos vacías de Lafite del 45 a la vista de todos.
- Resulta que el vino que están ustedes bebiendo - dijo tranquilamente el mayordomo - es ese tinto español barato y bastante normalito, señor.
El señor Cleaver miró el vino de su copa y después clavó los ojos en su mayordomo. La sangre empezó a subírsele a la cara, y la piel se le tiñó de rojo.
- ¡Eso es mentira, Tibbs! - gritó.
- No, señor, no estoy mintiendo. - replicó el mayordomo - De hecho nunca les he servido otro vino que tinto español. Parecía gustarles.
- ¡No le crean! - gritó el señor Cleaver a sus invitados - Se ha vuelto loco.
- Hay que tratar con respeto a los grandes vinos - dijo el mayordomo - Ya es bastante con destrozar el paladar con tres o cuatro copas antes de la cena, como hacen ustedes, pero si encima riegan la comida con vinagre, lo mismo da que beban agua de fregar.
Diez rostros furibundos estaban clavado en el mayordomo. Los había cogido desprevenidos. Se habían quedado sin habla.
- Ésta - continuó el mayordomo, extendiendo el brazo y tocando con cariño una de las botellas vacías -, ésta es la última botella de la cosecha del 45. Las del 29 ya se han acabado. Pero eran unos vinos excelentes. El señor Estragón y yo hemos disfrutado enormemente con ellos.
El mayordomo hizo una reverencia y salió lentamente de la habitación. Atravesó el vestíbulo, traspasó la puerta de la casa y salió a la calle, dónde le esperaba el señor Estragón cargando el equipaje en el maletero del cochecito que compartían.
Escrito por Silvia a las 10:01 7 comentarios
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Uno de los cuentos favoritos de mis sobrinos es Los Tres Cerditos. Se lo habré contado unas cien veces, algunas incluso con representación (vamos, poniendo caras, tirándome por los suelos, etc.).
Anoche les leí la versión que Roald Dahl tiene en su libro Revolting Rhymes (en español, Cuentos en verso para niños en verso). Al principio me miraban escandalizados, diciendo "Tía, ¡qué el lobo se ha comido a los cerditos....!". Luego no sé si es porque acabé por los suelos interpretando la muerte del lobo o porque lloraba de la risa con el libro en la mano, pero se unieron a la fiesta. Esta noche toca la versión de Cenicienta.
es, con mucho y sin duda alguna, el cerdo.
El cerdo es bestia lista, es bestia amable,
es bestia noble, hermosa y agradable.
Mas, como en toda regla hay excepción,
también hay algún cerdo tontorrón.
Dígame usted si no: ¿qué pensaría
si, paseando por el Bosque un día,
topara con un cerdo que trabaja
haciéndose una gran casa... de paja?
El Lobo, que esto vio, pensó: "Ese idiota
debe estar fatal de la pelota...
"¡Cerdito, por favor, déjame entrar!".
"¡Ay no, que eres el Lobo, eso ni hablar!".
"¡Pues soplaré con más fuerza que el viento
y aplastaré tu casa en un momento!".
Y por más que rezó la criatura
el lobo destruyó su arquitectura.
"¡Qué afortunado soy! -pensó el bribón-.
¡Veo la vida de color jamón!".
Porque de aquel cerdito, al fin y al cabo,
ni se salvó el hogar ni quedó el rabo.
El Lobo siguió dando su paseo,
pero un rato después gritó: "¿Qué veo?
¡Otro lechón adicto al bricolaje
haciéndose una casa... de ramaje!
¡Cerdito, por favor, déjame entrar!".
"¡Ay no, que eres el Lobo, eso ni hablar!".
"¡Pues soplaré con más fuerza que el viento
y aplastaré tu casa en un momento!".
Farfulló el Lobo: "¡Ya verás, lechón!",
y se lanzó a soplar como un tifón.
El cerdo gritó: "¡No hace tanto rato
que te has desayunado! Hagamos un trato...".
El Lobo dijo: "¡Harás lo que yo diga!".
Y pronto estuvo el cerdo en su barriga.
"No ha sido mal almuerzo el que hemos hecho,
pero aún no estoy del todo satisfecho
-se dijo el Lobo-. No me importaría
comerme otro cochino a mediodía".
De modo que, con paso subrepticio,
la fiera se acercó hasta otro edificio
en cuyo comedor otro marrano
trataba de ocultarse del villano.
La diferencia estaba en que el tercero,
de los tres era el menos majadero
y que, por si las moscas, el muy pillo
se había hecho la casa... ¡de ladrillo!
"¡Conmigo no podrás!", exclamó el cerdo.
"¡Tú debes de pensar que yo soy lerdo!
-le dijo el Lobo-. ¡No habrá quien impida
que tumbe de un soplido tu guarida!".
"Nunca podrá soplar lo suficiente
para arruinar mansión tan resistente",
le contestó el cochino con razón,
pues resistió la casa el ventarrón.
"Si no la puedo hacer volar soplando,
la volaré con pólvora... y andando",
dijo la bestia, y el lechón sagaz
que aquello oyó, chilló: "¡Serás capaz!"
y, lleno de zozobra y de congoja,
un número marcó: "¿Familia Roja?".
"¡Aló! ¿Quién llama? -le contestó ella-.
¡Guarrete! ¿Cómo estás? Yo aquí, tan bella
como acostumbro, ¿y tú?". "Caperu, escucha.
Ven aquí en cuanto salgas de la ducha".
"¿Qué pasa?", preguntó Caperucita.
"Que el Lobo quiere darme dinamita,
y como tú de Lobos sabes mucho,
quizá puedas dejarle sin cartuchos".
"¡Querido marranín, porquete guapo!
Estaba proyectando irme de trapos,
así que, aunque me da cierta pereza,
iré en cuanto me seque la cabeza".
Poco después Caperu atravesaba
el Bosque de este cuento. El Lobo estaba
en medio del camino, con los dientes
brillando cual puñales relucientes,
los ojos como brasas encendidas,
todo él lleno de impulsos homicidas.
Pero Caperucita, -ahora de pie-
volvió a sacarse el arma del corsé
y alcanzó al Lobo en punto tan vital
que la lesión le resultó fatal.
El cerdo, que observaba ojo avizor,
gritó: "¡Caperucita es la mejor!".
¡Ay, puerco ingenuo! Tu pecado fue
fiarte de la chica del corsé.
Porque Caperu luce últimamente
no sólo dos pellizas imponentes
de Lobo, sino un maletín de mano
hecho con la mejor... ¡piel de marrano!
Escrito por Silvia a las 18:43 5 comentarios
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